La noche ocultaba toda presencia hostil. Sin embargo, disparos pronosticaban la llegada de los malhechores ante el silencio ambiental.

El diálogo entre Maia y Jarriet no parecía prescindir pero, divergentes pensamientos no concretaban tampoco una amistad clara.

– ¡Demonios! ¡Demonios de Drill! –

Anunciaba un comadrón, a medida se avecinaba a carrera desde el control de ingreso al Este de Alfarón.

Andy BlackHawk incursionaba un pasillo entre hogares de barro, siguiendo a un mendigo. La cultura había mejorado en pocos años y de pasar a convivir con sed y hambre bajo el prominente calor del sol, ahora utilizaban el barro para construir muros. De esta manera, las labores diarias no estaban ligadas a la construcción de urnas, sino a la expansión de los hogares.

Hacia el fondo, el camino se hundía formando una caverna. El propio Andy descubría un pasaje oculto en el profundo norte de la humilde morada.

– ¿Quién podría…? –
– ¿Qué hace usted aquí? –

Clamó, sobresaltando, el aldeano.

– Lo sé… Lo sé… Debía conocer mis intenciones –

Murmuró, de pronto, el mercenario.

Y siquiera, Kalú, el nativo, tuvo que emitir palabra alguna, que al asentir confirmó las razones de su llegada.

– Hacia la izquierda le hallarás –

Respondió el aldeano y Andy se marchó, al tiempo que el primero se volvía hacia el comadrón.

– ¿A dónde llevan todos estos pasadizos? –

Al final del sendero, Andy Blackhawk  logró localizar el destino de su cometido. Allí, oculto ante la tenue oscuridad se encontraba un individuo de cuerpo recio y pálido. Una delgada capa de seda cubría su entero torso.

Por su parte, el comadrón aún indagaba respecto a los laberínticos pasillos. Y aunque el monje negara con el rostro, acabó eliminando toda incertidumbre.

– A todas partes de Runfenir –
– ¿Incluso al Rigor Lejano? –
– Incluso allí –

Inseguro, Kalú, contemplaba la abertura hacia el Este.

– Pero no podrías ingresar con un corcel aquí, ¿verdad? –
– Él nos ha ayudado con las vías y los vagones –

Tras alzar el seño, el monje apuntó los dedos hacia el Oeste. Desde allí se aproximaban Andy y el supuesto Viriathro que Rav’Thos pretendía.

Al cruzar miradas los cuatro, el comadrón logró identificarlo.

– Él es Fab… Hijo de… –

Y al reunirse los cuatro, en pluralidad de caminos conectados por túneles, monjes y comadrones interrumpieron el reencuentro de manera imprudente.

– ¡Estamos bajo ataque! –

Rápidamente Kalú se disponía a regresar con los suyos y el diálogo suscitaba.

– ¿Quién? ¿Quiénes? –

– Maia ha pedido que no le pierdas de vista. Ella y los alguaciles enfrentan a los demonios de Drill en estos momentos –
– ¿Alguaciles? ¿Aquí? –
– Lo sé… Lo sé… He conseguido llamar la atención de la entera Runfenir –
– ¡Debemos proteger Alfarón! –

Exclamaba el monje guiando el regreso y, ante el cruce de miradas entre Fab, Andy y el nativo, todos coincidieron.

Desde el Este se avecinaba la caballería. Innumerables jinetes al mando de Wes’Har pretendían sustraer el novedoso transporte. Al tiempo que Jarriet y Maia no tenían mejor opción que unirse frente al bien común.

– ¡Mantengan las posiciones! –

Clamaba Jarriet, quién junto a la locomotora esgrimía un sable y una colt mejorada.

Nativos y jinetes del Rigor Lejano se esparcían ante los bandidos, quiénes luego de desmontar merodeaban en los alrededores.

– ¡No me vacilen! ¡Al frente cobardes! –

Gritaba el sádico Wes’Har y, pasando los minutos, el ejército de demonios de Drill comenzaba a conformar el ilimitado horizonte hacia el Este.

– Son más de lo que asemejaban –

Musitaba Maia, al borde de la desesperación.

Andy y Kalú se aproximaban al combate armado, mientras el esbelto Far llegaba con lentitud desde el fondo.

– ¡Usar las malditas municiones o yo mismo cargaré contra ustedes, bastardos! –

Faltando más, las palabras de Wes avivaban el peligro inminente.

Descargas sin pausa tronaban desde el horizonte. Nativos se desplomaban sobre el terreno, inocentes monjes eran alcanzados y sus artesanías sufrían impactos. Un cyb-obrero perdía el cráneo ante una llamarada de disparos.

Oculto, Andy BlackHawk aguardaba junto a los paredones de hierro de la locomotora. A su lado, Kalú abrazaba a Maia, quién gritaba de furia ante la masacre. Cuerpos yacían sin vida por todas partes y el fuego del tiroteo no parecía cesar.

En el trayecto a las viviendas, el Viriathro se volteaba buscando proteger a unos niños y los disparos de plomo no surtían efecto contra su cuerpo. A vista de Andy parecía ostentar una dermis especial.

– Lo sé… Lo sé… Debiera llamarse Fabric por su piel anormal –
– Cuando le conocí era un cuerpo sin vida, algo le han hecho –

Replicaba Kalú, sin perder de vista a Maia.

– Repliéguense, sus municiones no serán eternas –

Gritaba Jarriet Dean ante el asombro de todos.

– ¡Aguarden cabrones! –

Tras culminar los disparos, Jarriet suspendía la última orden con una seña. Más luego alzaba el sable al frente.
Entre la densidad del humo y el grito de los heridos se podía oír el pasaje de las botas del sádico Wes’Har.

– ¿Te conozco? –
– Yo si a ti –

Rebatiendo una espiga entre sus labios, el contrincante de tantos comadrones, como alfarones y alguaciles, aguardaba al frente. Su extremidad se mecía cercana al porte de su colt, envuelta a un lado del cinto de cuero.

– Con esos ropajes apenas te descifro. Tú eres el pendejo que me disparó en la pasada guerra contra el Rigor Lejano –

Los bandidos alzaban el ceño ante las palabras de su líder. Al tiempo que, en perspectiva opuesta, Andy buscaba el modo de avanzar para asistir a su amigo, pero nuevos disparos impedían su avance.

– ¿Qué sucede cabrones? Cuando digo que disparen lo dudan y cuando digo que se detengan… – He visto movimient… kkk!! –

Sin preverlo, con suma agilidad, Wes disparó al hablante y casi sin alertarse volvió a resguardar su colt. Jarriet aguardaba sin palabras.

– ¡No me interrumpas! –

De pronto, uno de los Jinetes del Rigor Lejano chistaba entre dos vagones.

– Jarriet no enfrente a… –
– ¿Acaso no me han oído desgraciados? –

Sorpresivamente el disparo del pistolero replicó entre los vagones y derribó al oficial. A duras penas J. Dean alertaba como el sádico hombre resguardaba su colt.

– ¡No me vacilen hijos de la chingada! –

Tras años de entrenamiento y portando el superior armamento de los Viriathros, Jarriet se sentía dócil frente a aquél experimentado pistolero.

– Así que… Te la has pasado allí, blandiendo esa cuchilla a pesar de las descargas de plomo. Desde luego, yo no te había disparado aún… –

Sonriendo maliciosamente, quebró la espiga al rechinar los dientes.

– Sabes cabrón. No suelo dejar vivir a nadie que ose cruzar por mi camino, pero… –
– No entregaré el tren –
– Así me gusta, de pocas palabras e imprudente –

Y en un abrir y cerrar de ojos la colt de Wes disparó hacia un vagón y parte de la destrucción del proyectil alcanzó el cuello del héroe del Rigor Lejano.
Tomando la herida, al instante, Jarriet Dean tropezaba de rodillas.

– Pero los demonios desconocen modos para obtener lo que desean… –

Murmuró Wes y suspiró a su colt.

– ¡Jarriet! –

Gritaban los diez Jinetes del Rigor Lejano restantes.

Tan pronto retrocedía, Wes’Har clamó:

– Vamos muchachos no conquistaremos la locomotora sin demostrar lo valientes que somos –

Con gritos de gloria los bandidos descargaban las colts al frente. Estallidos ensordecían a cualquiera y Andy no tenía oportunidad alguna desde su posición.
El monje de Alfarón instigaba a todos a abandonar el tiroteo.

– Deben retirarse por los pasadizo subterráneos –
– ¿Y dejarlos a su suerte? –

Clamaba Kalú sin poder asimilarlo.

– Yo les protegeré mientras avanzan –

Respondía el Viriathro con suma seriedad.

– Lo sé… Lo sé… Nos hizo creer, incluso, que era mudo –
– ¡Kalú! no sobreviviremos a esto. Debes irte –

Gritaba, la atormentada Maia.

Y con el avance de los demonios de Drill, nativos y alfarones se desparramaban por doquier.

Efectivamente Fab bloqueaba el paso de los disparos y tanto Kalú, como Maia, el monje y últimamente Andy retrocedían cubriéndose con el cuerpo del Viriathro.

– ¿Jarriet? –

Indagaba sorpresivamente el Fantasma de Runfenir. Y uno de los alguaciles que le asistía exclamó:

– Solo ha sido un rasguño –
– Pero aquí estamos perdidos –

Respondió otro.

Los bandidos avanzaban dispuestos a acribillar a cualquiera que les enfrentara.

Previo a desaparecer en la morada, Andy BlackHawk contemplaba las posibilidades de su amigo.

– No lo conseguirías –

Exclamaba Maia, al pasar junto a Andy.

Así ella estuviera dispuesta a morir para que Kalú salvase su pellejo, el nativo no la abandonaba. A falta de una contra ofensiva, el sádico Wes’Har avanzaba para adueñarse del tren por sí mismo.

– Primero Helen… Ahora tú –

Murmuraba a regañadientes, Andy BlackHawk.

– ¿Qué harías tú, Erabo? –

Ante la retirada masiva de nativos y diversos sobrevivientes que se dirigían hacia los pasadizos, Fab aguardaba la resolución del vaquero.

– ¡Protejan al General con sus vidas! –

Clamaban los populares jinetes del Rigor Lejano y, en un intento de fortalecer el aliento, disparaban sus winchester dispuestos a impedir el avance enemigo.
No obstante, la precaria situación solo invitaba a una emboscada. La cantidad de contrincantes no facilitaba el asunto.

Y, tan pronto, Andy advirtió familias de mendigos provenientes de Alfarón, aterrorizados por el asalto, individualizó a su corcel.

Sin mayores rodeos, el hombre buscó llegar a su caballo ocultándose entre los recovecos de las artesanías. La noche invitaba a un último intento.

Desde la caverna, sin forma de comprender sus acciones, el Viriathro contemplaba al mercenario dispuesto a sacrificarse por los desconocidos de la aldea.

– ¡Fab! Debemos marcharnos. No deben conocer los túneles –

Gritaba Kalú desde el extremo opuesto. No obstante, el Viriathro negaba, dado el valor de su nuevo compañero.

El tormento ajeno le invitaba a responsabilizarse.

Ante el enfrentamiento sin precedentes, Andy BlackHawk montaba su corcel dispuesto a luchar a costa de su vida.

– ¿Quién es ese? –

Musitaba uno de los oficiales que asistía J. Dean.

– ¡A cubierto! –
– ¡Es el Fantasma de Runfenir! –
– ¡El Fantasma de Runfenir está aquí! –

Lamentándose despavoridos, los bandidos huían y quebraban las cuadrillas de invasión.

– ¡No me vacilen, bastardos! –

Reclamaba el cabecilla de los demonios de Drill, dispuesto a enfrentarle durante el galope.

Tras cerrar los nudillos, el Viriathro optó por intervenir y proteger a aquél demente vaquero que solitariamente decidía enfrentar a tantos adversarios.

Luego de tomar carrera hacia la reunión de antorchas, en torno a la locomotora, manoteaba un montón de leña suelta para participar del combate.

– Los bandidos están despistados. Es el momento de irnos –
– Aguarden… él es mi… –
– Priorice su vida Jarriet Dean –

Fogosos destellos se desplazaban, estridentes, por el sublime escenario.
A medida algunos se marchaban con temor, otros descargaban sus colts ante el movimiento de maleza.

– Está aquí. ¡Huyan! –

Gritaban los temibles bandidos de Drill alejándose de sus puestos. Asimismo, otros, más corajudos, creían oportuno defender la decisión de su líder.

Sin embargo, la llegada de Fab concluía en una atención más sencilla. El Viriathro, a costa de las diversas descargas mantenía su avance.

– ¡Son dos fantasmas! –

Exclamaban, sumidos de terror los hombres.  Y el asalto, poco a poco, perdía su cenit.

Aunque una posible victoria por parte de Alfarón se viese próxima, el corcel de Andy BlackHawk había sido alcanzado.
Tantos recuerdos de aquél cuadrúpedo, perteneciente al originario Érabo se sepultaban en una batalla. Más tanto el fuego de los disparos habían permitido que Andy sobreviviera a la revuelta. Disparos impactaban en el lomo del animal sin vida y el hombre lagrimeaba de estupor.

Los pocos demonios de Drill que restaban fusilaban la perspectiva donde se hallaba el Fantasma de Runfenir. Más por miedo que por ira.
Temiendo su final, el mercenario tomó el gunblade de Erabo y aguardó frente al terrible pronóstico.

Malherido, Jarriet, no podía controlar sus huestes para proteger a su amigo y Wes’Har, después de todo, había concluido su objetivo.
Tras apuntar su colt al cráneo de hierro del cyb-obrero, que permanecía disponible, musitaba:

– Enciende los motores hacia el Rigor Lejano, cabrón –

Y, sin más rodeos, el individuo comenzó a seguir órdenes. La principal debilidad de las ventajosas unidades era lúcida ante los ojos del sádico Wes’Har.

Fab avanzaba junto a los vagones y los enemigos huían despavoridos con su presencia.

A sus ojos, Andy estaba en aprietos, pero el movimiento del transporte, de regreso al Este, no le suponía una idea grata.

Más tanto, una docena de bandidos mantenía el fusilamiento del despiadado ser que labrara leyendas de justiciero. Y Fab no tuvo remedio mayor que apoyar al hombre que había salvado a tantos inocentes sin razón de ser.

Jarriet y diez jinetes sobrevivientes atravesaban los agrestes campos en busca de sus corceles, mientras el diálogo de su ejército le obligaba a mantener silencio.

– Quizás nos hayan seguido –
– Divídanse –
– Debemos seguir la locomotora. Si va hacia el Este, solo hay dos direcciones –
– Don Canet debió ofrecernos un ejército mayor para tal situación –

Y en cuanto hallaron sus caballos, a la distancia, Jarriet permanecía viendo el sendero superado. Trozos diminutos de plomo se soltaban de su cuello ante la presión de sus dedos y una pequeña yaga sembraba sangre hacia su tórax.

– Andy… –

Murmuraba por lo bajo.

Ante el silencio de sus camaradas, todos acomodaron sus sombreros y marcharon al galope hacia el Este.

El acribillamiento solo reducía las expectativas del famoso y joven Fantasma de Runfenir.

Y ante la retirada del transporte de carbón, los mendigos de Alfarón y los nativos salieron de sus escondites, preparados a desafiar la cuadrilla de bandidos que restaba.
Si bien todos apuntaban al Sur, la docena de rifles podría a distancia avasallar fácilmente a los endebles nativos.

Kalú y Maia salían buscando conocer el resultado de la batalla y contemplaban los borbotones de vapor hacia el Este.

– ¡Fab! –

Rugía el Comadrón.

Y ante la perspectiva, el Viriathro se disponía a luchar contra la cuadrilla de bandidos haciendo uso de leñas de abeto.

– Miren a ese desgraciado  –

Clamó de pronto uno de los demonios de Drill, ante las descargas permanentes.

Los disparos cesaban por fin. Cada uno de los hombres apuntaba al Viriathro, quién asimilaba a un leñador.

– ¿Deseas morir, muchacho? –

El Viriathro no emitía diálogo alguno y, liberado, Andy advertía el posible sacrificio del hijo de Rav’Thos.

– ¿Acaso pretendías enfrentar a los doce con madera? –
– Esa era la sorpresa –

Murmuraba, de repente, Fab, con seriedad, y los bandidos alertaban la llegada de comadrones y mendigos dispuestos a cambiar todo destino.

– ¡Atentos al Oeste! –
– Más cadáveres –
– Que final glorioso ostentamos –
– Ninguno tiene oportunidad contra los doce. Hasta el Fantasma de Runfenir se arrodilla en nuestra presencia –
– Eliminemos a la escoria –

Y una winchester replicó la descarga de entre las doce pero el disparo fue ineficaz contra el tórax de Fab.

– Pero qué diablos.. –

– Comiencen a orar –

Musitó el Viriathro y, sosteniendo las leñas, se aproximó a los hombres con fiereza.

– ¡Deténganle! –

Las virutas de madera estallaban al colisionar un trozo de abeto contra el pómulo de uno de los doce. Otro era alcanzado por un puñal de entre numerosos lanzamientos.

– ¡Aghhh! –

Comadrones y endebles monjes recibían las descargas de las winchester.
Un niño, proveniente de Alfarón arrojaba rocas al tiempo que protegía a otro abatido mayor que él y una niña atormentaba a gran parte de los atacantes.
Sumido en lágrimas, Andy contemplaba a los pequeños y murmuraba:

– Jalina, Romel… –

Más tanto, Fab golpeaba invasores con leña y comadrones les superaban dispuestos a apuñalar a los bandidos.

Dos de los últimos demonios de Drill optaron por la fuga y Andy BlackHawk les seguía con la mirada.

Al notar que los pícaros planeaban saltar sobre el cadáver del corcel de Erabo para largarse hacia el Sureste, el mercenario de las tierras perdidas de Runfenir, rechinó los dientes y arrojó su gunblade a uno de los malhechores. Efectivamente el puñal junto al puente del pistolón se enterró en la nuca de uno de los adversarios. Y, ante la fuga del otro, Kalú lanzó uno de sus puñales y gritó:

– ¡Fantasma! –

Más tanto Andy BlackHawk tomó el mismo y, sin siquiera mirar, lo arrojó y derrotó al último hombre que se alejaba del encuentro.

Repentinamente Maia, Kalú y los comadrones contemplaban sorprendidos a Andy. Puesto que su lanzamiento había sido extraordinario.
Y en cuanto la mirada del nuevo Fantasma de Runfenir se dirigía hacia el tren que se perdía hacia el Este, la niña perteneciente a Alfarón corrió a abrazarle.

– ¡Hurra! –

Gritaban los sobrevivientes. Fab observaba los acontecimientos sin necesidad de sostener las leñas de abeto.

– ¡Hurra! –

Apoyaba Kalú el festejo.

– ¡Romel! ¡Romel! –

Gritaba el pequeño que había protegido a su hermano y Andy no soltaba a la niña que sollozaba en su pierna.
Entre lágrimas, el joven Fantasma de Runfenir murmuraba:

– Lo sé… Lo sé… Siempre perdemos a alguien querido en las batallas –

A medida se reunían todos y asistían a los malheridos. Maia se aproximaba a Andy susurrando:

– ¿Lanzamiento de suerte? –

Y aunque Andy asintiera, enseñó uno de sus tres cinturones que aún portaba viejos puñales pertencientes a su madre.

Mendigos se ocupaban de cubrir el cuerpo sin vida del corcel con la promesa de sepultarlo y Andy no perdía los borbotones de humo al Este.

– Esto aún no termina –

Murmuraba Fab, el Viriathro.

Entre el grupo de adultos y niños que festejaban, el monje se avecinaba gritando.

– Aún puedes alcanzarle por los túneles –

Y al unísono asentían Kalú, Fab y Maia. No obstante, Andy BlackHawk regresó al sureste ante las miradas confusas de todos. Tomó el gunblade y, recién ese momento, asintió.

A lo lejos, la locomotora marchaba. En los vagones se subían alguno de los bandidos que se habían fugado.

Wes’Har yacía viendo los durmientes entre las vías de hierro, a medida removía una nueva espiga en el interior de sus labios. Él sabía que las tropas se reunían en el transporte impulsado por carbón, p ero también era consciente de la llegada de algunos jinetes.
Claro estaba que algunos demonios de Drill no estaban dispuestos a abandonar sus corceles. Sin embargo, a la distancia, Wes, logró divisar a un jinete de ropaje oscuros, seguidos de otros diez, cuyos tórax sostenían emblemas de estrellas plateadas.

– Esos cabrones no van a rendirse con nada –

En cuanto rozaba las manos sobre sus colts, los bandidos voltearon a ver y comenzaron a gritar asistencia a los malhechores a caballo.

Seriamente, Wes, se internó en la locomotora y permitió que sus lacayos hicieran el trabajo sucio.

– Son demasiados J. Dean –

Clamó uno de los jinetes del Rigor Lejano.

– Tendremos que reducirlos poco a poco, o nuestra Aldea se verá afectada cuando lleguemos –
– Ciertamente –

Finalmente, los vaqueros se miraron unos a otros y el tren comenzaba a distanciarse. Bandidos a caballo se aproximaban y Jarriet blandió la empuñadura de su sable, murmurando:

– ¡A la carga Jinetes del Rigor Lejano! –