Introducción

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¿…Lo sabrá ella…?

A poco el verano asomaba con su pesado aliento. Aunque aún el frío invitaba a un sutil abrigo, a un cálido abrazo que nos calmara. Pocos a poco, uno a otro los invitados llegaban a la reunión estival. Montones de compañeros con la alegría impresa en su rostro.
Uno de ellos, solitario, avanzaba por un sendero de piedrecillas.

Parecía que aún no había completado su estrecha lista de objetivos.

Entre sus pálidas manos llevaba un blanco papel, que parecía iluminarse ante la noche. Tras una leve bocanada de aire fresco, se podía acertar ciertas palabras en esa delgada nota.

Al principio y en cursiva yacía “…Ella…”, pero descendiendo, en escalones, se describían oraciones tachadas.

Al parecer alguien era una especie de objetivo para el.

Como si hubiera podido descubrir cierta atención exclusiva hacia la nota, la aplastó con sus dedos y dejó que la brisa la empuje hacia la naturaleza a medida que un dulce perfume surgía de la nada. Mas tarde, juntando una mano con otra se abrió paso entre los árboles, a un área colmada de personas. Humaredas incesantes se cruzaban entre fogones compartidos. Risas, sorprendentes exclamaciones y tenues conversaciones se oían entre ciertas pausas de murmullos.

Sus claros ojos se detenían en prolongadas muestras de cariño que se esbozaban dentro del bosque. No parecía conocer a nadie de allí, pero sus besos y caricias le atrapaban gradualmente la atención.

Hacia el horizonte una alegre joven de estatura pequeña y hombros caídos alzó sus manos saludando. Tal suceso ayudó al muchacho a encontrar el camino entre el público. Una sonrisa se dibujó en los labios del muchacho. Quién ya abandonaba la desventura que momentos atrás le caracterizaba.

Dos muchachos agitaban las llamas en una fogata, mientras una dama relamía sus labios sosteniendo unos cubiertos. Otras señoritas conversaban sin detenimiento, y ante la atención del resto cuchicheaban ocultándose con sus manos.

Al frente, la vegetación desembocaba en un amplio campo de arena que se sumergía en un lago. Un pequeño muro separaba el césped de la arena, formando la playa veraniega. Sobre este, yacía sentada una joven que observaba las estrellas mientras otra, de rizos negros, se posaba de pie a su espalda. Parecía susurrarle algo, entre gesticulaciones, sobre lo que veía delante de si misma.

El muchacho se dirigía hacia el sitio y al notar una presencia entre la multitud desvió rápidamente su curso, para mas tarde dirigirse hacia el fogón. La joven que alertó su llegada no demoró en voltearse buscando qué habría afectado ese cambio en su curso.
Entre tantas personas parecía ineficaz descubrirlo, pero en él cierta dama producía agitados latidos. El hecho de solo verla sofocaba su aliento.

La reunión inició y tras su llegada, otras compañeras lo hicieron. La alegría cesó en él al verla delante de sus ojos. Ella saludaba al resto, algo que él no había hecho detenidamente. Su cabello tan fino como su piel, traslucía entre las sombras o quizás solo era parte de su imaginación. A poco se quedó boquiabierto ante su llegada, asimilando haber visto a un ángel.

Las sonrisas pícaras del resto demostraban haber notado la honesta mirada del muchacho.
Si bien sus ojos eran azules, los de ella eran tan bellos como indescriptibles. Sus delgadas manos ordenaban una especie de cartera y del interior un resplandor iluminó su rostro. Al tiempo que observaba su celular, sus labios se entreabrieron con una mueca de placer.
El se volteó con la excusa de revisar la fogata, mientras sus compañeros le observaban sorprendidos. De pronto tomó una rama y empujaba con firmeza la leña. Sin embargo su prominente barba le asistía en pasar desapercibido respecto a su presencia, pero ella no demoró en alzar la mirada y fijar atención.

El tiempo pasó como una estrella fugaz, veloz y radiante. El grupo no podía ignorar los lienzos que la carrera de Letras había forjado entre todos. Repentinamente, tras un suspiro ella se marchó ante la sorpresa de todos. Como si pudiese corroborar algo al respecto, el resto observaron al muchacho con desdén.

A donde ha ido ella Ren? Preguntó el compañero mas cercano, que ante la duda le usurpó la rama y prosiguió con el control de las llamas.

Ren no demoró en girarse ante la expectativa de todos. Parecía como si le persuadieran para decidirse a ir por ella. Él simplemente ignoró el acontecer, pero otra compañera mas indulgente acotó.

Dónde ha ido ella Ren? Contesta!

La atención del resto fue inevitable y el muchacho fríamente respondió.

Cómo voy a saberlo yo?

El tiempo se había consumido demasiado pronto y él lograba acertar cada uno de sus latidos…

¿A caso estos intentaban escapar de su tórax?

De pronto se oyó decir una frase desde la distancia y ella observaba su celular, mientras una chaqueta azul la contenía del frío.

La cena está lista!
Abuelo? clamó, al tiempo que chequeaba su celular.

Una foto se cargaba lentamente en la pantalla, pero no lograba descifrar de que se trataría.

Ren, por su parte, fue de mala gana a avisarle que iban a cenar y cuando se dirigía hacia ella planeaba abandonar la reunión. Puesto que su vehículo se encontraba lo suficientemente cerca se volteó sin siquiera despedirse.
La imagen acabó por cargarse en el celular de la dama y logró divisar un ramo de flores con un delicado mensaje a su lado. Sus pestañas se adosaron como dos ventanas y una sonrisa se formó en su rostro, al tiempo que sus dedos se cerraban en un puño. Este, mas tarde, se posaría a la altura de su corazón para luego suspirar con calma.

Al momento en que el joven optaba por retirarse, al igual que en su llegada, sintió una brisa soplar llevando un dulce perfume. No alcanzó siquiera a girarse que oyó una frase, mientras el aroma lo cautivaba.

A poco sintió que todo se tornaba bermellón y entre recuerdos se vio contemplando todo… 10 meses atrás.

– ¿..Ya te vas…? –


Próximo Acto.