«…El sacrificio pesa mas que la gloria…»

Héroe

 

La muerte de Tobías, cuando el sol oscurecía, provocó un cambio inevitable en Azgal.
Ante la pena luchó, fuera de todo, para exterminar la amenaza. Y cuando se proponía lograrlo un místico se interpuso salvando a la temible bestia.

La lluvia formaba un barrial en las arenas minuto tras minuto. El joven enfrentaba al misterioso hombre en un asalto final. Ambos corrían en busca de la espada con forma de media luna.

A pocos pasos de alcanzarla, saltaron y sus manos se plegaron una contra la otra. Inevitablemente, forcejeando, descendían del salto.

– ¡He dicho que era suficiente! –

Con mayor fuerza el místico arrojó al muchacho lejos del sable, pero este deslizó su mano sobre la arena. Tras detener la caída se disponía a contra atacar, cuando sus pulseras de hierro tintineaban.
Ante la sorpresa, Ed advirtió como Azgal regresaba propiciándole una patada al hombre. Pero de pronto éste producía una flama con su puño, que no menguaba a pesar de la insistente lluvia.

Furioso el místico impactó su puño al frente cuando entonces el muchacho, temiendo lo desconocido, resistió el daño cruzando las pulseras.

– Eso es… –

– ¡Tu eres el responsable de la muerte de Tobías! –

Un puñetazo del muchacho logró asestar en la capucha del individuo, quien sorprendido contemplaba sus pulseras.
Sin mas sentido el místico cayó de espaldas y el muchacho le abatía a puñetazos, a medida que la ira lo invadía.

– ¡Fue tu culpa! –

Sin pensarlo demasiado, Azgal, tomó el sable y procuraba terminar con la vida del agresor, cuando repentinamente Ed le tomó por la espalda.

– Ya está… Su muerte no calmara la pérdida de Tobías –
– Déjame ir maldita sea. ¡Suéltame! –
– Interesante –

Murmuró el místico sobre el suelo.

Ed soltó a su compañero, quien se desmoronó de rodillas gritando. La espada se soltó de sus manos y a poco recapacitaba sobre todos los sucesos.
Notaba los rastros de sangre en su cuerpo, y hasta como sus manos se cerraban.

Desconocía lo que esas muertes habrían provocado en él…
Ya no era un niño escapando al tormento de Relthas…
No era más un adolescente salvando a la caravana de una peligrosa bestia…

Sus manos refregaban la cabeza y se martirizaba ante la lluvia, pensando…

…que la muerte de Tobías había sido su culpa.
Puesto que él les había encaminado por aquél lugar.

– E.. Estoy maldito –

Murmuró, cuando de pronto Valros apareció detrás. Y aunque Ed estaba contento que él hubiera sobrevivido, así oyera de los labios del muchacho llamarse maldito, se sorprendió por su respuesta.

– Tu eres un Héroe, Azgal –

El muchacho se quitó las manos de encima y de pronto la frialdad le hizo tomar la espada. Envainó y marchó desnudo hacia donde el camino le guiara.

– Azgal… –

Exclamó Ed, quedando junto a Valros en aquél panorama. Y el muchacho no demoró en desaparecer en el horizonte.

De repente una carcajada resonó, por parte del encapuchado, quien misteriosamente se había desvanecido.
Llovió por una eternidad y cuando el tiempo mejoró, Ed junto a Valros descubrieron la alabarda al centro del terreno.
Para su sorpresa la caravana movilizaba el campamento.

A paso lento, los guardias aparecieron en el área de batalla.
La muchedumbre estaba horrorizada ante las huellas de la bestia. Nube buscaba por todas partes a Azgal, hasta que Ed logró calmarla.

El muchacho no solo estuvo a poco de vencer a la terrible criatura, sino que había sobrevivido ileso.

Los campesinos festejaban con gloria, puesto que el temor había desaparecido y como si fuera un destino otorgado por los Dioses, sus vasijas contenían suficiente agua.

Valros y Ed enterraron los restos de Tobías y, en honor a éste, clavaron la alabarda como señal de su tumba.
Los habitantes recitaron maravillosas palabras en su recuerdo. Puesto que él les había traído al héroe y por consiguiente la salvación.
Nube aguardaba viendo el camino solitario hacia donde Azgal deambulara, al tiempo que el General declaraba unas palabras:

– …Durante mucho tiempo recorrimos distancias inimaginables y perdimos seres que siempre formaran parte de nuestras memorias. Pero hoy, aquél muchacho nos ha otorgado esperanza y prosperidad. Por este día y por los venideros recordaremos este trayecto como el Pasaje del Valiente Azgal… –

– ¡Hurra! ¡Hurra! –

Gritaban todos con suma intensidad.

Nube vio el sol hundirse hacia el horizonte y aunque las lágrimas se arrastraban por su rostro, alentaba con una sonrisa la fe de volver a encontrarle.

– Sobrevive Azgal –

Allí pasaron la noche observando las últimas gotas caer ante la presencia de la luna. Valros y Ed fueron integrados nuevamente a aquella sociedad. Todos aguardaron las primeras horas del siguiente día para emprender un nuevo camino a lo desconocido.
Confiaban en que Azgal siempre estaría pasos delante de ellos.

Ed disfrutaba del agua que vertía desde un pocillo, mientras Valros contemplaba las estrellas.

– Sabes.. Tus palabras tranquilizaron al muchacho –
– Lo se. Ya era hora que yo despertara. Todo el tiempo desvaríe respecto a él. Pero ese muchacho ha sufrido tanto como nosotros –
– Lo ha hecho más. Ha crecido viendo seres queridos morir. Eso no lo merece ningún niño –
– Tu no eres tan mayor tampoco –
– Lo se… Y de alguna manera me sorprende. Azgal ya es prácticamente un adulto. El tiempo ha pasado como aquella tormenta –
– Aún tiene tiempo. El dolor es lo que mas demora en cicatrizar –

A metros lejanos se hallaba el joven intentando conciliar el sueño ante la fría soledad.

– Por que… Por que… –

Murmuraba, sin consuelo, viendo las palmas de sus manos.

Los rostros de Tobías, el anciano y sus padres aparecían y se desvanecían junto a los murales. Su garganta yacía seca. No había aprovechado, siquiera, a saciar la sed durante la lluvia.
El silencio era eterno y se sentía solitario en un mundo sin fronteras.
Finalmente el agotamiento físico logró inducirle al sueño y la noche pasó hacia el día siguiente…

El sol no demoró en resplandecer sobre su rostro. Jamás advirtió lo que la arena demoró en secarse. La brisa resoplaba sobre su cabello. El dolor y la penuria en su corazón aún le incapacitaban.

La línea morada se formaba ante su vista. Pero él no quería prestarle atención, temía que una vez mas le llevara por mal camino.
Vagamente se inclinó sobre el mural y percibió un lejano torrente de agua, que se esparcía desde la propia arena. En sus alrededores advertía granjas de cultivos y mamíferos.

Su estómago rugió tras ver aquella escena y abrazando su delgada barriga se agachó. Las vertebras en su espalda se notaban sobresalientes. A poco la hambruna le iba venciendo.

Optó finalmente seguir la línea morada una vez mas y le llevó a una separación en dos senderos.
En la distancia, hacia el horizonte, advirtió un enorme sol en el camino. Mientras en el otro, yacía un torrente de agua.
El muro que separaba aquellas opciones llevaba una abertura. Decidió desenfundar su sable y posar la vaina en aquél sitio. La misma sopesaba en dirección hacia el agua y tomó el camino opuesto con la espada en sus manos.

Sabía por su glorioso don que encaminaría a la caravana a un mejor lugar, que aquél al que se encaminaría.

¿A dónde se dirigirá el muchacho? ¿Por qué optaba la incertidumbre a diferencia de la salvación?