«…Negamos la consecuencia, cuando esta ya es irremediable…»

Con toda su Alma.

 

El sol parecía dirigir todos sus rayos sobre el muchacho. Las pulseras de arena tronaban ante su avance. La lanza era sostenida por su mano con fuerza inusual.

De pronto el felino logró arrancar la profunda astilla en su visión y gruñendo al cielo se erguía ante el avance del muchacho.

– ¡GROAAARR!! –

A la distancia se percibía la silueta del místico encapuchado, en una figura de color marrón oscura. Ante el paisaje, solo se podía percibir su extraña sonrisa ante los eventos.

La lanza que dañara a la criatura se ensartó de pronto en una ladera de arena, pero Azgal no temía enfrentarlo con la restante.

– ¡Empezaré, aspirando la gloria una vez te derrote! –

Confiado el muchacho saltó entre la arena decidido a asestar el filo en el cuello del animal. Los peregrinos presentes alertaron dicha acción.
El sol, incluso,parecía alentar la fuerza de sus piernas. Un aura reluciente le sometía ante la gracia del destino.

– Co… Como es posible.. –
– Es inhumano.. –

Murmuraban los peregrinos ante el acontecer.

– ¡Toma esto! –

Con fortaleza el muchacho adelantó su lanza para acabar con la amenaza. Pero el animal se irguió en dos patas y produjo un atroz abanico de zarpas al frente. Los veloces ataques se tornaron incontenibles.

Irremediablemente el temor se apoderó del muchacho, quien lentamente constataba los hechos. La razón le hacia dudar en sus proezas.
Una de las afiladas garras se dirigía hacia su desnudo tórax, cuando el joven rápidamente giró la lanza. Pero la colisión entorpeció su salto y Azgal se enterró entre la arena. Su arma yacía quebrada en dos.

La brisa resopló sobre su frágil cuerpo y el felino volvió a ponerse en cuarto patas sobre la superficie.
Tal fue el impacto de dicha acción que un infernal temblor hizo sucumbir a Tobías y Ed sobre la arena.

En la distancia, Valros, que avanzaba hacia el sitio recibió el movimiento terrenal y perdió el equilibrio. El miedo a poco se apoderaba de él ante lo desconocido.

Mas tarde, la caravana recibió el golpe tardío y los restos del animal, que se cocinaba en una enorme fogata, se soltaron recibiendo el fuego directo. Los habitantes cayeron por doquier. Los guardias sostuvieron la firmeza, teniendo que posar una rodilla sobre el inestable suelo.
Por otra parte la tienda se desmoronaba y tanto el General como su hija se vieron atrapados entre las lonas y mástiles de madera.

– ¡Mi General! ¿Se encuentra usted bien? –

Los malos augurios comenzaban a originarse entre los sobrevivientes.
La brisa comenzaba a resoplar nuevamente con audacia y el sol se oscurecía, de pronto, ante la llegada una nubosidad grisácea.

En el mural, el místico alzó la vista hacia el cambio en el clima.

– Desde millones de años no ha llovido en las Estepas Ardientes. ¿Por qué tiene que ser hoy? –

Un rugido se abrió ante el umbral auditivo.

El muchacho sofocaba su propio aliento contra el suelo, cuando repentinamente Tobías y su compañero le asistieron.

– Muchacho, ¡resiste! –

Exclamaba el primero y le servía agua de la vasija de loza, por más que la sed lo estuviese matando.

– Azgal se hizo llamar –

Respondió el otro, quien liberaba la funda en curva con la espada en vaina de su cinturón.

– No tenemos suficiente tiempo –
– Lo sé. Este muchacho ha logrado cosas que escapan de mi razón –

Murmuró Tobías pensativo.

El felino acometió contra un mural y lo rasguñaba entre bramidos.

Parecía como si a falta de un ojo, estuviera en problemas para interceptar al muchacho.

– Escucha Azgal.. –

Comenzó a susurrar Tobías, intranquilo, al tiempo que Ed advertía la abominación frente a sus ojos y soltaba la cuchilla sobre la arena.

El monstruo se dirigía lentamente, cuando de repente con su olfato advirtió a los tres sobre una densa colina. Los gruñidos volvieron a retomar su curso, al tiempo que deslizaba la lengua entre sus enormes colmillos.

– Es demasiado tarde. ¡Nos ha notado aquí! –
– ¡Recapacita muchacho! –

Tobías arrojó finalmente el agua sobre el rostro de éste. La sed lo quebrantaba desde su interior, pero no encontraba la forma de reanimarlo.
Deliberadamente Azgal tosió.

– Tu nos has salvado a todos. Siempre estaré en deuda contigo –

El joven espabiló, pero demasiado tarde avizoró a Tobías corriendo para atraer la atención del peligroso animal.

– ¡Tobías no! –

Clamó Ed golpeando su puño en seco sobre la arena.
El felino alertó el movimiento en el área.

– ¿T… Tobías? –

Azgal, advertía los restos de su lanza por todas partes. La morada línea se desvanecía ante la oscuridad que diezmaba al mismísimo sol.

Las gotas se arrastraban por su rostro y cabellera. El joven se disponía a ponerse de pie, cuando alertó la espada curva a pasos de él.

– No me hagas esto Nube… No pueden las nubes debilitarme en este momento.. –

Ed no comprendía sus palabras.

Ágil el joven desenvainó la espada curva y fuera de sí marchó tras su amigo.

– ¡Tobías! –

El hombre alcanzó a advertir la jabalina, que dañara el ojo de la bestia, ensartada en la arena. Cuando se disponía a tomarla, un feroz rugido le tomó por sorpresa.
Ante la desesperanza alzó el arma con sus delgadas manos y la agitó hacia el cielo. La misma pasaría junto al felino, que se abalanzaba sobre el hombre, para mas tarde ensartarse en las cercanías donde Azgal aguardaba.

Distante Valros se levantaba cuando notó la figura de la abominación hundir sus mandíbulas en la sombría imagen de un hombre y el miedo retomó su cauce, dejándolo totalmente paralizado en aquél sitio.
Ed cayó de rodillas sin consuelo.

– ¡TOBIAAAAASSSS NOOOOOOO! –

Gritó Azgal al cielo, fuera de sí, y el sol acabo oscureciéndose por completo

El felino se volteaba de repente al muchacho, quién dirigiéndose al frente manoteó la alabarda. Sus pulseras tintineaban sin descanso y su aliento le afligía, pero la pena lo había convertido en un ser nuevo.
Indomable el animal aceleró el paso en busca de su presa, mientras la sangre se chorreaba de entre sus mandíbulas.
Saltando al tiempo que avizoraba una garra desviarse hacia su cuerpo, Azgal, ensartó la alabarda en su pata.

Acto reflejo la bestia rugió lanzando un zarpazo de lado, para acometer con el cuello del muchacho. Pero este bloqueó las afiladas garras con su pulsera de hierro.

O bien pensó que era la oportunidad de desligarse de ella a costa de perder el brazo, o bien confió que su fortaleza detendría el daño.

En un momento precipitado la bestia intentó devorarlo y el muchacho, que planeaba atacarlo con la espada, se encontró sin salvación. Rápidamente se revolcó por el suelo, esquivando así el intento de ser digerido. Tras detener su giro le sorprendió como la extremidad del la criatura se dirigía a aplastarlo. Enloquecido alzó el filo y detuvo su inminente avance. Forcejeaba para no ser atravesado ante las relucientes garras cuando…

– ¡GAAHH! –

…fortuitamente alcanzó a separarse del trágico destino, y poniéndose de pie su melena se soltó cubriéndole la espalda. Los dedos tensaron el mango del filo.
No lo pensó mas, se volteó de regreso decidido a asestarle la espada.

De repente una figura de cenizas se originaba delante de sus ojos.

– ¿Q… Qué? –

La capucha resoplaba delante de la vista de Azgal, quien lleno de ira insistió en su osadía. Así tuviese que superar al nuevo desconcertante individuo, arremetió con su filo hacia el animal.
Alcanzó a notar el fatigado estado del mismo y de pronto una explosión de llamas le empujo a contra viento.

– ¡ARGGHH!! –

La espada se soltó de entre sus dedos y se arrastró fuera de su alcance.

El encapuchado sonreía entre la oscuridad, mientras que el felino se desvanecía entre el fuego.

– P… Por que… –

Clamó sin aliento el muchacho, quien furioso se revolcaba en el suelo. Los raspones propiciados por la arena le había producido un sin número de heridas.

– Es suficiente –

Cruzándose de brazos, el encapuchado resplandeció ante el inició de la lluvia y los rayos provenientes del cielo.

Aquél hombre pretendía desvanecerse a partir del fuego, pero la torrencial tormenta no le permitió concluir tal hechizo.

– Vaya oportunidad… –

Azgal se levantó, por mas que las heridas le abatieran. Delante de sus ojos el misterioso hombre estiraba sus manos. Ambos alertaron, de repente, la espada curva en el trayecto que inevitablemente les haría colisionar.

– ¿No piensas rendirte verdad? –
– Jamas… –

Murmuró el joven que chocando sus pulseras de hierro las hizo resonar ante la calma del agua.

– Lo imaginaba –

A pesar de la turbulenta ocasión de los duelistas. A poca distancia de allí, la llegada de la lluvia calmó la desesperanza de los habitantes en la caravana. Ellos abrían sus labios al cielo.

El padre de nube logró salir de entre los escombros de la carpa junto a ella. Ambos sonreían ante el curioso destino.

– Al fin los Dioses han oído nuestras oraciones –

Se arrodillaron aceptando el curso de los eventos en las estepas, como si se tratase de un bautismo. Y las familias no demoraron en desplegar ollas, vasijas y todo envase que contuviera el agua. Habían perdido el alimento, pero podrían sobrevivir gracia a la tormenta.

Valros y Ed relamían sus rostros sedientos.

– Tobías tu muerte nos ha traído una enorme bendición –

Exclamó Eddy, mientras advertía como Azgal y su contrincante se embarcaban en una carrera hacia el destino. El filo de la espada relucía limpia ante los relámpagos.

¿Qué pasará en el siguiente capítulo?