«…Aunque la sed y la hambruna lo impida, jamás dejaremos de luchar por los sueños…»

El anfitrión de las Arenas.

 

Los rugidos se oían en todo el territorio. Desde la caravana los aldeanos se encaminaban de lado a lado entre muestras de temor e inseguridad. Al tiempo que algunos guardias intentaban calmarles.

Nube se hallaba pálida, en el interior de la tienda, y el pequeño trozo de lona se desplegaba al aire. Le invitaba a contemplar el sol, mientras que trataba de comprender que es lo que Azgal pudo haber visto en él. Puesto que al momento de emprender su camino, sus ojos ascendían hacia el mas allá.

– Tranquilízate hija. Ellos no alcanzarán a sobrevivir y atraer aquella abominación –

Sostuvo el General, quien degustaba un trozo de carne cocida.

Las lágrimas fluyeron en ella sin contención, y abrazándole arropó el desconsuelo que la angustiaba.

– El morirá allí, Padre –
– Nunca he conocido a alguien capaz de vencer a una bestia como esa. Hemos perdido guardias y seguidores por culpa de aquél animal. Pero el camino que ha decidido tomar ahora no tiene vuelta atrás. Solo la fe podrá ampararlos –

Ella negó de forma compulsiva.

Temblores se producían desde la distancia, mientras las ventiscas de arena azotaban con todas sus fuerzas.

– General.. –

Exclamó un espadachín, desde fuera.

– Informe –

Nube se soltó de los brazos de su padre, quien a penas ladeo su rostro a la silueta que se formaba detrás de la carpa.

– Uno de los excluidos regresó y fue interceptado en la zona de control –
– Exterminen a quien sea –

Hundida por la pena, la dama cayó de rodillas mientras el guardia se marchaba. Sin cesar sus puños golpeaban sobre el lecho y la mirada del hombre era despectiva.

– Pero.. ¿Si fuera el? –
– Hija. No hay nada que podamos hacer. Centenas de niños y mujeres aguardan aquí afuera, mientras nuestras provisiones cesan –
– ¡Azgal nos brindó esas provisiones! Tu ya habías decidido aparcar aquí sin mas esperanza –

El padre cerró sus dedos, formando un puño al tiempo que su restante mano acariciaba su barba. Nube sollozaba sin detenimiento y el guardia, fuera de la tienda, se movilizaba entre el viento y arena ignorando los acontecimientos.

Un cuerno resonó con amplitud.

Aquél sonido llegó a oído de los cinco espadachines frente a Valros, quien entre mordía sus labios mientras sus dedos temblaban ante el tacto de la espada curva.

– Esa fue la señal –

Los zumbidos de filos siendo desenvainados se hicieron presentes. El hombre se veía rodeado, segundos mas tarde.

– ¡Esperen! No cometan tan terrible sacrilegio ante un indefenso ser humano –
– ¿Portas una de nuestras espadas y lo nombras como algo sagrado? –

– ¡No se resistan! Cumplan la orden del General… –

Los espadachines atacaron de pronto y el traicionero compañero de Tobías logró bloquear ataques en la ínfima suerte.
Choques de filos rechistaban ante la desesperanza de aquél señor.

De repente una capucha se presentó delante, resoplaba ante la brisa constante. Los guardias se detuvieron al alertar aquella interrupción, que había descendido extraordinariamente desde las alturas de un mural. Ante su oculto rostro, una sonrisa maléfica se dibujaba con el pasar del tiempo.

Valros cayó de espaldas ante un repentino corte que le desarmó. Dos hombres se proponían a culminar su objetivo, pero el misterioso ser se abalanzó sobre ellos y les propició dos letales y explosivos puñetazos que lograron empujarlos fuera del alcance.
Tras desparramarse sobre la arena, sus ligeras armaduras se veían triturada y la sangre manaba de sus labios.

– ¿Qué ha sido eso? –
– ¿Lo han visto? –
– ¿Quién eres? –

La capucha se entreabría mientras sus manos se alzaban y sorprendentes espirales de llamas se formaban en torno a aquél hombre.

– ¿Q… Qué diablos? –

Murmuró Valros, mientras la espada se soltaba de entre sus dedos.

– ¡Cargad contra el místico! –

Anunció uno de los tres espadachines ilesos, con mayor confianza.

Al unísono se desplegaron de frente, pero las llamas producidas por aquél encapuchado se fusionaron delante de sus manos y se convirtieron en una feroz llamarada. La misma calcinó a los presentes, sin siquiera dejarles posibilidad de respirar.

– ¡AGHHHH!!! –

El fuego se realzaba por sí solo, mientras los moribundos seres luchaban por arrastrarse fuera de las brasas.
Tras descender los puños, el hombre volvió a encapuchar su cuerpo.

– ¿Por.. Por qué me ha salvado? –
– Solo ha sido el destino –

Replicó el siniestro místico, tras esbozar una sonrisa y voltearse hacia la cercana batalla de Azgal.

– Espero no haberme equivocado –

Las llamas se alzaron en torno a él y su presencia se desvaneció por completo. Las cenizas de los muertos se mezclaron entre la arena.

– A… Aguarda.. ¿Qué es lo que esperas que haga? –
– Ya lo sabrás, en su debido momento –

Susurró al viento.

Valros observó hacia la caravana y sabía que acabaría muerto de una forma u otra. Así que tras estirar sus dedos para manotear el mango de la espada, se puso de pie y regresó los pasos ante la tormenta de arena.

– Perfecto –

El siniestro hombre recuperaba su figura normal sobre aquél muro. Debajo de sus pies, en la roca, se encontraba tallada la forma de un monstruoso felino.

– ¡GROOAAR! –

La bestia rugía entre la arena que levitaba. Temerosos los peregrinos contemplaban el tamaño inexplicable de aquel animal.

– ¡Muchacho! –

Gritó Tobías ante la tenaz corriente del viento.

Las zarpas rasguñaban uno de los muros grabados y en cuestión de segundos agrietaban totalmente la piedra.

Sobre otro, recostado de espaldas, yacía el joven. Las lanzas se encontraban desparramadas a los lados. Sus ojos se entreabrieron y sentía como las ráfagas solares le iluminaban y cautivaban, como si tratasen de despertarlo.
Alucinó a Nube entre risas pícaras, corriendo mientras la tormenta producía un macizo fondo de minúsculos puntos. Su fino vestido de seda se alzaba ante las brisas.

Nunca, jamás dejaba de sonreír.

Las manos del muchacho tomaron los mandobles y cerrándose en torno a sí elevó la postura. Los suspiros fueron percibidos por aquella bestia, quien de repente volteó su mirada hacia un remolino de arena que se producía en el muro frontal.

El muchacho avanzaba a paso lento y confiado. Una alabarda descansaba en su hombro, mientras la otro apuntaba a su enemigo.

Ed y Tobías alertaron su presencia ante el prominente resplandor solar.

– No es posible –
– ¿Cómo pudo ese muchacho, levantarse después de aquella embestida? –

Los ojos de Azgal se dirigían de lleno al animal, quien aguardaba al acecho. Lentos sus pasos entornaban la perspectiva espacial, que siempre les hacía ver de frente. La capa revoloteaba ante la desnudez de aquél joven.

– Aún puedo luchar… –

Desde una esquina, Ed tomaba sus pómulos con las manos. Al tiempo que su compañero, Tobías, caía de rodillas ante el espectacular encuentro posterior.

– ¡No lo hagas muchacho! Es un suicidio –

Las brisas de pronto cesaron y la arena que levitaba regresó a la superficie.
El sol resplandecía con fuerza.
La bestia gruñía mientras su temible mirada le contemplaba.
Dejando de movilizarse, la melena del joven se soltó y sus dedos presionaron las mandobles.

– ¡Mi nombre es Azgal y soy el Anfitrión de estas Arenas! Ni tu, ni Relthas podrán sobrevivir mientras yo siga de pie! –

Con todas sus fuerzas el muchacho arrojó una de las jabalinas al frente. La misma perforó inevitablemente uno de aquellos siniestros ojos. Y así la sangre manó por doquier, cuando la criatura se desmoronaba produciendo zarpazos. Los que luchaban por quitarse el arma de encima.

– Elegiste un mal momento para molestarme –

Azgal soltó la capa que le camuflaba y alzando su restante lanza cargó al frente con suma velocidad, mientras un alarido de ira se apoderaba de él. Los peregrinos se quedaron perplejos ante la resolución del muchacho.

¿Será este el fin de la peligrosa amenaza? ¿Podrá Azgal acabar con el temor de los habitantes de la caravana? ¿Cuál es el verdadero rol de aquél misterioso hombre en esta batalla?