Capítulo 11 – Ambiguos destinos, desenlaces turbios

por | Ene 30, 2020 | Las Reliquias de Daghol, Quinta Crónica: El Mercenario de las Tierras Perdidas de Runfenir (After)

«…Ante facciones diversas, ante propósitos diversos, el sino era incierto…»

Ambiguos destinos, desenlaces turbios

 

 

Ambiguos destinos, desenlaces turbios. Ventiscas de arena se combinaban en la abandonada aldea del pasaje silencioso. La vía de hierro cruzaba entre sus rígidas moradas de roca y el enorme galeón. Aquél en el que hubieran llegado los Viriathros desde el Más Allá.

La brisa colisionaba entre los endurecidos perfiles, generando alguna clase de murmullo.

Avanzando como una caravana, llegaban los doce jinetes del Rigor Lejano. Junto a ellos se aproximaba el guardián Rultz y los Viriathros, nuevos huéspedes de las tierras que apenas se recordaban por los rumores sobre criaturas sobrenaturales.  Por si fuera poco, los corceles relinchaban. Asemejaba que el temor sobre espíritus fuese una enfermedad contagiosa tanto entre bandidos como entre animales.

No obstante, en los diversos senderos era clara la frialdad y la ausencia de entes. Más tanto algunos se movilizaban en la base de operaciones que habían construido debajo de la superficie del galeón. Prácticamente imperceptibles, se desconocía si fuesen viriathros o cyb-obreros.
Desorientados caminos se tallaban en torno a los hogares, en un ambiente trágico y silencioso, completado por la abundancia de sedientos abetos.

A medida llegaban al navío, los anfitriones colocaban las antorchas en mástiles de hierro, para generar iluminación constante y, aunque ofrecieran a los jinetes ingresar, Jarriet solo contemplaba la vía del tren.
En ausencia de pregunta alguna, Rav’Thos asentía, como si estuviera al tanto del próximo diálogo que se gestaría.

– Hemos logrado conectar Alfarón con nuestra base y también Rigor Lejano. Algún día preferirán el pasaje seguro en el ferrocarril –

– Probablemente funcione, cuando no queden más bandidos en Colmena de Drill –

Murmuraba el General, sin quitar la vista del sendero construido por las vías.

– No juzgues a Andy por lo que ha hecho –
– No lo haré Rav’Thos. Sin embargo, ha actuado como un forajido y hay que finalizar con tales costumbres –

Y ante el silencio de la conversación, uno de los jinetes añadía:

– De lo contrario, los nobles jamás se asentarán en nuestras tierras. –

Cada uno de los oficiales asentía a su manera y, tras suspirar, Rav’Thos contestaba:

– Él es un mercenario. Solo pretende aliviar las disputas por propia cuenta –
– No se justifica. Ahora puede que sea presa de los bandidos y probablemente perdamos el ferrocarril por ello –

Mientras los Viriathros se adentraban en su base, Rav’Thos y Ryltz aguardaban junto a la deteriorada popa.

– ¡Eso es impensado! –

Los corceles relinchaban de vez en vez. Aún Jarriet permanecía con la mirada en las líneas de hierro que se perdían hacia el horizonte nocturno.

– Si bien el ferrocarril posee vagones cubiertos de agua, hierro, pólvora y otros suministros… También posee la última creación de la estirpe –

Clamaba Rultz, exasperado, y, con cierto decaimiento, Rav’Thos asentía.

– ¿Cyb-Obreros? –

Contestó el jinete oscuro y, en el asentir de uno el otro negaba.

Los oficiales abrazaron las riendas con los dedos y Jarriet volteó para ver los rostros de los anfitriones.

– La mayor amenaza proviene del Este, superando el mar. Por ello, la prioridad ha sido construir una fortaleza defensiva frente a futuras invasiones. Así es como planificamos emplear los cañones de larga distancia –

– Acaso, ¿no ostentarán uno de esos en el ferrocarril? –
– Desde luego, Jarriet. Nuestra intención es desplazarlos al regreso de la misión actual. Un día tú serás parte de la represalia hacia el viejo mundo –

Sin más palabras, el héroe del Rigor Lejano, se volteó hacia la vía de hierro y solicitó a sus huestes apresurar la marcha.

– Es imperativo que el cañón no quede en manos enemigas –

Gritó Rultz. No obstante, los jinetes se habían marchado hasta tornarse indetectables ante la noche.

Y en la distancia, dos cyb-obreros controlaban el funcionamiento de la locomotora, al tiempo que Andy BlackHawk refregaba el cuero de su corcel en uno de los tantísimos vagones. Indiferente, contemplaba hacia el Sur.

– Lo sé… Lo sé… Kirk ya habrá llegado a su Aldea –

 

Distante a tales acontecimientos, la liga de los valientes proseguía su cauce ante alaridos de gloria y choques de jarrones cubiertos por la hidromiel.

Wes’Har se hallaba de rodillas, contemplando el disfrute de todos los espectadores. Cadáveres yacían amontonados en la plazoleta de combate, constatados apenas por los destellos de la hoguera. Allí, al centro de la matanza, el anciano que solía entregar municiones, también había perdido la vida.

Ante la densidad de los gritos, los disparos aleatorios, el ruido de las cenizas y el choque de la diversidad de filos, Helen carraspeaba, manoteando su cuello, tras liberarse de Alik. Por encima de éste, Stev, el prisionero que ella había rescatado, le golpeaba con los brazaletes que unificaban su manos a medio metro de eslabones de hierro.

El nórdico reía a carcajadas, mientras innumerables puñetazos atropellaban su semblante. Stev parecía decidido, incluso, a asesinarle.
La sangre salpicaba por cada una de sus heridas y la dama se proponía alzar su magnum. Sin embargo, tardíamente, avizoró que el sádico Wes’Har se hallaba de pie y sus extremidades frotaban la culata de ambas colts.

Negando cualquier posible derrota, la hija del demonio replicó la postura del prisionero, se arrojó sobre Wes y comenzó a azotarle a bofetadas.
Incapaz de vaticinar tales actos, su víctima se desplomaba de espaldas. La pistolera siquiera le ofrecía respiro frente a la golpiza.

Desde su perspectiva, Alik alertaba la fiereza de aquella damisela y gritaba sumido por la gloria. Asimismo, Stev se proponía estrangular al hombre con los eslabones de hierro. Pero el nórdico de crecida barbicie detuvo sus intenciones al calzar los dedos en sus brazales y, ante los gruñidos, exclamaba:

– ¡Rofindir es testigo! Esa mujer será mía –

Helen ladeó el rostro contemplando como el hombre se libraba de su golpeador y, sin más, escupió en rechazo a sus intenciones.

En el interior del público, Naher, alertaba con preocupación el resultado y buscaba intervenir para descargar las municiones de su winchester frente a los oponentes de Colmena de Drill.

Ante la perspectiva opuesta de la hoguera, Hasem y Kalim se hallaban en apuros para afianzar una contraofensiva frente a dos desconocidos asesinos que derrotaban con sencillez a los comadrones.

De procedencias inciertas y destrezas formidables, poseían una versatilidad mayor en el panorama propuesto. Ambos ocultaban la presencia en la nocturnidad y la presión de la batalla, obligaba a sus contendientes a retroceder del alumbrado frente de la hoguera.

En un intento de escapar al encierro de la noche, numerosos comadrones avanzaron. Se disponían a sacrificarse para que su líder tuviera oportunidad de enfrentar a un enemigo cara a cara. Pero una docena de cuchillas en forma de estrella se encargaron de derribar a la primer avanzadilla. Quedando unos pocos en pie, el mercenario se encargó de contrarrestar la proximidad con ligeros cortes de espada. Así, el asesino formalizaba una danza sutil que lograba destruir la muralla humana de comadrones.

A pesar de la ofrenda, Hasem consiguió el tiempo suficiente para equilibrar las oportunidades. Luego de una apresurada carrera, ante numerosos nativos heridos, arrojó un puñal delante de sus ojos y saltó encima del cruento encapuchado.

Tras bloquear el puñal con su sable, el sombrío asesino, utilizó la vaina para desviar la garra ósea que el líder de comadrones buscaba propiciarle.
Rápidamente, el peligroso invasor quebró la postura de Hasem luego de ofrecerle simultaneas patadas. Por su parte, el cacique, giró corporalmente en retroceso y logró aterrizar ante las vislumbrantes llamas.

Irguiéndose en su sitio, Hasem suspiraba agotado, a medida contemplaba como su oponente aguardaba de espaldas.

– ¿Quién eres? –

Clamó, de repente, el nativo, posicionándose delante del calor del fuego, a medida que sustraía dos puñales.

– ¡Leikaaa!!! –

Se oyó gritar a pocos metros y el robusto caballero asestó su espadón a poco de rebanar a la ligera ballestera. Sin embargo, la pesada mandoble solo lograba diezmar el terreno y dos novedosos impactos de saetas se incrustaron en su peto.

Al igual que el encapuchado, aquella cazadora omitía respuesta alguna y contaba con la predilección un combate enérgico. En cuanto el caballero arremetía al frente, buscando desgarrar su esbelto cuerpo, ella hacía uso de arma a distancia y de picas unidas por una tanza de acero. Estas últimas se encargaron de enredar una de las grebas del caballero, obligándole a presenciar la asombrosa precisión frente a sus ojos.

Sin posibilidad de librarse, el hombre observaba el exasperante resultado, a medida que la dama recargaba su ballesta y le apuntaba a la garganta.

– ¡Kalim! –

Gritó, de pronto, Hasem al notar la desventaja de su compañero, e ignorando todo posible devenir arrojó sus puñales para entorpecer el lanzamiento de Leika.

Inesperadamente las cuchillas lograron su cometido y, aprovechando el suceso, el encapuchado se giró de espaldas desenvainando su sable. Aunque Hasem procuraba detener el corte con su garra, el certero desvío del filo modificó el rumbo hacia su rostro.

Desesperado, el nativo esquivó en retroceso y con suma agilidad la cuchilla logró quitarle la garra ósea de encima. A poco de incinerarse a sí mismo, Hasem estaba arrinconado y totalmente desarmado.

Fuera de sí, el caballero sustrajo la pierna de la greba atrapada, liberándose de la protección y blandió su espadón. Dispuesto a arremeter contra Leika, que se encorvaba indefensa, desvió la perspectiva para advertir a su compañero en aprietos.

El hostigador calor anticipaba la muerte del más heroico nativo proveniente del Comadrón. Y, en cuanto el asesino buscaba degollarle, el caballero de Treón arrojó su enorme mandoble contra el encapuchado. Más tanto, éste, solo tuvo por alternativa bloquear el ataque y su kodachi escapó de entre sus manos.

Recuperando una chance en el combate, Hasem encaró al desconocido, dispuesto a luchar con sus puños. Pero una feroz patada detuvo su osadía y el nativo se derrumbó de rodillas junto a las llamas. El resplandor era suficiente para alumbrar e individualizar el tejido de lona de algodón que empleaba el ropaje del siniestro asesino.

Asimismo, Kalim se hallaba indeciso respecto a finalizar su duelo contra Leika o asistir a su compañero. Sin embargo, la dama se disponía a recuperar su ballesta y derrotar al hombre cubierto de hierro.

Ante la indecisión, nuevos comadrones se adentraban en el campo de batalla, resentidos por la inminente derrota de Hasem. Exactamente igual sucedía en el panorama opuesto, dónde Naher y los Demonios de Drill avanzaban contra Helen.

El público comenzaba a agitarse en ausencia de un árbitro que detuviese las hostilidades. La dama acababa cubierta por cañones de colts y rifles. Asimismo, Alik, el nórdico, furioso al ver el destino de Helen DeathTrick, detuvo un nuevo puñetazo de Stev. El guerrero de barba y melena rojiza pretendía cargarse a cientos de bandidos con los propios puños.

– ¡Rofindir es testigo! –

Ante la ira del hombre, rodeado por armas de plomo y espectadores que ocultaban el asombro con sus manos, un forajido exclamó, apuntando su winchester sobre una tienda de lona.

– ¡Al diablo con tu Rofindir! –

Tal fue la furia de Alik, que asestó un codazo sobre la nariz del violento Stev y cargando la mandoble con sus dedos se esmeró en arrojarla hacia las alturas, a costa de recibir u n centenar de descargas y arruinar los tendones de su antebrazo.

De igual manera, Wes’Har clamó una pausa a las represalias y los bandidos se ahorraron de provocar una masacre. No obstante, como un rayo en la noche, el filo del hacha perforó el tórax del subversivo y los gritos se hacían oír en el mercado negro ante la cascada de sangre que descendía sobre la carpa de lona.

Los bandidos conformaban una pasarela de armas de fuego y, tanto Alik como Stev y Helen yacían recostados  sobre la suciedad y la sangre que entintaba el terreno.

Wes procuraba tomar una espiga, cuando dos sombríos individuos retrocedían desde la hoguera y la guerrilla de comadrones cargaban hacia el frente.

La Liga de Valientes se hallaba en su mayor cenit de descontrol. Helen despotricaba por su victoria no concedida y el nórdico suplicaba que le matasen con honor.

Por otra parte, Hasem, anunciaba un intervalo, al tiempo que una nativa hacía sonar una asta de guerra. La muralla humana de nativos portando lanzas, garras y puñales aguardaba la resolución de cacique. Mientras, a paso calmo, se aproximaba el caballero, quién sostenía la mandoble sobre uno de sus gorjales incrustado por al menos tres saetas.

Ante la mirada expectante de todos, Wes y Naher avanzaban hacia el centro, sin perder de vista al anciano muerto que pudo haber supervisado los combates.

Delante se aproximaban Hasem y Kalim, contemplando como los asesinos sombríos se hallaban emboscados a la mira de quince winchester.

Siquiera iniciaba el diálogo, que el joven bandido que llegara desde el Oeste, llamó por el nombre del líder de Drill.

– Wes’Har –

Sin rodeos, el sádico Wes’Har se volteó de espaldas y apuntó su colt, a medida se acomodaba la espiga entre los labios.

– ¿Qué haces tan lejos de tu puesto de guardia, Kirk? ¡Cabrón! –

El muchacho retuvo el aliento y, temiendo la intenciones de Wes, sus camaradas se abrieron paso permitiendo al revólver un único objetivo.

Kirk, nervioso, respondió:

– La fortaleza ha caído en manos de los oficiales del Rigor Lejano –
– ¿Qué has dicho? ¡Desgraciado! –
– Me temo que la liga ha finalizado –

Murmuró, finalmente, Hasem. Al tiempo que el caballero de Treón contemplaba a Helen sobre la arena, con una winchester apuntando tras su nuca.

– Mi recompensa está presente. Supongo que todos ganamos ¿no? –

Hasem observaba de reojo a su compañero, con cierto recelo. Naher asentía con un silbido de victoria. No obstante, Wes no emitía respuesta alguna y su mirada se cernía sobre el horizonte. Siquiera observaba al joven Kirk.

– ¿Qué dicen? La mujer es mía, ¿verdad? –

Replicó el caballero, con ansias.

– Ni en tus sueños calvito –

Clamó ella, a costa de recibir un disparo.

– ¡Ella es DeathTrick! –

Gritaba Stev a regañadientes.

Olvidando, momentáneamente, una cúpula gaseosa que se distendía en el horizonte, Wes enfundó su colt y escupió la espiga. En cuanto se disponía a ladear el rostro de espaldas, Kalim presionó la mandoble con sus manos y Naher alzó el rifle.

– La cabrona no es recompensa, puesto que me ha derrotado. Ella es la hija de Jormont y, por ende, es la líder de los Demonios de Drill –

Luego de sus palabras, Wes se quitó el sombrero y la mayoría de los bandidos replicaba su acción. Quiénes carecían de cofias llevaban un puño al corazón. Todos respondían con honor y, por fin, Helen recuperaba la posición que debía heredar. Naher era el único que permanecía apuntando su winchester a los nativos y al caballero.

– Y ahora que la liga ha concluido, debemos afrontar a un enemigo en común cabrones. ¡Esta será mi primera y última encomienda para todos! –

Ante la conclusión del diálogo, la dama presente comenzaba a erguirse y varios bandidos la asistían. Los comadrones, dirigidos por Hasem, soltaron sus armas y los líderes de ambas facciones confirmaron la alianza al unir sus manos.

 

– ¿Cuál será su última voluntad jefe? ¿Qué haremos con ellos? –

Indagaba uno de los bandidos, para luego señalar a los rebeldes que se habían sumado a los combates de la liga.

El sádico pistolero, al centro de atención, se volteó para concluir con las obligaciones. Y aunque Hasem estaba de acuerdo, Kalim no se veía tan contento.

– ¡El Rigor Lejano, debe pagar! –

Gritaban numerosos maleantes, junto a Kirk. Quién ya había recibido servicios de alimentos y ostentaba una jarra cubierta por hidromiel.

Helen se aproximaba al centro del campo de batalla y numerosos hombres silbaban en su orgullo, al tiempo que el público la alababa por su victoria y valentía.

– Los que deseen seguirme marcharemos hacia Alfarón, al Oeste de Runfenir. El resto acompañará a DeathTrick en su nueva victoria. ¡Recuperaremos el Cruce Austero y en dos días nos reuniremos frente al Rigor Lejano! –

Antes que el atardecer iniciara, una enorme caravana de comadrones y bandidos seguía a Helen DeathTrick. Allí se unían Hasem, Kalim y Stev, junto al nórdico que únicamente tenía ojos para la dama. Por otra parte, una diminuta porción de bandidos, liderada por Wes’Har, se dirigía hacia el lejano Oeste.

Corceles relinchaban por doquier, estruendos de cuernos resoplaban a distancias incalculables y escasos bandidos aguardaban en Colmena de Drill, liderados por Naher, quién reguarnecía a los prisioneros y al mercado negro.

Entretanto el anochecer se avecinaba, Andy BlackHawk no perdía de vista el curso del transporte. El desierto, apenas visible, le traía nostalgias. El sitio aquél dónde el viejo Fantasma de Runfenir le había enseñado a disparar el gunblade. Y aunque la noche se encontrara cercana, creía haber notado movimiento hacia el Sureste.
Consonante resonaba un claxón y, tras voltear el rostro hacia el Oeste, Andy advertía la humilde morada de Alfarón. Más enérgicos que en su niñez, los aldeanos cruzaban las vías sin temer a nada, contagiados por la euforia y la ruidosa locomotora. En el lejano recorrido, creía contemplar a los legendarios asesinos que le aterraban en su niñez.

– Lo sé… Lo sé… Maia ya no solo custodia el suministro de agua –

Ofrecidos para trabajos artesanales, ahora los aldeanos trabajaban sus propios hogares y servían urnas de acera como recuerdo cultural. Pero los comadrones parecían haberse tornado más solidarios.

– Lo sé… Lo sé… Érabo estaría orgulloso sin contemplara esto –

La travesura comenzaba a culminar y la locomotora disminuía la velocidad. Diversos aldeanos y monjes de Alfarón sobresalían de sus asentamientos. Al final del curso, Andy BlackHawk tomaba las riendas de su corcel y le asistía para descender de uno de los tantos vagones.

Al borde de la noche, el hombre tenía un mal presentimiento y, en cuanto calzaba las manos en uno de sus tres cinturones, un puñal arrojadizo colisionó con uno de los murales de hierro del vagón y aterrizó a centímetros de sus pies.

Recordando a su madre, Andy desvió su extremidad del arma de fuego y calzó los dedos en mango de uno de los cuchillos.

– Te hayas lejos de tu hogar, BlackHawk –
– Lo sé… Lo sé… –
– ¿Has venido solo, acaso? –

Andy asentía y, aunque notara el primer timbre de voz, femenino, desconocía el del segundo.

– ¿Qué te traes por aquí, forastero? –

BlackHawk guardaba silencio, al tiempo que los legendarios asesinos, liderados por Maia, se aproximaban al encuentro y sutiles crujidos resonaban al desenvainar los puñales. Asimismo, el dúo de cyb-obreros se adelantaba detrás del novedoso huésped y los nativos observaban con desdén aquellas espeluznantes figuras humanas con el cuerpo recubierto por láminas de hierro y bronce.

– ¿A qué has venido? Responde. –

Musitaba Maia, perdiendo la paciencia.

Numerosos Comadrones se preparaban para el combate pronosticado.

Sin embargo, el hombre que Andy no reconocía, y que aparentaba liderar al resto exclamó:

– Alguien más se avecina –

A corta distancia y a doce de recibir una fatídica resolución por parte de Andy BlackHawk, el nativo se arrodilló sobre la plataforma terrestre y oyó el galope.

– Doce –

Murmuró, y Andy alzó el ceño.

– ¿Demonios? –

Clamó Maia, dispuesta a lanzar un puñal contra Andy.

– No lo sé, pero vienen a prisa –

Relinchos sonaban ante la intemperie.

– Lo sé… Lo sé… –

– ¿A qué has venido, entonces? –

Ante la incertidumbre de Maia, silbó, como si se tratara de un código y veinte nativos se posicionaban. Se ocultaban entre las viviendas y los vagones del tren. Asimismo, los cyb-obreros, con naturalidad desplazaban compuertas en los contenedores del tren, como si se tratara de una rutina desconocida. Asustadizos aldeanos de Alfarón se acercaban y suministraban urnas de barro cocido.

– ¿Acaso hacen esto, todo el tiempo? –
– Debes salir más Maia. Estos suministros son obra de Rav’Thos y sus Viriathros –

De pronto, la mujer avanzó sobre Andy y acercó el filo del puñal delante de su cuello.

– Suficiente de ti. Habla o muere –
– Fab –

Contestó él, como si el nombre fuese un código.

Y aunque el nativo, sobre el suelo, alzara el ceño y pareciera ser el único presente capaz de reconocer aquél nombre. Los aldeanos de Alfarón se emocionaron. Uno de los tantos, un monje, suplicaba que le siguieran, anunciando un extraño dialecto.

– Ae, Ae, Ae… –

Andy siquiera lo dudó. Imitando su trayecto, perdió de vista a los nativos. De igual modo, Maia solicitó que nadie se fuera.

– No sabremos que busca BlackHawk, pero si los Demonios de Drill vienen hacia aquí, Hasem no puede haber salido ileso de la liga –
– Lo inspeccionaré –
– De acuerdo, Kalú, pero no demores en regresar. Quizás te necesite luego –

El nativo asentía y, tan ágil como silencioso, siguió el último rastro del mercenario.

Los galopes cesaban, Andy desconocía quiénes hubieran llegado e incontables comadrones aguardaban al acecho.

Lejos de asemejarse a bandidos de Wes’Har, los doce jinetes del Rigor Lejano llegaban desde el Este.

– ¿Oficiales? ¿Aquí? –

A pesar de la noche, las fogatas alcanzaban para esclarecer los distintivos de plata y oro en sus pechos.

– ¿Que se traen, lunáticos? –

Clamó la dama, sin rodeo alguno.

– ¿Dónde está él? –
– ¿Quién? –
– ¡Andy BlackHawk! –

Y la respuesta fue suficiente para que los nativos voltearan la vista hacia los hogares.

Antes que Jarriet desmontara del corcel, la dama desenfundó una lanza de filo óseo, tras su espalda, y murmuró:

– ¿Qué te traes? –

Automáticamente, los once alguaciles apuntaron sus armas de fuego al frente y los comadrones se pusieron en guardia.

– Este territorio no les pertenece para hacer libremente lo que deseen –
– Debo proteger estos vagones –
– Pues ahí los tienen, no den un paso más –

Y, tan pronto la dama y Jarriet cruzaban miradas de recelos, diversos disparos tronaron hacia el horizonte. Un comadrón llegaba desde el Este, gritando:

– Demonios… ¡Demonios de Drill! –