Capítulo 10 – La Liga de los Valientes

por | Dic 15, 2019 | Quinta Crónica: El Mercenario de las Tierras Perdidas de Runfenir (After)

«…¡Furiosos y valientes asesinos se enfrentan ante el declive de sus vidas! Exorbitantes filos desgarran la carne, disparos destruyen todo mural posible…»

La Liga de los Valientes

 

La Liga de los Valientes

La noche estaba en su cenit. Apenas la brisa resoplaba haciendo fragor ante el silencio del Rigor Lejano. Los once jinetes y Jarriet Dean habían transcurrido la noche buscando a Andy BlackHawk. Quién había huido con Kirk, el joven prisionero.

Las densas planicies estaban oscuras. Siquiera bastaba la luna para ilumina. Los jinetes se hallaban enfrentando la negrura y pretendían discernir cualquier tipo deseñal que asegurara el avance del fugitivo.

– J. Dean. Me temo que le hemos perdido –

Apenas se podían individualizar entre ellos ante la oscuridad latente. Y por si fuera poco, el cuero fosco que vestía el General le volvía imperceptible.

– No… No. Él no estará lejos. –
– Pero, ¡si apenas nos divisamos entre nosotros! –
– Enciendan antorchas –

Y, rápidamente, los once desmontaron para buscar leña y fabricar una fogata.

– Pero General. Si iluminamos, él sabrá donde nos encontramos –
– Soy consciente –

Respondía el héroe de Runfenir a uno de sus seguidores.

El tiempo proseguía su marcha y solo retardaban la búsqueda. Tampoco conseguían encender la pira en el medio de la nada. Tan pronto Jarriet notó el pasaje, a pie de unos individuos, hacia el Noroeste, sospechaba que se trataría de los Viriathros.

– ¡Atentos! ¡Conmigo! –

Exclamó Jarriet Dean y, tras tomar los corceles, los hombres galoparon hacia la línea de sujetos, quiénes si contaban con antorchas.
Atemorizados, ante la opacidad, se congregaron y Rultz desenvainó su sable de oro.

– ¿Bandidos? –

Clamaba Meros.

– ¡Preséntense! Antes que el oro se tiña con su sangre –

Gritó el guardián de los Viriathros, decidido a ir por lo que hubiese delante de su rostro.
El líder del grupo simplemente adelantó una de las antorchas y se separó del resto.
Apenas conseguía alumbrar los emblemas en los pechos de los recién llegados. Las once estrellas de plata y la de oro.

– Jarriet Dean –

Exclamó con soltura.

– En efecto. ¿por qué se dirigen a pie, Rav’Thos? ¿Por qué no pasaron la noche en Rigor…? –
– Me temo que Don Canet estaba demasiado furioso como para ofrecer más servicios y siquiera finalizamos el concilio –

Replicó Eghos, un Viriathro de encendido carácter y que solía desconfiar de todos los humanos. Incluso de Rultz, su propio guardián.

– Rav’Thos… –

Contestó el héroe, casi en susurro, y luego añadió:

– Es deshora para caminar solos en Runfenir. Los bandidos no demorarán en recibir noticias sobre la toma del Cruce Austero –
– Hemos vivido en peligro mucho tiempo, Dean. Apenas podríamos temer a los espadachines dorados o a los propios esbirros de Jasnoth. Pero gracias a los Dioses, se encuentran lejos de nuestro alcance. –
– ¿Jasnoth? –

A medida Rultz envainaba el sable, con confianza, murmuraba, lleno de pesar:

– Ro… Roños… –
– Son viejas historias que subsisten en nuestras pieles –

Jarriet avanzó, con cautela, y desmontó.

– Entonces, con mayor razón, únanse. Les alcanzaremos y nos proporcionarán la luz de las llamas. Deseo que un día me cuentes sobre esas historias, Rav’Thos. –
– Será un placer, muchacho –

Así, todos marcharon juntos hacia el pueblo fantasma del que ahondaban diversos rumores y dónde los Viriathros habían construido una base subterránea de operaciones. Asimismo, las vías del ferrocarril pasaban por allí conectando el Rigor Lejano con Alfarón y Jarriet temía que su amigo, Andy, hubiese iniciado el plan solicitado. Que hubiera ido solitariamente hacia Alfarón, con la locomotora, pudiendo ser presa fácil para los Demonios de Drill.

El día entero se había extinguido. En Colmena de Drill comenzaban los preparativos para la liga de valientes. Las noticias habían atraído nuevos rostros al mercado negro. Bandidos transitaban por las callejuelas de paja. Las tiendas se encontraban completas y amplias fogatas cocinaban diversos alimentos.

Silbando se avecinaba Naher a uno de los tantos puestos de bazar. Aquél sitio en el que solía encontrarse prisionera a Helen DeathTrick. Quién desde la noche pasada se hallaba libre de ataduras y planeaba quedarse para participar de la liga.

Tras movilizar las lonas, el silbido cantor se vio interrumpido. La dama aguardaba apuntando su magnum al hombre que buscaba ingresar.
Naher acabó soplando y, paralizado en su sitio, hacia tambalear la fuente de bronce sobre sus manos.

– Ah, eres tú… –

Musitó ella y, tras advertir que descendía el arma de fuego, el bandido inclinó el semblante y murmuró:

– ¿Por qué no te has marchado? –
– ¿Y perderme del show? –

Replicaba ella, luego de sentarse sobre un tronco y quitarse el sombrero para peinarse la melena con los dedos.

– No planearas luchar. ¿Verdad? –

La doncella negaba, paulatinamente, mientras giraba el sombrero sobre su mano.

Naher colocó la bandeja sobre uno de los troncos y el alimento cocido producía el levitar constante del humo aromático.
Más tanto, luego, como en la noche anterior, el vaquero se marchó y Helen, que aguardaba en silencio contempló con apetito las presas asadas.

– ¡Cabrón! ¡Te necesito aquí mismo! –

Gritó el sádico Wes’Har, desde fuera. Por poco, del asombro, la dama descarga la magnum frente a uno de los laterales de la tienda. Apresurando el paso, Naher, se encontró con el líder de los bandidos y se marcharon entre diálogos escandalosos.

– En cualquier momento llegarán los comadrones. Debemos iniciar los combates –

El vaquero asentía, a medida observaba sus característicos ropajes para el evento. La camisa de algodón, las chaparreras, el sombrero y las botas de cuero, el cinturón completo de municiones de plomo y su tradicional espiga entre los labios.

– En caso de que ellos triunfen… –

Naher y Wes se detuvieron. Helen se aproximaba a las lonas, ignorando momentáneamente la cena.

– Debes llevarla al Rigor Lejano, por asco que me dé pronunciarlo. Y… –
– Pero… –
– ¡Calla desgraciado! –

El vaquero contuvo la respiración y comenzaba a tronar la llegada de los nativos. Los bandidos se abrían paso por la aldea, buscando puntos propicios de disparo.

– Tú liderarás. ¡Ni se te ocurra que Stev comande estas huestes! –
– Pero yo no deseo… –

Y, tan pronto avanzaban los comadrones, los bandidos echaban más leña a las fogatas, ocasionando mayor iluminación y una densa humareda. En cuanto el ambiente se ha tornaba propicio para esconderse frente a un asalto, Wes’Har liberó su colt del cinturón y la apuntó entre los ojos de Naher.

– ¡Asiente bastardo, o te quedarás sin sesos! –

Aunque la situación estuviera en su contra, el vaquero siquiera pestañeaba. Para retarle a cometer el asesinato, incluso, se ponía a silbar.

– ¡Tú siempre estorbas mi brío, malnacido! –

Y en cuanto cargaba la colt, Naher sonrió y asintió.

– De acuerdo. Lo haré –

Lentamente, Wes quitó el arma de fuego, acomodó la espiga y se retiró para dar la bienvenida a los nuevos llegados. Dertás, Naher cargó su winchester y silbó con soltura.

– Por fin llegas –

Musitó Hasem.

Ante las llamaradas de la hoguera se hallaban formando una muralla humana. Hasem, Kalim y diversos comadrones, hombres y mujeres a los lados. Detrás se soltaban los dos jaulones provocando un profundo estruendo.

Los bandidos aguardaban armados hasta los dientes, apuntando a los hostiles. Corceles relinchaban y la maravillada risilla del anciano, quién ofrecía las municiones, replicaba en el escenario.
Portando mínimos ropajes y la piel marcada por carbón, los comadrones, revolucionaban el ambiente e inspiraban temor.

– Has llegado y has traído lo prometido –

Clamaba Wes’Har.

Kalim se proponía desenvainar su espadón, en desconfianza.

– He cumplido. La jaula está dispuesta. ¿Cuándo comenzamos? –

Antes de responder, Wes acomodó la espiga y se convirtió en un sencillo punto de mira para los nativos.

– ¡Cabrón! Cuanto antes mejor –

Refutó él. Y sus hombres comenzaban a reunirse a la vista, sin dejar de apuntar sus armas.

La latente oscuridad de la noche se enfrentaba a las encendidas antorches y la enorme llamarada producida por la hoguera, al centro del pasaje. Rodeados de tiendas del mercado negro y el más diverso público, los caminos de arena conformaban una galería nocturna de notorios entramados. La mayoría de los obstáculos eran una bendición o maldición para los representantes de la batlla. Junto al fuego, perjudicando su propia vida, el anciano que distribuía municiones, se hallaba como árbitro. Cerrando los pasillos de la rústica plazoleta de los pícaros, se hallaban los jaulones, que obligaban a una carrera de escaramuzas entre tiendas, hierro y gentíos. Stev se asomaba entre barrotes y también el Sheriff Dean, junto al mendigo proveniente de Alfarón. Aquél que apostaba por el liderazgo de la hija de Jor’mont DeathTrick.

Kalim parecía molesto y quizás se debiera a que la famosa Helen DeathTrick no estaba entre barrotes como lo prometido.
La batalla campal ofrecía ciertos voluntarios de cada área del Runfenir. Algunos lucharían junto al sádico Wes’Har, mientras otros por la duplicidad de Hasem, el comadrón y de Kalim, el valiente caballero de Brind.

No obstante, las noticias habían generado la atracción de otros voluntarios, dispuestos a batirse a muerte en las baldías tierras de Runfenir.

Ante la presentación de3 los bandos, por parte del juez, un grupo de individuos avanzaron de entre el tumulto de bandidos, comerciantes y nativos. Cada uno portaba armas preferentes y, lejos de pertenecer a alguno de los bandos, parecían observarse con recelo a sí mismos.

Kalim vestía la pesada armadura de la caballería, el espadón que superaba el largo de su estatura y ostentaba, además, un cráneo de hierro, como yelmo, para resistir cualquier clase de daño. Aunque viviera los combates de tal modo, el peso asimilaba a una carga frente al ambiente y sus oponentes. Por otra parte,  Hasem, al igual que sus súbditos, con lanzas y cuchillos, poseía escaso ropaje, aumentando los atléticos pasos pero convirtiéndose en un rival endeble. Asimismo, el área de combate era ideal para su estilo de lucha.

Siluetas se adentraban en el territorio. Algunos eran individualizados ante la presencia fogosa, otros se mantenían ocultos en las esquinas de la penumbra. Gritos de expectantes se fusionaban ante la fiereza de llamas. Un olifante resonaba por parte de los comadrones, disparos de plomo se descargaban hacia el cielo estrellado y los contendientes ingresaban al anfiteatro.
Naher observaba el ciclo de luchadores, avanzando sobre el área disputada y, entre numerosos bandidos, caminaba la hija del demonio de Drill, libre, sin ataduras, con la magnum en la funda y el resonar de los eslabones de hierro de su látigo. A paso calmo, avanzaba a hurtadillas, mascando un trozo de borrego asado y alertada por uno de los prisioneros que clamaba:

– Por una yegua como esa, dejaría el crimen y lo que sea –

Helen le contempló de reojo y, tras detener el paso, decidió oírle.

– Piénsalo. No verás hombre más valeroso en un millón de kilómetros. –
– ¿Valeroso? Apuesto que tras esas barras cualquiera lo es ¿no? –

Y, entre risas, la dama mantuvo el porte, inclinando la cadera a un lado, como si le retara a atraparla.

El hombre, que en reducidas ocasiones se comunicaba, abrazó los barrotes con sus dedos y gruñó.

– ¿Acaso eres un animal, querido? –

Más luego, la dama escupió y siguió su marcha.

– Eso eres. Basura atrapada –

Y en cuanto ganaba distancia, el hombre gritó con euforia:

– Ruega que nadie me libere. Ruega que no liberen a Stev y serás tú la que pida clemencia cuando mis dedos te aprisionen como a estas barras de hierro –
– ¡Apuesto a ello! –

Respondió un bandido y numerosos rieron a carcajadas.

Finalmente, Helen se aproximaba al incendio en el centro del anfiteatro. Tras desatar el paño de seda, lo posó en sus labios, como simulando a un barbijo, y se sobresaltó al oír un estruendoso grito de un guerrero que intervenía en el área de la lucha. Sus palabras previas le eran desconocidas y la vestimenta que llevaba, sumado a su corpulenta figura sorprendían a más de uno.

– ¡¡¡Rofindir!!! Alik se suma a la matanza de cobardes. Obsérvame y disfruta. El filo de mi hacha se hendirá en la carne de mis adversarios. ¡Contempla como la viscosa sangre se esparcirá sobre tus tierras! ¡UOOOH!! –

Asimismo, dos sombrías figuras se internaban con ligereza, evitando al orgulloso hombre que sostenía una gigantesca hacha con ambas extremidades.

Alzando el paño de seda desde su cuello, Helen avanzó por el territorio hostil y, en otras aberturas, se aproximaban comadrones liderados por Hasem y su compañero Kalim. Al tiempo que en frente el sádico Wes’Har se internaba con numerosos bandidos.

Los pasos realzaban el polvillo y el fuego de la hoguera apenas lograba iluminar un círculo a su alrededor. Poco a poco los gentíos cerraban toda oportunidad de escape posible.

Desde su jaula, Stev, gritaba con locura y le acompañaba el ritmo de los tambores chamánicos. El festín estaba por iniciar.

Al centro, junto a las llamas, el anciano resplandecía y gritaba la presentación de la liga.

– ¡Todos se han reunidos en esta noche. Pícaros, guerreros, forajidos, siniestros espadachines y hasta ¡un berserker de las heladas tierras de Jacor! –

La gran mayoría temblaba al advertir a aquél hombre que asemejaba a un hambriento mastodonte.

– ¡Maravíllense! Esta es la Liga de los Valientes. Y los que sobrevivan a la carnicería formarán una familia. –

Tan pronto finalizaba con la irónica frase, rió friccionando los dientes y el fuego le hacía iluminaba. Haciéndole ver más siniestro de lo que en realidad era.

Desde el Oeste se aproximaba un despeinado muchacho que llamaba a Wes’Har ante la Colmena de Drill prácticamente vacía.

Afligido respiraba, avanzando por los umbríos senderos contemplando el incendio en dirección al mercado negro. En la lejanía suscitaban los gritos y los disparos hasta que de repente resonaron puñales desde direcciones inciertas.

Temiendo por su vida, el muchacho detuvo el pasaje.

– ¿Quién viene? –
– ¿Co… Comadrones? –

Murmuró temeroso.

Tan pronto revisaba con qué protegerse, una garra de tres filos óseos se detuvo debajo de su garganta.

– Mal momento has elegido para venir –
– ¡Aguarden! debo informar a… –

En cuanto se disponían a degollarle, silbidos interrumpieron la resolución de los nativos.

– ¿No creen que están muy lejos de la competición? –

Exclamó el hombre que llegaba junto a otros bandidos.

– Nos gusta atormentar a nuestras futuras presas –

Ironizaba uno de los comadrones y, sin necesidad de apuntar su winchester, los forajidos junto a Naher hicieron lo propio.

– Comienza a correr del terror –

Exclamó luego y, agradecido, el joven bandido se liberó. No obstante, los nativos parecían dispuestos a luchar contra la muralla de pistoleros.

– ¿Huir? ¿nosotros? Si apenas puedes divisarnos en la noche –

Naher sonrió ante el comentario, alzó su escopeta y descargó un disparo al cielo. Cuyo estallido iluminó momentáneamente su alrededor.

– 8 ágiles asesinos legendarios contra una cortina de fuego. ¿Estás dispuesto a apostar? –

Sin más rodeos, los comadrones se fugaron y Naher se volteó a contemplar como el muchacho intentaba internarse entre el gentío y gritaba por Wes’Har.

La batalla había comenzado finalmente y cualquier interrupción sería ineficaz.
Siquiera se lograban individualizar a los combatientes, salvo a Alik y al caballero de Brind. Cuyas estaturas prominentes sugerían una amenaza a sus rivales.

Los pistoleros, junto al sádico Wes permanecían en uno de los laterales. Aguardaban que los comadrones fuesen alertados ante la luminosidad de la hoguera. Asimismo, estos también se hallaban al acecho en el extremo opuesto.

Rompiendo las cuadrillas de expectativas, Alik, el nórdico, se abalanzó hacia dónde se hallaba el anciano y blandiendo su hacha procuraba arrojarlo al fuego. Sin embargo, Wes’Har, el líder de las huestes de bandidos, descargó sus colts con suficiente precisión como para que osado guerrero detuviese su osadía y se cubriera con el filo curvo.

– ¡No contra él! ¡Cabrón! –

Aprovechando tal oportunidad, los comadrones iniciaron una carrera frontal. Procuraban vencer al líder de los bandidos en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, un ágil y misterioso encapuchado arrojó diminutas cuchillas, prácticamente imperceptibles, que diezmaron a parte de los asesinos.

El acontecimiento fue suficiente para dividir a los combatientes. Y, en un intento de enfrentar a la amenaza, Hasem, giró su cuerpo en un salto, buscando acertar sus garras. Con la conclusión de un movimiento de torbellino sobre el renegado, le atacó desde la altura. Pero, el rival bloqueó el avance de las cuchillas con sus cubre brazos de metal. Segundo tras segundo, el líder de los legendarios asesinos del Comadrón azotaba con sus cortes al aficionado de las sombras.

– ¿Q… Qué eres? –

Exclamó él, de repente. Y una feroz patada le empujó fuera de su alcance.

Valiéndose de la situación, los comadrones reaccionaron frente al audaz contendiente y, antes que él se percatara resonó el crujido de un sable corto al desenvainarse. Raudo, el hombre, derrotó a los cuatro nativos que se abalanzaban con lanzas y puñales.

Demorado, Hasem, rechinó los dientes, librando un gemido de estupor, mientras contemplaba como nuevas y diminutas cuchillas se aproximaban desde su ubicación.
Antes de poder esquivar los lanzamientos, Kalim apareció delante del nativo y bloqueó los ataques esgrimiendo su espadón.

Comadrones se retorcían de dolor alrededor del audaz combatiente y la ceniza se esparcía en el panorama. Paso a paso, el encapuchado se movilizaba como en una danza silenciosa.

– ¿Te encuentras bien, Hasem? –
– Eso creo… –
– Y decían ser los asesinos más veloces de Runfenir –
– Ese, claramente, no es de por estas tierras –
– Te dejaré una abertura y lo enfrentaré –
– Él no está solo, Kalim. –

Tan pronto el caballero pretendía cargar contra el encapuchado, un disparo punzante resonó desde un lateral y, manteniendo la mirada al frente, elevó el gorjal para bloquear el lanzamiento.

– ¡Nada puede detenerme! –

Aún así, el impacto logró perforar su armadura y, por poco, asesta en su cuerpo.

– Pero que… –

En cuanto alertaba la saeta, ignoró al encapuchado y alertando a una dama de ligeras prendas sosteniendo una ballesta, balbuceó:

– ¡Leika! –

Saltando en su sitio, Hasem, retomó la carrera detrás del caballero para escudarse de los certeros ataques del veloz rival. Pero la mujer de la ballesta era un impedimento a tal estrategia.

Asimismo, Alik, arremetía en carrera contra Wes’Har y sus pistoleros. Bloqueaba el plomo con su exuberante arma afilada.

– ¡GROOOAARGHH!! –

Los expectantes palidecían ante la serie de eventos suscitados. El anciano, junto a la hoguera, animaba la revuelta.

– ¡Furiosos y valientes asesinos se enfrenta ante el declive de sus vidas! Exorbitantes filos desgarran la carne, disparos destruyen todo mural invencible. ¡Deléitense todos y cada uno! –

Sin perder de vista todos los combates, logró advertir la silueta de la vaquera Helen DeathTirck que se aproximaba desde una de las esquinas vacías. Silbidos resonaban con su llegada y el anciano musitaba:

– Pero… ¿Qué tenemos aquí? –

Fuera de sí, Alik giró su hacha, asemejando un oso hambriento, por encima de los pistoleros y su filo rebanó a numerosos hombres a los lados de Wes’Har. A medida sostenía la mandoble con un  brazo, estiró la otra extremidad para atrapar al líder de los pistoleros. Repentinamente le aplicó un golpe con su cráneo que, incluso, le obligó a ceder la contención de la espiga.

– ¡Rofindir! ¿Es esto suficiente? ¡Solo son niños asustadizos! –

Gritaba, dispuesto a enfrentar a sus propios Dioses.

– ¿Quién diantres es este… ? –

Murmuraba, de rodillas, Wes’Har, al tiempo que observaba a la mayoría de sus hombres yaciendo sobre el anfiteatro totalmente derrotados.

– ¡¿Dónde se halla un combatiente digno?! –

Volvía a exclamar, sin cautela, el descomunal hombre de barba rojiza.

Entre el público, el muchacho que llegaba desde el Oeste clamaba por su líder en continuas ocasiones, pero el panorama era desalentador.

– M… Maldito seas… –

Contestaba el sádico Wes’Har entre escupitajos de sangre. A duras penas lograba sostener su colt.

Tras alzar la vista, advirtió al grotesco guerrero abalanzando el hacha. Estaba dispuesto a degollarle de un corte.

– Ser derrotado… por este cabrón… –

Y, repentinamente, Helen DeathTrick arrojó su látigo de hierro y consiguió retener el filo en su dirección. No obstante el monstruoso vigor del nórdico era capaz de ignorar su intención y cumplir todo cometido.

Por tal razón, la hija de Jormont DeathTrick atascó los eslabones en la cabeza del anciano y, a paso sutil avanzó elevando su magnum.

Tras detenerse junto al nórdico, quién alzaba el ceño ante los gemidos de ahorcamiento del hombre a su espalda, desligó el paño de seda y, con una maléfica sonrisa, clamó:

– Has sido derrotado, Wes’Har. –

Y apuntando su magnum al rostro del pistolero, los bandidos del público apuntaban sus colts y winchester dispuestos a entorpecer su victoria.

– ¡Malnacida! ¿Qué crees que estás haciendo? –
– Ríndete. Yo seré la Líder de los Demonios de Drill –
– ¡Esto no es una competencia por el liderazgo! –

Las risas se desencadenaban en los laterales y tardíamente se convirtieron en asombro al sentir el novedoso discurso de la doncella. Las armas de fuego comenzaban a perder su firmeza.

– ¡Yo, Helen DeathTrick, soy la Líder de los Demonios. ¡Suplica por tu vida! –

Hasta el propio Stev se quedó sin palabras al oír tales palabras.

Pero, tan pronto como Alik perdía la atención del resto, soltó su mandoble. El filo se enterró en el cráneo del anciano y, antes que pudiese advertirlo, Helen se hallaba colgando por encima de la estatura del nórdico. Con sus dedos aprisionaba el cuello de la vaquera.

– Gnn… –

Wes’Har rechinaba los dientes de repente y la dama, intentando zafarse alzaba el magnum sin posibilidad de apuntar. Los disparos asestaron en el diverso gentío de bandidos y, uno de los tantos, logró liberar de su jaula al violento mercenario.

Ante la fuerza inagotable del nórdico, la vaquera intentaba liberarse por medio de codazos y patadas. Sin embargo, era insuficiente. Y, frente a las inhóspitas represalias, Stev, con libertad, prefirió rescatar a la hija de Jormont, lanzándose sobre el corpulento Alik.