La deliciosa lasaña duró menos que lo que tardaron en besarse al principio del encuentro.
Las horas transitaban sin cesar y el silencio protagonizaba el almuerzo. Alguna risotada, por parte de Angélica, le interrumpía. Pero hacia un buen tiempo que las reflexiones del muchacho le habían tornado desinteresado.

Eso era más claro en él, que cualquier otro asunto…

Probablemente los recuerdos respectivos a Zoe revolotearan en su inconsciente. Quizás el anhelo ganase espacio, a pesar del apetito, a pesar de aclarar los continuos rodeos con que Angie retomaba la atención de su celular.

Sin embargo, al término del almuerzo, con el pago de la cuenta y el interés de diálogo más fluido en el sirviente que en la propia pareja, ambos se tomaron de la mano, como comúnmente, e iniciaron un paseo por la galería.
Contemplaban la diversidad de tiendas, las prendas ofrecidas en sus vidrieras, los finos lazos de cuero, los diversos pañuelos y delicados corsé de brocado y satén.

La joven había olvidado, de momento, las interrupciones telefónicas y prestaba absoluta atención a las rebajas ante la temporada de Invierno.
Por su parte, Saúl parecía destinado a llevar la carga de momentos inesperados ante el deseo de resolver la incógnita en otro sitio.
Estaría Zoe ocupando su mente?

Siquiera vieron venir el pasaje de los segundos, que captaron como el atardecer se entornaba delante de los ojos. Siquiera descubrieron como el aparente y caluroso ambiente regresaba a la ordinaria helada que habían sentido por la mañana.

Angie había comprando, finalmente, dos delicados conjuntos en una tienda que ofrecía vestimenta para salidas nocturnas. Y, por momentos, el  ambivalente muchacho regresaba de los astros para elogiar a su pareja.

La caminata proseguía y Saúl procedía a enseñar diversas locaciones que marcaban un hito en su vida. Así, presentó el club de verano, una escuelita con los paredones de mármol, la plaza de juegos infantes, el salón de video juegos y, luego de un extenso estrecho, su espacio laboral.

Ella descreía que a diario Saúl tomara el largo camino hacia aquél sitio y, tarde o temprano, todo indicaba la incertidumbre de conocer en dónde, asiduamente, se hospedaba. Pero el muchacho procuró pasar desapercibido ante tal descubrimiento.
Probablemente temiese que el conocimiento de Angélica, al descubrir a Zoe conviviendo con su padre y él, se convirtiera en una eléctrica sacudida a la relación.

 

A medida llegaba la noche se dirigían de regreso al Hotel y, a cuesta del cansancio, se detuvieron en una Pizzería. Previo a ello hicieron algunas compras para degustar, entre diversos chocolates y unas botellas de licor que, aunque cargasen más peso en el bolso, anticipaban el deseo de compartir un encuentro con alegría alcohólica. Quizá así el frío se desmoronara ante la temperatura de los cuerpos.

La cena había sido lo justo y necesario para recuperar energías.
Y, en ausencia de voces, sus miradas y caricias dejaban más claras las intenciones. Asimismo, debajo del abrigo de pana, Angélica vestía el nuevo corsé blanco de satén y, para facilitar la comodidad se había quitado el sostén, haciendo transparentar, más de la cuenta, su figura corporal.

– ¿Por qué nombrarte Trufa Silvestre? –

Preguntó él, de pronto, yaciendo en entre mesa, al cabo de horas de silencios y alternancia gestual. Como si gesticulando no bastase saliva alguna…

– ¿Y a vos qué te parece? –

Respondió ella, con cierta picardía, al tiempo que acariciaba su cuello desnudo con sus deditos.
Su compañero negó, por instinto, con la cabeza y, al parecer, asemejaba a una pregunta que no aguardaba respuesta alguna.

A lo mejor era tan obvia la conclusión, como al hacer una pregunta retórica.

Lo cierto fue que, al cabo de la noche, los remordimientos, la reflexión, las interrupciones y el silencio se retiraban de la escena y un inmenso deseo se abría paso de entre las caricias.
Sin importar el público, el sitio, o los propios platillos y copas sobre la mesada, se invitaban a verse aún más cerca. A fluir las sensaciones y retribuir tanto recelo en una demostración amorosa, como fuese posible.
A degustar el manjar corporal que se hallaba delante de sus ojos.

Tras erguirse, Saúl asemejaba a una bestia que, encasillada, buscaba quebrantar las cadenas de todo espectáculo.
A poco le gobernaba la disposición de arrojar los utensilios al suelo y sucumbir sobre Angie en la fina mesada y ante la presencia pública.
Ella no renegaba ante la entusiasta idea. Sin embargo, vistió el saco y se retiró rápidamente, buscando extender la velada.

Eufórico el muchacho saldó las cuentas con el empleado nocturno y se abrió paso hacia la desértica y glacial vereda.
La noche yacía presente y el frío asimilaba arrasar contra cualquier seda. El deseo acabó por obligarles a correr hacia el hotel y, con la llegada escondieron las botellas para no anticipar un desmadre delante del antipático veterano de la administración.

Subieron las escaleras, esta vez anticipando la llave desde el principio. Por si fuese poco, la cerveza de la cena ya sopesaba la presencia de alcohol en sangre. Y tras acceder a la habitación, luego de cerrar el portal, Angie destapó el recipiente y ambos se contemplaron como nunca antes.

Un delgado mechón de cabello descendía por su hombro y se sobaba sobre el transparente busto. La exótica presentación bastaba, para que Saúl decidiera sumergirse en las sábanas del lecho junto a ella. Más luego, aceptó la bebida mientras ella se descalzaba y bailaba sobre el cubrecama.
Aunque no hubiese composición musical, se movilizaba tan serena y provocativa que innovaba la locura provocada en él.

Sin más, Saúl bebió un largo sorbo de licor de café y aguardó, ansioso, el permiso para actuar. Como si se encontrase ante su propio Capitán.

Con honor y respeto, aguardó lo suficiente. Así el sudor se diversificara, así las intenciones se empañaran, así el amor y el deseo se convirtieran en un único sentimiento de pasión y fogosidad.

Y, al cabo de los minutos, el anfitrión del Hotel alzó la vista ante los temblores excedente en el piso superior. Las delgadas fachadas rebozaban ante el salvajismo de los cuerpos que se franeleaban en un indescriptible acontecimiento de caricias.

Sin vacilar, el conserje elevó la ganancia musical y los suspiros pasaron a ser desapercibidos por el comensal que cenaba en el Hotel.

Aunque la dama presumiera su cuerpo, aunque Saúl debiera controlar sus acciones en una especie de rol laboral, el alcohol acabó por anticipar la brecha del estímulo y, mientras el envase aguardaba a un lado, ambos comenzaron a besarse sobre los lienzos. Como si nunca lo hubiesen hecho antes, como si durante años solo recurrieran a miradas de intenciones ausentes.

La suculenta danza acababa por definirse en la falda del hombre, el saco se desprendía de los hombres de Angélica y la blandura del lecho, a su espalda, animaba al descontrol en su compañero.
Sin más, el baile cedió y sintió como los muslos de la joven aprisionaban sus piernas. Aún movilizaba la cadera, cuando Saúl, sin pausa, bebió un extenso sorbo de licor y una mísera gotilla se arrastraba por la comisura de sus labios.

Ante el frenesí repentino, Angélica posó los dedos sobre las extremidades bajas del muchacho y se irguió para posar la lengua, con atrevimiento, sobre la manchita que se diluía hacia su mentón.

En aquél momento, Saúl despertó en una éxtasis inagotable y el busto transparente le provocó mayor ímpetu.
Planeaba despojarse del recipiente y abrazarla tras su espalda, pero las manos de la joven se cerraron en torno a sus muñecas. Le obligó a calzarse junto a la silla.

Saúl negaba, mientras Angie vacilaba entre devorarle y abandonarle. Esclavo de las sensaciones, él, asintió como si con ello admitiese toda derrota y se volcara hacia una especie de ritual erótico.
Angie se volteó, le entregó el dorso, mientras desabrochaba su jean y descendía la cremallera.
Él había olvidado, ante la fuerte presencia de la bebida, cuando ella habría soltado el calzado. Le pareció que trasladaba un espejo para posarlo en donde, anteriormente, se encontraba un recuadro.

Rociado en sudor, Saúl ofreció su ayuda, al tiempo que perdía las fuerzas y su entrepierna asemejaba dominar su entero cuerpo. Advirtió a trasluz el reflejo desnudo de su trasero  portando un bañador de encaje.
Aunque el muchacho se encontrara dócil ante el ilimitado injerte de alcohol , sus ojos no perdían de vista la proeza de su compañera. Quién, de pronto, encorvó la espalda y, sin descanso, se abrió paso entre las separaciones del cinto de cuero, la tela de jean y el envoltorio de algodón que protegía el bóxer y enconó los labios tras liberar al bulto.

Los delicados dedos  se enrollaban como pétalos, cubrían el grosor del miembro mientras la húmeda membrana se engullía tal virilidad.
Sumido ante el placer, y contemplando el reflejo perfecto del espejo, Saúl balbuceó unas palabras.

– Tr… Trufa Silvestre –

Y, por un leve momento creyó advertir la pícara risa de Angélica al tiempo que manipulaba aquél músculo.

El conserje animaba la llegada de las diversas personas que ingresaban al resto bar. Asimismo, para satisfacer el apetito, acompañaba el ambiente con música clásica. No planeaba aturdir, ni tampoco provocar una sorpresa a los presentes por los clientes del piso superior.

Somnoliento, sentía la intensa fricción de las fachadas bucales, dispuestas a encerrar el entramado de su órgano reproductivo y la visión del culo de Angélica se desmaterializaba hasta inducirlo en una iluminada fantasía donde se agitaba una delgada pula y la esencia brillante bañaba todo porte superior. Parecía como la miel que se arrastraba por doquier.
Tan pronto la imagen se esfumaba, volvió a beber del recipiente de licor y sintió como se humedecía.
Creyó alertar como una bolsa de nylon cubierta de miel estaba por estallar y espabiló. Sin más, se soltó del asiento y abrazó tan fuerte a Angélica que, súbitamente, sucumbieron sobre el cubrecama.

El silencio de la música otorgó consonancia y el leve murmullo de la cena afloraba. El portero sonrió admirado, creía que la escena sexual había finalizado.

Y, de pronto, los cubiertos se detuvieron, las fauces se congelaron, el administrador yacía perplejo y de fondo se oía el insaciable galope con los gemidos a flor de piel…