A nte las desmesuradas miradas del público, Saúl, ingresaba al Pub junto a Tamara y su nueva amiga. La que negaba a dar a conocer su nombre de pila.
Un breve pasillo de oscuridad y tranquilidad les llevaba a un área más centellante. Ostentaba tanta cantidad de personas, que asimilaba a la espera en una terminal de trenes.
Las paredes parecían retumbar, y la vendedora de entradas les observaba enseñando una mueca de desagrado.
Saúl avanzaba lentamente, sin perder de vista sus alrededores. Al parecer, no conocía el bar nocturno y, aunque hubiera ido a diferentes discotecas en su ciudad, la población de éste lugar, probablemente, se multiplicara por tres.

Como si atravesaran una pasarela, las chicas movilizaban sus caderas a medida avanzaban hacia el área pública. Se quitaban los abrigos, se despeinaban delante de los espejos que yacían dispuestos sobre el tejado y hacían ingreso a la noche bailable.
Él simplemente acomodaba el cuello de su camisa como si buscara ajustar una corbata inexistente, y se disponía a arremangar los puños de su camisa cuando ya había superado la última puerta. Allí aguardaba, sin alejarse demasiado de sus acompañantes que comenzaban a bailar a breves pasos.

A saber si por los nervios, o la falta de costumbre, Saúl demoró muchísimo en acomodarse y el resto de la cola de personas comenzó a avanzar a espaldas de él.
En algún determinado momento una luz blanca arrasó con todo y una prolongada pausa entre canción y canción perduraba. El público aguardaba el nuevo ritmo, y el sudor se esparcía por su piel, como si le hubiesen arrojado baldes con agua desde la plataforma superior.

Yacía atónito, y un nuevo y fulminante sueño iniciaba. El tumulto de personas asimilaba a una montaña detrás de la damisela, las luces no eran más que el propio amanecer, el sonido emitía las olas replegándose junto a las costas. Ella le señalaba, como si le invitara a acompañarle y, de repente, las prendas mismas se distorsionaron. En ese momento la imaginaba portando una verdosa bikini con una falda de hojas que asemejaban a una palmer. Ambos se encontraban en alguna playa de Hawaii.

Tras instantes, el efecto se desvanecía y al voltearse vio a la esbelta señorita de ojos color cielo que le advertía desde la cola de personas. Ahora pasaba, a su lado, y arrojaba un diminuto cigarro que soplaba un penetrante aroma. Al parecer, a su paso el humo se esparcía hasta respirarlo con plenitud.
Saúl se perdió al notar que aquél porro descendía al suelo y al contemplar al frente notó a su nueva amiga con una rígida mirada.

Luego, y sin regañar, ella y Tamara se marcharon. Él procuraba seguirlas y se detuvo al sospechar que se dirigían hacia el tocador. Una densa cantidad de señoritas transitaba hacia una puerta que se encontraba entreabierta.
En aquél sitio, el muchacho sopesó la espalda contra una pared y aguardó mirando a los presentes. Individuos entregaban billetes sobre una barra, como si comprasen fichas para el Casino y se empujaran por apostar ante el paso del tiempo. Detrás, damas bailaban de forma sensual cuando, siquiera, lograba percibir el ritmo de la música.

Extensos minutos discurrían en la aparente soledad. Al voltearse, entre miradas ajenas, contempló la esbelta jovencita de ojos azules, cabello rubio y lacio, aproximarse desde la distancia mientras le ojeaba de manera intimidante.
Saúl sospechaba que se avecinaba hacia alguien que se encontraba detrás de él. Sin embargo, al girarse no halló a nadie presente y, rápidamente, regresó la mirada hacia la susodicha. Como si hubiera llegado corriendo, notó que le tomaban del cuello.
Un suave perfume se impregnaba y le estimulaba, como si le magnetizara hacia ella. Sus finos labios y el delicado busto calzado por un top, le tomaron por sorpresa. Pero más penetrante fue aquella mirada de ojos azules, que parecían dispuestos a devorarle. Asimilaba a un amor a primera vista.

Sin lugar a dudas, planeaba robarle un beso, al tiempo que le acercaba el intenso y rojizo brillo que denotaba en sus labios. Él retrocedió, como si irremediablemente despertara del hechizo que infundía en él.
Deliberadamente la dama proseguía la marcha y Saúl sintió una presión en su tórax, dispuesto a estallar del los continuos latidos. Faltando más, y como si su pecho lo hubiera previsto, se oyó el lejano portazo desde el excusado. La atención de todas estaba clara, su amiga llegaba a prisa con el rostro severo.

Aún desconocía su nombre, pero ya comenzaba a conocer lo suficiente. Ella planeaba pasar por encima de él para atrapar a la otra. Y probablemente arrancarle aquella delicada y presumida cabellera que exhibía.

– ¡Zorra! –

Exclamó, con furia, y Saúl intentaba calmarla mientras, sin querer, sus manos le sostenían por sobre la cintura y sus senos se exaltaban, dispuestos a atropellar su mentón.

– Odio cuando hacen eso –

Comentaba, molesta, y Saúl a miraba sumida en confusión.

¿Acaso estaría celosa por la impostora? Siquiera le había dicho su nombre…

Y la noche se acercaba al próximo declive. Para sorpresa de ambos, Tamara se había marchado ya luego de bailar con un muchacho de rastras y barba prolija.
Tras ver que Saúl no pretendía mover su cuerpo en la pista, ella le tomó de la mano y lo llevó hacia una zona poco iluminada. La música resonaba con menos altitud y diversos sofás se hallaban distribuidos junto a ventanales polarizados, que permitían contemplar las calles de la ciudad.

– Este es el Sector Vip –

Le susurró y él alzó las cejas.

Con un leve empujón, ambos cayeron de espalda a uno de los cómodos asientos. Y con los cuerpos, casi recostados, se miraban con sumo desdén.

– ¿Y bien? ¿Me dirás tu nombre? –
– Te lo digo con una condición –

Como si fuesen a concretar un negocio, se tomaron de la mano sin dejar de mirarse el uno al otro. Saúl no sabía que sospechar y ella mantenía su pícara sonrisa.

– Acércate –

Le dijo ella y el muchacho la consintió.

Apenas lograba sentir su respiración. Sus ojos parecían estar a la distancia de un delgado espejo y, sin pestañear, solo podían contemplarse.
Saúl yacía atraído por aquellos bermellones labios y deducía que cualquier acción imprevista podría arruinar el clima que concebían.

Un circo de pensamientos fluían por su mente, payasos saltarines transportaban letreros diversos y atrevidos como… Manotea sus pechos… Acaricia sus piernas… Y el último, de menor estatura, como si llegara de su profundo inconsciente portaba un pancarta que describía: Bésala…

– ¿Cuál es la condición? –

Consultó Saúl, retomando su mirada los esponjosos labios, que brillaban ante las incesantes luces del ambiente.

– Que me beses –

Respondió ella, con una sonrisa.
Y Saúl permaneció atónito leves momentos, pues en su inconsciente resonaba la murga de payasos, el bramido de los elefantes y los aplausos de unos monos alegres. Tan pronto su imaginación se tornaba tan pálida como el resplandor solar, oyó otro comentario de sus dulces labios:

– Si lo hago yo, pierdes –

Antes que lograra despertar del ensueño, antes que reaccionara a la apuesta, ambas bocas se plegaron y sintió una lengua ajena acometer en el interior de sus fauces. Decidida, había ganado y Saúl yacía sin aliento.

Un mar de sensaciones se podía percibir en su interior y los músculos se removían como frazadas que se mezclaban en una fría noche de invierno.
De pronto, un pinchazo le tomó por sorpresa. Logro notar un sutil mordisqueo en el labio superior, y unos brazos que se retorcían tras su nuca. Sentía el pálpito tronar a poca distancia, mientras una mezcla de calor con su fragancia emergía bajo su mentón.
No existía nada más en el mundo nocturno. Ni las miradas presentes, ni las luminosas ráfagas de las lámparas, ni la presión en los tímpanos por la música potente. Se musitaban intenciones y sentía como la inocencia se suplantaba ante el labrado movimiento de sus lenguas. Imaginaba una canoa avanzar sobre la tambaleante y exigente marea fluvial.
Una recóndita percepción, ante una imperiosa atracción que al avecinarse al abismo propio de una cascada, le asombraba ante la espumante emoción que acaecía.

Delante de sus ojos, en ese preciso instante, espabilaba a punto de perder los estribos. Puesto que el tacto presionaba sobre su entrepierna, y tenso yacía el bulto ante el corte del vaquero. Las uñas de la desconocida se frotaban para luego retirarse por encima de su muslo.
Ambos se tendían con los ojitos cerrados. Pero, más tarde, regresaba la presencia repentina. Los finos dedos oscilaban sobre su saliente miembro viril, obligándole a despertar del ensueño que le produjera aquél intenso beso.

En aquél lugar se veía, atrapado en su ensenada y en la delgada camiseta que se rozaba contra su barbilla. Rebozaban las babas en sus comisuras y percibía como si la nítida y humilde sonrisa se hubiera convertido en una aspiradora. La que se adosaba en su boca, compitiendo como en un asalto de pulseadas.

Faltando más, Saúl, palpaba como aquellas manos le manoteaban por doquier y lo exploraban sumidas en plena confianza.
Creía haber oído desprenderse un botón de su camisa y sentía como la tierna piel de la mano ajena se incorporaba, con total libertad, tras su hombro. Los gemidos parecían soltarse entre el ahorcamiento de aquellas desmedidas acciones. Tampoco ella disimulaba y gimoteaba, como si hubiera descubierto un tesoro perdido al presionar el cuero que de un mapa firme.

El vaivén le sumergía sobre la fornida espalda mientras sus manos yacían recubiertas por la gabardina. Quedando ella enfrente y dispuesta a su vigoroso alcance, Saúl, le abrazó por la cintura y sus besos comenzaron a descender. Se arrastraban por debajo de su pómulo, hasta hallar descanso en su cuello y fundir, con un inesperado fervor, los labios en su piel.
Planeaba luego alzar su mano, para envasar el busto voluminoso. Cuando, sin mesura, ella retiró, en un escape fortuito, las manos por encima de su espalda y, tomándole del cuello, le detuvo.
Siquiera intento proseguir ante tal tentación, que ella le tomó sobre la oreja con su extremidad restante. Luego le propició un último beso y, al instante, tomó distancia.

El sudor manaba por su entero cuerpo. Saúl estaba a punto de desbaratar todo límite posible, para abalanzarse sobre ella. Sin embargo, ella estaba de pie y, sonriente, le susurró:

– Perdiste –

Y, atónito, contempló la figura de la desconocida esfumarse hacia la muchedumbre.
Apenas lograba recuperar el aliento, el imaginaba la canoa rebotar ante la pálida espuma y, rompiendo toda regla gravitacional, retroceder sobre la cascada hasta desaparecer en un vuelo fantástico hacia el caluroso resplandor solar.
El bulto parecía dispuesto a atravesar la entereza del jean y, con un suspiro, sobó la palma de su mano sobre su frente, se irguió fuera del sofá y caminó lejos de la zona Vip.

Estaba dispuesto a reencontrarla esa misma noche, y vio el agobiante publico ante el pulso del ritmo y el refusilar constante de las luces ofreciéndole una perspectiva de movimientos en cámara lenta. Silbidos entonaban en el ambiente futurista, nubes de humo se fusionaban con la superficie, entorpeciendo cualquier atención posible.
El sudor se constataba sobre cuerpos presentes y, en lo que dura un pestañeo, divisaba el brillo de las piernas, bustos, cuellos y entre la entereza de las gentes advertía a la impostora de ojos azules. Sumido en un sueño erótico y el manjar de individuos que, simplemente, bailaban lograba distinguir la pasión de sus movimientos y la notable sensualidad que perpetuaban sus rostros.

A poco retomaba el aliento, sus latidos regresaban a la normalidad, el pulso al compás se tornaba menos latente y, al abrirse la puerta de ingreso, logró advertir el cielo azulado conformar el horizonte superior.
La noche había pasado, ella había desaparecido sin despedirse como él la noche anterior. Y aunque hacía tiempo temía perderse en ciudad ajena, llamó a un taxi y, lógicamente, pidió que le llevaran a la terminal de ómnibus.

Había pasado, prácticamente, una hora buscándola en la discoteca. Las personas parecían reírse de su imprevista soledad, cuando en realidad seguían disfrutando de lo que quedaba por compartir.
Como si fuera tan diferente, cada vez que divisaba una camiseta blanca desde la ventanilla alzaba el ceño y, mientras el automóvil proseguía su marcha, despertaba de la ilusión. Diferentes rostros, distintas personas, todo asemejaba a al fantástico mundo onírico y las reflexiones ahondaban en su mente, al tiempo que el conductor divagaba sobre el tránsito malo y el frío invernal que se avecinaría en días posteriores.

Llegó, finalmente, al andén y vio a las personas iniciar un nuevo día con viajes en lapsos tempranos. Aún desconocía si hallaría un horario de regreso que le permitiera descansar y prepararse. Puesto que esa noche retomaría sus rutinas semanales en el Ejército Nacional.
Para su suerte, había conseguido un trayecto a los pocos minutos y, en cuanto observaba el retiro desde aquella hermosa ciudad, el crepúsculo del amanecer comenzaba a abrazar numerosas incertidumbres.

Desde su nombre… hasta la concreción de aquella extraordinaria noche. Quizá fuera producto de ilusión, o quizá fuera tan real como los latidos de su corazón.

A poco sentía que se dormía sobre la butaca, que sintió una leve yaga en su labio superior. Allí sonrió, al sentir el gustito a sangre, pues recordaba quién le había mordido y que había pasado una noche genial…