Reservados vecindarios revelados,
adyacentes murales nocturnos.
Los tristes ojos del negruzco gato,
el delator ante pasos invasores.
 
La brisa intensa y su congoja,
astas erguidas de elevadas melenas.
Oscilantes y débiles sus mechones,
confidentes de gratos bálsamos.
 
Luciérnagas junto a la acera,
encendidas reuniones vibrantes.
Penumbra de paz melancólica,
caminos vitales de aromas.
 
Las caricias de un breve suspiro,
tras la espera de la doncella aquella.
Con su carmesí vestido de seda,
la tiara de flores entre los dedos.
 
La promesa del ausente caballero,
bajo la estrellada esperanza.
Son ahora audaces mis huellas,
Y el retraso una oración plácida…