Hacia años que estaba solo. Castigaba su cuerpo con las habituales jornadas laborales.
Era común, contemplar a los reclutas sobre el césped y la tierra. Hacían tantas flexiones de brazos, que el sudor terminaba resplandeciendo en sus pieles. Y sus congojados gemidos replicaban delante de su rostro.

El llevaba algunos años, y los entrenamientos no eran más que una alterada dosis de respiración. Si bien no poseía una masa muscular impecable, su fornido cuerpo era la resultante de una semanal rutina de ejercicios y trotes. Incluso mantenía un régimen estricto desde el hogar hasta la academia, y viceversa.

Horarios variables y de sueños quebradizos. Solía ver individuos acostarse, en la madrugada, mientras él se retiraba, entre bostezos, al trabajo.
Su honrada vida no conocía salidas sociales, que no fuesen referidas a su desempeño o, por momentos, debido a algún mandado para asistir a su padre.

En ocasiones, cuando la feria lo permitía, compartía alguna cena con algún amigo especial o hacía una de sus, casi extraordinarias, visitas al cine para disfrutar la película del momento.

Eran tiempos novedosos. Dispares a aquellos en que un joven debía trasnochar para conocer a una jovencita. Tampoco tenía el afán de visitar un bar nocturno para pagar por una robótica eyaculación.

Añoraba el sexo, pero tenía la necesidad de alguna subsistente relación. El deseo de conocer a una damisela, conquistar la lujuria, disfrutar del típico histeriqueo previo y de resurgir, en las cobijas, como un Ser renovado. Como un hombre, acompañado de una mujer. Y en lo posible, quizás, como en los sueños eróticos de su adolescencia, que poseyera un protuberante y firme busto. Por su condición y sus miradas anticuadas a la época, no era de concebir demasiadas relaciones con el sexo opuesto.

Habría compartido lecho con dos, quizás tres y a saber que respondería a una pregunta tal. Cuando, como hombre, es común enumerar el doble para no perderse en la solitaria vida. Algunos, incluso, intrépidos construyen relaciones imaginarias y se dan el complejo de enunciar ciertas picardías. Mentiras si, de esas que cualquier osada mujer lee en sus ojos con la peculiar intuición que despierta a cualquier somnoliento reo.

No tuvo relaciones anecdóticas, más tanto la primera, de muy jóvenes. Donde el amor se convertía en una ilusión a vapor de un tronante ferrocarril que transita hasta la austera eternidad. Y las sorprendentes nubes, no son más que ello, el propio humo que despide la locomotora y conforma objetos gaseosos. Casi tan idóneos como los reales. Hasta que al sonar el claxon espabilamos del sueño y regresamos a la Tierra misma.

Demoró más de la cuenta en reconocer que le habían engañado. A poco incineraba sus manos en fuego por aquél busto con forma de vapor.
Y lejos del martirio pasado iba siendo Junio ya, el mes más colorido y de las fiestas mundiales. Había pasado suficiente tiempo en soledad, pero nunca perdía oportunidad de cortejar a alguna dama.

Era común que las muchachas bailaran en una afrodisiaca aventura y se borraran como la luna al amanecer.
Pero llevaba días probando un nuevo sistema de ligues, por medio de visitas virtuales con desconocidas.
Le había parecido, en momentos, una falsa publicidad para los curiosos ermitaños que añoraban alguna clase de compromiso. Puesto que había notado todo tipo de personas deslumbrantes que, fácilmente, podían integrar una agencia de modelos.

Pero… ¿quién sabe? A lo mejor, incluso, tales individuos tuviesen alguna falta a la hora de sociabilizar.

Lo cierto que no le tenía fe alguna. Él solía preferir el diálogo entre miradas e indiscretas sonrisas, con nervios y aquella inquietante sensación que producía la piel de gallina. Era imposible sentir esa vibra que estimula al corazón, tantísimos latidos y la tensa respiración a la hora de romper el hielo en las primeras palabras.
El natural rubor al sentirse observado, tal mirada como el de una pantera al acecho. Pero a través de una pantalla digital era, prácticamente, un novedoso lenguaje. Sin dejar de mencionar cuantos comentarios se tornaban malinterpretados, o cuantas veces aguardaba una ínfima respuesta a su carta de presentación.

A poco su tasa con café se congeló con la esperanza del invierno, que en un mes se avecinaría.
Pasaba una nueva noche de feria. Un 6 de Junio, para ser exactos, sin deseos de modificar su semanal rutina. Tan solo necesitaba recostarse en su esponjoso lecho para descansar. Pero tenía una especie de antojo y deseaba ver una última sonrisa, antes de sepultar sus pupilas y conciliar el abrumador sueño.
Uno de sus ojos yacía ya cerrado, e incluso parecía incitar a su compañero. Y cuando estaba a punto de darse por vencido, sintió vibrar su celular. Puesto que quitaba las melodías en las noches libres.
Frenéticamente despertó y, para su sorpresa, una señorita de sonrisa dulce le enviaba el tradicional: Hola, ¿cómo estás?

Si, ese: Hola, ¿cómo estás? que solían ignorar cuando él lo preguntaba.
A tal punto, que acabó modificando sus mensajes para romper el hielo de otro modo.
Después que miraba sus apariencias, se proponía a describir algo particular en sus imágenes y les añadía un toque de humor. Como así, flequillo salvaje, mirada solar o, incluso, curvas de los Andes, en lugar a Cordillera de los Andes. Pero sentía algo diferente en este: Hola, ¿cómo estás?
Denotaba una antojadiza simpatía y una atracción imposible de describir en palabras.

Como imaginaras, había quedado mudo unos instantes. Y si por si a caso supiese que él estaba leyendo le añadió, un minuto más tarde, el mensaje:  ¿Estás?
De pronto se irguió sobre el colchón y procuraba responder. Le ganaba la ansiedad, puesto que imaginaba que en cualquier momento se esfumaría ante su silencio. Y recordó, en la niñez, una peculiar frase de su madre. No pierdas oportunidad de ser feliz.

Llegó a enviar tres sílabas que no formaban nada legible…
Drf… Quizás pudiese asimilarse a alguna marca de detergentes.

Y, al instante, respondió: Hola, estoy. Dejando en claro que yacía durmiendo. A saber qué imaginó ella, que su respuesta fue un emoticón con un rostro sonriente. Para no quedar en falta, él añadió: jeje.

Segundos se convirtieron en intensos minutos y las horas ganaron protagonismo de forma repentina.
Ya era medianoche. A saber cuánto tiempo llevaban escribiendo, que su pantalla asemejaba a un bíblico papiro de dos colores, el azul de sus comentarios y el rosado de aquella distinguida mujer. Puesto que ninguna había logrado atraparle en semanas. Había olvidado, también, la sensación de sueño influida por el cansancio.
Y comenzaba a sentir un curioso pálpito en los labios, seguido de una delicada comezón al contemplar su sonrisa.

Sin lugar a dudas lo estaba conquistando y, a diferencia de cualquier otra ocasión, tenía el anhelo de querer conquistarla a toda costa. Era menester tener que viajar. Puesto que ella vivía en una ciudad vecina, a algo de noventa kilómetros de distancia. Y el recuerdo de la voz de su difunta madre hacía eco en su cabeza. No pierdas oportunidad de ser feliz.

Era el momento semejante, en que podía realizar algo sin previsiones, típico de la rebeldía juvenil. Viajar a lo desconocido, visitar a una forastera y desafiar al inevitable azar.
Pero no todo era un alegre cuento, en su extensa conversación virtual había conocido la dedicación de ella como estudiante universitaria en una carrera de Ingeniería.
Eso no era un malestar, ¿dirán? Pues no, el dilema se trataba de que ella aún no se percataba del tiempo de ocupación que le implicaba trabajar en el ejército Nacional.

Faltando más e inmersos en la ilusión de verse en un cumpleaños ajeno, que quizás fuese en el transcurso de la semana, el confesó su oficio. Aunque ella lo había consultado con anterioridad, él se había preferido reservarlo. Temía que se desconectar al instante, al enterarse. Sin embargo, el destino le dio otro recuerdo en un mensaje de aliento.

No vas a poder negar aquello que te niegas a enfrentar.

Desconocía de dónde provenía frase tal. Quizás algún amigo se la dijese en el pasado. Y, para su sorpresa, la noticia era fabulosa. Ella le había expresado su fetiche en hombres trabajadores con uniformes.
La novedad tenía una resultante gratificante y, al instante, él le enseñó una foto le habían tomado en el ejercicio militar.
En cuestión de segundos, en la pantalla del celular, eran visibles una pila extensa de emoticones sorprendidos. Y al término, como si implicara un prejuicio valorativo, recibió el comentario: No me incites.

Antes de sospecharlo, la conversación se convertía en un juego de gato y ratón. Donde la meta, no era más que el morbo que producían las imágenes.

Su foto era bastante normal, incluso sus ropajes parecían cubiertos de polvo. Pero cada fetiche es un mundo nuevo ¿verdad?

Ella no quería perder oportunidad y, como si lo hubiera vaticinado, le ofreció una seductora postura en pixeles. Dónde lo que más llamaba la atención era su busto, escotado, cubierto por un fina toalla de micro fibra; con el rostro serio, el cabello, tan largo como ondulado, reposado sobre su tez y el rastro más sensual se lo llevaba el grosor de sus labios. El dedo índice, apenitas, se posaba sobre ellos como si fuese una invitación a las tentaciones más profundas. Recostada, yacía sobre la almohada y apenas se podía constatar su entera y singular figura en el marco total de la imagen.
La luz, de alguna lámpara, incendiaba su cuerpo con radiantes sombras formando una exótica puesta en escena. Se veía tan presente que, por poco, imaginó desbaratar el lienzo de la toalla para sumergir sus dedos en aquél implacable torso.

Y en un intenso mareo de sensaciones tuvo que apartar el celular sin siquiera despedirse.

Quizás se debiese a la abstinencia, que cerca de las cinco de la madrugada sus dedos masajearon el bulto que se encorvaba sobre las cobijas y entre sus piernas. Pero la dulce sonrisa de aquella doncella, la que por cierto desconocía su nombre, le impregnó tal intención de respeto que acabó dormido.

¿Qué clase de respeto, si siquiera se había despedido?

Y desde el visor se constataban sus últimos mensajes…

– ¿Moriste? Te espero mañana a las 19 hs en Pueyrredón 790 o, si gustas, voy a buscarte a la Terminal de Ómnibus –

Y de la soledad al encuentro era únicamente un paso. El muchacho despertaría cuando su cuerpo decidiese hacerlo. Para su suerte entraba en el día de feria… lo que le permitiría ir al encuentro del desconcierto, con aquella jovencita de nombre anónimo.