Ocasionalmente creemos tener seguridad del hado. Declaramos que todo propósito nos ha iluminado alguna clase de camino. Y, vagamente, prescindimos de las ventajas, dudamos, incluso, reflexionamos, mentalizamos el desastre y sospechamos… ¿Qué tal si todo fuese un error?

Sin embargo, enfrentamos todo ocaso. Puesto que la vida nos presenta oportunidades y muestras de fe, para vivirlas mentalmente o arriesgarlo todo.

Saúl estaba seguro de quién era. Pero lo estaba Trufa Silvestre también?

El viaje iba culminando y el muchacho procedía a enviarle el sorpresivo mensaje de texto respecto de su llegada.

Como previsión del azar, el ómnibus estaba vacío. Era el único pasajero y, quizás hubiesen cuatro o cinco personas más en los asientos inferiores.

Nuevamente llegaba a aquél sitio, donde tuviese oportunidad de conocerla.

Se decidió a esperarla, cualquiera fuese la respuesta y contemplaba la silenciosa estación. Apenitas distinguidos entes aguardaban sus viajes hacia un aleatorio lugar del país. Y la estancia fue dura. O, quizá, bien lo fuera aún más la ansiedad.

Reiteradamente se cuestionaba que haría allí y rememoraba aquella nota que había destruido semanas antes. Aquél inconcluso e inexplicable “Adiós”.

Aún se indagaba todo, pero pretendía sonreírle a la suerte y olvidar todo pasado para glorificar el presente. No obstantes, recibió una dirección al buzón. Siquiera un “Hola” iniciaba la conversación digital y su inconsciente se hallaba cuestionándolo todo.

De igual manera, y a costa de incertidumbres, tomó un taxi y contempló los alrededores. La ciudad era bellísima, la alegría se pluralizaba entre sus gentes. E inevitablemente pronosticaba que la buena gente atraería buenas vibras.

Había ido en buen momento y todo sería un reinicio lejano a cualquier clase de hostilidad.

El diálogo del conductor había sido escaso. Apenas declaraba que el día se encontraba hermoso y Saúl se sentía como un impostor. Transitaba por una ciudad y unos barrios que no le pertenecían. Que nada esperaban allí de él.

Presentía un viaje similar de regreso, en el mismo y singular día. Pero estaba dispuesto a darlo todo para modificar aquellas fantásticas ilusiones.

Consigo mismo dialogaba, y se cuestionaba. Planificaba todo acontecer como si fuese una única y remota oportunidad en la vida. Sin embargo, su corazón asimilaba a mezquinos latidos y, a medida fluía el atardecer, se reñía sobre haberse quedado.

Entre dispares incongruencias arribó al domicilio, concretó el viaje abonando el valor y ya se encontraba frente al hogar de Angélica. Una vez allí, se percató de todo. Apenas le conocía…

Al menos sabía su nombre, el del amigo ario, el de Tamara y poco más. Desconocía si ella compartiera casa con los padres, o si, acaso, ostentaba hermanos.
Una falsa perspectiva le presentaba a la joven con un repentino novio que él podía desconocer. ¿Y qué tal si estaba casada?

Así estaba todo dispuesto, y la tarde se veía ideal para compartir. Apenas la brisa helada era notable ante el fulgor de los rayos solares. Sin más rodeos, pulsó el timbre y oyó la llegada lejana de unos pasos. Al cabo de los segundos, la mirilla color oro se hendió y alguien le observaba desde el otro lado de la puerta.

– ¿Quién? –

Clamó la voz de una mujer más. Cercana más a los cincuenta, que a los cuarenta.

 

– Abrí Mamá –

Respondió una niña, de fondo.

Y, así, comenzaba a preguntarse si fuera la dirección exacta.

Al abrirse el portal, la mujer alzó el ceño. Saúl vestía apuesto, como si planeara invitarle a una cita.

– ¿Si? –

Exclamó, sin saludar siquiera. Algo muy característico en Angélica.

– Er… ¿trufa? Es decir, ¿Angie? ¿Se encuentra? –

La niña se echó a reír a carcajadas y la madre asintió con sumo asombro. Tras permitirle el paso, avanzó por el pasillo gritando:

– ¿Angélica? ¡Angélica! Angeeeeeeeelica –

Creyó oír un “Ya voy” en alguna parte del laberíntico y oscuro pasadizo. Y en cuanto ingresaba, superó la abertura que llevaba a un patio diminuto. Luego otra puerta se abría delante de sus ojos. El camino le recordaba al sueño de la noche anterior.

La niña le sorprendió, ofreciéndole trufas bañadas en chocolate y una sonrisa de oreja a oreja.

– ¡Trufas! –

Asimilaban a bombones. Incluso más enormes que esos y apenas cabían cuatro entre sus delicadas manitas.
Su pálido semblante y el cabello castaño casi blondo le recordaban a Zoe de pequeña. Y, más aún esa hermosa sonrisa que hacía tiempo no lograba advertir y que la desconocida esbozaba con naturalidad.

– Pasa –

Exclamó la madre de las raquíticas frases y de confianza ciega.

Aunque solía ser escrupulosa, tras observa la mirilla, se tornó permisiva rápidamente. Quizá se debiera al porte del muchacho y su vestimenta. Asimismo, la pequeña era igualmente amigable. Casi tanto como Trufa Silvestre, el día que logró conocerla.

Haciendo entrada al nuevo ambiente, advirtió una multitud desaforada de adornos sobre la repisa que se sostenía en la pared. Duendecillos multicolores, animalitos tallados en madera y brujas de porcelana. Una mesada central estaba cubierta por un panel de vidrio que transparentaba unas cuantas fotos de familiares y alguna tarjeta postal de procedencia irreconocible. El sitio se encontraba oscuro y místico. Tres sofás ambientaban la escena, uno al centro, de dos plazas. En frente y sobre la estanterías se hallaba adosada la pantalla plana de un televisor.

El florero sobre el cristal de la mesada asimilaba contar con rosas de plástico y un denso sahumerio de romero revoloteaba en el interior.

A poco creía que formaba parte de una nube gaseosa y, tras el cierre de la puerta al patio, por parte de la pequeña, echó de menos el aire fresco.

Un novedoso portal se superaba y contempló una enredadera que yacía adosada a una escalera interior. El piso superior llevaba a numerosas habitaciones . Al palpar la planta, más de cerca, notó que también era una decoración de plástico. Los cuadros en las paredes poseían obras de arte de flores silvestres y mariposas oscuras. La luz de Led, en el ambiente, asemejaba a una presentación privada de obras.
Una puerta contigua parecía llevar a un toilette inmenso, reconocible apenas por el aroma a jabón que se mezclaba en el aire.

Superó una nueva puerta y llegó a la cocina, que yacía unificada al comedor.

– Tome asiento –

Exclamó la mujer y se dirigió a culminar los preparativos para el mate. La niña aguardaba a su lado, sumida en la alegría.

Allí, observó las cortinas polvorientas en un formidable ventanal, adornado de porcelana sobre la mesada junto al horno, y un mantel desprolijo que cubría el bufete del comedor.

Al menos el ambiente estaba iluminado y las sillas se le hacían cómodas. El decorado presente eran utensilios de cocina y había notado una serie de cubiertos diversos sobre el mármol.

Entre sonrisas compartía una trufa de chocolate, junto a la hermana menor. La dulzura parecía alegrarle aún más.

– ¡Angeeeelica! –

Reclamó nuevamente la mujer y su voz se repetía entre los recovecos del hogar. Saúl procedía a sentarse y a su lado le seguía la niña. Por su atención, asimilaba a una ausencia varonil en el hogar.

Por fin, se oían pasos desde la planta alta y sentía la presencia que descendía los escalones en el espacio aledaño.

– No puede ser tan irresponsable  –

Clamaba, al tiempo que le entregaba el mate y el aroma de la yerba húmeda burbujeaba por doquier.

– No se preocupe –

Respondió, a voz baja, Saúl.

– No señor. No la lleve por el mal camino –

– ¡Ay, Mamá! –

Respondía la niña y la madre guardó silencio, al tiempo que apretaba las manos sobre el delantal de chef.
Pasados los segundos y, tras degustar la bebida, la mujer regresaba con el pocillo en la mano y la niña volvía a mirarle con atención.

De pronto, sintió un novedoso perfume, al tiempo que un golpe de aire avanzaba desde su espalda. Se volteó tras su comentario y la puerta se encontraba totalmente abierta.

– Hola –

Allí estaba ella. Angie, la Trufa Silvestre, y tartamudeó la réplica tras observarla con sumo detalle. Tan bella sería, que todo el desamor a poco se desvanecía y sentía una conexión inexplicable. Tantas veces había negado echarle de menos, pero al volver a verla había comprendido cuanto la echaba de menos.

Se puso de pie, casi con bravura, y la niña contemplaba la mirada anónima de su hermana. Emitía una sonrisa de placer, como si supiera que evidenciaba una telenovela.

Se oyó de fondo el sonido sugerente de la bombilla, absorbiendo el mate y, con tal interrupción, Angie se acercó a Saúl, besó su mejilla y se sentó enfrente a su hermana.

– ¿Trufas? –

Exclamó la niña, con pícara alegría, y Angie, pálida, la observaba.

La doncella negaba con la cabeza, a medida se acomodaba el vestido floreado que ostentaba. En el hogar se trataba de otra mujer. Incluso más atenta, seria y hermosa que nunca antes.

Asimismo, contaba con un peinado recogido, estilo pinup, un delicado maquillaje, los pomposos labios entonados en un rojo apasionado y unas cuantas pulseras de plata que bailaba sobre su muñeca.

– ¿Y bien? ¿Uno nuevo? –

Murmuró, de mala gana, la madre y Saúl alzó el ceño.

¿Nuevo? ¿Acaso te preguntabas tú también?

Y el muchacho vaticinaba ser el segundo, o quizá el quinto pretendiente que se relacionaba con ella.

La madre desbarataba los planes y, probablemente, desconociese toda la situación. Sin embargo, eso no quitaba dudas que fuera el único… ¿Novio?

El rostro de alegría de la niña, a poco se tornaba en pena y el muchacho sentía deseos de retirarse. Pero Angie retomó la conversación y sonó lo suficientemente confiable.

– No te metas en mis amistades, madre. ¿No te basta con tus novios? –

Y el silencio repentino pesó en el ambiente. Apenas se oía una olla burbujeando algún caldo distante.

– Angélica –

Contestó la madre y, antes que dijera más, la joven encaró de frente a Saúl, tomó su mano y le obligó a marcharse juntos hacia fuera del hogar.

– Lo siento,gracias –

Acabó por declarar el muchacho y la niña le contemplaba como a un príncipe azul.

¿Sería acaso probable un dilema hogareño la temática del noviazgo en la familia?

Siquiera había advertido los paisajes místicos, silvestres y el aire frío del mediodía que, en conjunción los superaba en un abrir y cerrar de ojos.
Angie se encontraba impaciente, nerviosa y él se sentía preso del hado.

– ¿Por qué viniste? –

Preguntó, de repente.

Y Saúl se quedó sorprendido, posando la espalda sobre la entrada del hogar. La voluminosa dama se hallaba en su barrio y con los tacones posaba sobre la vereda, al tiempo que el vestido de verano enseñaba sus muslos desnudos.

Acaso no te preguntabas, también, ¿qué hacía vestida así, en invierno? No es que sus actitudes tuviesen demasiada lógica tampoco, ¿verdad?

– Yo… Quería invitarte a… –

– ¿a? –

Aunque todo pareciera normal y se vieran como una pareja, teniendo una conversación común y corriente, Angélica no parecía del todo conforme.

Y aún cuando hubiera recibido una considerada atención por la familia. Así siquiera le viesen como a un intruso, ir a verla y darle la sorpresa, asimilaba a un error. Como tantas cuestiones sugirieran cierta negatividad, ¿podríamos decir que era previsible y qué no era un buen momento?

Sin embargo, Angie había demostrado interés en uno de sus mensajes. Claro esto no suponía una aparición sorpresiva en la ciudad. Pero, quién sabe, podríamos inducir que al garantizar su dirección ella estaba dispuesta a verle.

Así hubieran numerosas e inciertas posibilidades, claro estaba que Angélica buscaba dejar en el olvido cierto comentario que la madre habría hecho.

En el intenso mundo de la incertidumbre y de la desenfrenada pasión hacia ella, Saúl hizo caso omiso, pidió disculpas y la invitó a beber un café. Tan pronto la solicitud fue aceptada y, en menos de lo que cantaba un gallo, se hallaban en una casa de té compartiendo un café y una porción de tarta frutal.

Mientras eran divisados como una atractiva pareja, sus acciones les atribuían más a un carácter de amistad.

Los dulces habían sido suficientes para calmar disgustos y, tras abonar la cuenta, optaron por caminar por una plazoleta de numerosas arboledas. La brisa les obligaba a considerar un abrazo. No obstante, prefirieron no entrar en detalles.

Y ante el constante cantar de las aves, tomaron asiento en un banco de construido a partir de granito. Allí permanecían más sanas las miradas que las palabras. No había mucho de qué hablar y en Saúl prevalecía cierta vacilación.

¿Quién era el anterior, si él era el nuevo?

Aunque se lo indagara y no lo hubiese preguntado a viva voz, como si lo previera, ella refutó:

– No prestes atención en lo que dijo la loca –

¿Y quién sería la loca? Cuando la frase llega a la mente… “de tal palo, tal astilla”.

– ¿Qué dijo? –

Preguntó el muchacho, como si no hubiese notado algo extraño. Y, automáticamente, la personalidad de Angélica dio un vuelco, regresando al plan del comienzo.

– ¿Por qué viniste? –

– ¿Por qué me diste tu dirección, si no quisieras que venga? –

– No pensé que lo harías –

Aunque el malhumor fuese claro, tal situación generaba un buen pronóstico. El interés por parte de Saúl, era claro. ¿Lo era en ella?

– ¿A qué se debió ese Adiós? –

– Tu y yo hemos estado tomando diferentes actitudes todo el tiempo –

– ¿Yo? –

Indagó él.

Probablemente recordásemos que Trufa Silvestre se hallaba en casi todas las citas pendiente de su móvil.

– ¿Por qué insistir en un amor que murió?

– ¿Hablas en serio? Podríamos ser el uno para el otro. Acaso, también, convivir en el mismo techo, mezclar nuestras vidas y esclarecer las dudas –

Angélica se mantuvo perpleja unos momentos, como si dudase de sus palabras. Pero él estaba dispuesto a todo por mantener el vínculo. ¿Estaría, acaso, dispuesto a olvidar al otro?

Y como si se tratase de una princesa, Saúl se arrodilló sobre la vereda y le tomó de la mano.

– ¿No lo quieres tú? –

– ¡Levántate! pensarán otra cosa –

– Que piensen los que deseen, Angie. Siénteme como yo a ti y el pasado será un velo olvidado –

– ¿Lo será? –

Y Saúl asintió. Puesto que lo único que quería era estar junto a ella.

De tal manera, él se situó a su lado, la abrazó afectivamente, se acariciaron desesperadamente y cuando estaban a punto de besarse, él interrogó:

– ¿Quién es él? –

Raudamente Angélica retrocedió y le observó con recelo.

– ¿Cómo? –

– Ese que mencionó tu madre. ¿Quién es? –

– ¿No que todo sería olvidado? –

– Eso no. Deseo saberlo –

En aquél preciso momento, Angélica se puso de pie y tomó distancia del banco aquél, que aún conservaba una fusión de cariños y sentimientos. Las gentes se reunían en torno, como si estuvieran a tiempo de contemplar un trágico episodio.

Ni las aves, ni el polen de las flores, ni la brisa frías, ni las miradas anónimas colmaban aquella disputa.

Una lágrima cedía sobre el pómulo de ella. Puesto que asemejaba a estar dispuesta a aquella promesa oída. Pero Saúl deseaba saber, más que olvida. Y eso acabó con lo que pudo haber sido.

– Aléjate de mí –

Exclamó ella.

– ¿Por qué te niegas a que estemos unidos? –

– Tu no oyes lo que dices ¿verdad? –

– ¿Qué he dicho? –

– Que olvidaríamos todo –

– Lo haré –

Respondió él, y luego agregó:

– Yo te amo Angélica, más que a nada en mi mundo –

¿En su mundo? ¿A qué hacía referencia eso? ¿Quizás a la importancia de su perspectiva en toda relación?

Claro era que no estaba dispuesto a olvidar nada, pero decía amarle. Y aunque ella deseara volver con él, acabó atrayendo miradas ajenas.

– ¡Aléjate Saúl! –

Gritó, sin más, y corrió hacia el frondoso horizonte, sin volver la mirada en ninguna ocasión.

Él aguardó en su sitio por varios minutos, hasta que su figura desapareció de su mirada. Y, así, el vínculo amoroso acabó para siempre. Saúl debió regresar a su ciudad, con el corazón entre manos y las grises dudas sobre el otro.

Pero la historia no hacía más que comenzar. ¿Verdad?