Un aluvión de pensamientos situacionales ahondaban en su mente. No podía, siquiera, liberarse del aparato de entre sus manos que, paralizado, yacía de pie en el interior del dormitorio.

Zoe había oído suficiente. Apenitas entornaba el portillo del tocador y con asombro espiaba los sucesos.

El aparente fiasco de Saúl distendía un mar de sentimientos. Tras soltar el teléfono sobre el lecho, planeaba sucumbir la cabeza contra la almohada, pero oyó el fragor de la puerta.
Decidido, regresaba a inmiscuirse en aquella área. Se proponía a reconocer al culpable. Como si acaso no supiera de quién se trataba…

Zoe temblequeaba, puesto que sabía que no existiría excusa alguna para redimirse.
Sin embargo, el padre de Saúl le liberó de la coyuntura y llamó desde el Living.

– ¿Hijo? Ven un momento –
– Aún no termino –

El muchacho buscaba esquivar cualquier interrupción. Sabía quién estaba detrás del umbral y hacía allí se dirigía. Pese a ello, el padre se abrió paso a la habitación y volvió a llamarle.

– ¿No me has oído? Trae tu teléfono a la mesa y ayúdame con… –

El muchacho gesticuló denotando un profundo rencor hacia el progenitor, y Zoe suspiró a salvo.  
Así, él se encaminaba hacia fuera del dormitorio y el hombre le solicitó las compoteras de cristal que solía reguardar la difunta madre.

– ¿No están en la alacena? –
– De estar allí, no pediría tu asistencia… –

Sin más, Saúl debió olvidar toda consecuencia y abocarse a abrir cada cajoncillo, cada portillo y revolver los utensilios de cocina para dar con el armonioso recuerdo de la madre.

– Están en su dormitorio –

Exclamó Zoe, de pronto, y portando el rostro enjuagado con agua salía al encuentro de los propietarios del hogar.

– ¿Te encuentras mejor? –
– Un poco –

Y por nuestras mentes era crucial la indagatoria, tras responderle al padre. ¿Estaba Zoe mejor por la repentina soltería de Saúl o por la crema helada que el hombre ofrecía de postre?

A medida los jóvenes se quedaban solos, el señor apuró las pisadas hacia aquella habitación donde se hospedaba Zoe.  Una vez más, las miradas se distendían sobre el mantel a cuadros.
El muchacho se acomodaba y toqueteaba el envoltorio de la fábrica de cremas heladas. Y, aunque sospechara sobre la curiosa mirada de la joven, su mente no parecía despegarse del mensaje electrónico de Trufa Silvestre.
Detenidamente le observaba la joven presente, con sus enormes iris de color miel, y asimilaba a haber olvidado el pleito pasado. Manifestaba cierta preocupación por su amigo de la infancia.

Antes que pudieran dialogar, el hombre regresó con las polvorientas vasijas sobre una fuente de bronce.

– Ustedes son como hermanitos del alma. No quiero verles con esos rostros caídos –

Tras el comentario, el muchacho apenas alzó la mirada y Zoe se erguía dispuesta a sobar las compoteras que, si bien estaban limpias, se desconocía por cuánto tiempo habrían estado sin usarse.

Sintió Saúl una fragancia dulce ante el pasaje de la damisela e inmediatamente sus ojos se detuvieron en el ombligo desnudo. Apenas se palpaba la parte superior de una prenda interior de tono celeste que se liberaba sobre su cintura.

– Amigos –

Aclaró él, con seriedad. Y el padre rió con inocencia.

– Hermanos no biológicos –

Contestó ella y, volteándose para repasar los cristales, ambos se observaron mientras el celular de Zoe aguardaba sobre el lienzo a cuadros que portaba el bufete.
Sus miradas se cruzaban súbitamente, hasta que un mechón de cabello descendía sobre el labio inferior de la señorita. Delicadamente parecía rozarlo y Saúl advirtió como lo succionaba. Así adelantó los dedos a pocos centímetros del aparato y Zoe soltó la copa sobre la mesada. Luego apresuró la extremidad hacia el mantel y su mano, junto a la del muchacho, se plegaron sobre la cubierta de plástico. El padre caminaba en círculos, a medida que silbaba y repasaba una copa.

– Aún no entiendes. ¿Verdad? –
– Sé lo que sientes, Zoe –
– ¿Ya has estado inspeccionando? –
– ¿Cómo no darme cuenta? –
– ¿Qué sabes? –
– Shhh –

Replicó el Padre y subió el volumen de la tv. Más tarde, acercó las tres vasijas sobre la mesada y tomo una cuarta para sobarla. Como si su mujer estuviera presente, así fuera de forma espiritual y dispuesta a degustar el postre.

Saúl y Zoe no cesaban con las miradas, así el afecto fuese mínimo y prácticamente ausente.

– En un día como este, tu madre y yo nos conocimos en frente al puente banana. Había sido una tarde soleada y gélida –

La joven sustrajo su teléfono y se acomodó para oír el relato, a medida recibía una copa cubierta de crema de cerezas y chocolate italiano.

– Y no éramos de esos mejores amigos que, con sólo verse, alucinan cuentos de hadas. Éramos diferentes… –

Los ojitos de Zoe resplandecían, sumidos en devoción y los de Saúl se tornaban con un nostálgico aire de depresión.

– Mabel y Oscar estaban presentes. Ellos eran el uno para el otro… Pero las vueltas de la vida les llevaron hacia viajes opuestos –

En cuanto atrapaba la atención de los jóvenes y el postre yacía servido, uno revolvía su cucharón mezclando los sabores, mientras la otra sostenía el mentón con sus deditos. El señor procedía a aplacar la programación televisiva y proseguía con el relato:

– Y allí estábamos nosotros, como dos cuervos, graznando, desde puntas opuestas. Llevando toda conversación a discordia. Hasta de las preferencias entre los alimentos, los automóviles y el fútbol. ¡Tan jóvenes éramos! –

Asimismo, ambos aguardaban que Zoe comenzara a tomar una bocanada de la crema helada y, pasados los minutos, una porción de chantilly con una cereza diminuta culminaba entre sus labios. Mágica la alegría emergía en su semblante.
Al rato, Saúl repetía el cometido de su compañera, pero en su tazón la crema asimilaba a un mousse multicolor.

– Entonces pasaba la tarde, entre disputas, y comenzaba a cuestionar porqué me encontraba allí. ¿Dónde podría haberlo pasado mejor? ¿Por qué ella y yo no podíamos ser como Mabel y Oscar? ¿Por qué no podíamos ser críos enamorados, disfrutando cada minuto de la vida? –

Siquiera lograba contener aliento ante el disfrute, que Zoe replicó:

– ¿Y qué sucedió luego? –

El hombre esbozó una sonrisa y Saúl observaba de reojo hacia su habitación.

¿Indagaría él sobre lo mismo respecto a Angélica?

– Comenzaba a anochecer y el frío se podía palpar. Más que un picnic asemejaba a una competencia por ver quién se retiraría antes. Y no cabía dudas que Mabel y Oscar se irían sin mediar consentimiento alguno… –

Si bien el postre alivianaba los dolores sentimentales, refrescaba el aliento y alejaba depresiones para encender el entusiasmo.
Saúl asimilaba a un niño jugando con la comida y, por otra parte, Zoe estaba complacida ante el recuento del hombre.

– Fue en aquél momento que todos los pensamientos sobre fugarme me tomaron desprevenido. En soledad había un mutuo acuerdo. Éramos ella y yo… No existían opciones, ni mundos alternativos. Las discordias no eran más, que una hipotética representación de los nervios. Y, así, supe que… –

Saúl liberó la compotera y se retiró a su dormitorio. La cucharilla yacía sobre el espeso licuado. Ella le observaba de lado y, tras tomar su celular, seleccionó aquél álbum de fotografías que tanto deseaba ocultar.

– La vida te presenta obstáculos para que acabes reflexionando sobre tus actos y para que en el momento oportuno sepas abrir tu corazón. La cuestión es, no temer a volar. –

– Pero… entonces… –

Contestó la doncella, con ternura. Y sólo bastó con que el hombre asintiera para que Zoe finalizara el postre, pidiera permiso, y se retirara hacia el dormitorio de Saúl.

Luego de dar leves golpecitos en la puerta de ingreso, advirtió que el muchacho sostenía la frente con ambas manos. Se encontraba sentado en el lecho y su teléfono aguardaba entre sus pies.

– Saúl… Ten –

Exclamó ella, nerviosa, y le hizo entrega de su teléfono.

Él aceptó inspeccionarlo, pero no sin antes palidecer al contemplarla, como una estrella fugaz delante del atardecer que se mecía a través del ventanal.

De fondo la tv, recobraba el audio, y se oía el ruido de los cristales, los cubiertos y finalmente el postigo del congelador.

– Sabes… –
– Lo sé… –

Así, Zoe se recostó junto a él, se abrazaron, y el visor del celular del muchacho se encendió con una nueva recepción electrónica de un mensaje por parte de Angélica.