Prisionero del tónico placer

por | Mar 23, 2018 | Del rebelde Fuego al latente Aire. De Pasión y de Cenizas.

 

A nte la fluida custodia de la música, el ascensor avanzaba y los numeritos de los pisos se iban iluminando. No eran demasiados, pero si suficientes. Podían plegar sus cuerpos en el interior, uno junto al otro, y contemplar, de reojo, sus posturas ante los espejos que conformaban las paredes.
No había tanto que decir y el sonido de las correas sobre el sistema de peso incitaba a alarmarse. Casi parecía que algún deterioro desarmaría el transporte.

Ella no planeaba alargar aquella espera y, mientras las fragancias acondicionaban el ambiente, volvieron a fundirse, cara a cara, en un beso que no vio final hasta tanto se detuviera aquél viaje.
Las manos de ella tomaban la cabeza, como si rodeasen una esfera mágica. Sin embargo, él, se giró de lado y alzándole las piernas la sostenía sobre su cuerpo. Alertó la clara piel de sus rodillas avecinarse sobre la cintura, mientras con los labios se prensaban dispuestos a mezclar el aliento. A duras penas sintió el golpe contra un lateral que, al unísono, se devoraban sin cauce probable.

Tuvo que desensamblarse la compuerta para que Saúl, sin soltarla de encima suyo, marchase hacia las habitaciones. Ella alzaba el ceño, pues le cargaba con impecable resistencia y, sin ver al frente, proseguía la intensidad de sus besuques.
De pronto, se apoyó de espaldas en la fachada y se arrastró. Contemplando los números impares delante de su vista, calculando cuál sería el sitio donde pasarían la noche.

Al llegar al 61, sospechó que detrás se encontraba su dormitorio. Ella, sorprendida, sonreía y, mientras él la sostenía con un brazo, buscaba la llave en uno de sus bolsillos. Monedas y diversos billetes se soltaron ante la insaciable búsqueda. Incluso, conservó el aliento propicio para indagar algo que merecía:

– No me has dicho tu nombre –

Tan cuidadoso aquél momento, que siquiera retomó la respiración. A ciegas, logró embocar la llave en la pertinente cerradura y, tras abrirla, se arrojaron sobre el lecho.
Apenas notaron las comodidades presentes, que sus besos retomaron la frecuencia venidera.

– Angélica –

Logró contestar ella, y sus figuras sucumbieron ante la suavidad de las sábanas. Asemejaba a un hambriento león, que con las manos buscaba acariciar la totalidad de sus curvas.

– Espera –

Exclamó, de repente, y viendo hacia el ventilador de techo, Saúl se desprendió de su alcance a medida oía los tacos resonar en retirada.
Se oyó la puerta del baño al cerrarse y, entre el cansancio, recordó que la luz yacía desactivada. Por lo tanto, liberó las tensiones.
Sabía que, después de todo, dormirían. Así que, haciendo un sutil movimiento y presionando los talones sobre la cama, logró descalzar sus zapatos. Al sucumbir, resonaron en simultaneas ocasiones, luego liberó el celular sobre la mesita de luz y se hallaba ante la discurrida espera; como si ella planease escaparse de la cita, o más bien aguardara sus ronquidos; cuando tras un extenso bostezo acabó rendido. Al cerrar los ojos, avizoró, nuevamente, aquél mundo impalpable de lo onírico.

Se encontraba en la plaza, dónde comenzó la noche aquella. Un carrusel giraba delante de sus ojos y lograba percibir diferentes posturas del cuerpo de Angélica, la Trufa Silvestre. Los lienzos de un rombo, de forma sincrónica, se desplazaban y podía presenciar todos aquellos rasgos físicos que le enloquecían. Su sonrisa, sus piernas, su busto, sus hombros, la firmeza del cuello, los labios… Y en una de las tantas imágenes se percató de sus ojos. Sin embargo, los iris eran diferentes puesto que asemejaban a un color miel.
Fue en ese entonces, que el rombo retrocedía rápidamente y las plataformas de la feria enseñaban los peculiares rasgos de su amiga Zoe.

Se quedó boquiabierto, como si gracias al sueño alimentase la imaginación con detalles que solía pasar por alto.
En aquella alocada idea despertaba, somnoliento, ante el repentino golpe de un portazo. Y la oscuridad devenía con la noche, siquiera alertaba que alguien se avecinaba que su voz le tomó por sorpresa.

– ¿Ya dormías sin esperarme? –

Cuanto menos planeaba contestar al respecto, que sintió como los dedos ajenos desabrochaban cada botón de su camisa y un nuevo recuerdo destellaba desde su inconsciente, permitiéndole soltarse.

Era pequeño y, en una de sus tantas enfermedades, su madre lo desvestía para incorporarlo bajo las sábanas.

Antes que despertara, recapacitando, ya no era un niño…

Allí sintió la suavecita piel posándose sobre sus muslos desnudos y unos húmedos labios rozándoce por encima de su torso.

– An… Angie –

Murmuró, intentando calmar la éxtasis.

– ¿Qué pasa Saúl? –

Creyó oír un susurro tal, entre la noche, y no lograba constatar desde que lado provendría.
Comenzaba a sentirse como si flotara sobre la marea del océano y recibiera innumerables masajes por doquier.
Instantes más tarde, padeció un sutil mordisco en la tetilla al tiempo que ella frotaba la palma de la mano sobre la cubierta del bulto.

– Estabas indispuesta –

Clamó, a medida sentía que le ataba las muñecas con sus propios calcetines. Buscaba apresarlo y el silencio ganó presencia, mientras sentía las pieles mezclarse con delicados trozos de sábanas.
La respiración se cubría de perfume y un austero susurro que se tornaba presente en cuestión de segundos. Una frase bastó para formar eco, en el interior de su mente, y despertar a todos los ratoncillos que solían visitarle en los sueños.

– Solo era una bromita piadosa. Yo soy tu obsequio de cumpleaños –

Al instante abrió los ojos, decidido a tomarla como en tantas ocasiones hubiese ilusionado. Pero, para su sorpresa, se descubrió atado a la cama.
Enloquecido, intentaba zafarse ante incontables métodos y, una vez atrapado, comprendió el sentido de los utensilios escondidos en el interior de la cartera.

De repente, ella encendió la luz del velador mientras le clavaba las uñas en el tórax. Sintió como el cambio de la noche al día le encandilaba y, aunque forcejeara sin sentido, era preso de la tentación. La vio meneando la cintura sobre su slip y portando una delicada ropa interior, al tiempo que reía sin descanso alguno.

– Rawr –

Exclamaba, mientras rozaba las uñas sobre su abdomen y alzaba la palma entre el bulto y la tanga.

– Rawrr –

Repitió, gesticulando el rostro con pleno placer. Saúl inclinaba la cabeza de un lado a otro. Se encontraba en una lucha interminable, por la cual ansiaba liberarse.

Y, de pronto, Angélica buscó la cartera. Desplazaba su entrepierna sobre el campamento hostil, cuando sintió el ruido del nailon desbaratarse entre mordidas. Desde una bolsita cayó una trufa, bañada en chocolate, y se alojó entre las tetillas. Sin detenerse, comenzó a lametear el bombón a medida circundaba sobre su cuerpo y, derretido por el placer, se enchastraba sobre la dermis.
Trufa Silvestre… Replicaba en su consciencia y yacía dispuesto a gritar con locura, mientras el cuerpo de ella se sobaba sobre el de él, ensuciándose con el chocolate líquido y mezclándose con la sumersión sudorosa del inalcanzable deseo.
Sus risotadas replicaban en el dormitorio y, como si no lo hubiese olvidado ya, volvía a exclamar:

– Rawr… –

Las uñas se arrastraban sobre los carnosos labios y el busto masajeaba sobre uno de sus hombros.
Saúl sufría, imposibilitado a tomar el control. Estaba atrapado por las caricias más prohibidas de la noche.

– Suéltame y te aseguro que no lo olvidarás… –
– ¿Yo? Y que mejor si te dejo ahí. Apuesto que tu nunca te olvidarías de mi… –

Entre risas, de repente, le destapó el miembro a medida arremangaba el calzón y desdeñaba un rostro de sorpresa. Luego se retiró de espaldas y comenzó a bailar algún ilusorio ritmo que vibraría en el interior de su mente.
Saúl estaba condenado a mantener los ojos al frente, a flor de piel, mientras el vaivén de su cintura no cesaba. Sudaba como nunca, mientras la hinchazón asimilaba a una sombría molestia delante de la perspectiva cautivante.

Angélica lamía sus dedos y se encaminaba hacia la puerta de ingreso, arrastraba el cuerpo contra los lienzos y se regocijaba ante la consternación indecorosa del cumpleañero.
Más tarde regresaba mientras, con delicadeza, se agachaba para propiciarle un húmedo beso en el espacio más íntimo y, tras retirarse, agitaba la mano frente a su tez como si, candente, sostuviera un abanico.
Los nudos de los calcetines comenzaban a estirarse ante la forzosa voluntad del caballero. Las muñecas se enrojecían, por sí solas, buscando librarse de las ataduras.

Incluso, en la sala de espera del Hotel, el empleado alzaba el ceño sumido en la confusión. Puesto que recibía llamadas a medianoche sobre extraños ruidos del lecho matrimonial que se hallaba en el dormitorio 60.

Retomaba la acción de la habitación más ardiente del hospedaje. La señorita masticaba la trufa y degustaba apasionada el sabor mientras le observaba fijamente. Luego, tras tomar un condón de su cartera, lo ajustó con sutileza en el miembro y tomó suficiente distancia. Los calcetines estaba a punto de romperse por completo, cuando Angélica le miró sonriente, se puso el abrigo de Saúl y murmuró:

– Me dio frío… ¿Te parece si lo suspendemos para otra ocasión? –

Y en cuanto se dirigía a manotear el picaporte, Saúl trituró los elásticos y se liberó de una vez por todas. Después saltó del lecho, prácticamente desnudo, y Angie abría la puerta. Desde fuera una mujer, que coincidente se retiraba de su habitación, vio al muchacho en el oportuno momento y por poco cayó desmayada. La pícara compañera reía a carcajadas cuando, apenas logrado preverlo, Saúl la tomó por la cintura y le beso con lujuria. Más tarde la transportó hacia el lecho y, sin aviso previo, le enterró el miembro debajo de la espalda.

Allí recordó el incesante galope de un corcel sobre un sendero, rodeado de bosques y, sin mediar descanso alguno, se pasó la noche montando bajo las estrellas. Hasta que el resplandor de una nueva mañana llegaba para alumbrarles desde la intemperie.
Gemidos brotaban a través de las delgados y menudos paneles entre habitaciones. La alborotada noticia de la apasionada situación se había convertido en el chisme más popular entre las sirvientas del Hotel.
Siquiera tuvieron que contestar al llamado para desayunar, puesto que siquiera habían dormido.
Jóvenes, con la energía a tope, comenzaban un nuevo día. Y si bien se acomodaron lo suficiente para compartir las primeras horas de la mañana, no lograban pasar inadvertidos.

La atención pública era dirigida a ambos. Incluso algunos mencionaban, en plan chistoso, que habían sentido una guerra en vivo y directo.

Las damas se quedaban atónitas al contemplar el porte y la caballerosidad de Saúl, mientras los ojos de diversos hombres no hallaban mejor interés que la dama con su vestido corto.

Cada acción, cada comentario, cada caricia y cada intención en la Trufa Silvestre ocasionaba un mar de sensaciones en Saúl, cuyas corrientes eran advertidas por todos y cada uno de los presentes.
Mucho menos ostentaban maquillaje suficiente para aclarar aquellas profundas ojeras y la humectación brillante que rebozaba en sus pieles.

La mañana pasó, ante los manjares de tartitas dulces y el sabroso café con leche.
En cuanto se retiraron, tomaron diferentes taxis con distintos caminos e inmortalizaron el recuerdo con un beso tan tierno como insondable.

En cuestión de minutos, Saúl se encontraba en el viaje de regreso con una inequívoca alegría que no lograba borrar de su rostro.
No conocía ya su nombre sino que, a partir de ese día, habían consumado el amor y no existía pensamiento ajeno a ella. Estaba liberado de todo estrés nervioso y poseía una inexplicable energía, como para realizar cientos de flexiones de brazos sin lamentarse. Así solo fuesen parte de su imaginación…

Uno de los favoritos festejos del muchacho había culminado, y ahora estaba dispuesto a disfrutar lo que surgiera tras la noche del 12 de Junio.