Las extensas y variadas tierras de Daghol presentan, desde tiempos ancestrales, todo tipo de efectos en el clima y una nutrida diversidad de espacios.
Así es el caso de las Estepas del Señuelo Ardiente, donde esta leyenda tomaría apertura. Debido a que, se trataría del paisaje mas cercano al retrato futuro. Tal hecho no sería sobre sus bastas colinas de arena, ni de sus laberínticos senderos, sino de la odisea lejana que Azgal lograría ver.

La Brecha del Destino.

 

Millones de caminos se abrían paso hacia el mas allá. Los ojos no alcanzaban para descubrir el panorama. Un niño relamía sus labios ante la sequedad latente. Las calurosas brisas empujaban su desnutrido cuerpo y movilizaban sus gastadas prendas de seda. Mientras que sus botas aún reafirmaban el paso, a pesar del largo trayecto que se podía advertir a su espalda.

El no estaba solo. Sin embargo además de los sedientos aldeanos, que avanzaban en aquella tambaleante caravana, se podían encontrar cuerpos sin vida a distancias inalcanzables.
Muchos habían muerto, algunos por la hambruna, otros por enfermedades solares.

Día y noche se adentraron hacia el oeste, en busca de algún territorio oculto y desconocido. El joven conservaba algo de esperanza, puesto que cada fallecimiento parecía cederle energías suficientes para impulsar sus pasos.
Los padres de aquél muchacho habían fallecido en primer lugar, desde los orígenes de la caravana. Historias que solo se labraban en su inconsciente, así como pocas memorias le invadían diariamente. Cada pérdida nutría su cerebro, cada zancada inmortalizaba el rencor hacia el pasado, cada alcance hacia aquél desolador horizonte forjaba sus músculos. Incluso la molestia en sus muñecas, por llevar prensadas aquellas pulseras de hierro fundido, se habían convertido en un cosquilleo.
Al principio todo se trataba sobre el dolor, pero él albergó tales sensaciones en lo profundo de su alma y con el tiempo logró ignorarlas.

Las noches eran frías, las alucinaciones errantes le confundían. Algunos supervivientes le creían maldito, puesto que ninguno de ellos habría soportado, tal cansancio, a su edad.

Largas caminatas se disputaban, y los objetos se perdían desde el inicio. Ni el mas resplandeciente talismán poseía valor suficiente, como para portar peso extra hasta el término de sus vidas. La propia tela de sus prendas, parecía hostigarles sin descanso.

Aquellos que sucumbían gritaban durante largos minutos y, solo incitaba al resto a seguir la marcha hacia el frente. Sin importar los obstáculos jamás debían mirar hacia atrás y nunca podían detenerse; así los tendones se azotaran por sí solos, así el aliento les sofocara; debían avanzar sin pausas.

Pasadas las semanas el joven ya no recordaba su nombre siquiera. Los espejismos de agua derramada dibujaban el paisaje y le hacían zigzaguear sin control. Su vientre rugía desconsolado. E incluso algunos aldeanos, habiendo perdido la cordura, imaginaban masticar la delgada pulpa de su cuerpo. Era solo cuestión de tiempo, hasta que el canibalismo fuese un dulce sermón ante el interminable castigo.

– Azgal mira –

A penas audible la voz del anciano que, asistiendo su movimiento con un bastón, le recordó su nombre.

El joven Azgal de las pulseras de hierro, preso del destino y el deseo de los Dioses.

Por centenares de ocasiones repitió su nombre. Así fuese por dentro, ya que la afonía a penas le permitía respirar con lentitud. Sus cuerdas vocales eran como lienzos de carne oxidada. A penas podía comprender como aquél hombre aún hablaba.

– Las paredes de roca están talladas con figuras. Es buena señal –

El muchacho observó perplejo. Montones de piezas de roca se abrían paso delante de sus ojos. Se encontraban a pocos pasos de ellos, pero ya era demasiado tarde. Los viajantes luchaban sin fuerza buscando devorarse, entre arañazos y alaridos de dolor.
Eran, tan solo, mínimos pasos para alcanzar un cambio en el rutinario trayecto. Pero como bestias se mordían, mientras sus largas uñas arrancaban la piel.
Unos pocos lograron huir y alcanzar la meta. Sin embargo, tal como lo habían predicho, detenerse no era opción. Los que yacían matándose encontraron un fatídico desenlace. La sangre manaba de entre sus dientes y la negrura les alcanzó por completo.

Atroces gritos se agitaban a su espalda. Azgal sabía que no debía volver la mirada, puesto que muchos habían fallecido por tal razón.
El anciano y otros, al descubrir que era el único adolescente presente, trataron de guiarle hacia el frente. Lugar en el que un único sendero les llevaría a lo desconocido.

Pero el muchacho no pudo aceptarlo. Puesto que consideraba, que todos merecían la salvación. Tras encontrar el sitio, del que sus padres contaran leyendas, sentía la necesidad de comunicarlo al resto. Así lastimase sus cuerdas vocales, pretendía gritarlo para que todos los rezagados recordasen lo mas importante.

Ser humanos ante todo…

Los compañeros avanzaron sin dudarlo, pero Azgal enfrentó sus miedos y las palabras jamás sonaron desde sus labios. Lo que presenció era una abominación.

De pronto un rugido devastó sus fuerzas, él caía de rodillas y se inclinaba ante la perdición, mientras que boquiabierto alertaba el mal augurio.
El cielo oscureció repentinamente y una monstruosa figura se abalanzaba hacia él. Inmensas, sus extremidades, iban a capturarle. Cuando, sin darse por aludido, el anciano se le acercó al oído y susurró:

– Tu hallarás el camino Azgal. Nunca abandones la esperanza. Ilumina a los tuyos y encuentra… la gloria –

Con sus débiles fuerzas, el anciano, empujó al muchacho hacia las rocas y alzando su bastón se entregó ante la formidable oscuridad.

– Relthas… –

Alcanzó a murmurar por lo bajo y el muchacho memorizó un nuevo nombre. El que se tratara de su enemigo.

Los gritos enmudecieron tras instantes y el joven succionó las míseras lágrimas que sus ojos derrochaban.

Como si con ello pudiese saciar su sed…

Lleno de ira y tristeza, emprendió su camino al frente. Siendo el único infeliz que pudiera ver y sobrevivir ante aquél ser que les atormentaba y perseguía.

– Jamás miraré a mi espaldas… ¡Dilo! –

Recordó a su padre balbucear tales palabras, en el último de sus alientos.

Las lágrimas fluían de forma inexplicable. Por él, la única persona que aún le protegía, había muerto.
Sus puños golpearon la arena que le rodeaba y oyó sus brazaletes tintinear, cediendo la presión que le producían.
Y aunque no logró desligarse de ellos, sus manos encontraron mayor descanso.

– Vamos muchacho –

Uno de los hombres le ofreció su mano para reponerse y seguir hacia delante.
El amanecer iluminó un nuevo horizonte y aunque los altos paredones les confirieran una entrañable penumbra, el viaje aún no finalizaba.

Aunque eran pocos y la caravana hubiera desaparecido, la esperanza se adueñaba de su corazón. Una nueva promesa se emitió desde los resecos labios de Azgal:

– Cuando halle la gloria regresaré… –

Todos se observaron perplejos, puesto que el joven ya enfrentaba el miedo y miraba de espaldas a ellos con el mentón en alto. Sus ojos yacían despiertos, sin pestañeo alguno, y sus cejas sombreaban su mirada.

– ¡Vendré por ti Relthas! ¡Lo juro! –

Gritó al cielo y al voltearse observó hacia el sol, sin siquiera encandilarse.