Las extensas y variadas tierras de Daghol, desde tiempos ancestrales, presentan todo tipo de efectos en el clima y una nutrida diversidad de espacios.
Así es el caso de las Estepas del Señuelo Ardiente, donde esta leyenda tomaría apertura. Debido a que, se trataría del paisaje más cercano al retrato futuro. Tal hecho, no sería sobre sus bastas colinas de arena, ni de sus laberínticos senderos, sino de la odisea lejana que Azgal lograría ver…

Capítulo 1: LA BRECHA DEL DESTINO.

 

Millones de caminos se abrían paso hacia el más allá y los ojos no alcanzaban para descubrir el entero panorama. Un joven relamía sus labios ante la sequedad latente. Calurosas las brisas empujaban su desnutrido cuerpo y movilizaban las gastadas prendas de seda que ostentaba. Asimismo, sus botas aún reafirmaban el paso, a pesar del distante trayecto que se podía advertir a su espalda.

Él no estaba solo…
Sin embargo, además de los sedientos aldeanos, que avanzaban en aquella caravana, se podían encontrar cuerpos sin vida a distancias incalculables.
Muchos habían muerto…
Algunos por hambruna, otros por enfermedades solares…

Día y noche se adentraban hacia el oeste, en busca de algún territorio oculto y desconocido. El joven conservaba algo de esperanza, puesto que cada fallecimiento, parecía cederle energías suficientes para impulsar sus pasos.
Los padres del muchacho habían perecido en primer lugar, desde los orígenes de la caravana. Apenas permanecían como historias que labraban en su inconsciente, así como pocas memorias que le invadían diariamente.
Cada pérdida nutría su cerebro,
cada zancada inmortalizaba el rencor hacia el pasado.

Cada alcance hacia  el desolador horizonte, forjaba sus músculos. Incluso la molestia en sus muñecas.
En ellas portaba unas pulseras de hierro fundido… E imposibilitado para quitarlas, se había acostumbrado tanto, que la molestia se convertía en un singular cosquilleo.
Al principio todo se trataba sobre el dolor y las penurias, pero él albergaba tales sensaciones en lo profundo del alma. Y, con el tiempo, lograba ignorarlas por completo.

Las noches eran frías y las errantes alucinaciones le confundían. Algunos supervivientes le creían maldito, puesto que ninguno de ellos habría soportado, tal cansancio, a su edad.

Dilatadas eran las caminatas disputadas y desde el inicio se perdían los objetos materiales.  Ni el más resplandeciente talismán poseía valor suficiente, como para portar un peso extra en miras al término de sus vidas. Incluso la propia tela de sus prendas, parecía hostigarles sin descanso.

Aquellos que sucumbían, chillaban durante varios minutos y, solo incitaban al resto a seguir la marcha. Solo viendo hacia el frente.

Sin importar los obstáculos, jamás, debían mirar hacia atrás. Mucho menos detenerse; así los tendones se azotaran por sí solos, así el aliento les sofocara; en el avance, la pausa era inexistente.

Pasadas las semanas, el joven ya ni recordaba su nombre. El confuso paisaje constataba espejismos de agua derramada. Sin control, todo ente que avanzaba, zigzagueaba advirtiendo los cambios del paisaje.

Su vientre rugía sin consuelo. E incluso, ciertos aldeanos, sin apartarlo de la vista y, perdiendo la cordura, imaginaban masticar la delgada pulpa de su cuerpo. Era solo cuestión de tiempo, hasta que el canibalismo fuese un dulce sermón avante al interminable castigo.

– Azgal mira –

A penas era audible la voz del anciano, quien, asistiendo su movimiento con un bastón, le recordaba su nombre.

El joven, Azgal, de las pulseras de hierro, prisionero del destino y del deseo de los Dioses.

Por centenares de ocasiones repitió su nombre. Así fuese interiormente, puesto que la afonía, apenas, le permitía respirar con lentitud. Sus cuerdas vocales asimilaban a oxidados lienzos de carne. Ni tan solo podía comprender, como aquél hombre aún dialogaba.

Luego exclamaba:

– Los muros de roca están tallados con simbólicas figuras. Es una buena señal –

El muchacho observaba perplejo. Numerosas piezas de roca se abrían paso delante de sus ojos. El novedoso horizonte se hallaba a pocos pasos de ellos pero, tristemente, los viajantes luchaban sin fuerza. Se sumían entre constantes anhelos por devorarse, enfrentados con arañazos de exorbitantes uñas y tormentosos alaridos.
Se trataban, apenas, de mínimos pasos para alcanzar una evolución en el rutinario trayecto. Sin embargo, como bestias, se masticaban mientras las afiladas uñas descocían la piel.
Pocos lograban huir y alcanzar la posible esperanza. Aunque, tal como lo predicho, detenerse no era opción.
Quienes yacían, matándose unos a otros, encontraban un fatídico desenlace. Entre sus dientes manaba la sangre, y la negrura les atrapó por completo.

Atroces gritos se agitaban a su espalda.
Azgal sabía que no debía volver la mirada, puesto que muchos habían perecido  por tal razón.
El anciano y otros, al descubrir que era el único adolescente presente, trataron de guiarle hacia el frente. Al lugar, donde un único sendero les llevaría a lo inexplorado.

Pero el muchacho no podía aceptarlo…
Consideraba que, todos, merecían la salvación. Rememoraba las leyendas contadas por sus padres, de un sitio donde hallarían un sublime descanso.

Azgal, sentía la necesidad de comunicarlo al resto, así lastimase sus cuerdas vocales… Pretendía gritarlo, para que todos los rezagados recordasen lo más importante en la vida.

Ser humanos, ante todo…

Otros avanzaban sin dudarlo, pero Azgal enfrentó los miedos. Y aunque se volteara para anunciarlo, las palabras jamás superaron sus labios. Puesto que percibía una abominación…

De pronto, un rugido devastó sus fuerzas. El muchacho caía de rodillas y su rostro se inclinaba ante la perdición. Boquiabierto, alertaba el mal augurio.
Tan pronto se oscurecía el cielo, una monstruosa y lejana figura se abalanzaba hacia él.
Inmensas, sus extremidades, iban a capturarle, cuando, sin darse por aludido, el anciano le susurró al oído:

– Tu hallarás el camino Azgal. Nunca abandones la esperanza. Ilumina a los tuyos y encuentra… la gloria –

Con sus débiles fuerzas, el anciano, empujó al muchacho hacia las rocas y, alzando su bastón, se entregó ante la formidable oscuridad.

– Relthas… –

Logró murmurar por lo bajo y el muchacho memorizó un nuevo nombre. El que se tratara de su enemigo.

Los gritos enmudecieron tras instantes y el joven succionaba las míseras lágrimas que sus ojos derrochaban.

Como si con ello, pudiese saciar la sed…

Lleno de ira y tristeza, emprendió su camino al frente. Siendo el único infeliz que pudiera ver y sobrevivir, ante aquél Ser que les atormentaba y perseguía.

– Jamás miraré a mis espaldas… ¡Dilo! –

 

Recordó a su padre balbucear tales palabras, en el último de sus alientos.

Las lágrimas fluían inexplicablemente. Por él, la única persona que aún le protegía, había muerto.
Sus puños golpearon la arena y los brazaletes tintinearon paulatinamente.
Aunque no consiguiera desligarse de ellos, sus manos encontraron mayor descanso.

– Vamos muchacho –

Uno de los hombres le ofreció la palma para reponerse y seguir hacia delante.

Y así, el amanecer iluminaba un nuevo horizonte. Aunque los altos paredones les confirieran una entrañable penumbra, el viaje aún no finalizaba.

Eran pocos y la caravana había desaparecido. La esperanza se adueñaba del corazón del muchacho, como una nueva promesa que se emitía desde los resecos labios de Azgal:

– Cuando halle la gloria, regresaré… –

Todos se observaron perplejos, puesto que el joven ya enfrentaba el miedo y se volteaba de espaldas, con el mentón en alto. Sus ojos yacían despiertos, y sus cejas le sombreaban la mirada.

– ¡Vendré por ti Relthas! ¡Lo juro! –

Gritó al cielo y, al regresar al frente, observó hacia el sol, sin siquiera encandilarse…