De pesar, amor y otras especias

por | Mar 15, 2018 | Del rebelde Fuego al latente Aire. De Pasión y de Cenizas.

L atidos replicaban con suma constancia. El virgen cuerpo de Zoe se distendía sobre el sofá, con total libertad. Sus ojos siquiera pestañeaban y sus rosados labios asemejaban compuertas que permitían ingresar al trozo, de un bocado del budín con frutas abrillantadas.
Saúl la conocía desde sus once años, cuando los padres de ambos le solicitaban que la acompañara al colegio. Él, unos años mayor, ya relucía caballerosidad. Apenas la niña lo comprendía, que él la trataba como a una princesa. Poseía los modales dedicados de su fallecida madre.

Era común que, en la adolescencia, Zoe rechazara a todo muchacho que intentara cortejarla, puesto que estaba satisfecha con la especial amistad que le confería Saúl.
Llegados los quince, en su festejo primaveral de cumpleaños, ya se convertía en una señorita y en la sesión de fotos siquiera le permitía alejarse de su lado. Por lo general sus compañeras y los familiares reafirmaban una historia de amor. De esas que solo son posibles en cuentos de hadas…

Saúl y Zoe…
Él y yo

Nombrados en diversas fotografías y en diferentes álbumes que ella ostentaba como un profundo tesoro.

La juventud llegaba de pronto, Saúl solía ignorar ciertas atenciones que enloquecerían a cualquiera. Sus dichosos amigos se peleaban con tal de poseer una oportunidad con ella. Y aunque existiese la atracción del hombre hacia la mujer, aunque fuesen hijos de diferentes padres, Saúl la concebía más como hermana que como su amiga.

Sin embargo, ella añoraba fundir los labios sobre él. Y en él, inconsciente, desconocimiento creía que el mejor método de conseguirlo era con la atracción física.
Sería imposible negar que Saúl sudaba ante su postura. Podía avizorar como la delicada princesa se convertía en mujer. Incluso, habiéndose acostumbrado a usar determinadas prendas que paralizarían a cualquier reo… En ésta ocasión vestía cuidadosa, pero portaba una ropa interior que solo permitía aflorar más y más en la mente del muchacho. Ninguna de sus antiguas novias habría dispuesto y conocido mejor aquella atención que lo dejaba sin aliento. Zoe sabía más de lo que él esperaba y era la adversaria sublime contra Trufa Silvestre.

El budín desapareció sobre el sofá, a medida el joystick de la Play Station colisionaba sobre la alfombra.
Irguiendo, mínimamente la postura, Zoe, posó sus suaves dedos en el pómulo de Saúl y murmuró:

– Mi príncipe –

Y aunque siempre le atrajera la afable mirada y el color miel de sus iris, en esta ocasión la fosa conformada por su escote había magnetizado su dedicación.
Ella sonreía, puesto que discernía cómo conseguir su propósito con una delicada intención.
Resultaba, incluso, sorprendente… Puesto que Saúl ya había compartido vacaciones un año antes con ella. En las que, finalmente, se había animado a lucir su primer bikini. Y como él era tan protector, ella se sentía segura a su lado.
En este entonces, el maquillaje había logrado su cometido, también el encaje y la diminuta visibilidad en el living-comedor, que aunque fuese pleno día las persianas aún yacían entre cerradas.

– ¿Es tu novia? –

Preguntó, de pronto, y de haber sido más experimentada, Zoe, lograría intuir que una indagatoria tal atraería un iceberg al flujo sanguíneo de cualquier individuo.
Saúl retrocedió al instante, tomó el joystick, suspiró y respondió:

– Bueno, ¿jugamos? –

Ella permaneció en estado de shock ante su cambio rotundo, y por poco golpeaba el almohadón del sofá a puño cerrado.

Se preguntaría… ¿Cómo podía desviarle la mirada en un momento como ese?

Pero el muchacho había notado de reojo la hora y temía que no le quedara suficiente tiempo para marcharse.

La partida había iniciado y, tratándose de un juego en equipo, solo triunfarían si lograban ponerse de acuerdo. Él estaba concentrado y rebozaba de alegría, ese entretenimiento le refería a lejanas nostalgias compartidas con ella. Sin embargo, Zoe no conseguía quitarle los ojos de encima. Su particular mirada y sonrisa haciéndole sentir segura, incluso, en el momento más inhóspito.
Aún le costaba creer que hubiese desviado la mirada tan rápidamente y sospechaba que con un mísero empujón más lograría concertar su sueño.

Pero acaso ¿no había sido lo suficientemente honesta ya?
Cuantos muchachos revolotearían alrededor de Zoe, como buitres, dispuestos a saborear la sutil bocanada de su aliento. Como si su simple y afilada voz les indujera al descanso de sentir la congoja de no lograr ganarse su corazón.
¿Y cuántos serían capaces de golpear a Saúl en ese preciso instante, por no complacerla? De seguro los acosadores de Zoe ya formaban fila para concretarlo
.
La vasta ilusión no dominaba aquél día. Quizá sí sucediese algo así, durante el ciclo lectivo en el colegio dónde ella concurría.

Y suspirando por lo bajo, Zoe sintió que su mundo sucumbía. Casi deseaba morir en ese preciso momento de angustia. Simplemente no se permitía verle a los ojos, después de haberse entregado de tal manera.
Soltando el joystick sobre su falda, a medida se arrastraba entre sus piernas, irguió las manos y procedía a cerrar botón tras botón hasta llegar a su cuello. Yacía con la mirada perdida creyendo, incluso, que él la miraba hacer dichos pasos... Cuando probablemente, sólo observara el video juego.

El mensaje de Derrota se presentaba de pronto desde la tv y el estridente sonido anunciando la misma le tomó por sorpresa. Como si despertara desde un universo paralelo, ella volteó la mirada y, como creía haber imaginado, Saúl la observaba fijamente.
Apenas logró percatarse y comprenderlo, que los joysticks volaron por los aires hacia la propia alfombra y los celulares se soltaron desde reposabrazos. Finos y rosados los labios de Zoe, aguardaban casi abierto ante la repentina especulación.
Saúl cargaba al frente, decidido, como si recordara aquella acción de la Trufa Salvaje. Imprevisto, la tomó dócil sobre el cuello y le comió la boca de un envión. Lágrimas brotaban desde los ojitos color miel y la alegría se palpaba con suma excitación. Siquiera pidiendo permiso, la atrapó como un insospechado torbellino con sus brazos.
Lleno de locura la cubría de besos ante su sumisa mirada y los botones de la camisa se separaban de sus orificios sin mesura. Entregada se encontraba, cruzando el antebrazo sobre sus senos, mientras él la cargaba sobre el cómodo sofá de terciopelo.

De repente, el panorama se oscurecía y oyendo la alarma de su celular, que habría planeado antes de disponerse a jugar, la ilusión se marchitó por completo.
Victoria presentaba el mensaje al centro de la pantalla.
Súbitamente, volteó a su lado y Zoe había desaparecido. No había sido más que una ilusión propia de él. Probablemente recargada por el recuerdo del intenso beso que le propiciara Trufa Silvestre.
Sin embargo, las babas habían humedecido su mentón y siquiera comprendía como superó el primer nivel del video juego sin asistencia.

– ¿Zoe? –

Exclamó, desorientado, y la buscó en todos los ambientes pertinentes, desde el excusado, la cocina, pasando por el patio, su habitación y hasta la azotea dónde solían mirar las estrellas de chiquillos.

¿Se habría esfumado al unir los botones de su camisa?

En el ínterin, advirtió la puerta de ingreso entreabierta y, a prisa, la superó. Creía hallarla fuera, jugando junto a la vereda. Los recuerdos se constataban segundo tras segundo, como si su decisión quebrara un sinfín de sentimientos dormidos. Advirtió el buzón dónde, de niños, jugueteaban al cartero y simulaban una obra de teatro ante las risotadas de los vecinos.
No lograba localizarla en ninguna parte.
Mucho menos en el almacén de la esquina, dónde jamás faltó un día en que compraran chupetines con sabor a cola y los chocasen en plan de brindis. Asimismo, rememoró cuando sus manos la tomaban por la cintura y las de ella lo abrazaban detrás de su nuca bajo la única lámpara de luz que, después de cinco años, sigue siendo la singular durante las noches.
Bailando ese lento, juntitos, como viesen en las películas románticas… Mientras el vecino compartía una balada de los Guns & Roses.
Don’t Cry repetía en su inconsciente y como si hubiera vaticinado todo, volteó a ver la jornada del bus hacia la otra esquina. Pudiendo verla por vez primera, siquiera conseguía sospechar que su mejor amiga se marchara sin despedirse.

Tarde, la vio ascender al colectivo. Mientras con el puño sobaba las lágrimas que se soltaban sobre su pómulos y el gentío, sin consuelo, la observaba pasar.
Mucho menos logró llamarla, que el transporte desapareció de su vista y el tórax se precipitaba ante un millar de constantes latidos.

Que duro es añorar el amor y cuán duro olvidar el desamor…

Aún oía la alarma vibrar a pasos de su hogar, mientras la musiquilla digital de una nueva derrota replicaba desde su Tv. Probablemente al ignorar el juego, acabara perdiendo la partida.
Regresó a casa, sabía que debía retirarse en breve y, aún, el suceso con Zoe le pesaba.
Toda la vida había prometido jamás dejar ir a una mujer en lágrimas, como contemplara en algún trágico momento a su madre al borde de la muerte. Sin embargo, hoy había aprendido que no todo sale siempre como uno espera.

Detuvo el llamado del celular, desconectó la consola, apagó la tv, tomó una abrigo de pana del estante compartido con su padre y, mientras se largaba, divisó el celular sobre la alfombra. Tras alzarlo, posó los dedos sobre el botón de encendido y contempló el selfie que Zoe se había tomado en su habitación. Los finos y rosados labios de una princesa, formando el beso que montones de muchachos imploraban. Portaba la boina verde de lado y sus ojitos dulces brillaban ante el contraste de sus pestañas.

Sin lugar a dudas, una jovencita tan atractiva como sensible.

Saúl no tenía palabras para expresar el abatimiento y, a medida chistaba para detener un taxi, movilizaba el scroll con su dedo índice para contemplar cada foto de su amiga.
Joven, alegre, coqueta y hasta por momentos presumida. Todo con el simple propósito del siguiente álbum. El que apodaba como:

 Él y yo…
Al término llevaba el símbolo de un corazón y en el portfolio se alojaban numerosas fotos juntos. Algunas, inclusive, inesperadas para él. Tal el caso de la que apreciaba en aquél instante… Donde él dormía sobre la butaca del cine y ella le besaba el pómulo, mientras el flash de la cámara presentaba a los espectadores restantes con furiosos rostros y alzando las manos.
No pudo evitar regocijarse, recordando porqué les insultaban al terminar los créditos.

El taxi se dirigía a la terminal de ómnibus y el chofer conversaba sobre la ola de frío polar que se aproximaba.

Al parecer algo tenían en común los tacheros y, sorprendentemente, siempre Saúl parecía en el limbo sin emitir respuesta alguna.

Temía que llevar consigo el celular de Zoe, con tantas fotos cariñosas fuese un problema para su nueva confidente. Había bastado con recordar a la rubia de ojos azules, que intentara robarle un beso en la discoteca.
Los minutos pasaban sin descanso y, aún, observaba el teléfono ajeno. Tan pronto se hallaba aguardando el ómnibus, con el boleto en mano, presenció una nota que titulaba:

Mi amor por tí…

Sabía que al abrir algo como eso, sus recuerdos hacia su mejor amiga se podrían ver distorsionados. Apenas vacilaba en el suplicio y la introspectiva curiosidad, mientras por acto reflejo se ponía de pie para conformar la fila a la llegada del transporte.
Los dedos se dirigían por sí solos hacia el botón de encendido, dispuestos a olvidar aquello que pudiese complicar su estadía en la ciudad vecina.
Tampoco prestaba atención al público presente, cuando repentinamente, oyó como le llamaban por la espalda:

– Saúl… –

Sintió un espinazo por la entera espalda que le dejó paralizado al subir el primer escalón hacia el interior del vehículo. El sudor descendía por doquier y, al santiamén, apagó el celular. Al voltearse, notó a Zoe con el rostro enrojecido tras el sollozo.
Antes que se percatara de todo, ella se abalanzó sobre él y le abrazó.

– Olvidé mi celular –

Le susurró con la voz triste y, aprovechando el momento, Saúl se lo entregó.
Sin embargo, su capricho por la nota había quedado más plantado en su memoria que si la hubiera leído.
El apretón fue tan intenso que los presentes denotaron entusiasmo al rescatar el cariño externo de una pareja. Ella besó la comisura de sus labios y se marchó, permitiéndole la vía libre.

Finalmente, Saúl tomó el ómnibus. Al tiempo que contemplaba como numerosos muchachos hacían cola para invitar a salir a Zoe, quién resguardaba el celular entre su mano y su corazón…