ACTO XI

 

Noche bajo agua, la lluvia no cesaba y el tiempo proseguía como siempre.
Dos compañeros se hallaban solos, fuera del ingreso a la Mansión universitaria.

Automóvil tras automóvil avanzaban sin detenimiento alguno. Alexa aún abrazaba a Ren, admirando la llegada de los vehículos. Mientras el muchacho sentía que no estaba lo suficientemente lejos para darle fin a esa agradable estadía.

¿A qué esperaban? ¿Por qué no tomaban un taxi a un sitio mas tranquilo?

El viento a poco cesaba, si bien aún la brisa soplaba en sus cabellos, pero las lágrimas de las nubes permanecían constantes.

– Gracias Ren –

Exclamó ella, al tiempo que solo se podía percibir el goteo interminable.

Él asintió, y la joven se soltó de él para chequear su celular.
Para su sorpresa halló dos mensajes.

Crees que…

La joven le observó desde las tinieblas. Nuevamente, el aparato iluminaba su rostro. Sus labios estaban entreabiertos y si bien parecía querer oírle, la vibración en sus manos capturó toda la atención. El muchacho pretendía terminar su oración, cuando de pronto ella se marchó sin más.

Alexa

Ya era demasiado tarde ella ingresaba a un vehículo, a metros de él, y su compañero al volante la abrazó sin permitirle respiro alguno.
Ren agachó la mirada y se retiró bajo agua, de camino a su hogar. La caminata sería extensa, puesto que el corte de luz aún era notable y él debía respetar el pasaje de los transportes. Ni siquiera pensó en voltearse, había visto suficiente.

Espera

Oyó su voz llamando en la distancia, desde el interior del automóvil. Pero, Ren, prosiguió su caminata ignorando dicha presencia. Era tanta el agua acumulada en las boca calles que se asemejaba a una inundación.

Ren! Insistió ella.
Olvídalo. Deja a ese pobre desgraciado allí

De un momento a otro el muchacho sintió la pesadez en su cabello húmedo. Recordó tiempo atrás los latidos que yacían sobre su espalda. Algo en su interior se quebraba en lágrimas. Pero finalmente se alejó, fundiéndose en el negruzco horizonte. A pesar de todo, alcanzó a advertir los luminosos faros del vehículo en el que ella se trasladaba. Sus suspiros empañaban la ventanilla de acompañante, mientras el conductor le observaba despectivamente.

¿Debió imaginarse Ren que una dama como ella no estarías sola?

Sus lentos pasos se hundían entre profundos mares. A penas notaba diferencia entre vestir su camisa, o avanzar sin ella. Alucinaba encontrando el rostro de Alexa en los alrededores, incluso la forma de un árbol le confundió con una persona que esperaba a alguien.

Al llegar a la plaza, divisó el sitio donde ella le había ayudado durante la tarde. Tras ver a una pareja corriendo de la mano y esquivando charcos, permaneció pensativo.

A saber en qué…

La lluvia era tan fina y permanente, que el paisaje se asemejaba a un cuadro quebrado en un sin número de ramificaciones.
Ya no tenía sentido apresurarse, parecía haberse duchado con indumentaria. Advertía la prisa de las personas, e incluso le despreocupaba su propia salud.

De pronto el viento se esfumó, la tormenta decidía cesar. Justo cuando él marchaba y alcanzó a ver el departamento en la distancia.
Aunque era lo suficientemente tarde, el tránsito era agitado.
Ren apresuró los últimos pasos, e ingreso a su hogar con la mirada perdida. El brillo en sus ojos denotaba tristeza, aunque pudiera deberse a la humedad.

¿A caso tal noticia le habría hundido en un torrente sin salida?

Finalmente se dirigió a su refrigerador, tomó un plátano y tras rebanar su corteza se alimentó, mientras se encaminaba hacia su lavabo.
Una vez allí, abrió la llave de la ducha y se desvistió lentamente.
De fondo, su celular vibraba sin detenimiento.

¿Se trataría de una respuesta tardía? ¿Se habría arruinado el aparato con la lluvia?

Ren había dejado el mismo sobre la mesada de su comedor y prefirió darse un cálido baño. Los mensajes eran casi constantes y una incertidumbre se apoderaba de él a cada minuto que pasaba.

¿Y si se tratase de alguna emergencia?

El tiempo pasó raudamente, como el temporal que se había generado en horas pasadas. No alcanzó arroparse siquiera, que la curiosidad le envolvía en ansias. Ligeramente enrolló la larga felpa celeste, que aguardaba en su toallero, bajo su cintura y avanzó hacia el living. Mientras tanto míseras gotas se arrastraban por su recio torso.

Agitando su cabello hacia atrás con su mano, fue hacia la mesada y revisó el celular.

“Número desconocido: ¿Te encuentras bien?”

Luego de alzar el ceño, Ren, revisó el resto de los mensajes de un reconocido software para la comunicación.

“Has sido agregado al grupo de Letras. ¿Deseas confirmar el acceso?”

Sin dudarlo demasiado el muchacho aceptó y pudo habilitar una pestaña, donde se reproducía cada uno de los mensajes recibidos. Razón tal, por la que su aparato vibraba tanto. De repente una nueva correspondencia electrónica le tomó por sorpresa.

– ¿Ren te encuentras bien? Soy Alexa. Encontré tu número en la lista de contactos del grupo –

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