Noche de cortejo y sorpresas inesperadas

por | Mar 23, 2018 | Del rebelde Fuego al latente Aire. De Pasión y de Cenizas.

E l ómnibus había partido minutos antes. No se encontraban demasiados pasajeros y, en medio del desmedido silencio, Saúl oía el pasaje de las marchas con sumo detalle. Incluso cuando la palanca de cambios resonaba ante un abrupto e inusual movimiento. Sería el conductor un novato, o bien uno de sus primeros viajes influidos por los nervios.

En ocasiones contemplaba la carretera, la conocía como si él se encontrara sosteniendo el volante. Tenía la certeza de cuando alivianar la velocidad ante la llegada un repentino bache o de cómo superar una abandonada vía de tren sin ocasionar significante ajetreo. Uno de los entrenamientos básicos en el ejército era la utilización efectiva de vehículos terrestres y él poseía un título especial por su dedicación al respecto.
Su cumpleaños apenas se notaba. A duras penas recordaba como su madre años atrás, con tanto esmero, preparaba un día inolvidable para él. Como si con ello anticipara el cruento destino y planeara dejarle un bonito recuerdo.
Esta vez no solo sentía nostalgia en los recuerdos, mientras una triste canción le deprimía desde la radio, sino que el atardecer concretaba y, aunque hubiera dormido bastante, el ambiente lo inhibía. Había disimulado dos o tres bostezos, cuando la adolescente de la butaca frontal empezó a reírse. Antes que se percatara, le había contagiado tal sentimiento y se había dormido con las rodillas en dirección a su mentón.

Allí la contemplaba, como si notara la dulzura de una hija al concebir el sueño. Pero con sus delicados rasgos, la imagen de Zoe no demoró en rebotar en su inconsciente. Su tierna mirada, los suspiros, sus risas y palabras de aliento. Negaba sin descanso, mientras la ilusión de dos bellas mujeres que conocía se enfrentaban y mezclaban. El sutil recuerdo de sus bustos, tan diferentes se unificaban hasta advertir su propio rostro con una indescriptible confusión.
A poco sintió que el bulto vibraba ante la abstinencia de los años pasados, como si nadando desde las profundidades, buscara emerger para respirar una bocanada de aire. Y como si su cráneo, entre la excesiva neblina, se distorsionara conformando un vigoroso miembro.
Tras la imaginación, se echó a reír y una anciana le observó con seriedad. Era como si lograse concebir aquellos pensamientos íntimos con una ínfima mirada.

Más bien se trataba que él no dejaba de ver a la adolescente. Y, en cuanto despertó de aquella ilusión la mujer suspiraba en plan: Los hombres son un caso…

Saúl espabiló y, sin conservar aliento, exclamó:

– ¿Cómo cree? Podría ser mi hija –

Y en el imperativo silencio que consternaba a los pasajeros, se despertaron viéndole de forma despectiva. Por suerte, la niña siquiera sospechó lo que sucedía. Y, de no ser porque la anciana le sacó la lengua en plan infantil, las miradas se concentrarían en el muchacho.
Risotadas despertaron hasta al más perezoso de los presentes y la parla retomó su cauce hasta el final del viaje.

Era una noche de invierno, al llegar el transporte a la iluminada terminal de ómnibus. No solo estaba preocupado, en caso de llegar tarde, sino que con tanta oscuridad temía no hallarla en la plaza. Los minutos pasaron como un aluvión de centellas y, al recapacitar, ya se encontraba sobre un banco de piedra durante el anochecer. Aunque no recordase del todo, el taxi que había tomado y lo fantasmagórica que se notaba la estación de transportes, un tema en particular revoloteaba por su mente.

Era la nota, en el celular de Zoe, que titulaba:

Mi amor por ti…

Tal incógnita aseveraba en él, incluso, al punto de regresar y consultarle imaginando la respuesta. Aunque sospechaba, que al hacerlo, ella se borraría de toda atención.
Tenía pensado enviarle un mensaje, hasta tomó el celular y escribió:

Zoe…

En ese entonces se encontraba, armando la pregunta en su mente, cuando el sonido de unos tacos le tomaron por sorpresa. De forma instintiva apagó el teléfono y, al alzar la vista, se quedó sin palabras.

Alegre llegaba, con un vestido corto y clarito, y unos stilettos que armonizaban su vestuario.
Como decía, anteriormente, en ocasiones una dama olvida hasta el frío que sugiere el clima. Así sea, con tal de sentir comodidad y presentarse más atractiva…

La trufa silvestre estaba delante de él y portaba una delicada cartera de mano.
De pronto, un rugido resonó desde su interior y, aunque sospecháramos que una bestia sobresaltaría de entre sus pantalones, la razón era propiamente el apetito.

– Hola Saúl –

Rompió ella el hielo y aunque él quisiera responder del mismo modo, aún desconocía su nombre.

– Hola… –

Contestó y ella rió posando los dedos en su cabello.

– ¿Qué seco no? –
– Es que sonaba extraño nombrarte como Trufa Silvestre –
– ¿Y qué tal un… Hola cómo estás? –
– Hola ¿Cómo estás? –
– Tarde… ¡Siempre todo tarde vos! –

Reclinó el rostro al suelo. Temía que debió haberse quedado en el sofá, jugando al video juego con Zoe y disfrutando su cumpleaños. Pero ya era suficientemente tarde, ahora menester era tratar de pasar la noche lo mejor posible.
Planeaba volver a contemplar esa belleza que personificaba y, al menos disfrutar el simple hecho de verla.
En cuanto irguió el rostro sintió al tacto los deditos asomándose sobre su mano. Desprevenido, recapacitó, y podía notarla lo bastante cerca como para percibir su fragancia.
Antes de responder algo al respecto, ella volvió a besarle, con soltura.

El recuerdo en la zona vip del Pub, retornó al instante a su memoria.

Una prolongada combinación de caricias se superponían entre sus lenguas y saboreaba el dulce néctar de un caramelo de miel. Intruso aquél que, al parecer, aguardaba en su boca antes de lo previsto. El mismo saltaba de una cavidad a la otra y fundía su esencia en el interior de sus fauces. Dispuesto a no perderla, esta vez, la atrapó con sus manos alrededor de la cintura y comenzó a dominarla.
Parecía sonreír al erguirse la comisura de sus labios y, siquiera se permitían respirar ante tanto revuelo. La tentación afloraba a tal punto que cualquier dispar razonamiento o la propia atención del público, se tornaban poco importantes.

Una vez notaba que ella no planeaba soltarle, Saúl comenzó a arrastrar una mano sobre la falda. Estaba dispuesto a explorarla con el tacto, cuando de pronto sintió que le mordía el labio inferior.
Al instante, se detuvo y, siquiera, consiguió gritar al respecto que Trufa Silvestre se encontraba de pie. Reía, al tiempo que acomodaba su vestido.

– Casi me sacas un cacho –
– Perdón, tengo hambre –
– Yo también. Ja Ja –

Y suspendiendo la apasionada bienvenida, se retiraron de la plaza para ir a cenar. Él abrazaba su cintura con alegría, mientras ella se sostenía tras su nuca y con los deditos le palpaba la rapada.
El frío que hacía ameritaba a compartir el aliento y caminaron, cuadra tras cuadra, por las calles de la ciudad mientras las diversas personas les contemplaban. Era imposible no advertirles, puesto que ambos vestían muy primaveral para la noche que vivían.

Saúl seguía sus pasos sin perder de vista las detonantes sonrisas, el movimiento de sus labios sin ceder a las palabras, y sus leves miradas de reojo. Era su vecindario y él era la presa del destino.
Superados unos cuantos metros ingresaron al resto bar Parrilla Estirpe, donde se servían menús muy variados y abundantes. Pero la prioridad eran los cortes típicos al asador.
La sala estaba oscura y sobre las mesadas de prominentes manteles, resplandecían las finas copas ante las velas. Era como un sitio habitual para enamorados. Los espacios eran amplios y repartidos, proveyendo mejor movimiento a los mozos y mayor intimidad en las conversaciones del comensal.  Un disco de jazz relajante acompañaba el ambiente y, en la ausencia de clientes, parecía como si todo hubiese sido previsto para ellos.
Los cubiertos de plata aguardaban sobre una delicada servilleta y las cartas presentaban portadas de madera con la ilustración de un árbol y numerosas ramificaciones.

– Sabes… –

Comenzó él a hablar.
Llevaban largo tiempo en un misterioso silencio y los empleados, que les observaban desde la barra, esperaban como si fuera el inicio de una obra de teatro.

– ¿Si? –

Respondió ella, mientras sobaba su dedo índico sobre el labio inferior, como si le retara a mordérselo. Ganas no le faltaban…

– Estás hermosa. Y realmente me llena de felicidad compartir este momento con vos –
– ¡A mí también! Lástima que seas una tortuga para algunas cosas –

Y casi creía haber sentido su pie desnudo toquetearle el muslo, bajo las extensas tiradas del mantel.
El rostro de Saúl se tornaba bordó. A penas podía disimular ante la reducción luminosa que, planeando decir algo al respecto, contempló cómo se mordía los labios y sonreía con picardía.
Tosió de los nervios. Pues si fuera por él, se abalanzaría sobre la mesa, apartaría los cristales y la tomaría allí mismo bajo el candor de las velas. Pero los ideales se desplazaron ante la llegada del mozo.

La cena había sido inolvidable. No sólo por el sabor de los bocados y la robustez del vino cabernet sauvignon, sino por las miradas cruzadas entre diálogo y diálogo.
Habían conocido mejor sus propósitos y sueños. Intercambiaban ciertos ideales como la futura convivencia, lejos de presencia paternal  y laboriosas rutinas para ambos. Si bien no lo comentaban como una propuesta entre ellos, eran opiniones sobre el futuro de sus vidas. En ellas, situaban a un compañero idóneo.
Siendo ambos solteros, era normal sospechar que cualquiera de los dos podía ocupar el espacio. Pero se trataba de un juego de histeria, palabras e intenciones.

Tras alimentarse lo suficiente y saciar el apetito, el diálogo se convirtió en un chistoso recuento de vergonzosas anécdotas y la historia proveniente de sus familias.
Sin lugar a dudas, la cita había sido fructífera. Sin embargo, Saúl aún desconocía su nombre.
Pasaban las horas y sobre la mesa solo se encontraban algunas servilletas distribuidas y las copas conservando un sorbo de vino.
Él desconocía si estaba alegre por la noche vivida o por la cantidad de alcohol que había bebido.

Levantándose del bufete, él posó una abultada cantidad de dinero y se marcharon hacia la puerta de ingreso. Allí aguardaba uno de los empleados que, les despedía, teniendo la amabilidad de entornar la puerta.
Planeaban pasar la noche juntos y ella le había prometido alguna clase de obsequio. Pero cuando se dirigían al sitio y Saúl meditaba todo lo que haría para prohibirle un tercer escape, ella se acercó a su oído y le susurró:

– Tengo que confesarte algo –
– Si, decime –
– Estoy indispuesta –
– Esta bien. Entonces, solo dormiremos –

Respondió él, sin presionar.

Y toda alusión constatada se hundía en las profundidades más oscuras del abismo. Estaba agotado, por consuelo, y podía disponerse a descansar tras la primer cita. Pero la incertidumbre sobre el supuesto obsequio le dejó pensando.
Suponía que algo conservaría ella en el interior de la cartera. Quizás el premio se trataba de una barra de chocolate semiamargo, que gustosamente aceptaría.
Tampoco sospechó como vestía ella para la cita, como si dispusiera sencillez y practicidad a la hora de acometer en la fusión de sus cuerpos.

Suspiró, al tiempo que el silencio protagonizaba sus miradas. Creía haber oído de sus labios un halago hacia la noche estrellada y, al verla, simplemente sonrió. Estaba agradecido de pasar la noche ella y tener el privilegio de desayunar, al día siguiente, junto a su singular sonrisa.

Tras ingresar, finalmente, al hotel de tres estrellas. Apenas encontrabas uno de cuatro en esa ciudad, a distancias bastante lejanas como para decidirse.

Abonó por la habitación y, tras pedir que les llamasen para desayunar, tomaron el ascensor. Compartían risas bajo la luz blanca que les alumbraba sobre sus rostros y ella susurró:

– Perdón, ya sabes porque… –

Y bajó la mirada. Pero él la tomó por la mejilla y le respondió:

– Con una condición –

Ella aceptó y, mientras le miraba perpleja suponiendo un plan exótico, Saúl respiró hondo y, con seriedad, replicó:

– Dime tu nombre –