El Misterio del Tiempo

por | Mar 31, 2016 | Cuentos cortos

Vestido de un sencillo atuendo, un hombre se recostaba en su lecho, abrigado entre las mantas. Eran noches de invierno en las que mis fríos suspiros se podrían sentir.
El hombre llegaba a principios de la noche y se acostaba a dormir, mientras el tic tac de un reloj de pared lo guiaba plácidamente a los sueños. Sin cesar resonaba con fuerza en las habitaciones de la anticuada casa, persistente como el goteo en un lavamanos, al que quisiéramos poner fin.

Pasada la noche, Kevin, cincuentón divorciado y laborioso arrancaba un nuevo día en su rutinaria vida. La que intentaba animar consumiendo medicación estimulante. Después de cambiar por completo cuando en el pasado, con lujuria, se casó con una bella pero caprichosa mujer. Le conquistó comprando ese caserón que databa del 1900, pero al poco tiempo ella lo abandonó.

Una soledad congelada habitaba en su hogar. Él se refugiaba en su trabajo contable, marginándose cada día, delineando números que, implacables, se reflejaban contantes en su memoria. Su vida solo relucía en el trabajo diario y en el descanso nocturno.

La luna se reflejaba en el horizonte y Kevin, siempre a la misma hora, descansaba hasta el día siguiente, como hipnotizado por el único sonido presente. Un fin de semana mientras dormía despertó sobresaltado. Tomó su reloj de pulsera de la mesa de luz, y en la ceguera de la oscuridad alcanzó a ver en los números digitales las tres treinta de la madrugada. Suspirando volvió a fundir su cabeza sobre la almohada, mientras el reloj de pared persistía con su repiqueteo. Pero en vano, no pudo dormirse.

Mientras ojeaba el medicamento, a poca distancia de su lecho, el hombre comenzó a contar con sus dedos. Murmuraba números calculando las ganancias de su trabajo.

Los minutos pasaron fugazmente, como una brisa de otoño empujando el cabello seco de un árbol. Y repentinamente el tic tac se detuvo. El hombre, quien persistía en sus cálculos, se sintió confundido. Puesto que los números parecían saltar desde el interior de su mente.

– ¿Reloj, acaso has encontrado otra vida mejor que la pared que te soporta? –grito en el silencio sugerente, y añadió con menor tono…– Sabía que dejarías de funcionar –

Y se levantó entre sus cobijas, advirtiendo que su reloj de pulsera marcaba la hora tres treinta y tres.

De pronto el brillo del metal perdió su osadía y la hora en él se detuvo. La tapa del reloj se desprendió, cayendo la batería. Pero antes de golpear sobre el suelo, se oyó en el altillo el furtivo golpe de una celosía mal cerrada. Un golpe tan fuerte que ocultó el choque de la batería del reloj sobre el suelo. Mientras por fuera, una brisa persistente se hizo notar.

Decidido a inspeccionar su reloj de pared se dirigió al living cuando, sorpresivamente, el segundero siguió su marcha con el clásico tic tac. El hombre se detuvo perplejo pero, como si el sonido lo guiara, regreso sobre sus pasos y se recostó en el lecho.

– ¡Haz hecho bien en regresar conmigo! – clamó.

Entre el silencio y el sinfín del segundero, la brisa se había perdido y el hombre logró proseguir su descanso.


Con cautela me acerqué susurrando, tres tres cero y murmure, ya falta poco.

 

Kevin repitió tales números y entreabrió sus ojos, confundido al verse solo.

La luna se escabulló y el cielo comenzó a aclarar. Más tarde de lo normal él despertó dispuesto a proseguir su labor.

A la hora del desayuno recordó el suceso del reloj de pared pero notó que funcionaba perfectamente, por lo que no le prestó demasiada atención. Con una pluma anotó 330 y 333. Debajo, encerrando los números con un corchete, escribió un 3.

– También los separa un 3. Y sumando todos da 9… – reflexionó tratando de entender.

Bebió el último sorbo de café de su taza, tomando una pastilla estimulante. Salió para  su oficina, causando la sorpresa del kiosquero vecino, porque era un día inhábil. La tarde acabó tan pronto como comenzó y cuando la noche se hizo presente, Kevin retornó a su hogar dispuesto a descansar.

Como si hubiese tomado un somnífero encontró pronto el sueño, guiado por el inevitable sonido del reloj de pared. Su descanso prosiguió hasta que repentinamente, al igual que la noche anterior, la celosía golpeó con fuerza. Tras ello busco su reloj de pulsera y al verlo inmóvil recordó que ya no funcionaba. Y una vez más la ausencia del segundero repiqueteando invadía su mente.

-¿A caso es posible que se repita esta situación? – murmuró.

Confundido se levantó a buscar el despertador entre sus muebles, y al tomarlo el tic tac del reloj de pared retornó con naturalidad. Preso de los nervios pulsó la luz del despertador y la hora era, precisamente, ¡las 3:33 de la madrugada!

– Esto no puede… estar sucediendo – casi gritó Kevin, exasperado.

Repentinamente, el segundero comenzó de nuevo a funcionar rítmicamente, y pareció sumergirse en el hombre quien, agotado, volvió a recostarse en su cama.


Al cabo de unos minutos y ya en profundo sueño, le susurré tres tres uno.

 

Kevin balbuceó los números, pero no llego a despertarse sino hasta el día siguiente. Recordando lo ocurrido, revisó el reloj de pared sin encontrar nada anormal. Antes de salir hacia su oficina observó las celosías en el altillo que permanecían cerradas. Mientras tomaba su medicamento, habría pensado que éste le estaba provocaría paranoia. Se fue a su trabajo con una decena de interrogantes.

El día paso raudo como una estrella fugaz y él no cesaba de pensar, intrigado por lo sucedido. Era incomprensible en su mundo contable y matemático. Quizás, pensaba, su ex mujer le había preparado algún trabajo de magia negra antes de irse de la casa.

Al finalizar el día, se detuvo un momento a observar el caserón del 1900 donde vivía.

Recordó que fue el único interesado en comprarlo, y que pagó por éste un precio muy reducido. Sin más, ingresó a la casa decidido a descansar y olvidarse de esas especulaciones metafísicas. Tras vestirse con su pijama de algodón, se recostó somnoliento, y guiado por el sonido del reloj de pared encontró el sueño rápidamente.

En algún momento de la madrugada volvió a despertar. Notó tal silencio que le pareció siniestro y saliendo sigilosamente de su cama, tomó el despertador. Sus dedos no alcanzaron a presionar la luz del reloj digital cuando oyó, por tercera vez, el profundo choque de la celosía en el altillo, y el viento como sopló de fondo.

Nervioso observó el despertador, y pudo ver la misma hora que se repetía. Giró su rostro hacia la puerta que llevaba al living mientras sus labios murmuraban 3:33. Al tomar el picaporte para abrir la puerta el silencio se desvaneció, y el reloj de pared reinició su constante marcha segundo a segundo.

Finalmente soltó la puerta que quedó entornada y se encaminó de regreso a su lecho, dando pasos al compás del tic tac. Sobre el escritorio depositó el despertador y se acostó, para encontrar fácilmente el sueño. La puerta que dirigía al living se abrió de par en par, dejando relucir una extraña luz dorada.

 

Al verle dormir plácidamente me acerqué a su rostro y le susurré, tres tres dos.

 

La noche transcurrió, y el único sonido era el antiguo reloj. Una vez más amanecía y los ojos de Kevin se abrieron mirando fijamente el despertador. En el  fondo, la puerta del living abierta. Se levantó inquieto, caminó sigilosamente, y se internó pensando que había alguien más. Pero todo se encontraba en el mismo orden que días atrás.

Luego regreso sus pasos observando fijamente el reloj de pared, e inició su día. Durante el desayuno tomó su pluma y en la misma hoja escribió 331 y 332. Allí se dio cuenta que parecía una cuenta progresiva y desconfiando de su medicamento, decidió abandonarlo.

Subió las escaleras que llevaban al altillo, mientras tomaba su reloj de pulsera y lo observaba con cierto desdén. Sus dedos rozaron la zona de la batería que, de alguna forma inexplicable habría desaparecido. Una vez allí inspeccionó la celosía y advirtió que estaba mal cerrada, por lo que trabajó en ello para no sobresaltarse en la siguiente madrugada.

Satisfecho, se retiró del hogar y salió hacia el trabajo.

– Hoy es un gran día para apostar – le dijo el kiosquero al cruzarlo.

Pensó que estaba en alguna clase de pesadilla sobrenatural, y que podía apostar al 333. El kiosquero no alcanzó a ordenar su local, que el hombre ya aguardaba en el mostrador.

– Apuesto al 333 para mañana – dijo.

– Capicúa… – le respondió el kiosquero.

Regocijado el trabajador se retiró hacia su trabajo, guardando el ticket con el número 333 en el bolsillo de su saco. La tarde pasó lentamente y a poco ansiaba que llegara el día siguiente, convencido que ganaría la apuesta. Al final del día tambaleaba desanimado, porque no había tomado el medicamento.

Llegado el anochecer Kevin regresó a su hogar. Buscó con ahínco la batería de su reloj de pulsera. El aparato eléctrico, misteriosamente, marcaba las 3:33. Pero, ignorando tal detalle, caminó hacia el living para insertar el ticket de la apuesta bajo el vidrio del reloj de pared.

Con optimismo sonreía, y cerró con firmeza la puerta del living. Acomodó la almohada y se recostó. Tomó una última vez su reloj de pulsera y observando el número digital que, inexplicablemente, marcaba las 3:62. Imposible a sus ojos y su matemática, pero aun así se durmió.

La madrugada llegó con calma, pero el segundero del reloj de pared permanecía repiqueteando.

Más tarde despertó oyendo ruidos extraños en las alturas del altillo. Parecía que la celosía luchaba contra sus trabas para golpearse. Así fue que tomó su despertador y observó las 3:33 de la madrugada. De repente sintió  un enorme peso sobre sí, posó la mano en su frente y se encontró sudado. Como si le hubiesen arrojado agua, incluso sus sábanas se hallaban húmedas.

Pensó que la falta de medicamento lo habría afectado de alguna forma. Riendo recordó ese sueño extraño con la hora digital en 3:62. Pero al tomar su reloj de pulsera, vio como resplandecía y perdió la cordura.

– ¿Qué es esto? – dijo.

Marcaba la hora 6:66 y, de pronto, haciendo un ruido estruendoso la celosía del altillo venció las trabas. Una y otra vez golpeaba con fuerza.

– ¡Es una pesadilla! – gritó el hombre consternado.

Instantáneamente los ruidos se detuvieron y se encontró ante un despiadado silencio. Por instinto miró la puerta que llevaba al reloj de pared y advirtió que la misma se abría por sí sola, mientras un resplandor emergía del interior de la sala. Lo desconocido acaparaba su control mental y sin dudarlo más se internó en el living. Por primera vez descubría como era su hogar a las 3:33 de la madrugada.

Las paredes derrochaban colores como si fueran arcoíris, y veía sombras de poca estatura pintando sin cesar con pinceles de gran tamaño.

– ¿Niños? – se preguntó confundido.

El techo era un cielo tan blancuzco que parecía la misma nieve. Formando fila para una competición, veía automóviles como imágenes ilusorias. Con el último número, una camioneta desvencijada cerraba la fila.

Nada tenía significado y las paredes parecían tambalearse sin sentido físico. Lo único que perduraba extrañamente real, era el reloj de pared que había clavado sus agujas en las 3:33 de la madrugada.


Ya es hora. Le dije al oído.

 

El susurro se mimetizó entre las risas de niños que jugaban distraídamente con sus pinceles.

– ¿Quién…? – refutó Kevin, sin poder concluir la frase.

De pronto el hombre no sentía su propia voz y sus pies le movilizaban por sí solos hacia el antiguo reloj. La risa de los niños se desvanecía con el tiempo. Y fue en ese preciso instante en que el hombre oyó claramente mi voz:


¡Es mi turno! Le dije, triunfante.

 

Controlado por alguna fuerza inexplicable, Kevin acercó sus ojos a las agujas del reloj. De pronto se quedó sordo, mientras que los colores se tornaban grises a sus ojos; blancos y negros, hasta culminar en la oscuridad total.

Lo último que había visto era el ticket de lotería caerse desde el vidrio que protegía las agujas… El 333. Intentó alcanzarlo con la mano extendida, pero había perdido el tacto, y sintió algo más pesado. Tanteando advirtió que era su reloj de pulsera.

La piel del hombre rejuveneció. Se redujo su estatura, mientras su cuerpo se reafirmaba.


El ticket 333 cayó en mis manos. Ahora era yo quien poseía el cuerpo en la antigua casa.

 

El hombre se había perdido en las inmediaciones de la aguja mayor. Despertó sobre una correa que lenta y mecánicamente lo trasladaba. Delante de él una fila de niños se encaminaba hacia el reloj de pared. En sus manos, el reloj digital marcaba el 666. El tic tac era constante, regido por enormes relojes a los costados.

Cerca de allí, consiguió ver a un señor de avanzada edad fuera de la correa, recostado sobre el suelo con los ojos perdidos y con el número digital 330 en su reloj.


Salí afuera del caserón a sentir la brisa de la mañana. Detrás de mi podía verse el cartel
“En venta”.