Mañana de amor, mañana de escándalos

por | Jul 24, 2018 | Del rebelde Fuego al latente Aire. De Pasión y de Cenizas.

La mañana ameritaba para los paseos diurnos. De la mano circundaban, con libertad, por los pasajes callejeros.
Diversos entes se hallaban en sus cotidianos sitios. Así niños alegres, yacían en la plaza central, entre los senderos hogareños de piedrecillas y los cordones repletos de césped. Podía connotarse la variedad silvestre de árboles y las calles concurridas por automóviles. El teatro, cuya gótica edificación proliferaba sobre la vereda, organizaba los preparativos de la semana.
A pocos metros, el cine constataba la portada de sus ofertas. Individuos se mezclaban en una especie de competencia de miradas hacia las propuestas de ocio.

Caminaron tanto que habían perdido la sensación de los pies al calzar las suelas sobre la arcilla. Por momentos notaban el pedrusco en el parque, en otros la fina arena de la costa y por otros el húmedo pasto de la mañana.
Apenas existía conversación alguna, que sus ojos estaban ocupados advirtiendo el panorama natural. Y, aunque para ellos fuese como un día vacacional, el resto de las personas proseguía en sus días laborales.
Atento, Saúl, había preparado en un termo inoxidable el agua para beber mate y Angie portaba un bolso donde conservaba yerba y otros suministros.
Para evitar cualquier desorden, se sentaron sobre una pirquita, cuya horizonte retrataba la costa junto al arroyo de la ciudad.

El sol les calmaba ante la helada y Angélica se veía como un ángel bajo el resplandor.
Inevitablemente la bebida quedó servida a un lado y los labios de la pareja se unieron en un beso.
Siquiera la presencia de jóvenes, paseando a sus mascotas, algún atleta, o los dos ancianos que picoteaban los bocadillos de un bizcochuelo de limón lograron interrumpir el acto afectivo de la pareja.
Saúl no portaba el celular consigo, para no recibir ningún tipo de interrupción.

Quizá recibiera llamadas que complicaran su estadía, desde el trabajo o por parte de su padre. No sería la primera vez que tuviera que acudir a alguna emergencia imprevista o alguna reunión de noticias…

Sin embargo, se encontraban a corta distancia del hogar del muchacho. Él, por momentos, temía que su amiga de la infancia transitara en alguna de las calles presentes.
Ciertamente un temor que comenzaba a incomodarle, como si debiera alguna explicación a su compañera.
No demasiado tarde ella notó en la impresión de los labios aquella molesta inseguridad.

Quizá hasta los nervios enviaran alguna especie de cortocircuito que obligara a desplegar los lienzos del sabor.

Y con ello cesaron los besos, las pestañas se entre abrieron y los iris café replicaron, unos frente a los otros. La sombra de su cuerpo rechazaba toda presencia solar y el interrogatorio retomó su cauce.

– ¿Qué escondes? –
– Nada… Tengo deseos de… ¿Mate? –

Y en cuanto ella cruzaba los brazos, él alzaba la tibia bebida.
A poco asimilaba a una publicidad, con su falsa sonrisa que colaboraba para cambiar de tema.

En lo que posaba la bombilla en la boca, atendió de reojo el quiebre de baldosas bajo sus pies. Y, entretanto, Angie tomó el celular que yacía en el interior del bolso.

Casi como si fuese por arte de magia, una repulsiva llamada acometió entre ellos. El aparato vibraba entre sus manos y Saúl reflexionaba el hecho de haber dejado el suyo en la habitación. Tras verla de pronto, a medida absorbía la bebida, clamó:

– ¿Vas a atender? –

Sus palabras tuvieron tanta soltura que ella palideció. Fue como si la encontrara con las manos en la masa.
Desde el visor se constataba un recuadro con el nombre de Neky y las opciones de atender o colgar debajo.

– No hay necesidad –

Respondió ella.

Y, en cuanto planeaba rechazar la llamada, él la observaba con cierto desdén. En aquél preciso momento, ella contempló a una muchacha en la vereda de enfrente. Portaba dos bolsas de nailon y, por la protuberancia del contenido, asemejaba haber visitado la frutería. Las miradas de ambas señoritas se cruzaron despectivamente y, de repente, naranjas, manzanas, tomates, cebollas y papas se soltaban y giraban en torno a sus pies.

Tal como el pánico de Saúl, que ahora yacía prácticamente olvidado por la repentina llamada, el destino les cruzaba a un nuevo escándalo.
Zoe pasaba por las compras matutinas y había descubierto a Saúl de espaldas.

– ¿Y bien? ¿Atenderás? –

Insistió el muchacho, desconociendo lo que sucedía detrás de él.
Mientras servía otro largo sorbo sobre la yerba húmeda, añadió:

– Bébelo y yo atiendo. ¿Querés? –

Y aunque sospechara la conexión entre su pareja y la joven que, repentinamente, se había puesto a recolectar las circunferencias varias sobre la vereda, el mensaje de Saúl le produjo un rechazo eléctrico que le llevó a empujar el celular sobre su busto.

– ¿No es tu madre? –

Preguntó el muchacho con una inocencia, casi camuflada en una sonrisa.
Y, antes de ofrecer respuesta alguna, ella replicó:

– Creo que te buscan –

Al instante, Saúl volteó la cabeza. Por poco quedó con el cuello estancado. Angie aprovechó la situación para erguirse en su sitio y retirarse para contestar el llamado.

– ¿Z… Zoe? –

Murmuró él, al verla. Y la joven alzaba los pesados envoltorios, mientras boquiabierta apresuraba la marcha.

Luego de liberarse del mate y apoyar el termo sobre la pirca, Saúl planeaba asistirle. Algunos frutos aún yacían sobre la calzada.

– Lo siento –

Creyó leer en los labios de la delicada niña. Y, de cualquier modo, se cruzó la amplia avenida y volvió a llamarle.

Detrás de las secas ramas de un árbol, con el celular posado en su melena, Angie observaba la situación y se mordisqueaba los labios.

Quizá más que molestia, la inseguridad le afectara. Y el destino les tomó a ambos por sorpresa.
Quizás para alentar el esclarecimiento de las disputas, o sólo para reconocer los instintos más naturales.

– Espera Zoe –

Tras exclamar dicho mensaje, Saúl manoteó a Zoe de la muñeca interrumpiendo su fuga. Aterrada, ella, se volteó para notar una enorme manzana roja junto a la sonrisa de él.

– ¿Estas bien? –
– S… Si –
– Te noto tensa. ¿Querés venir y te presento a… ? –

El muchacho señalaba hacia el recorrido superado. Allí, hacia dónde se ocultaba Angie detrás del llamativo árbol de castañas.

– A… ¿Tu novia? –

Respondió Zoe, con decaimiento. Y, aunque él asintiera, ella parecía más preparada para largarse que aguardar otro minuto más en la situación.

– ¿Por qué no? –
– ¡¿Por qué no?! –

Le contestó al instante, sin siquiera darle tiempo a la reflexión. Saúl se rascó el cuero cabelludo sobre la oreja y… todos estábamos al tanto de su exabrupto ¿verdad?

Tardíamente, quizá, recordara el beso que estuvo a punto de concederle a su amiga. Quizá, incluso, el que en esos momentos pudiese tentarle. Pero la situación no era indicada.

Sin más, sus manos transfirieron el enorme fruto bermellón y regresó sus pasos hacia la pirca, frente a la avenida. Donde aguardaban el mate y el bolso. Asimismo, Trufa Silvestre se encontraba desaparecida.

Zoe se quedó, sosteniendo las pesadas bolsas, y, en medio de la indecisión, vio a su amor imposible distanciarse. Finalmente exclamó:

– L… Lo siento –

Siquiera se volteó para despedirse. Como llegó, se había esfumado. Y, tras cruzar la concurrida pasarela de vehículos, llegó al parque más importante de la ciudad. Buscaba a su compañera entre los silvestres y diversos espacios.

Zoe cerró los ojos para contener esa natural tristeza que la conmovía y prosiguió su marcha, como si nada hubiera sucedido.
Sabía que, tarde o temprano, se reencontrarían y, probablemente, dialogarían sobre su rechazo a conocer a la novia de su amigo.

¿Habría sido mejor que se presentaran en el hogar y en presencia del padre de Saúl? ¿Hubiese sido mejor interrumpir el ocio diario y la noche de los policiales televisivos?

– ¿Angie? –

Clamó Saúl, al tiempo que bebía el último sorbo del mate.
Sabía que el celular había sonado, que habría aprovechado dicho momento para esconderse y que, claramente, el llamado telefónico aún no cesaba.

La conversación telefónica se extendió demasiado y, sin insistir, Saúl aguardó sobre la pirca. Al tercer sorbo, notó una atención irremediable hacia él.
Quizá el bolso de mujer a su lado o que mateara en soledad, acaparara cierta presencia.

Tras un largo sorbo, suspiró, y Angie apareció por detrás. Presionaba el celular bajo su cuello.

– Estoy –

Respondió con una leve risilla, para pasar desapercibida.

– ¡Angie! Te creía perdida, prácticamente –
– Tan lejos no iríamos –
– Ni tan cerca… –

Y el silencio les revolvió entre sus miradas. La brisa resopló sobre las melenas y recorrió el vasto y verde campo tras la pirca. Sin más, la dama se sentó a su lado y, al sentir nuevamente el perfume de su compañero, asimilaba a un asteroide aproximándose al magnetismo de un planeta.
Ella soltó el aparato electrónico, junto a su pierna, y alzando el dedo índice flexionó la frente de su pareja, quién, poco a poco, se sumergía sobre ella y la encogía de hombros.

– Tontito –

Exclamó y el tema en cuestión pasó desapercibido.
Nuevamente el afecto y el amor se regodeaba entre los jóvenes. Toda disputa aparente se soltaba ante la gélida mañana que acentuaba un abrazo, el cariño y el contacto del aliento al fundirse en los besos.

Quizás las discordias se removiesen de momento, quizás regresaran más tarde… Pero el día era tan frío que lo único que perduraba era el calor de sus manos y los besos aromatizados con la húmeda yerba…