La noche gobernaba ante la pasarela de viajantes.
Singulares entes accedían a un viaje lejano y otros llegaban a su hogar natal.
Angélica siquiera había llegado a saludar, que el sabor de los besos alimentaba la esperanza de un icónico amor en las almas de los transeúntes.

En busca de recuperar el aliento los mimos cesaban su labor y solo bastaron las miradas para verse el uno frente al otro. Satisfechos sonreían, luego de prácticamente devorar el hálito ajeno.

– Planeaba llegar antes que tú. ¿Acaso siempre eres puntual? –
– Solo cuando se trata de ti, Angie –
– Eres tan lindo –
– Y yo tengo la suerte de tenerte –
– ¿Cómo así tu ex? –
– Eso es solo historia –
– ¿Qué tenías, entonces, que hablar con ella? –

Y aunque sus dedos se cubriesen mano a mano, sus miradas adyacentes se encontraban y sus labios aguardaban distantes. Las sonrisas se habían desvanecido y los tensos latidos de sus corazones vibraban con calma y emotividad.

– No era nada importante –
– Tú eres mío, Saúl –

Caminaron de la mano. Esquivaban todo obstáculo viviente, así personas, árboles, perros callejeros, o incluso maletas. Ninguno de los dos rompía el hielo y quedaba poco para llegar al Hotel.
Angélica solo portaba un bolso deportivo. Probablemente cargado de prendas.

– ¿Y bien? ¿Qué quería la impostora? –
– ¿impostora? Siquiera sabes de ella –
– No me interesa. Cualquiera que se cruce entre mi novio y yo, lo es. –

¿Novios? ¿Lo serían realmente? A poco nos preguntábamos con que chisme saldría el muchacho para pasar desprevenido. No era como si con aquél simple comentario se salvara de la mirada peligrosa de la pantera…

Casi confundía la realidad con el ensueño. Y en la penumbra de las calles, avizoraba esos ojos que le observaban frenéticamente. Parecía dispuesta a saltar a la yugular de cualquier ente que osara ver a su compañero. Y en la pálida tez, aún recobraba algo de color con el lápiz labial que ostentaba. Ese que sutilmente hubiera marcado sus labios con el beso.

Saúl contuvo la respiración unos momentos y aunque se encontraba cercano al hogar, en dónde pasarían la noche, prefirió seguir la marcha. Optó por aclarar los dilemas antes de cruzar miradas por encima del lecho.

– No era nada importante –
– Y allí vas de nuevo –
– Es que realmente ya pasó… –
– Si nada hubiera pasado, siquiera lo habrías mencionado –

Y el muchacho la observó perplejo, mientras ella no pestañaba.

No sería tan simple vencerla en un diálogo tal.

Y en cuanto Saúl desvío la mirada a las callejuelas alumbradas, ella, insistente lo siguió con los ojos pardos.

– ¿Y? –

Añadió la dama, que parecía tensa. No solo preocupada, sino ansiosa.
Tras un leve suspiro, el muchacho retomó el diálogo.

– Nostalgia nada más. Me invitó a salir para conversar –
– ¿Conversar eh? –
– Si, solo eso. Nunca imaginé que… –
– ¿Y qué le dijiste? –
– Que tengo novia, claro. ¿Qué tienes mi amor? –
– Hace tiempo que no nos vemos y surgen estas cosas. Detesto a las impostoras que aprovechan dichos momentos –

Saúl la detuvo, de pronto, le tomó por el pómulo y viéndole a los ojos le respondió:

– Confía en mí. No existe nadie más –

La dama se musitó unos instantes. Los suficientes para que sus labios volviesen a plegarse. Y viendo que la problemática finalizaba, él planificó llevarla hacia el Hotel pero un rugido, desde sus barrigas, les tomó por sorpresa.
Carcajadas escapaban de ambos y el clima gélido se desvaneció.
No existían más dudas, ni problemáticas.
Apenas la distancia les preocupaba, y solo querían disfrutar del momento.

Sin pensar en guardar el bolso, siquiera, puesto que el lecho y las comodidades, muy probablemente, les hiciera olvidar de la hambruna, se marcharon hacia el resto-bar más cercano.
El aroma a algún sabroso corte a la parrilla les atrajo inmediatamente. Tal afrodisíaco como el cantar de las sirenas a la deriva del extenso océano.
Mucho menos se quitaron los abrigos que sus miradas se fijaban en una eterna simbiosis y el pan, en el interior de una vasija de barro, desapareció durante los segundos de la entrada. Era imposible reconocer si buscaran satisfacer el apetito con ello, o la ansiedad y la congoja buscara que mantuviesen las mandíbulas ocupadas.

Lo cierto que, así como pasó la noche, las anécdotas, las risas y el fluido diálogo fue tal que toda discordia se esfumó mágicamente. Los alimentos apenas duraron sobre la mesada. Mientras ella se alimentaba, él conversaba y viceversa.

También compartían una cerveza fría de renombre en sus ciudades. Pasadas las horas recibieron una copa helada, a pesar del invierno presente. El ambiente cálido interior ameritaba para darse el gusto de tal dulzura.
Cada bocado que la compañera digería, le concedía un anhelo mayor. Como si sus labios hablasen por sí solos y rogaran ser complacidos.
Con el tiempo, no quedaron más palabras y sus ojitos parecían desvestirse el uno al otro. O quizá rogaban la llegada de la cuenta, pagar y esfumarse hacia el colchón de las caricias.

No era de sospecharse que se marcharon, casi corriendo, hacia el Hotel y el bolso revoloteaba junto a sus manos.

El conserje se trataba de un anciano de calvicie enrojecida. Apenas una leve cantidad de canas rodeaba el tejado de su cráneo. El hombre les observaba con sumo detalle, mientras los jóvenes ascendían los escalones.
Saúl  soltó a su pareja, de pronto, y regresó sus pasos.

– Olvidabas algo ¿eh? –
– Con la mujer hermosa que me acompaña, ¿cómo no hacerlo? –

La joven se rió con disimulo, al tiempo que el hombre fruncía el ceño.

No hizo falta mayor preámbulo, el hombre entregó las llaves del departamento y Saúl, afligido, se retiró.

– Buenas noches jóvenes –

Anunció, el anciano, con una mueca de desagrado.

– Por favor no olvide llamarnos para el desayuno –

Replicó Saúl, sin saber si realmente habría sido oído. Pues subía de piso abrazado de la desvergonzada Trufa Silvestre.
El pasillo fue un trayecto ágil hasta la habitación 13. Tal número podía generar ciertas discordias, respecto a la mala suerte. Probablemente ese fuera el deseo del viejo cascarrabias. Quizá prefería superar la silenciosa noche en medio de una novelera discusión.

Lo cierto fue que, en cuanto la llave giró en el interior del cerrojo la pareja ingresó al dormitorio y los besos fundieron sus cuerpos hasta perder el equilibrio y acabar desmoronándose sobre el lecho matrimonial.

El conserje alzó el ceño, nuevamente, al oír el pesado golpe de los cuerpos sobre los resortes de la cama.
Siquiera prestaron atención dónde culminó el bolso deportivo, y tampoco cerraron la puerta, que las caricias se sobaban sobre sus rostros.
A poco moldeaban el resuello entre sus torsos  y, con el calor venidero, se quitaban los abrigos llenos de locura.
Saúl saltó del lecho y, a medida se dirigía hacia la puerta, se desabrochaba el jean. Luego, de tomar la llave y entornar el acceso al dormitorio, regresó. Allí, la vio con el rostro tan alegre. Rostro que jamás olvidaría. Sus manos aguardaban a los lados, sobre el cubrecama.

El muchacho soltó las llaves sobre el bolso y, con el tórax prácticamente desnudo, se arrojó sobre Angélica. Fue como si unidos iniciasen un ritual candente contra el gélido clima.

Ambos celulares vibraron, de pronto, sobre la mesita de luz.
Y mientras los labios se plegaban, impregnados de ternura, sus manos entrelazaron los dedos y empujaron, al unísono, la mesada. Lo suficiente, hasta que los aparatos electrónicos escapasen despedidos y acabasen lejos de su alcance.
Nada interrumpiría el afecto nocturno, siquiera Zoe, siquiera Neky…

 

El anciano, en el piso inferior, prestaba atención a cada sonido que repentino repercutía en el edificio. Y, cruzando los brazos, elevó la ganancia de la radio mientras silbaba.

Siquiera existían palabras, comentario alguno o incertidumbres. Las caricias comenzaban a ser protagonistas que buscaban desgarrar las prendas y sentir la calidez de la piel.
Saúl rodeó el cuerpo de su compañera con complacientes miradas. Logró alertar su melena sobarse sobre los esbeltos hombros y ocultar el elástico de los corpiños, cuyas copas de encaje bordó se presentaban protuberantes.
Con las uñas, Angélica, arrastraba los dedos por encima de la nuca del muchacho. Poco a poco se incorporaban en el cuero cabelludo y, de repente, ambos buscaban expoliar sus piernas para sentir la piel de sus muslos refregarse, los unos sobre los otros.
Las vestimentas yacían desparramadas por doquier, y entre risotadas ingresaron al lecho. Hasta cubrir sus cuerpos con las sábanas.

Siquiera detectaban el clima frío debido al amor que compartían…

– Te extrañé tanto, mi amor –
– También yo… –

Casi detectamos un cariño más expresivo por parte del muchacho que en su pareja. Pero quizá el acto valiera más que mil palabras. O, quizá no.

Los latidos replicaban con intensidad y de forma desenfrenada. Los besos se convertían en el denso mordisqueo que buscaba humedecer la piel del deseo, camuflada por las fundas de plumón.

Tan pronto como llegaban nuevos clientes, el anciano que administraba el establecimiento tuvo que disminuir el volumen de la música. Suficiente para que las láminas de madera sobre su cabeza retumbaran con fuerza y consonancia.

Imaginarán la mala elección en la distribución de muebles por parte del arquitecto…

Tandas de polvillo se soltaban desde las esquinas más inaccesibles. Una pareja de ancianos se acercó con la pretensión de pasar la noche en el Hotel. Inevitablemente alzaban las cejas, como si oyeran a alguien taladrando en horas de la noche. ¿Asimilaría acaso a un artesano que labraba la madera como un dedicado carpintero?

Faltando más, y ante la sordera del hombre, la radio se apagó por completo y los gemidos de Angélica junto a los de Saúl perforaban cualquier placa acústica.

– Que paredes tan finas –

Anunció la dama, casi intrigada, y alzando la vista hacia lo alto.

– ¡¿Qué?! –

Respondió su marido.

El portero suspiraba ante el sudor frío que resplandecía en su frente.

Y a pesar de las disputas del alma, el amor entre Angélica y Saúl preponderaba. ¿Se mantendría así, a lo largo del tiempo?