El desenlace pertinente era desalentador. El conserje se había desmayado, provocando descontrol entre los entes. El disco de Chopin, súbitamente, se repetía en un ciclo de siete segundos.
De fondo proseguía un austero galope ante el general incordio y la prominencia de los gemidos.

Las miradas se cernían, unas con otras, como si el coito les indujera a una mayor atención física. Asimilaba a pornografía en vivo, a nivel auditivo. Sin embargo, se trataba de un gradual alarde de cariño corporal.

Angie yacía sobre el lecho y, sin escrúpulos, Saúl la tomaba con locura. Apenitas el espejo se contenía en su posición y las cobijas se abrían paso conformando un profundo cráter al centro del colchón. Encima del lecho, las figuras se sobaban y fundían embalsando el placer en el dormitorio.

Metros debajo del departamento, una esbelta mujer asistía al veterano conserje al tiempo que los presentes se reunían fuera del resto bar.

– Llamen a emergencias –

Clamaba, sumida en los nervios. Y un jovencito se acercaba al componente musical para cesar la periódica sinfonía de Chopin, que replicaba por algún oportuno polvillo. El deseo se reafirmaba, haciendo ecos en el interior de las escaleras como un mítico canto de ninfas.
Algunos, angustiados, se avecinaban a las grabas, asemejando a los navegantes de Ulises en la Odisea de Homero, tras culminar la guerra de Troya.

Y el trote proseguía en constante lujuria, dispuesto a propiciar una exhibición monumental de vigorosas sensaciones.

Clientes acababan por retirarse, sirvientes se tropezaban, con descuido, ante el efecto poco conciliador del recinto. Los chismes abundaban en creces entre un grupillo de ancianas. Una familia, anticuada, cubría los oídos de los más pequeños. Quiénes asombrados, contemplaban desorbitados el pasaje latente del personal.
Repentinamente , la ambulancia se aproximaba haciendo presencia de la potente sirena y, con el paso de los minutos, se procedía a retirar el cuerpo del longevo sobre una camilla.
Discrepantes Comentarios se constataban en el ambiente.

– Tarde o temprano debía jubilarse –
– Ja! Y decían que este era un trabajo tranquilo –
– ¿Tranquilo? –
– Quizá no ostentara una vida sexual activa… –

Ante el proceso de las indagatorias, un encantador muchacho abandonó el servicio de limpieza para reemplazar al bedel. Y no faltaban las mujeres que, con suma coquetería, se acercaban para observarle a medida que él suministraba las llaves de los departamentos.

Las señoritas parecían prisioneras debido a su atractivo. Asimismo, en las alturas se acrecentaba el erótico acento y despertaba los más inquietantes instintos.

¿Qué dirías tú, al respecto?

Probablemente, por ello, en un Hotel se erigiesen horas, determinadas, para las relaciones amorosas. Aunque el hecho de oírlas, a tempranas horas, complacía el anhelo de unas cuantas.

A medida que ciertos individuos se marchaban otros se veían obligados a trabajar, a costa del martirio auditivo. Pero, ¿cuántos… y cuántas… aceptarían firmemente que se trataba de un martirio y no un agasajo?

Angie y Saúl se envolvían entre las sábanas, se rodeaban de caricias, manipulaban un exótico evento sin mero control ni reservas.
Entrecruzadas las piernas se tensaban sobre el lecho y desconocidas posiciones se reflejaban al trasluz del reflejo que, de tener ojos, advertía el candente pasaje del tiempo.
Para consentir un tumulto incalculable de gimoteos, el diálogo yacía enmudecido.

Saúl toqueteaba entre el lienzo y la piel, mientras Angie era esclava del exhaustivo empuje del codiciado miembro.
Apenas se constataba un efímero diálogo de los transeúntes que, desde la planta baja, sugerían en ceguera adyacente.

La combinación de ciertos y naturales condimentos en los elaborados platillos debieron sugestionar al muchacho que, concibiendo los dotes más apreciados, amplificaba el deleite de ambos.

Asimilaba a una máquina eléctrica, a un consolador humano, o a un pecaminoso cyborg, si pudiésemos darle alusión a algún paródico héroe en el cine.
Y con el desmesurado pasaje de los minutos, el horario de la cena se discurría. La cocina del Hotel cerraba sus puertas y, apenas quedaban unos pocos presentes que finalizaban el deguste de sus tacitas con café. El resto se apartaba hacia sus aposentos y el sudor, por la conmoción, resplandecía en la frente del Servicio de hospedaje.

Sirvientes y sirvientas se observaban con cierto goce, como si la eventual acción les indujera a un acoso reiterativo de miradas.

Siendo transferido hacia un Hospital el conserje, para alegría de la mayoría, recobraba el conocimiento luego de ser ubicado en el interior del transporte ambulante.
En el ínterin, el destape pasional culminaba en un extenso gemido que replicaba ante la acústica del edificio.  

Para cuando la labor retomaba las habituales horas y el silencio de una noche de invierno, la pareja ya se encontraba en el plácido descanso.

Y así, los muslos se refregaban bajo el tacto manual. Agotadores suspiros cosechaban el ardiente ambiente. Apenas se soltaba alguna cobija al nivel de los mosaicos. La vestimenta yacía dispersa alrededor de la habitación y los teléfonos celulares se encontraban lejos de sus alcances. Calzados reposaban desparramados por el camino y el flamante corsé de satén asimilaba a un paño estrujado.

Un silencio profundo gobernaba ante los diálogos nocturnos. El joven conserje alzó la ganancia para que la música clásica armonizara con la seriedad del Parador, mientras algunas risillas de las mucamas le llenaban de orgullo.

Ronquidos suscitaban ente el paso de las horas, hasta llegar la madrugada y la pantalla de un celular se encendió, por sí solo, alertando la recepción de algún mensaje de texto.
Angélica abrió los ojos, como si simulara yacer dormida. A medida se arrastraba sobre el lecho, se desprendía del manojo de dedos que le rodeaban el hombro.
Una leve sonrisa, bajo abisales ojeras, brotaba de los labios de la dama. Rastros del bermellón lápiz conformaban manchas sobre el almohadón de plumas.

Tras sonar una risotada y ver como Saúl babeaba una esquina del lecho, Angélica caminó en puntitas de pie y se dirigió al excusado, alzando el celular en un pasaje secreto.
Sobre el retrete, suspiró, se masajeaba la despeinada melena y contemplaba los mensajes. Más tarde se oyó como se hendía la lluvia desde la flor de la ducha y un diálogo de susurros proliferaba con desdén.

– Ya voy… Ya voy… –

Sin siquiera encontrarse cuerdo, el muchacho no pudo advertir tales hechos. Los envases de licor, a duras penas, contenían cuarta parte de su producto.
Por la libertad del paso de la damisela, no era difícil comprender quién había abusado de copas.

Quizá, acaso, Saúl sospecharía que ella se despediría por la mañana. Quizás tú también aguardaras una despedida junto a un sabroso desayuno, cargado de tostadas rellenas con mantequilla y mermelada de arándanos, algún cruasán y un natural exprimido de naranja con sus minúsculos rastros de pulpa cubriendo el cristal del recipiente.

No obstante, pasando las 4 de la madrugada, Trufa Silvestre disfrutó de un intrascendente chapuzón, liberó una nota sobre la mesita de luz y se largó, frívola, con el teléfono en mano.

Era de sospechar que tanta atención al celular, durante la estadía, atribuyese a algún amante. Pudiendo revisar los secretos de Saúl, ella prefirió retirarse en silencio. Como si sospechar del compañero, le librase de culpabilidad…

Y, así, culminaba la última noche de placer. Aún él contaba con un extenso día para la feria. Probablemente las labores semanales aumentasen por una temporada.

Regocijantes eran los mundos alternos de la somnología. A poco yacía absorto sobre el iceberg del subconsciente, contemplando un océano de licor con muros horizontales de cristal. Y, al suspirar, ante las heladas, se veía totalmente desnudo. Soñaba en soledad, y comprendía que el lecho crujiente de hielo estaba vacío.
Recordaba frases de alguna publicación en el periódico, sobre la Psicología de Gustav Jung y el nombre de Angélica se abalanzó encima del espumoso oleaje.

Entre mareos abrió los ojos y la brisa helada se abalanzaba desde el pasillo del Hotel. Así reflexionaba sobre el reciente sueño. Notó el aroma del alcohol y, tras divisar el licor junto al lecho, sintió arcadas. Saltó de la cama, inmerso en la ola glacial de las brisas, preguntándose dónde se encontraría su pareja y, tras capturar la nota en la mesita de luz, se adentró en el excusado. Sospechaba que un pañuelo de algodón recubría sus dedos y sintió como su garganta se estremecía a medida que diversos tonos tenían el agua transparente que contenía el retrete.
Para cuando conseguía contener el aliento, alzó la vista a la nota y leyó:

Adiós…

Eran más de las 6 y la incertidumbre se apoderaba de su estado mental. Constantemente, se cuestionaba si su compañera se habría despedido mientras él dormitaba. Indagaba sobre no haberle despertado, sobre su fuga y cuánto hacía que se había retirado, incluso, si realmente habrían pasado la noche juntos.
Tras el último cuestionamiento se tornó inverosímil disfrutar un conciso desayuno de té negro y fetas de pan abrasado.
Las personas le observaban como a un intruso y le sorprendía la ausencia del conserje al ingreso del Parador.
Sin mesura, contemplaba su teléfono tratando de comprender la extraña situación.

Finalmente, sin mediar comunicación alguna, se retiró a su hogar y siquiera planeó visitar la terminal de ómnibus.
Su padre se hallaba ausente y, aunque el mediodía se avecinaba, sucumbió sobre el lecho como si apenas hubiera dormitado en la noche.

Pasadas las horas, Zoe llegó y, con el semblante escondido, contempló que Saúl se encontraba descansando. Mientras que el celular se hallaba lejos de su alcance. Parecía como si Saúl ya no quisiera saber más nada de la Trufa Silvestre, puesto que el aparato eléctrico yacía lo más distante posible de su alcance…