El pase del tiempo ameritaba a nuevas metas. Estudiar carreras no era lo suyo. Y hasta envidiaba aquella aplicada constancia que ostentaba Zoe. Su vida asemejaba ser más cómoda frente a cuadernillos y manuales. Pero no estaba lo suficientemente viejo como para rememorar los arduos días en su colegio. Él no era constante, no recibía asistencia en el hogar y solo imaginaba una simple idea, en las labores del ejército, un vasto salario y el moderado orden en sus horarios. Tal sueño, le hacía sentir el adulto más reconocido entre sus vecinos. Incluso portaba mayor fama que su padre.

Sin embargo, en algún tiempo simpatizó con una labor obediente en una oficina, o como un promotor de viajes, observando a todo cuerpo femenino que osara presentarse de entre el aluvión de gentíos.

Y era difícil despertar de la ilusión. El ejercicio militar no sólo no concebía tales bonificaciones, probablemente por el estado político en curso, sino que además el General Giménez le apreciaba. Tanto más, que probablemente le patease el trasero si intentara renunciar.

¿Diríamos que le apreciaba, realmente?

Austeras divagaciones ahondaban en su inconsciente y, prácticamente, yacía sorprendido. Pues se levantaba a la madrugada, dispuesto a trabajar y su alarma jamás había sonado. Tras ello, halló a Zoe en pantuflas, el pijama de invierno y las ojeras más sombrías que un osito panda.

Se encontraba allí, con los codos sobre la mesada del living. Innumerables manuales se encontraban dispersos por la zona. Asimismo, sobre el porta brazos del sofá se hallaba el uniforme tableado. Por lo visto habría alisado una amplia muda de ropa y todas se encontraban a lo largo del diván.

– Zoe… –

Exclamó, somnoliento, el muchacho.

Apenas ella volteó mirada y se quedó perpleja.

– ¿Really? –

Probablemente se encontrara estudiando inglés a tempranas horas de la noche.

La inconfundible perspectiva de su mirada se cernía en el abultado campamento que se podía capturar.

Rápidamente, Saúl, se miró a sí mismo y recordó que había estado descansando con el bóxer.

– ¡Get Out!!! –

Gritó ella, sin mediar respetos ni silencios en la noche invernal. El muchacho saltó en carrera de regreso a su dormitorio.
Aunque ella se notase ofendida, la oportunidad de ver sus nalgas marcadas en micro fibra verdosa le provocaron risa.

Procuró vestirse raudamente, sin saberse a ciencia cierta si su semblante se cuestionaba la actividad de Zoe utilizando el lenguaje norteamericano, o si le preocupaba llegar tarde al trabajo.

En ocasiones, se pellizcaba para despertar de algún sueño pornográfico y su inconsciente le deparaba una orgía de voces gringas, gemidos y comentarios rudos en el lenguaje norteño. Pero no hubo solución en tal sazón.

Tras vestirse para el trabajo, y dado que pasaban las 5 de la mañana, siquiera pensó en darse una ducha. Atravesó el pasillo y se dirigía hacia el living. Intentaba ignorar la realidad vivida al despertar.

Ella apenas ladeaba la mirada, a medida lo veía pasar de uno a otro lado, preparar una taza con café instantáneo, servir la leche en un pocillo de aluminio, levantar la temperatura de la hornalla y suministrar dos cucharaditas de azúcar. Procedía, también, a rebanar el pan que había comprado hace días y, tras colocarlo en la tostadora, Zoe perdía la concentración por los exasperantes ruidos.

– ¿No era que hoy no trabajabas? –

De tal manera, el muchacho se detuvo a reflexionar mientras la joven le observaba. Alzando las manos contabilizaba, con los dedos, intentando calcular los días de la semana y, nuevamente, la estudiante sonrió ante la situación.

– ¡It’s tree! –

Replicó él, aportando el granito de arena al estudio de la joven.

Y, claramente, Saúl no era tan bueno para lenguaje, que las risas casi ausentes de Zoe retomaban su cauce.

– ¡True! –

Contestó ella, formando un peculiar beso con los labios para expresar la “u”.
Y quizá él buscara alargar su sonrisa, quizá parecer un tonto para contemplar aquella forma en los delgados labios de Zoe.

Tree, True, Tree, True… Replicaban constantemente y los iris ya no observaban los iris del prójimo, sino a los labios.

Lentamente, se acercaban en un juego dispar de palabras y parecía la oportunidad dispuesta para que, súbitamente, ambos se mordisquearan.

Además, el padre se había despertado ante tanto palabrerío y, sin embargo, dudaba en acceder al Living. Puesto que, con la puerta entornada, lograba divisar a ambos jóvenes apunto de sepultar el aliento con la unión de sus bocas. Tan pronto todo acontecimiento era propicio y podían mezclar las respiraciones, sintieron un denso olor a quemado.

Saúl recapacitó y retomó la cocina, aminoró la llama, revisó las tostadas y, sobándose la cabeza, se reía por lo bajo.  Asimismo, ella le observaba fijamente, como si aún debiesen concretar el estímulo anterior.

No obstante, retomaron la mañana y con los calcinados panecillos, él se sentó en la punta de la mesa y exclamó:

– Tienes razón –

Apenas los lentes con remarco a cuadros se soltaron por el sendero de su nariz y la joven le observó con seriedad.

– ¡Pues claro que la tengo! –

Y en medio del silencio posterior, él indagó:

– ¿Y tú, qué haces despierta tan temprano? –

Al tiempo aguardaba su respuesta, servía la leche sobre la taza y le observó para gesticular un ofrecimiento. Pero ella negó con el rostro y no lograba mantener la vista en los manuales. Incluso la densa humareda desde la tostadora le hacía reír.

– No habrás dejado tus estudios para última hora… ¿No? –

De pronto su semblante alegre se tornó en uno intolerante y ella respondió:

– No, padre… –

Y él no pudo contener la carcajada. Más luego, continuó:

– No podía dormir y algo debía hacer –

El dialogo cesaba repentinamente y la quebrazón del pan se torcía entre los dientes, generando un sonido particular. Saúl olfateaba el café con leche y ella yacía contemplando el paisaje a medida sus dedos rozaban una ilustración en la información que estudiaba.

– Sabes –

Proseguía él, ante el incómodo silencio.

– ¿Si? –

– Creo que yo también me espabilé por la rutina laboral, pensando que hoy debía trabajar –

– Será que no tienes a Trufa Silvestre para divertirte? –

Y de pronto él soltó la taza y asimilaba a estar paralítico. Como si le hubiera ofrecido el justo comentario, capaz de entristecerle.
Saúl carecía de más palabras, tomó un panecillo y se retiró al dormitorio.

A medida se fundía en la oscuridad de la habitación, ella le contemplaba y sus fauces yacían entreabiertas. Asemejaban dispuestas a acomodar tal situación. Sin embargo, su mudo aliento no le permitió clarificar absolutamente nada.

Más tanto él, tras ingresar, volteó la mirada, le observó a los ojos y, aunque ella no dijera nada, su mirada evocaba una disculpa. Quizás por pena, quizás por consuelo.

Zoe se negó a aceptar tal situación y hasta pretendía erguirse y alcanzarle, pero la puerta del aposento se selló y toda conversación parecía haber concluido.

Acentuados suspiros levitaban en ambos sitios. El se encontraba sobre el lecho y soltaba míseras migajas de pan sobre el suelo. Ella retomaba la lectura, advirtiendo aquella taza en frente, solitaria, de porcelana, y media tostada con un leve mordisco.

Aunque, reiteradamente, negara tomarlo, el muchacho encendió su celular y envió un mensaje de texto.

“Angélica. Necesito verte”.

Luego notó la recepción con puntos suspensivos de la respuesta por parte de Trufa Silvestre.

Durante varios minutos aguardó una noticia. Y cercanas las 6 de la mañana, aunque la comodidad glorificara tal espera, soltó el aparato y se durmió.

Del otro lado del paso, Zoe aguardaba indecisa, sobre ingresar o mantenerse al margen. En el momento en que decidió golpear, pidiendo permiso, no oyó respuesta alguna. Así, sospechó su enojo, sin saber que en realidad se hallaba descansando.

Los mensajes llegaban paulatinamente. Y uno, de tantos, declaraba:

– Yo también, deseo verte –