“…El buen Rey, Romir, era uno de los mayores protectores de sus… intereses…”

La Vida por la Familia

Los sables de acero resonaban sobre la cubierta y los murmullos, de significados incomprensibles, se repetían entre los villanos. Se asemejaba a un himno, puesto que los versos eran consecuentes y llevaban cierto ritmo. Los cortes, sumado a la leve brisa que agitaba las velas formaban una especie de música.

De repente, arruinando toda supuesta melodía natural, el grito aterrorizado de Erión se atenuaba al punto de convertirse en un lastimoso y agudo gemido.

En el interior del buque los golpes incesantes, de Romir contra el cerrojo mantenían inesperadamente el ritmo ante las tinieblas.

– Déjalo Padre –
– No puedes rendirte tan pronto –

Con una furia desconocida, por su hija, el buen Rey regresó al pasillo y arrojó herramientas diversas, buscando de forma incesante algún objeto que le permitiera desatascar la cerradura.

– Me enviaste aquí, sabiendo que quedaría encerrada. Desde que nací no he sido más que un problema para ti –

El hombre sintió, a través del silencio y el eco de las paredes, su diálogo. Sus palabras eran casi como un susurro, ahondando en el fondo de sus tímpanos. Ágil regresó a verla con sus propios ojos, y en el camino oscuro advirtió un anticuado barrote de hierro que podía facilitarle el esfuerzo para vencer el cerrojo.

Mientras ingresaba la barra por uno de los orificios para hacer palanca, la princesa proseguía su diálogo y la esquelética mano se giraba en torno a la abertura. Sus afiladas uñas desgarraban los alrededores y, poco a poco, el agua comenzaba a ocultarlo.
Azul tenía que ponerse de pie, puesto que el vacío se cubría de agua con el pasar del tiempo.

– ¿Por qué no nací varón? ¿Por qué Greko no podía tener la benevolencia que tú tenías? Esa que naturalmente me rige…-
– ¡Silencio! –
– ¿Por qué madre no engendró dos varones? El guerrero y el justo –

El sudor manaba de su rostro, ante la insaciable fuerza y el ruido de aquél barrote replicaba reverberante contra la durísima puerta de roble. La que, a costa de la presión se hacía añicos. Pero la contención gradual de agua no facilitaría el acceso por suficiente tiempo.

– ¡Te equivocas mujer! Nunca estaré más agradecido de la valiente hija que ostento –

Y ante la afligida respiración, la lucha era constante y el esfuerzo en sus palabras lo era aún más. La doncella perpetuaba, desde la prisión acuática, la funesta resolución de su padre. Y aunque a poco sentía que sus piernas se sumergían y que las salpicaduras de agua comenzaban a abrirse paso hacia el pasillo, ella se detuvo a mirarle mientras el brillo en sus ojos resplandecía por las lágrimas. Al término de los segundos, la masa líquida comenzaba a alcanzar su cintura y los nobles ropajes se empapaban.

– Nunca estaré más contento de tenerte hija mía. Eres las estrellas que iluminan mi eterno anhelo. ¡Tu eres el futuro de los Reinos de Ingub! Sin ti, mi propia vida podría extinguirse aquí mismo –

– ¡Vete Padre! Aún puedes salvarte –

El hombre negaba a costa de las consecuencias y, tras deliberados intentos, su fortaleza iba menguando.  Ante el lamento, caía de rodillas sin soltar aquél barrote fundido.

– Estoy muy agotado, hija mía –
– ¡Paaadre! Sálvate, te lo suplico –

El agua avanzaba rápidamente, formando mareas en el interior de las mazmorras y, preocupada por él, Azul forcejeaba con la herramienta que traspasaba la puerta. Al tener la mitad de su cuerpo sumergido, la presión era superior.

– ¡Padre resiste! –

De pronto sus pies resbalaban y sentía un poderoso oleaje en su espalda. La protuberancia que había formado un pequeño agujero se dimensionaba a tal punto, que el Ser raspando la cubierta lograba introducirse lentamente.

Fuera de sí, la princesa braceaba y con ayuda del agua, que se abría paso, logró que la puerta extendiese uno de sus orificios. Al arrimar la barra hacia otro de estos, fue formalizando una abertura. Pero era demasiado tarde ya, su padre recostado comenzaba a toser y ahogarse. Tras segundos su mano soltó la herramienta y, a punto de quedarse sin espacio, zamarreaba con toda la energía de la que disponía.

– Pa… Pa… Padre lo siento. Por favor despierta. ¡Padre! –

– Ris Jan Bok… –

Extrañas palabras resonaban a su espalda, y ella sabía de que se trataban. Sin embargo no podía resistir la idea de perder a su padre.
Cuando su rostro estaba a punto de sumergirse, su cuerpo se balanceó y pataleó sintiendo como algo afilado arañaba su rodilla.

Se hallaba bajo agua, hundiéndose y le rodeaban burbujas por doquier. Asimismo la varilla logró zafarse y la puerta, de pronto, se abría en dos permitiendo una salida frontal. Pero el torrente de agua se dirigía hacia su padre.
A poco de perder el aliento, Azul atravesó la puerta que se separaba en dos y con sus manos tomó al hombre. El tosía de forma constante, ante la desembocadura del agua.

Poco a poco, la marea comenzaba a cubrir el pasillo y la princesa alcanzó a recuperar la respiración. Aunque el peso de la humedad ralentizara todos sus pasos, volteó la mirada para rescatar a Romir. Justo en ese momento estaba, cuando logro divisar numerosos seres dentro de las mazmorras.

– ¡Padre debemos irnos de aquí! Despierta –

El hombre carraspeaba y las pocas fuerzas le ayudaban a arrastrarse, hasta finalmente abrazar a su hija desde la cintura.

– Hija… ¡Hija mía! Estas a salvo. Gracias a los Dioses –

– L… Lo estoy… y también tú –

Ella recostó su húmedo rostro sobre la cabeza de su padre y el sollozo ya no era por motivos tristes.

– De verás creí que te perdería allí. Tras la muerte de madre te he protegido, no solo por ser mi hija, sino por ser el vivo reflejo de ella –

– Lo sé… Padre. Lo sé… –

De repente una leve marea se formalizaba en el agua y golpeaba a espaldas de Romir. Tal suceso le hizo atender a lo se hallaba detrás.

– Hija… Hija –

Murmuró él, intentando soltarse del eterno abrazo que transmitían y finalmente, al voltearse, advirtió el efecto desalentador que se avecinaba.

Decenas de flácidos seres aguardaban en las mazmorras, mientras el agua avanzaba por doquier. Ciertas herramientas, en el extenso pasillo comenzaban a arrastrarse junto a las pesadas cajas de provisiones.

– Debes ir a cubierta, hija –
– ¿De qué hablas? ¡No! Tu vienes conmigo –
– Estaré bien. Solo debo sellar este pasaje antes que… –
– ¿Sellar? –

El hombre acarició la rodilla herida de ella, con cierto lamento.

– No permitiré que esas cosas vuelvan a hacerte daño –

– Ven conmigo Padre. Lo sellaremos desde fuera –

El hombre negaba instintivamente, mientras observaba los objetos que tenía a su alrededor y buscaba una solución probable.

– ¡No me harás esto Padre! –
– Si lo haré. Es por tu bien –
– Me quedaré contigo, entonces –
– ¿Y permitir que Greko, tu hermano, siga con el descontrol del Reino? –
– ¡Lo ves! Pretendes abandonarme –

Él bajó la mirada y los nervios empezaban a molestarle, mientras la dama buscaba comprender la razón de sus actos. El sonido de la embarcación resonaba, como si ya pertenecía a las profundidades, y poco a poco la plataforma se inclinaba.

– No voy a dejarte atrás Padre, y no puedes siquiera pedírmelo –

El hombre alzó la vista y sus miradas se reflejaron, una sobre otra, como un espejo. Ella negaba compulsivamente y, ante el silencio, ante el recorrido constante del agua, ante los murmullos sobrenaturales, él gritó:

– ¡Vete de aquí Azul! ¡Es una orden! –

Fue tal la amplitud de sus palabras que fácilmente podían oírle en todo el buque.

Una lágrima se arrastró desde los ojos de la pálida princesa y, a pesar de la seriedad, él se sentía conmovido.
La dama había sido educada para jamás desobedecer el mandato de su padre, y mucho menos el de un Rey. Pero una revolución de sentimientos le hacían dudar sobre qué hacer en ese momento.

– ¡Márchate! –

Insistió él y la princesa, cabizbaja, se retiró viendo la cubierta cubrirse de agua.

– Lo siento hija mía –

Murmuró él, por lo bajo.

Afuera, la batalla ya había iniciado y Erión yacía en un malentendido sin precedentes. Puesto que no solo los niños controlaban el barco, como si poseyesen la suficiente experiencia, sino que marchaban, valientes, contra sus temores.
El grito distante de Romir le atrajo la atención y paulatinamente viró la mirada hacia la alcoba.

– ¿Romir? –

Exclamó, como si pudiera ser oído desde esa distancia.

Antes de retirarse a investigar, contempló la maliciosa sonrisa del hijo de Cent’Kas, y en la duda sobre qué era lo que revertía sus impulsos, una imprevista deducción maquinaba en el fondo de su inconsciente.

– Están poseídos –

Murmuró a la intemperie, como si dialogara con alguien más. Cuando en realidad hacía demasiados años que no se sentía tan solo. Y al recordar el tiempo de soledad, una ironía aclaró su mente… La vejez le mantenía alejado de la posesión.
Y en tal caso Romir, probablemente también, estuviese consciente.

Sin más, resolvió buscarle.
Al ingresar a la recamara la presencia de Azul, con su quipao totalmente húmedo le tomó por sorpresa. Ella yacía sentada en un lecho, ocultando su rostro con sus manos, con un llanto mudo, mientras su negro cabello se impregnaba del jugo de su lamento.

– ¿Quién eres tú? –

Ella replicó, entre lágrimas:

– Azul, la princesa de Brind en los reinos de Ingub –

Desafiar la orden estricta de esconderse ante aquellos hombres, le hacía pensar que probablemente su padre abandonaría todo instinto por ella. Y ante tal respuesta, Erión vaciló con más ímpetu respecto a su raciocinio  en el lugar en que estaba.

– Piratas y princesas… Ya me estoy volviendo loco –

Murmuró el viejo, y de pronto alertó una escalera contigua que llevaba a las mazmorras. Aunque ella quisiese detenerlo, el hombre avanzó sin preguntar. Puesto que creía haber visto movimiento de agua en aquél espacio.

– ¿N… Nos estamos hundiendo? –

¿Estarán realmente poseídos, debido al Mar Fantasmal? ¿Podrá Erión detener la drástica decisión de Romir?