La Caricia y el deber laboral

por | Abr 17, 2018 | Del rebelde Fuego al latente Aire. De Pasión y de Cenizas.

 

Apenas se oía una fiesta nocturna de murciélagos. Probablemente provenientes del terreno baldío, el que daba detrás del dormitorio de Saúl.
Sus labios estaban a punto de plegarse y fundir los miles de recuerdos de una lejana amistad en un añorado encuentro. Pero, después de todo, no serían tan sencillo.
En aquel silencio ensordecedor, apenas se oía la respiración. Zoe suspiraba de forma constante, como si se encontrara en una incómoda situación.

De pronto, la puerta se entornó y la televisión desde el Living-Comedor se oía tan precisa, que parecía como si alguien observara desde la entrada al dormitorio.
Más tarde se oyó la voz gruesa del padre, y Saúl, casi al instante, se empujó de espaldas. Cayó sobre el suelo y tal fue el impacto que el padre encendió la luz. Zoe se sentaba en el lecho preocupada por el golpe de su amigo.

– ¿Cuerpo a tierra? –

Exclamó, entre risas, su padre.

Saúl se frotaba la cabeza, recostado, y la joven reía, también, por la repentina excusa que ideara su amigo.

– ¿Van a dormir en la misma cama? –

Preguntó, de repente el padre y Zoe se ruborizó.

– No pasa nada. Si son como hermanitos los dos –

Añadió luego y, sin esperar respuesta alguna, se marchó cerrando la puerta del dormitorio.

La muchacha observaba cada acción, perpleja. Y en cuanto Saúl regresó al lecho, se acostó sonriente mientras la miraba. Ella se volteó, dándole la espalda, y tragó saliva como si anticipara un repentino abrazo. Sin embargo, él volteó el cuerpo hacia el otro lado y cerró los ojos
Zoe demoró en conciliar el sueño. Sentía una inexplicable comezón en los labios y una fría correntada se incorporaba hacia su espalda.
Apenas el resplandor de sus celulares, en cada lado, formaban un cono que alumbraba hacia la superficie.

Llegadas las 4 de la madrugada, Saúl despertó. La rutina lo había acostumbrado a activar su vida a dicha hora. Antes que sonara la alarma y, procurando no interrumpir el sueño de ella, desactivó la alarma. Luego, estiró las sabanas sobre el cuerpo de la joven y, momentáneamente, se paralizó al ver el dócil retrato que conformaba su rostro.
Observó de reojo el teléfono. Era como si le incitara a tomarlo por su cuenta, pero finalmente se retiró a sus quehaceres.
Antes que Zoe despertase, para verle con sus propios ojos, él se había marchado hacia el trabajo. Una lágrima se arrastraba sobre su pálido pómulo. El temor a la decisión de Saúl, la noche anterior, más bien había sido anhelo.

El muchacho trotaba con perseverancia, buscando llegar a tiempo a su labor diurna. Al tiempo que el vapor gélido denotaba en cada uno de sus suspiros.
Estaba helando, y el clima era indicado para congelar las emociones que salpicaban desde su consciencia.
Por primera vez, llegaba tarde. Ese tipo de conductas, solían no verse bien en el deber. Y faltando tan poco para conseguir una feria, la tardanza solo alargaría su temporada laboral.
Por si fuera poco, al ingresar, un repentino encuentro con la soldado Giménez ofreció una colisión de sus cuerpos. Ella también venia rezagada, con el tiempo en la punta de la lengua.

Como durante la noche, acabó con el cuerpo sobre la tierra. Solo que en esta ocasión, no lo había  premeditado.
Para el azar de ambos, no habían estado advertidos por nadie. Sin embargo, el choque implicaba una mala conducta hacia una de las hijas del General Giménez.
El impacto habría sido lo de menos. Salvo por la mano del muchacho, que sin querer aguardaba sobre el prensado busto de Karina.

– ¡Pervertido! –

Gritó de forma irracional, y se retiró. Estaba dispuesta a excusar su tardanza por la agravada agresión del muchacho.

Pero él tampoco planeaba permitirlo. La siguió y alimentó las razones de la soldado.
Siquiera lograron presentarse en el entrenamiento de las 6 de la mañana, que aguardaban en la sala de espera del máximo Comandante del partido.

– No podes hacer esto –

Suplicaba Saúl, a la protuberante mujer que aguardaba junto a su asiento.

– ¡¿Y por qué no?! –

– Me suspenderán –

– Es lo menos que te mereces, por tocarme –

Respondió, sobándose las manos sobre el busto.

– Por favor. Necesito ver a mi… mi… –

– ¿Novia? –

Indagó ella, a medida el rubor se constataba en su rostro.

– Llevo dos semanas sin descanso –
– Aprenderás a ser menos despistado –

Y, ante la situación. Absorto por la espera que significaría, la tomó de la mano y le suplicó. Ella observó de reojo aquella acción y su sonrisa se amplió.

– Su mano.  ¡Cabo! –

Saúl espabiló ante la llegada del hombre que se encargaría del incidente. Y, casi por arte de magia, Saúl y Karina yacían de pie, en posición de saludo militar.

– Cabo, retírese. –

El muchacho palideció breves instantes.

– ¡Fuera Cabo! –

Y, acomodándose el cuello, Saúl se retiró.

Frustrado yacía, sin saber cómo reaccionar. Cuando pasados los minutos vio salir a la soldado con su glamoroso porte y su relevante sonrisa. Aquella que inspiraba más intenciones de las que sus labios osarían pronunciar.

De pie y recto, Saúl aguardaba severo que le llamaran. Cuando al pasar, la dama le susurró:

– No presenté cargos. Ahora estas a mi merced –

Y siguió la caminata, entonando una maliciosa risilla.

El muchacho se quedó atónito y, finalmente, pudo proseguir con las labores diurnas.

– Cualquiera se tropieza Cabo, no se preocupe, prosiga –

Exclamaba el Comandante, tras retirarse de la oficina.

El sudor frío que a poco empapaba a Saúl, se desvanecía minuto tras minuto.
Las labores de entrenamiento seguían su rumbo y la tardanza de Saúl era prácticamente anecdótica para todos. Sin embargo, no había recibido ninguna advertencia en compensación. Tal era la incidencia del deseo de la soldado Giménez en las tomas de decisiones superiores.
Incluso los reclutas contemplaban como Caricia le observaba fijamente entre los numerosos miembros de la tropa. Tal era el propio apodo con el que se reconocía a Karina Giménez, la lujuriosa blonda del Ejército Nacional.
Como era común, en el oficio, el castigo por tardanza de un hermano era un sacrificio para la entera tropa. Doscientas flexiones de brazos fueron la entrada en calor, y se trataba de la excusa perfecta por la que los soldados pidieran razones a Saúl. Les sorprendía como Caricia le observaba de forma paulatina.

Ella tuvo que hacer el ejercicio ordinario de cada día, y la tropa masculina renegaba ante la falta de Saúl.
Murmullos se oían sobre el pesado almuerzo de uno de los reclutas, la transpiración excedida de otro y el lamentable derecho aquél, que beneficiaba a la mujer militar. Pero no es que fuesen tantas tampoco. Sorprendente es como los hombres, en la modernidad, llegan a discutir por razones tan controvertidas y buscan pretextos para ahorrarse la responsabilidad.

Saúl, asimismo, mantenía el esfuerzo como en cada rutina. Si bien necesitaba agilizar los trámites para regresar a disfrutar de una tarde con Angélica, por una feria, los últimos sucesos de la semana le mantenían ocupado.
Una nueva mujer se añadía a las confusiones del muchacho y, tardíamente, asimiló que hacía días no recibía mensajes de Trufa Silvestre.
Tenía la mala costumbre de no enviar mensajes para no molestar, pero eso podría implicar un mero desinterés. Y por como hubiéramos conocido a la muchacha, tanto tiempo de soledad podía producirle nuevas citas.

Las horas del cese de actividad se avecinaban, los compañeros del trabajo siquiera hacían espacio para recuperar el aliento en la jornada laboriosa, que se aproximaban ansiosos al muchacho. Parecían hormigas batiéndose a duelo por un cubo de azúcar. Solo que la dulzura se trataba de información.
A poco parecían niñas chismosas conversando sobre la vestimenta de una maestra.

Pero sus comentarios entonaban curvas de las majestuosas presencias femeninas. Y, por supuesto, de las miradas eróticas de Caricia.
Saúl se mantenía ajeno. Se estaba abrigando para emprender la marcha a su hogar. Por otra parte, sus hermanos del ejército no parecían dispuestos a dejarle ir tan fácilmente.
Y acabó salvado por la presencia del General Giménez que, con su llegada, todos se fugaron como moscas ante presencias hostil.
El muchacho no trascendió, puesto que él era ajeno a los rumores. Más aún, cuando gran parte de ellos se referían a su hija.
Con el ínfimo sudor en la frente, emoción que producían las características órdenes del mando superior, se despidió de todos y se largó.

El apetito le confería rugidos en la barriga y, temiendo que la voluntad servicial de su padre no fuese tan típica, pasó por una tienda nocturna y pidió dos muzas. Apostaba, incluso, que por el horario Zoe ya se encontraría frente a la tv en su hogar.
Debido a la tardanza, el tiempo de finalización de actividades también se extendía.

Evidentemente no se equivocaba, llegando a su hogar logró advertir los destellos del show a través de la persiana. Había oído su celular vibrar en numerosas ocasiones de camino a casa. Pero era menester llegar, y servir la pizza antes que se enfriara.
Sospecharán que haría Saúl corriendo por las calles transportando dos cajas de pizzería sobre la mano. Por suerte se había cambiado antes de tomar tal opción. Un cadete a pie y vestido de militar sería el hazmerreír de numerosos individuos.

Tenía curiosidad por conocer quien le enviase tantísimos mensajes de texto al celular. Pero ingresó finalmente al hogar y el aroma de la mozzarella cocida obligó a los residentes a pausar el policial.
Padre y amiga, yacían sentados en el sofá, con los ojitos resplandecientes. Y ni mencionemos cuando el muchacho encendió la luz y presentó las cajas sobre la mesada del comedor.

En un abrir y cerrar de ojos el sofá se encontraba desierto. Saúl se disponía a revisar el celular y, observando de reojo alertó como su padre estiraba el mantel y Zoe tomaba las copas de cristal.
Aligeró la mirada en su cuerpo entero, menudo, pero bien distribuido y, como asunto de cada día, el placer le confundía.

– ¡Gracias! ¡Gracias! –

Exclamaba Zoe, que ya se le entregaba en un abrazo. Al tiempo que posaba los cristales sobre el mantel a cuadros bordó.

– Me quedé pegado en el programa y olvidé la hora de la cena –

Respondía el padre, con una carita de inocencia que asimilaba a un niño. Más luego dispuso platos de olivo y unas servilletas de papel. Retrocedía en busca de un cuchillo, para separar las porciones, y una expresión de orgullo se distendía en su rostro al ver a los muchachos abrazados.

Saúl yacía abandonando la estratosfera, en un viaje espacial. El delgado y esponjoso busto se refregaba sobre el cuello de su camisa.
No osen imaginar que Zoe fuese tan alta… Le conocía desde niños y sabía tales peculiaridades que lo magnetizaban. Había arrastrado una butaca desde la cocina, para posar la rodilla y llegar más cerca de su alcance. él había olvidado que en sus manos se encontraba el celular encendido y ella, que lo había visto de reojo, exclamó:

– ¿Quién es Ca…Ri…Cia…?

Al instante se despegó del abrazo. Tras bajar la vista, Saúl advirtió la llegada de decenas de mensajes de Karina Giménez.