El cielo con su claridad rebosaba,
y el constante sol iluminaba.
Cuando en la vida, solitario, aguardaba,
signos que en la distancia me guiaran.
 
Y las noches eran tan extensas,
que vagaba bajo el brillo de una estrella.
La contemplaba sublime y lejana,
en su estela ella parecía sonreír.
 
Una a otra, las miradas se cernían,
se ligaban hacia el silencio infinito.
Y el mar agitaba las costas,
con sus profundas y viajantes olas.
 
Esas que humedecían nuestros pasos,
las que solían hundir caminatas eternas.
Y el recuerdo de tu sonrisa afloraba,
el esbozo de una vida satisfecha.
 
Éramos como el sol y la marea,
a punto de fusionar sus extremos.
Mis manos casi podían acariciarte,
pero tras el sueño te desvanecías.
 
Incontables segundos transcurrían,
hasta el pesar mismo de la esperanza.
En que nuestras miradas se cruzaran,
y el tiempo fuese de nadie.
 
Así fue como mis ojos te vieran,
en el confín de tu rostro.
Cuando el vacío ya no lamentaba,
y tu luz perpetua me alentaba.
 
El camino al otoño por fín llegaba,
cálidas nuestras manos se encontraban.
Un espiral reluciente nos abatía,
en el destino del silvestre paisaje.
 
Y las brisas acariciaban el deseo,
tus dulces labios se encogían.
En el señuelo del propio anhelo,
de un amor que no hallaba fronteras.
 
En un nuevo comienzo,
para el alma…