Invierno con Chocolate Caliente

por | Abr 4, 2018 | Del rebelde Fuego al latente Aire. De Pasión y de Cenizas.

 

El nuevo inicio de semana laboriosa suscitaba frente a sus ojos, sin apaciguar esfuerzos. El camino de ida era más frío por la madrugada y en el silencio de la noche vagaba de camino a su rutina. No podía quejarse, la paga no era buena pero suficiente.
Por ocasiones, tenia suerte de compartir conversación con algún samaritano. A menudo oía más de lo que hablaba, había aprendido a no rescatar pestes por tener la boca abierta durante las noches de invierno.
Lo pesado eran las guardias, porque el ánimo que el ejército despertaba era compartir la rutina con algún compañero.
Ni mencionemos la cantidad de rumores de los que podías enterarte en el deber. Y después se comenta que las mujeres son chismosas.

Saúl conocía a cada hija de los oficiales que solían formar parte del ejército. Casi parecía una curiosa estratagema para suspender al que osara verlas en su pasarela diaria. No solo ajustaban ciertas vestimentas de soldados, sino que caminaban como si tuvieran que enseñar más el cuerpo, que los propios modales que se infundían en el ciclo básico.
Para alegría de la mayoría se avecinaba el invierno y quedaban atrás las anécdotas de algunos hermanos. Así se nombraban entre ellos en el deber Nacional.

No estaba claro cuántos fueron suspendidos, tras llamarles para horarios extras en tardes veraniegas. Allí, dónde, un General compartía la piscina con ciertos militares de rango superior y sus hijas se aventaban con diminutas bikinis.
Las damas solían ser, o bien hijas de… o la pareja de y, por tanto, se confería un estricto código a los reclutas respecto al trato y los modales hacia ellas.
Mientras debían cumplir ciertas reglas de orden, limpieza y arreglos en el cuero cabelludo, ellas podían andar con libre albedrío. Ni mencionemos los tops o shorts que, lastimosamente, entonaban cuadros militares.
Una de ellas, Karina “Caricia” Giménez, le fascinaba sobarse el lápiz labial, mientras caminaba frente a la hilera de soldados y más de una mirada se cernía en sus caderas.
Pero Saúl estaba perdido, en el limbo. Ninguna de las atracciones visuales eran suficientemente preponderantes. Incluso las labores se les hacían un pasatiempo y las solitarias guardias bajo el frío del amanecer se le hacían un mero juego de niños. Siquiera necesitaba conversar con alguien y había perdido el hilo de la mayoría de los chismes.

Aún así, atrapado por una fuerza superior como si la mismísima Afrodita le hubiese capturado entre las miradas de un mundo astral. Solo requería el celular y el acceso a internet para recibir los mensajes de Trufa Silvestre y denotaba una alegría que le infería la necesidad de transmitirla y contagiarla con el resto.
La lógica de no quedar capturado en la tentación de otras jóvenes era clara. Tenía una novia, Angélica, y era la mujer más bella que hubiese conocido.

Siquiera prestaba atención a otras damas, o al interés de la mayoría en diálogos de índole sexual. Mucho menos era percibido hacia discotecas nocturnas. En las que, por lo general, eran invitados los soldados para calmar deseos con exuberantes descuentos.

La vida misma lo llevaba por un mundo de antojos y de lascivos magnetismos. Pero él solo tenía ojos para la sonrisa virtual que había conocido en el sitio de ligues.
A medida el tiempo pasaba, lo exasperaba. Sabía que al menos pasaría unos veinte días hasta recupera una feria.

Era innegable admitir que vivía la vida habitual de los hombres. Saúl prefería pasar el tiempo en casa, descansando y cumpliendo el régimen laboral al pie de la letra.
Hubo momentos de debilidad, como la llegada de Zoe en un delicado vestido de una pieza que relucía su atlético cuerpo y la sutileza de una joven. Se le había aparecido en una de las noches, para compartir una película junto a su padre y él. Pero Saúl prestaba imperiosa atención a su responsabilidad y se marchó, temprano, a descansar.

En otra ocasión su padre se retiró y era como si buscara llevarle por el mal camino. Zoe apareció por su casa y no planeaba retirarse después de finalizar la cena.
Saúl se había echado a dormir y ella, con las piernas cruzadas, aguardaba sentada junto a la cama. Le veía con devoción y él sabía que ante la abstinencia podría olvidar el amor con tal de volver a compartir la pasión de una mujer. Sin embargo, quedó rendido, e ignorando su presencia se durmió.
En horas laborales, detuvo la alarma de las 4 de la madrugada y, al abrir los ojos, la vio. Yacía dormida en el sillón delante del lecho, con el celular pesando sobre su escote, la melena ocultando su rostro y los rojizos labios que tantos nervios le producía.
Saúl se acercó a Zoe, dispuesto a tomar el celular y, al ver hacia la ventana recordó a Angélica y su pícara sonrisa.
En menos de lo que canta el gallo cada mañana, se largó hacia la ducha. Había arropado a su amiga en el interior de su cama, buscando no despertarla.
Sin lugar a dudas dormida no estaba, puesto que abrió los ojos al sentir la lluvia de camino al toilette.
Loca por él, presionó la almohada contra sus labios y lo beso de forma continua mientras olfateaba el aroma del muchacho bajo las sabanas.

Aunque saliera de la ducha, se vistiera delante de ella, desayunara y finalmente se marchara del hogar, Zoe permanecía simulando estar dormida. Y tras su retirada, abría los ojitos, contemplaba una foto digital de ambos desde el celular, y mientras lo miraba se frotaba la mano en la entrepierna. Los gemidos sobresalían sin descanso, pero Saúl era el que menos imaginaba una situación tal.
Jamás sospecharía que su amiga de la infancia se masturbaría en su hogar, y en su propia cama.

Así, iniciaba el trote diurno para una nueva labor en el ejército, mientras yacía mustio para desviar el trayecto de las pestes por respiración.
Y en soledad reflexionaba… ¿Cuántos pecados deambularían por su mente?
La ansiedad por volver a besar a Angélica se veía clara en sus labios. Pues los mordía constantemente mientras miraba el celular. Y sentía un hueco que ahondaba en su interior, casi dispuesto a quitarle el aire. Estaba deseando la libertad para volver a verla. Para rodearla con los brazos y aspirar su fragancia.
Para oírle decir las tantitas cosas que probablemente dijese.
Y, como si el destino intentara rivalizarlo, el día laboral le presionaba hasta agotarle. Hasta no pensar más que en regresar a su hogar y conciliar el sueño.
Era menester, descontar las noches en que se aplicaba su turno de guardia. De pie, en silencio ante las heladas brisas de la noche, viendo a la oscuridad y algún que otro destello de luz desde los apartamentos del frente. Siquiera podía aferrarse al teléfono y conversar con alguien, pues sus manos sostenían la metralla con seguridad y la vigilancia era más rutina que algún asunto alterno.

En ocasiones le acompañaba un suboficial que solía contarle mitos urbanos sobre una pandilla que intentó, en el pasado, pasar por encima del guardia. Y, estando solo, no tuvo más alternativa que disparar a quemarropa.
Saúl reflexionaba sobre los cuentos y rogaba que nadie lo intentara. Estaba decidido a hacer lo que fuese, para mantenerse con vida y volver a disfrutar la sonrisa de su chica.
Como era de esperarse al suboficial solo le gustaba crear ambiente de suspenso.
El miedo le quita el sueño a cualquiera ¿no?

Y en cuanto reemplazaron la situación, Saúl pudo liberarse de cuantos cuentos provinieran de su boca y se transformó en un locutor radial que contaba sus anécdotas mientras observaban a la carretera.
Los relatos de Saúl venían de su propia experiencia y alimentaban el aliento del treinta añero soldado, quién se regodeaba de privación en los temas amorosos.
El muchacho no esquivaba detalles, sabía que Angélica estaría lejos del alcance de otro hombre y le gustaba tocar al compañero donde más le doliese.
Probablemente el hombre acabaría visitando un burdel por aquel acoso desmedido de palabras.

Con las horas de la mañana, la gente comenzaba a transitar por delante de sus rostros y a iniciar con normalidad sus vidas.
Era infaltable el anciano aquél, que se cruzaba de vereda para observar si el guardia permanecía despierto. Y al notarlo sudoroso y con el oído excitado por murmullos ajenos, se enfadó. Puesto que en los 60’s dichas labores eran más estrictas y, probablemente, él las recordase con lujo de detalles.

Al término de la jornada, Saúl no tenía energías ni para preparar un café con leche en media tarde. Generalmente descansaba con el horario cambiado y, luego, visitaba las redes sociales para ponerse al día.
La trufa silvestre le enviaba mensajes, casi, a diario. Como si al irse le hubiera dejado parte de la esencia impregnada en la piel. También él lo sentía, pues las marcas de sus rasguños aún yacían en su dorso. De solo tocarlas podía imaginar cómo volvía a hacerle el amor una y otra vez.

La esperanza de volver a verla ameritaba y, como si hubiera regresado a una puesta comercial, luego de exhibirse, las admiradoras brotaban de entre las calles.

Parecía una peste provocada por chismes. Pues, de pronto, su labor de soldado atraía a cuanta mujer se cruzaba. Imagino que el hecho de compartir una apasionada noche con Angélica, habría mejorado su estado de ánimo y su fuerza de voluntad.

Pero no solo esto sucedía en sus rutinas diarias, también notaba la atención femenina en las calles, y eran infaltables ciertas publicidades que parecían leer su mente. A poco se sentía espiado por las grandes empresas del mercado, que buscaban anticipar las vacaciones de invierno a un área de población delimitada.
Así soñaba con compartir una porción de selva negra, con un latte machiato en una cabaña y compartiendo risas con Angie. No demoraba en contemplar ofertas de viajes a las ciudades mayormente indicadas para el invierno.
Ante la coincidencia, recordaba el cartel aquél sobre la carretera, que publicaba a Caviahue como la ciudad 100% nieve y el frío rasgando su espalda le movilizaba a las termas de Copahue, hacia el Oeste, de camino a la frontera con el país vecino.
Imaginaba compartir los viajes con Angie, sin pensar en el devenir del tiempo. Pero… ¿Sería ello probable? ¿Ostentaría vacaciones y le confirmaría ella un viaje alejado de sus hogares?

Una de las tardes, sintió el aroma del chocolate caliente y despertó viendo el cielo oscurecerse desde la ventana.
La calefacción parecía dispuesta a olvidar presencia del clima gélido que afrontaban. Siquiera, necesitó abrigo para levantarse y caminar hacia el living-comedor.

– Despertaste –

Exclamó su padre, sonriente, como si no hablasen durante semanas. Y por sus vidas tan variables, duda no cabía de ello. Raramente dormían a la misma hora o lograban intercambiar diálogos durante el almuerzo.

– Me están liquidando esta semana –
– Te preparan para el invierno. Dicen que será más helado que el año pasado –
– Ese cuento chino viene desde el anuncio de nevada de los 90’s –

Y con un delgado bigote de chocolate, su padre sonrió con paz interior. Sin lugar a dudas, estaba orgulloso para con su hijo y no tenía más alternativa que apoyarle como fuera posible.
Saúl solía ofrecer un gran aporte del salario para los gastos de su padre. Si bien el sueldo les bastaba, las labores le desgastaban físicamente y, por momentos, se imaginaba en otro puesto.

El timbre sonó, de pronto, mientras el viento frío presionaba las persianas. Había logrado divisar personas que ya transitaban con bufandas y guantes de lana.

– Por suerte preparé chocolate de sobra. ¿Tenías visitas? –

Saúl negó con la cabeza.

– Entonces, será Zoe –

Y efectivamente, al abrir la puerta sus miradas se cruzaron ante la brisa glacial. Saúl sintió la piel de gallina, ya que no llevaba abrigo y, con la excusa de salvarle de un resfrío, ella le abrazó con esa fuerza que nadie olvida y con una pasión que nadie niega. En ese momento el imaginó un:

Hola, mi amor…