La cena estaba dispuesta. Fragancias a mozzarella ahondaban con una pisca de orégano que a poco afloraba en el ambiente. Ni mencionar el ajo en conjunto con la pimienta roja que ofrecían un sabor impecable a la salsa. El padre asimilaba a su hijo al percibir una escandalosa y abultada portada de un busto. Y, faltando más a la discordia que los ojitos de Zoe vaticinaban, una imagen del busto de Caricia llegaba entre los mensajes de texto.
La blonda le hacia una invitación a una cita fuera del servicio y, desde luego, lejos del alcance del General Giménez.
La situación fue suficiente para generar un drama. Sin siquiera tomar abrigo alguno, la joven se marchó del hogar hacia destino incierto.
Saúl recapacitó a tiempo, y dejó el celular sobre la mesada para correr tras ella.

– ¡Zoe! ¡Zoe! ¡Espera! –

Creyó oír el llanto, que desde pequeños él solía consolar con un abrazo.
Su padre no perdió oportunidad. Y, a medida engullía una porción de la cena, observaba curiosamente el teléfono del hijo.
De haber sido, más viejo, probablemente se le atrofiara la mandíbula tras un mordisco. De tal palo, tal astilla. Ambos tenían aquél curioso magnetismo hacia los melones de Venus.
No había necesidad de sospechar como Zoe le había atrapado en la serie policial. No creerían, acaso, que por la intriga, investigación y acción ¿verdad?
Una de las protagonistas portaba unas escalofriantes curvas que dejarían sin habla a cualquier reo. Aseveraba, el padre, aquél clásico e irónico comentario:

Tiene unos hermosos ojos y una dulce carita…

Metros superados, los alejaron del hogar lo suficiente y la invernal brisa les tomaba por sorpresa. Saúl estaba agotado y hambriento, Zoe no detenía el llanto, aquél que probablemente le provocaría una peste.

– ¡Injusto! –
– ¿Por qué? –

La veía de espaldas, sollozando, a la deriva, delante del desértico poblado. Puesto que el frío ameritaba a quedarse en el interior de los hogares. El destello de las lámparas internas presentaban las figuras de familias, cenando, a través del trasluz de las ventanas.

– Sé que no es ella. Sé que no es Trufa Silvestre –
– No lo es –

Y la respuesta no facilitaba nada. El llanto se prolongó y, de pronto, se oyeron los estornudos en carencia de zamarra.
Saúl la abrazó, sin más, por la espalda.
Aunque ello le proveyese cierto candor, ante el gélido clima, Zoe negaba con la cabeza. Buscaba liberarse de la tentación.

– ¡Tienes novia Saúl! –
Clamó, con tanta dureza que no se desconocía si fuera aquella la razón del lamento, o más bien fuese que ella misma se negaba a fundirse en los brazos de él.

– Tanto tiempo hace que nos conocemos y temes hablarme a los ojos –

Tal respuesta la dejó muda. Y en cuanto planeaba sobarse el rostro con la manga, Saúl se adelantó y le ofreció un pañuelo de seda.

– Eres tan lindo –

Respondió, entre lágrimas.

– Regresemos. Mi padre se comerá todo –

Aunque no quedaran las cosas claras. Temiendo perder la amistad que le facilitaba verse, Zoe guardó silencio. Se abrazaron, como en la niñez, y miraron las estrellas a medida retornaban al hogar.

– Y… Yo te quiero mucho. ¿Sabes? –

Susurró ella, a punto de ingresar al Living-Comedor.
Sus ojitos resplandecían, siendo imposible descifrar si se tratase del llanto o del propio amor que él le inducía.

– También yo –

Alegó, como si con ello aclarara las diferencias.

Sus vidas, su infancia, sus aventuras y el tiempo compartido no esclarecían sentimiento alguno. Sabíamos que Zoe moría por él, pero para Saúl… ¿Sería ella una amiga? ¿una hermana no biológica? ¿Sentía esa marea pasional que produce el sentido del amor?

Entraron finalmente, al hogar, y el padre yacía recostado en el sofá con la barriga llena y un somnoliento rostro.
Degustaba una copita de vino, mientras sus ojos aguardaban la continuación del programa en la tv. No seguiría viéndolo en ausencia de Zoe.

– Llegaron –

Balbuceó con alegría, y siquiera logró sentarse para simular estar despierto.

Podía detectar el rostro lloroso en la joven, pero de igual modo ella le devolvió la sonrisa.

– Nos dio apetito –

Exclamó, sin que le pidieran razones sobre la retirada.

Saúl tomó el celular sobre la mesada y su padre alzó el ceño. Sin lugar a dudas había visto los mensajes y la fotografía. Aún así, prefirió sentarse junto a su amiga y suspender la lectura de los mismos. No quería introducir más leña al fuego y que el corazón de Zoe se convirtiese en brasa.

Cenaron a gusto y, para que el padre no se durmiera, reanudaron el capítulo en pausa. De esta forma, él alejó la copita de vino y se acomodó con atención.
A Saúl le pareció advertir una mujer con busto protuberante en alguna de las escenas. Casi tan similar como el de Karina Caricia Giménez, y viéndole de reojo alertó los sucesivos alces de ceño del padre.
Repitiendo, de tal palo tal astilla. Padre e hijo poseían la misma atracción frente a las señoritas.

De pronto, y en la noche exclusiva de series el celular del muchacho vibró en numerosas ocasiones. Se vio obligado a retirarse hacia su habitación, cuando planeaba ignorar el teléfono y compartir varios episodios junto a Zoe. Como si, de algún modo, eso calmara el dolor interno que la rasgaba.
Rápidamente se lanzó sobre el lecho y, casi, recordó el deseo de dormir al sentir la suavidad de la almohada. Encendió el celular y los constantes llamados no eran referentes a Caricia.
Cautivó brevemente la portada de la fotografía y, sin responder a su oferta, revisó el resto de las aplicaciones.
No había recibido mensajes de texto, ni llamadas. Tampoco lograba deducir quién intentaba contactarle, quién con tanta insistencia le buscaba.
Creyó sentir el sonido de los pasos en su dormitorio y el tiroteo del Show proseguía en la Tv Alojó el aparato sobre la mesa de luz y, dispuesto a dormirse, sintió el tacto encima de sus piernas.
Al instante, bajó la mirada y contempló como Zoe gateaba sobre su cuerpo. Con reducidas prendas se avecinó a la altura de su dorso y se sentó. La melena se soltaba a un lado, sobre su hombro, y los ojos llorosos le observaban ahora con una pícara mirada.

– ¡Hey! ¿Qué hacías? –

Clamó, de repente.

– Estaba por dormirme –
– Mentirosito –

Replicó, al tiempo que le posaba las uñas bajo el cuello de la camisa.

– En serio. Tuve un día atareado y aún no tengo feria –
– Po…bre…ci…to… –

Le respondió, y luego movilizó su cadera a medida pesaba las nalgas en su entrepierna.
La blandura le tomó desprevenido y el movimiento comenzaba a perjudicarle. Aclarando la voz, tosió.

– Te perderás el capítulo –
– No me interesa –
– ¿Y mi padre? –
– Duerme –

La uña del dedo índice se sobaba sobre el labio de Saúl. A poco perdía la cordura.

– Zoe… –
– Saúl. –
– Zoe ¡vamos! Recuéstate bien –
– No quiero. Estoy cómoda –

El masaje de nalgas había empezado a consternarlo. Un insaciable calor emergía hasta la altura de su cintura. Planeaba recostarla a su lado, pero ella le tomó por las manos y, encorvando la postura, su rostro, camuflado por la melena, descendía hacia su labios.

– No te atrevas –

Murmuró ella, con ternura.

Esclavizado, Saúl, se dejó llevar ante los impíos deseos, al tiempo que sentía como sus intimidades cubiertas de vaquero se franeleaban de forma insistente.

Era cuestión de tiempo, hasta que el muchacho se rindiese ante el ambiente pasional que sus cuerpos procuraban. Apenas se oía el sonido del lecho ante el sutil movimiento de las caderas y la saliva comenzó a escapar por la comisura de los labios del muchacho.

Zoe había conseguido que su hombre cediese, finalmente, a la tentación. Así tuviera que violarle, le haría olvidar a la zorra de Caricia. Y, probablemente, podría olvidar también a…

Sus labios, estaban a punto de plegarse en el íntimo y característico sueño que a ella le conmovía. Sin embargo, el celular volvió a vibrar en simultáneas ocasiones y Saúl despertó del hechizo que el movimiento de caderas le había provocado.

– Déjame verlo –
– No –
– Quizás sea del trabajo –
– No lo es –
– ¡Zoe! –
– Saúl. –

Excusa tal, la del trabajo. Tardíamente recordaba de que se trataría. Y llevaba tiempo que no recibía noticias, lo que le intrigaba mayormente.

Luchó por liberarse y, de pronto un presunto estornudo de Zoe sería suficiente. Puesto que al taparse la boca con las manos, liberó al muchacho. Éste procuró recostarla a su lado y, por poco, ella se dejó llevar. Imaginaba que él tomaría las riendas , producto de su hechizo. La tomaría en el lecho, la cubriría de besos, de contacto dérmico y la convertiría en su mujer.
Pero el retrato ilusorio fue erróneo. A poco sintió una brisa fría arrimarse desde la ventana, que con el lamento aún húmedo y los brillantes ojitos vaticinó sus movimientos.
Saúl tomó el celular, volteó dándole la espalda, seleccionó el sitio de ligues y dedicó un tiempo a leer los mensajes. A medida se recluía en la punta del lecho, Zoe advirtió el nombre de Trufa Silvestre como la emisora.

No planeaba perderlo en el momento tal. Y olvidando toda inocencia que mantuviese desde el ocaso, arrastró las manos sobre el muslo del muchacho. Sin rodeos, le tomó del bulto.
La manoteada fue suficiente para tomarle por sorpresa. Deliberadamente el celular se soltó de su mano y, por suerte, sucumbió sobre la alfombra.
Asimilaba que le tomaba por la garganta y buscara ahorcarle. Y en la dureza del acto, el afable roce obligó a Saúl regresar a su encuentro.

Y como los cantos de una sirena, las caricias de Zoe, valga la coincidencia con Karina Giménez, le habían cautivado. Yacía preso de la tentación y no habría, después de ello, excusa que valiese.
Sabía, su amiga, que había despertado el apetito sexual en él y no tendría mayor justificación que cautivarle.

Estaba a punto de sujetarla con locura, pero los insistentes mensajes aún tronaban desde el teléfono.

– Déjalo –

Exclamó ella, ante el rubor de haberle tomado el volumen en el jean.

– No puedo –

Respondió él y una nueva lágrima mano desde los ojos de Zoe.