– ¡A comer! ¡A comer! –

Se oía desde el Living. Saúl se desperezaba más descansado que la primera vez. Y, al abrir los ojos, observaba, a un lado, el celular tumbado junto al zócalo.

¿Habría sobrevivido al impacto? ¿Tenía acaso culpa el aparato de sus molestias?

El visor yacía oscuro, y de haber recibido algún mensaje de texto habría saltado del lecho para atender.
Como si no estuviese ya, pendiente de cualquier noticia…

La nota se había convertido en picadillo, de camino a su hogar. A media tinta se oía la introducción repetitiva de aquella serie policial que Zoe y su padre solían compartir. Aunque fuese poco más de las 13 horas, parecía que la rutina diaria iniciaba más temprano. Sin embargo, la alegría típica de la joven, sus gritos de niña y la presencia de su estadía se hallaban carentes.

Dudaba sí su padre viese el programa en solitario. Incluso el simple hecho de avisar sobre la comida lista, asimilaba a un día extraordinario.
¿Sería Domingo?
Por lo general, los Domingos eran de mayor ausencia por parte de su padre.

Sin más permiso, que a su propio cuerpo, Saúl se largo hacia el excusado, ignoró el teléfono y se dio una ducha de breves minutos.

El Adiós replicaba en su inconsciente y solo pensaba en liberar la fragancia femenina que yacía en su piel, en sus prendas y en su cabello.
Con locura se fregaba. Asimilaba estar dispuesto a mudar de piel, de ser necesario. Y, aunque la situación no fuese clara, un adiós para él solo tenía un significado.

– ¡Se enfría! ¡Se enfría! –

Clamaba el vozarrón del padre, como un viejo cascarrabias alabando su obra maestra. Pues se jactaba de presentar los buenos modales como trofeos populares.

Al tiempo que el agua dejaba de discurrir y el goteo incesante se arrastraba sobre su tórax, el muchacho  se rodeó entorno del toallón y se dirigía hacia el lavamanos. El espejo constataba un rostro triste, casi lograba advertir el imaginario corazón fracturado.

Sorprendido, persistía, buscando entre el tumulto de sonidos aquella desvergonzada y dulce voz de Zoe. Pero no hacía más que oír los griteríos del padre, al tiempo que resonaban disparos desde el show televisivo.
Tras holgada reflexión, se vistió raudo y deportivo para luego salir al encuentro familiar. En cuanto procuraba incorporarse en el ambiente, Zoe yacía muda sobre el sofá, con el control de la tv en mano y el cocinero le hacía señas para recuperarla del plano astral.
Casi por milagro, en la probable depresión de los jóvenes, el hombre vestía un amplio delantal y un bonete de chef.

– ¡Saúl, hijo! –

Gritó, lleno de entusiasmo, y en sus desnudos hombros Zoe sintió un escalofrío ante el cambio de la temperatura interior.
Al contrario del clima, vestía un delicado top que enseñaba su ombligo. Como si la depresión actuase en ella de manera opuesta a él.

Y aunque Saúl desconociera lo que sucediera, le conocía lo suficiente como para concebir que su estado anímico no era el típico.

¿Habría sido la tarde anterior? ¿En que las frutas se soltaron de su envoltorio tras el casual encuentro? Superaban alrededor de las 24 horas, y Saúl no se explicaba el silencio de su amiga. ¿Lo comprendes, acaso, tú?

El aroma de los ravioles cubiertos por la salsa boloñesa y la pureza del queso rallado se percibía en el comedor. El padre aguardaba que se formasen sonrisas en los semblantes de los jóvenes para tal ocasión. Sin embargo, ambos se sentaros en lados opuestos a la mesada y comenzaron a degustar el almuerzo sin palabra alguna. Y, en cuanto el hombre procedía a aplacar la tv y el canto de las aves replicaba ante el dispar sonido de los cubiertos, Zoe bebía un sorbo de exprimido de naranja, al tiempo que la pasta era transportada a las fauces del muchacho.
De repente, el cocinero que se encontraba reflexionando alzó las cejas, se puso de pie, se quitó el delantal y huyó con un simpático paso. Asimilaba a buscar pasar desapercibido y, como en las aventuras de la Pantera Rosa de las caricaturas, se retiró del hogar en puntas de pie.

¿Se habría olvidado algo importante? o ¿más bien planeaba dejar a los jóvenes a solas?

Saúl pareció comprender la indirecta y, luego de saborear bocado, gimió de placer.

– Hmmm… espectacular –

La joven siquiera había comenzado y sus ojos permanecían con atención en  la tv apagada. Sin embargo, el muchacho soltó los cubiertos y se aproximó por detrás de ella. Sus hombros y la claridad de su piel generaban una réplica de escalofríos también en él.

¿Quién vestiría tan finas prendas en invierno, aunque el pesado saco de pana de mujer sobre el sofá y el cálido ambiente producido por el horno ameritara a desvestirse…?

De cualquier manera, la melena le cubría la nuca y los ojos de Saúl yacían en el circular sendero que sus hombros conformaban hacia lo desconocido.

Era poco probable que el aliento del muchacho fuese imperceptible al soplar sobre la piel desnuda. De hecho, Zoe parecía ignorarle deliberadamente y soltó su celular sobre el mantel a cuadros.
No solo el visor se encontraba encendido, sino que se podía advertir sus álbumes de fotografías. Entre ellos, aquella galería nombrada como “El y yo”.

– ¿Te encuentras bien? –

Siquiera respondió a tal incógnita, que era consciente que se encontraban solos. Y tal fue la indiferencia, que Saúl posó las manos en sus hombros y sintió la candente dermis que se confundía con su tacto.
Antes de vaticinar alguna imprevista actitud de infidelidad, comenzó a masajear delicadamente los lados de su cuello y desplegaba el grosor de sus dedos sobre los firmes hombros. Una leve presión de las manos se hundía en sus omóplatos y, aunque Zoe pretendiera ignorarle sintió tal descanso en la garganta que se libró unos acortados segundos.
Pero, para sorpresa de él, la damisela prescindía respecto a su presencia y, sin más rodeos, acercó los labios a su cabello, al oído, y susurró:

– ¿A qué juegas? –

Y, efectivamente, Zoe rechazó la oferta de participar en tal diálogo.
Viendo Saúl que las alternativas no eran adecuadas y que un sutil escote vitalizaba las sombrías laderas de su delgado busto, arrastró los dedos hacia debajo y, en cuanto la liberaba del tacto, se aproximó hacia el mantel para tomar el celular junto al plato elaborado. Apenitas ella mordía sus labios cuando, de repente, una fría incógnita le tomó por sorpresa y la sugerente armonía en el ambiente se convirtió en un sudor glacial.

– ¿El y Yo? ¿Con quién sales? –

Antes de concluir la interrogante, Zoe desvió los dedos dispuesta a recuperar el aparato y se descubrió yaciendo el mantel vacío.

Rápidamente se giró y sus miradas se cruzaron a pocos centímetros de distancia. Los iris miel de Zoe se movilizaban hacia todas partes en un momento inoportuno, y Saúl asimilaba a un rostro de enojo.

Podríamos creer que estaba molesto por desconocer al afortunado… Y podría ser viable, de no ser que él ya había visto el álbum semanas antes. ¿Acaso no lo recordabas ya?

– ¿Qué ocultas Zoe? –

Frenéticamente sus rosados labios temblequeaban, como si Saúl poseyera el alma de ella con sus propios dedos.

 – ¡Devuélvemelo! –

Respondió súbitamente. Y no solo se trató de su primer diálogo del día, sino que ostentaba un tono de ira. Sumado al Adiós de Trufa Silvestre, Saúl sentía devenir la conclusión de sus sentimientos hacia un paraíso opuesto al deseado.

Se oyó el picaporte entornarse y el padre del muchacho se aproximaba portando un paquete con algún postre helado. Zoe, por su parte, no cedió.

– ¡Que me lo devuelvas, Saúl! –

Tras aceptar el pedido y entregar el aparato, observó de reojo al padre. Ella sostuvo el preciado objeto con ambas manos y lo prensó junto a su pecho.

Nuevamente el silencio afloraba en el ambiente y el cocinero indagó:

– ¿Qué está pasando? –
– Con permiso –

Exclamó Zoe, y se irguió en su sitio.

– Z… Zo… –

Contestó, sorprendido el muchacho, pero su padre negaba con un gesto.

La joven se dirigía hacia fuera y el padre sugirió:

– Si deseas dejamos la serie para otro momento –
– ¡No! Está bien –

Añadió ella y el resplandor en sus ojos asimilaba a contener profunda tristeza.  Sin embargo, Zoe se dirigió al excusado, se encerró y tanto padre como hijo se rebatieron en miradas que no solían presenciarse… Salvo, quizás, en la niñez…

Una llamada sucesiva tomó por sorpresa a Saúl. Recordó su celular en el dormitorio y, rápidamente, se alejó al interior de su habitación para atender.

Al alzar el celular advirtió mensajes y llamadas perdidas de Angélica. Suspirando, atendió y sin querer presionó el altavoz.

– ¿Hola? –
– Tenemos que cortar… –