Flamante seductora en obstinada evocación

por | Abr 25, 2019 | Del rebelde Fuego al latente Aire. De Pasión y de Cenizas.

Se veía venir en los pasos del tiempo los chismes que, paulatinamente, se esclarecían como un rastro de humedad que se abre camino sobre un lienzo de seda.

Los pensamientos del Mayor eran casi probables. Y, efectivamente, una mujer de porte atlético transitaba durante las mañanas frente al pabellón del ejército.

Y el amanecer se presentaba con su llegada, ciñéndose al qué dirán de voces aleatorias y miradas cómplices.

Solitaria se aproximaba desde inciertas distancias y, apenas, por su silueta, se distinguía aquella cola de caballo que se soltaba junto a sus holgados hombros.

El resplandor solar la iluminaba ante el trasluz de las vacías copas de los árboles. Diminutas ramificaciones conformaban rastros sombríos por doquier. Y en esa fría mañana de otoño, ya nadie andaba por las calles del barrio.

Como los chismes edificaran, la joven, diariamente atravesaba el campo militar. Se dirigía, en carrera, hacia el Noreste, como la antigua ruta de la seda.

Apenas el cansancio de Saúl comenzaba a obligarle a una sustitución. Pero yacía dispuesto a tolerar todo, con tal de conocer a la supuesta acosadora. Aún debía constatar si osaba acercarse al alambrado para tomar alguna fotografía. Sino solo se trataría de alguna coincidencia y la ansiedad de descubrirla acomplejaría sus interpretaciones.

Claramente, ya le dábamos por demente ante estos pensamientos. Pero confieso que, él no estaba tan errado.

 Culminaba el trote con un exasperado gemido ante el cese de los motores. Y las miradas se cruzaron sin demasiada exaltación. Puesto que Saúl no la conocía y, de hacerlo ella asimilaba a una notable actriz de la región.

Toda interpretación carecía de propósito. La dama retomó la marcha tras observar de reojo hacia la cabina, y siquiera se detuvo a mirar por el alambrado.

Asemejaba a una falsa alarma y, agotado, Saúl regresó a descansar. A oler la yerba húmeda y a ceder la suplencia, aceptando que tales cavilaciones suelen propiciar un destino opuesto. Así, sucumbió a la bebida y, delante de sus ojos, notaba al Mayor con una notable sonrisa.

Inmerso en el  reposo, revolvió sus bolsillos hasta capturar su teléfono y buscó activar la pantalla.

 

– ¿Surtió efecto tanto esmero? –

Indagaba el hombre, a medida apoyaba la pava de aluminio sobre la hornalla. Y aunque Saúl negase aquella incógnita, una notificación lo tomó por sorpresa.

Un novedoso mensaje electrónico, de remitente desconocido, le concedía una fotografía. En ella, él tomaba el mate con un severo rostro hacia el suelo. Y debajo la leyenda decía:

“…Bello el sereno y serio el holgazán…”

Tardíamente espabiló y saltó del asiento para avizorar los alrededores.

– ¿Qué sucede soldado? –

Sin respuesta alguna, el muchacho enseñó la instantánea y el hombre señaló hacia los alambrados, al Este de la cabina.

Y, efectivamente, al observar hacia aquél pasadizo, un acotado espacio de la vereda permitía un punto estratégico que no había tenido en cuenta. Se trataba también, del único sitio hacia donde podía haber tomado la perspectiva del día anterior. El alambrado frontal al campo de entrenamiento.

Aunque descubriera el punto de localización, no lograba individualizar a la susodicha.

E hipnotizado por el pasaje de la única figura femenina que había alertado, no lograba notar presencia en aquel sitio. Y su trabajo le obligaba a desestimar la oportunidad de conocerla, puesto que debía mantenerse en la guardia.

Por horas, en cada descanso, contemplaba el pasaje ilusionando anticipar su regreso. Sin embargo, tal deseo era efímero y recurrente.

Comenzaba a cesar la guardia laboral. Se exhibía el atardecer y sus compañeros conversaban sobre placeres dispares a él. Las calles se tornaban más transitadas, los diálogos más fluidos y los ruidos se volvían desconcertantes.

A poco, la fatiga formaba parte corporal de sí mismo y espejismos de su lecho se abrían paso por su psiquis. La piel se le erizaba ante un mísero soplo de viento. Sentía el aturdimiento de la propia vida, y de la que compartía entre el resto. Añoraba el fin de las funciones, el adorado aliento de Angélica. Sus besos, su risa… Su perfume…

Y en la sordera de la propia naturaleza sucumbía a los deseos. Buscaba a su compañera en los mensajes y anhelaba una respuesta. Quizás, al menos, un porqué.

Dialogaba consigo mismo. Se inventaba excusas para entender razones y la conciencia solo le representaba una respuesta. En la agonía mental replicaba aquél interno susurro. En ausencia de un receptor más, que él.

– Tiene a otro… –

Las dudas se sembraban como manzanos de confusas tonalidades en un césped mágico.

Y volvía a responderse… Como si sólo él, inconscientemente, se comprendiera.

– Me ha abandonado por otro –

Imágenes vividas se fundían en una forja. Se mezclaban en un tubo de ensayo y, a la luz, escapaban para despertarle.

Así, las horas pasaban en lo que dura un pestañeo. Aunque su cuerpo no opinase lo mismo.  ¿Cuán lento transcurrirían los minutos en una perspectiva de 24 horas hacia una calle y la diversidad de individuos que la cruzan?

Se avecinaba el anochecer, las personas le observaban con expectativas y su agotada caminata, de regreso al hogar, le traía reflexiones de las que no solía alardear.

Solo deseaba tirarse sobre el lecho, o acomodarse en su sofá para dormir. Pero, sucesivamente, los cuestionamientos afloraban desde su mente.

¿Por qué le abandonó…?  ¿Pensaría? ¿Qué estaría haciendo ella en esos momentos? o, quizás, ¿Por qué él sigue trabajando allí?

Próxima yacía una feria, luego de las intensas rutinas diarias. Pero ya no había nada que pronosticar. No habían viajes, ni noches de hotel, ni cenas compartidas.
Su vida se convertía en una singular monotonía y, cada noche, previo a acostarse oía los disparos del show televisivo. Donde contemplaba a Zoe, que apenas emitía palabra alguna. Y, en cambio, su padre, siempre tenía algo que contar. Era como una enciclopedia con vida propia.

Jamás se ausentaba al trabajo. Pocas ocasiones enfermaba. Y siempre, siempre, siempre dormía contadas horas por la noche. Carecía de tiempo para revolverse en el lecho. Incluso en un cese laboral no podía mantenerse las horas suficientes entre las sábanas, puesto que el hábito le había convertido en un ente inquieto.

Y antes que lograse asimilarlo, las vacaciones de invierno iban llegando. Zoe llevaba sacos peludos, guantes peludos, bufanda peluda y, hasta, calzados peludos. Parecía una novedosa moda que, casi por la idea del abrigo, parecía calmar el frío a simple vista. Pero el clima ventoso de la ciudad concebía frío de igual manera. Y si no sentías la brisa en todo el cuerpo, los ojos recibían el impacto directo.

Seguían las jornadas laboriosas y, en menos de lo imaginado, ya se hallaba en otra guardia. Esperaba la llegada del amanecer. Contemplaba el arribo de aquella acosadora que solía tomarle retratos y enviarle mensajes de remitente anónimo.

Sin embargo, ante el clima nevero, en el reparo de la cabina, no logró divisarla en ningún momento.
Transcurrían las horas inusitadamente y recibió una nueva notificación.

Se encaminó hacia el interior y fue reemplazado por un compañero.
El Mayor vertía el agua apenas hervida sobre el mate y el peculiar sonido de la yerba humeda comenzaba a tentarlo.

Saúl se sentó, descansó las piernas, frotó las manos desnudas y observó el pasaje hacia el alambrado, dónde había divisado a la atlética en ocasión previa. Tampoco allí aguardaba. Comenzaba a sospechar que, quizá, ese día no hubiese ido.

Y, a medida saciaba la sed con la bebida, ante el irreconocible diálogo del oficial, contempló la mensajería.

– Al parecer hoy se quedó durmiendo –

Con un sonrisa, Saúl, le enseñó un nuevo retrato. En el mismo, él se hallaba de espaldas, en el interior de la cabina y observaba el camino por el que ella debía llegar.

– Siempre estuvo, pero en el pasaje opuesto –

– Ya me parecía extraño que hoy no anduviese. Si lo hace asiduamente –

– En mi guardia anterior me concedió besos al aire –

Gritó el soldado desde la cabina. Y Saúl junto al Mayor se reían. Sabían que esa joven solo le buscaba a él y el compañero era imperceptible a sus ojos.

Una semana más debía esperar para detenerla, para conocerla. Para invitarla a salir, tal vez… Puesto que llevaba tiempo sin citas y, hasta Angélica, o Trufa Silvestre, yacía perdida.

Si bien no lograba olvidarla, tampoco pretendía perder el tiempo esperando a alguna solución…