Entre Zoe y la Trufa Silvestre

por | Mar 14, 2018 | Del rebelde Fuego al latente Aire. De Pasión y de Cenizas.

U na nueva y concurrida semana de labores, exprimían la energía de Saúl sin descanso alguno.
A duras penas recordaba cuando tomó el viaje de regreso, tras pasar una acalorada noche de besos, alcohol y sustancias adictivas.
Pero recordaba bien, haber perdido aquella apuesta. Como también recordaba desconocer su nombre y; como si el destino se privara de su descanso, como si su entorno hubiera estado al tanto de su noche festiva; le ofreció cinco días de jornada productiva. Parecía, incluso, como si hubieran recibido cierta notificación de su pasatiempo en la ciudad vecina y le castigaran por ello.

Siquiera rememoraba la cantidad excesiva de flexiones de brazos que tuvo que realizar los primeros dos días. La excusa perfecta fue enseñar a los reclutas de que estaba hecho un oficial con su año de desenvolvimiento. Ni nos pongamos a sospechar los insultos que rebotarían en el interior de sus mentes.
Los reclutas respiraban el dulce aliento de observar castigos ajenos. Parecía propio del karma, dejando por sentado que a la otra semana sufrirían los novatos.
De haber seguido con la rutina semanal de siempre, no estaría sufriendo de tal modo. Siquiera podía conservar el aliento ante los trotes de media mañana. Pero la ilusión de unos labios húmedos le cautivaban de tal manera, que recobraba energías para pasar desapercibido.

En cada día que regresaba a su hogar permanecía más pendiente a una respuesta de parte de su nueva amiga, qué a alimentarse apropiadamente.
El sueño ganaba cada reto diario, y el último mensaje virtual que podía notar era siempre el mismo.

Pueyrredón 790

Se acercaba la fecha de su cumpleaños, y no podía clarificar sus ideas. No lograba concebir la alegría de crecer un añito más. Cuando, desde joven, solía tener la costumbre de tomar nota y comparar las medidas que aumentaba cada año que pasaba, junto a su amiga de la infancia, Zoe. Cada centímetro, e incluso cada parte de su cuerpo.
Si, incluso, del área que imaginamos…

En esta ocasión estaba distraído. Si bien reconocía que la fecha se avecinaba y que, por mágica fortuna, le adelantaron una feria no tenía idea sobre qué organizar.
Por lo general, las fechas libres se disponían pasadas las quincenas, así que dudas no le cabían que al término de su cumpleaños trabajaría una extensa jornada sin descanso.

Había concluido con el día laboral, los bostezos parecían su nuevo lenguaje. Pasaban la 1 de la madrugada y se podía considerar día festivo. Aunque nació un poco más tarde, y dando patadas hasta al propio partero, desde sus primeros momentos se vaticinaba que sería un futbolista o que correría maratones. Al parecer acabaron errando la predicción, pero aún así una de sus ventajas era, sin lugar a dudas, la fuerza de sus muslos.

Poseía dinero, estaba saludable, le sobraba el tiempo… Todo parecía indicar que podía realizar cualquier tipo de fiesta que imaginara. Pero la perseverancia que algún día ella, su nueva amiga, le diese signos de vida comenzaba a cesar. Temía haberla perdido para siempre, tras aquella apuesta por el beso.

El cansancio comenzaba a adormecerlo y, producto de la semana sin noticias, había silenciado incluso la vibración de su celular. Temía que tarde o temprano, llegasen felicitaciones por su cumpleaños que le mantuvieran despierto. Finalmente se recostó y concilió el sueño al instante.

El mundo onírico no podía fallarle en esa noche. O bien era un tributo de consuelo debido a su festejo, o bien su inconsciente planeaba agasajarle como mejor podía.
Allí se encontraba, sobre un diminuto islote de arena. Las oleadas del mar rompían sobre ambos lados, cuando solo veía el azul en diferentes tonos y el amarillo de la arena indiferente a la estrella solar. Añoraba la compañía y notó un retrato flotar a la deriva. En el mismo se plasmaba la sonrisa de esa mujer de nombre incierto. Tal era el recuerdo al verla, que el mar se tornó bermellón y la marea se elevaba buscando azotarle. Un tsunami de cada lado y temeroso se alejaba del panorama, casi podía sentir que volaba sobre el pertinente impacto.

En ese lugar logró divisar como ambas olas eran los protuberantes labios que se sobaban sobre su doble, sobre el clon de Saúl. Quién rebozaba de alegría y una voz sensual le susurraba:

– Saúl… ¡Perdiste! –

Despertaba en la nueva mañana. Siquiera había vuelto a vestir su torso desnudo, que las finas sábanas se desmantelaban sobre su piel.
Su padre, ausente, le dejó una nota en la mesa de luz tras marcharse. Junto a ella, se encontraba un budín de frutas que fácilmente podía cubrir su mano.
Saltó del lecho y leyó el mensaje:

Feliz cumpleaños hijo…

Apuesto que ni recordaba cuantos cumplía, que la postal llevaba ilustrados cochecitos con simpáticos rostros. O bien lo imaginaba más pequeño de lo que era, o lo trataba como a su bebé.

Se dirigía hacia el excusado, descalzo, portando el apretado slip gris que cubría sus muslos.
El ventanal de su habitación se encontraba con la persiana entre abierta y, desde la calle, una jovencita disfrutaba el paisaje interior.  Con las manitos se ocultaba la boca al ver a través del trasluz de la ventana. Era claro que el entrenamiento diario le proveía nalgas firmes.

Finalmente se esfumó, y se oyó la lluvia de la ducha. La dama, de corta estatura y cabello rizado, se aproximaba a la puerta de ingreso al hogar y, sin siquiera tocarla, se introdujo.
Se trataba de Zoe, una amiga de la infancia, que también tenía un obsequio para entregarle.

Existía tanta confianza con ella, que hasta el padre de Saúl le había dado libre acceso al hogar y entre las numerosas llaves que portaba, también poseía la de la casa.
Apuesto que el padre soñaba que esa joven, amiga, fuese su nuera algún día. Puesto que abandonaba la casa para dejarlos a solas.

Habrían pasado años de cenas y películas compartidas, tardes y noches de video juegos. Era sorprendente que Zoe no tuviera novio, pero tampoco sus compañeros de la secundaria eran lo suficiente inteligentes. Siempre ella tenía una común armonía con los mayores y sobre todo con su amigo Saúl.

Era evidente su interés hacia él, y el muchacho no podía negar cierta atracción superados los años.
Al principio era ella tan pequeña y, ahora, con diecisiete años… Ni la imaginarías con su uniforme escolar.

No era el caso del día. En el cumpleaños de su amigo, vestía informal con un short de jean tiro alto y una camisa abotonada de mangas cortas. La melena se soltaba sobre sus hombros, generando bucles y los labios se presentaban tiernamente rosados con maquillaje suficiente como para ligarse unos años más. Sus intenciones eran claras, pero el trato de ambos no superaba la amistad.

– Feliz cumpleaños a ti. ¡Feliz cumpleaños a ti! –

Canturreaba con alegría, sobando las uñas por la puerta que llevaba al toilette. Saúl espabiló ante su voz chillante, mientras se duchaba y el vapor empañaba los vidrios y el espejo sobre el lavamanos.

– ¡Hola Saúl! Te espero. No es que pudiera entrar ahí… –

Se rió por lo bajo y se dejó caer sobre el sofá. Tomó el control de la tv, que estaba a su lado. Casi como si todo hubiera sido metódicamente planeado por el padre del muchacho. Planeaba ver alguna novela, pero sintió el vibrador constante de un celular y se internó hacia la habitación de Saúl.

Él se quedó pensando en su última frase y sonrió ante la posibilidad que una presunta acosadora se metiera en su ducha. Pero tenía un usual respeto hacia ella, como a cualquier otra amiga.
Los minutos pasaban, al tiempo que enjuagaba su cuerpo.

Zoe había olvidado, de momento, el llamador electrónico y, asimilando a una investigadora privada, se disponía a revisar los estantes del mueble. Parecía como si alucinara al verle de niño, abrazado por su madre y al voltearse contempló la camisa sobre la repisa.
Acercándose, la tomó con suma delicadeza, al alzó y la llevó hacia su rostro. La olía sin descanso, mientras le sobaba los labios y cerraba los ojos.
Probablemente fuese la camisa que Saúl planeaba portar ese día.

Más tarde advirtió, sobre el placard, la boina verde que suele utilizar en el ejército. Sutil avanzó y alcanzándola la sitúo sobre su melena. Tomó el celular propio para tomarse unas selfies y se recostó en la desordenada cama, con la boina de lado y formando un beso con sus rosados labios.
El golpe de su caída sobre el lecho resonó a tal punto, que Saúl pudo notarlo mientras cerraba el agua de la ducha.  Procedía a enfundarse con un extenso toallón y tenía la mala costumbre de dejar las prendas limpias en la habitación. Eso implicaba caminar descalzo a través del living-comedor.

Zoe disfrutaba de la comodidad de la litera, con las piernas cruzadas en dirección a la puerta. Más luego, soltó su celular y, posando los deditos en su boca, se disponía a tomar el teléfono de su amigo que yacía junto a la almohada.

– ¿Por qué vibra tanto? ¿No habrá dejado porno activado no? –

Río al solo imaginarlo y presionó el botón de encendido. Allí alertó numerosos mensajes desde el sitio virtual al que él visitaba a menudo. Si bien se proponía leer los mensajes, mientras se anudaba un mechón de cabello con su mano libre, acabó prestando atención en la sonrisa de la nueva confidente de Saúl. Luego leyó el nombre, sobre la imagen del avatar, y el muchacho hizo su entrada.

– ¿Zoe? –

Al instante, soltó el celular ajeno y se entregó sobre el lecho ante su respectiva llegada. Pero lo que menos imaginaba era que aparecería cubierto con un toallón de micro fibra, el tórax desnudo y una delicada selva emergiendo entre sus fornidas tetillas. Ella yacía ruborizada ante tal presentación, y Saúl apuraba el paso hacia el lecho. Tras quitarle la boina, se quedó mirándole confundido.
Zoe saltó de la cama y, aprovechada, le abrazó. Imaginaría cuando de niños iban a la playa y el padre les tomaba fotos abrazados con las prendas de baño.

– Feliz cumpleaños, bobito –

Le susurró y plegó los finos labios en su pómulo, en señal a un saludo amistoso. Luego se adelantó a la puerta, dónde había dejado una bolsa, se agachó para tomarla y más tarde se la entregó.

– Este es tu obsequio –
– Gracias –

Dijo él, con seriedad, mientras observaba de reojo el celular.

– Ya no eres tan pequeña, para andar incursionando por estos lugares… –
– Y bueno… Quizás sea hora de pasar al siguiente nivel –

Murmuró, sonrojada, y, para pasar desapercibida, le entregó lo que ocultaba en la bolsa. Se trataba de la segunda parte del video juego que solían jugar de pequeños.
Él olvidó la confusión de sus palabras al ver la portada del cartucho y, sin querer, al tomarlo soltó la toalla. El nudo se liberó y quedó completamente desnudo.
Zoe apenitas logró taparse el rostro con las manos, al tiempo que se le erizaba la piel.

– ¿Ves por qé te digo que no deberías estar por aquí? De igual modo… ¡¡Gracias!! Ahora entendí lo del siguiente nivel jeje –

Y claramente no lo había entendido…

La muchacha se retiró para permitirle cambiarse en paz y encontró el budín sobre la mesada del comedor.

– ¡Ay! tu papá es un amor –

Saúl estaba alegre, pero no demoró en soltar todo sobre el lecho. La toalla, la bolsa, el cartucho de video juego y luego sus manos se abalanzaron sobre el celular. Lo encendió y, cuando planeaba hacerlo, Zoe le preguntó desde el otro ambiente:

– ¿Quién, en su sano juicio, se llamaría Trufa Silvestre? –
– ¿Lo leíste? –

Respondió él, alterado. Pues los tildes del visto quedaron presentes en contestación a algo que no había leído.

– Solo la miré. ¿Es tu novia? –

Sencillamente no podía responder a aquella incógnita, pues el tampoco lo tenía muy en claro.

– Impostora –

Murmuró, apenas audible.

Saúl se vestía a prisa, para contemplar con detenimiento las respuestas de Trufa Silvestre, luego manoteó el teléfono y se dirigía hacia el living-comedor. Allí Zoe le aguardaba con el joystick de la Play Station sobre su falda. Incluso había encendido la tv y, ansiosa, aguardaba el cartucho. Pero, para su sorpresa, él no lo traía consigo.
Aún así se veía tan delicado con aquella fina camisa y el cabello húmedo, que nuevamente ella sentía que se le erizaba la piel.

Los mensajes del chat virtual decían, con diferencias de breves minutos:

¡Hola Saulito!……. 9:00
¿Estás?……………. 9:01
¿Quieres que nos veamos hoy?……. 9:30
Dame un beso. ¿Quieres?……………. 9:56

Y una foto yacía cargada con sus protuberantes labios, que asimilaban estar pegados a la cámara.

Saúl enrojeció su tono de piel de forma instintiva. Parecía sudar por la picardía de aquella mujer y se disponía a recordar los horarios de viaje hacia la ciudad vecina. De pronto, le respondió:

Hola extraña. Hoy es mi cumpleaños… ¿Hacia dónde iría?…. 15:24

Suponía que demoraría en responder, pues esos mensajes los había recibido durante el amanecer. Zoe se mordía los labios, sabía que era cuestión de tiempo hasta que lo perdiese. Además le resultaba sorprendente que acabaría suspendiendo el video juego favorito de ambos por una cita con Trufa Silvestre.

¿Trufa Silvestre? Incluso suena a una pecadora fruta que se palpa sobre diferentes labios. Menudo y antojadizo nombre poseía. Era de imaginarse que el nombre de avatar de él, fuese algo como:
Saúl108… Adiós a la originalidad…

Estaba todo dispuesto, la dirección había llegado. No sería la casa de ella, más bien se encontrarían en una plaza antes de las 20 hs y el plan era cenar. Con lo que demoraría en llegar el ómnibus y viajar hacia allí, tenía tiempo para jugar al obsequio de Zoe. Y ella parecía planificar el modo de mantenerlo atento al entretenimiento.
En lo que Saúl corrió por el cartucho, la amiga se desabrochaba los primeros botones bajo el cuello de su camisa.
Le conocía lo suficiente como para sospechar sus fetiches y, si bien ella era menuda, ostentaba un corpiño de encaje. Las intenciones le sobraban y sus dedos desmenuzaban la pulpa del budín frutal.
El muchacho llegó, dispuso el cartucho, se soltó sobre el sofá y anunció:

– Hoy es mi día. Estoy tan contento –
– ¿Quieres? –

Respondió Zoe, ofreciéndole un trozo del budín mientras una porción penetraba entre sus labios y el juvenil escote yacía libre de ataduras. Saúl, pálido, tragó saliva y el joystick de la Play Station se soltó de sus manos.