De opacos titubeos y de afecto mustio

por | May 11, 2019 | Del rebelde Fuego al latente Aire. De Pasión y de Cenizas.

Por fin despertó. Creía que los pasillos ilusorios de los sueños serían interminables. Simultáneas opciones yacían delante de sus ojos. Simultáneos eran los destinos. No obstante, Saúl recorría el extenso pasadizo añorando alguna clase de salida iluminada, que portara un cartel de Exit. Asimilaba a un recorrido imposible de acabar y comenzó a extrañar la posibilidad de conversar con Zoe, su amiga de la infancia.

Temía, incluso, que tantas habitaciones contiguas fuesen la totalidad del azar.

– ¡El almuerzo está listo!! –

Oyó en las lejanías, hacia el Sol naciente que atravesaba un ventanal. Luchó por abrir el pestillo y se lanzó al vacío.

Sus ojos se abrieron sin más, y al verificar la hora descubrió haber dormido mayor cantidad de tiempo que en tantísimas e incontables ferias.
La voz del padre asemejaba a estar afónica ante los reiterados llamados.

– Voy, voy –

Exclamó y, raudamente, escapó de las comodidades del lecho que le invitaban a la pasar una entera jornada entre las frazadas.

Contemplar el buzón electrónico del móvil simplificaba cualquier cuestionamiento previo. Solo podía pensar en Angélica y debía verla ese mismo día.

Ágil se duchó, impaciente se vistió y la imaginación le invitaba a recrear la posibilidad de volver a compartir momentos junto a ella.

Tanto tiempo, en ausencia física y mental, retornaba como el cauce de un río que yacía entorpecido por un mural de rocas. Siquiera existía espacio para otras arbitrarias pasiones.

En cuanto llegaba al Living, su padre le sorprendió con estupor. Se encontraba vestido de chef.

¿Estaría, acaso, enamorado y buscando aficionarse en alguna tarea para cortejar a alguna señorita?

Él no solía salir demasiado con mujeres. ¡De tal palo, tal astilla! ¿Dirán?
Por otra parte, Saúl seguía sospechando que dedicaba un eterno amor a la difunta madre y le llevaba a pensar que estaba comprometido de palabra, firma y memoria.

Ciertamente, en ocasiones, se cumplía tal caso. Y sobre todo porque quién quedaba con vida no hallaba a alguien que le conmoviese lo suficiente. Pero el amor es diferente sobre cada individuo y el muchacho lo tenía en claro.

Tan esclarecido que su padre le ofreció ir a por su hermana y, en su inconsciente, se declaraba.

– Ella –

Abrió la puerta de par en par, como si acaso fuese su hermana y la advirtió recostada en posición fetal, de espaldas al ingreso. Las sábanas desmanteladas, apenitas cubrían parte de su cintura. Sus piernas yacías desnudas y dispersas sobre el desordenado lecho y hasta una copa de su bra estaba visible.

– No es mi hermana –

Añadió más tarde y anonadado contemplaba su rostro angelical en descanso. Sus ojeras ya no asimilaban existir y en el ambiente ahondaba una mezcla de perfumes dulces, como si hubiese estado hasta la madrugada tanteando perfumes.

El móvil yacía a su alcance, sin embargo, ya no ostentaba interés por ello. O más bien la frase de su padre le recordó a que había ido.

– Despierta a tu hermana –

Más no pudo variar nada. La situación incomodaba y temía que al abrir los ojos ella le respondiese:

¡Get Out!

Sin dudas, también le arrojaría algún stiletto junto al armario.

Regresó los pasos y, en la última mirada, notó el uniforme escolar sobre un sofá individual.

– ¿No debía ir al colegio? –

Preguntó Saúl. Temía que su padre no recordase siquiera el día en el que se hallaban.

 – Bon apettit –

Replicó, y el particular amarronamiento de una tarta horneada se servía en el centro de mesa.

Padre e hijo se miraban, de pronto, y a medida el mayor separaba el alimento en porciones, Saúl aguardaba una respuesta.

– Creo que ya se encuentra en vacaciones de invierno –

Sin más, el muchacho asintió y se acomodaba en el asiento ante la mesada de almuerzo servido.

– ¿Y qué hay de ti? –

Añadió, más tarde.

– Estaré unos días de feria –

– Ajá… –

La tarta de atún y huevo estaba separada en abundantes porciones. El muchacho bebía un sorbo de agua y, en cuanto planeaba comenzar el lunch, su padre proseguía la conversación.

– ¿Y tienes planes? –

Al tiempo que se liberaba del porte del cristal, le observó con cierto desdén.

¿Era, acaso, una típica consulta sobre metas por parte del padre? o su intención era reconocer si se encontraría libre en la casa durante la tarde?

– Debo viajar –

Clamó Saúl y, como si hubiera utilizado una perfecta oración, su padre asintió de buena gana.

Era más que claro que la energía revitalizada del muchacho se debía a su buzón electrónico. Tanto planificaba su ausencia que incluso imaginaba que sucedería la noche en otra cama. Aún le hacía ruido la situación con Zoe. Y era consciente que no habían aclarado un par de asuntos. Sin embargo, estaba atrapado. Su mente sólo revivía prodigiosos momentos frente a los gruesos labios de Trufa Silvestre.

Aunque nunca concretasen una cita, planeaba ir y darle la sorpresa de su llegada. El único problema se debía al desconocimiento de su dirección.

En caso de desencuentros, conservaba en una nota la calle y el número de Agostina. Cierta amiga de su ciclo secundario.

Agos estudiaba un profesorado en la ciudad vecina y, en ocasiones, le había invitado a compartir noches con películas de terror.

Como si dicho cine fuese excusa perfecta para calurosos abrazos…

Sospechaba, el muchacho, que debería despedirse de Zoe, previo a la marcha hacia la terminal de ómnibus. Por su parte, el padre, se transitaba la transmisión de la tv, buscando alguna programación deseada. Y Saúl masticaba la verdosa pulpa de una manzana. Asimismo, contemplaba el sonido de la puerta abrirse a medida que Zoe se avecinaba. Hipotética situación que no se cumpliría, puesto que las horas trascendieron y en la mesada aguardó la porción para ella.

Tras dejar una nota en  la mesa de luz, Saúl preparó un pequeño bolso, se despidió de su padre y se retiró con el adelanto salarial en mano.

En aquella hoja contaba sobre su desprevenido viaje a la ciudad vecina y qué al regresar le gustaría aclarar los asuntos con ella.

Todos somos conscientes que tal invitación podía determinar el fin de la inocente amistad, que para su padre asimilaba a una hermandad…

Y aunque Zoe descubriera la información. Aunque hallara fría su porción del almuerzo y desértico el hogar, tarde era ya para dialogar con él. Aunque, por el brillo de sus ojos, al apretar la delicada hojilla, claras eran sus intenciones hacia el muchacho. No obstante, solo podía aguardar a su regreso.

Quizá incluso, desear que no solucionara los problemas con Angélica.

Diversos paisajes se constataban desde la ventanilla. Las sierras, al horizonte, las zonas rurales y sus frondosos bosquecillos. Algunos pasajeros dormitaban, pero Saúl no contaba con tiempo para descansar. Los nervios le aprisionaban y debía considerar la situación para responder ciertas incógnitas.

“Qué quería… y… A quién quería más…”

Recibía en el transcurso un mensaje electrónico de remitente anónimo. Y, antes de sospechar la precedencia… Imagino que lo adivinaste ¿no? una fotografía presentaba la cotidiana labor de los militares y el mensaje argumentaba:

– ¿Dónde estás? –

Sin más, sonrió. Sabía que era un buen partido para tantas mujeres y que la sorpresa simpatizaría a Angélica. Tarde o temprano retornarían a las invernales frazadas de placer, desmayando a algún conserje y viviendo en plenitud todo sentimiento de pasión.

Pero…

¿Estaría Trufa Silvestre realmente dispuesta a regresar?