De esperas infatigables y miradas oscilantes

por | Abr 13, 2019 | Del rebelde Fuego al latente Aire. De Pasión y de Cenizas.

La abundancia de alimentos consolidaba una cena apetitosa. Saúl había tenido que pagar con tarjeta de débito y utilizar parte de los ahorros de emergencia, debido a que carecía de dinero en mano.
Solía conservar parte del sueldo mensual en el banco, y hacía tiempo que alucinaba con comprarse una motocicleta para viajar por el extenso territorio del país. Asimismo, pretendía conocer sitios a los que nunca había ido y reencarnar las nostalgias de alguna visita pasada.

El emotivo banquete, prácticamente, era dedicado a la familia. Saúl no planeaba probar tantos bocados, puesto que en horas de la madrugada debía ir a trabajar. Ya poseía la mala experiencia de combinar una desmesurada alimentación, con la falta de sueño y las heladas ventiscas del Invierno. Claramente, una fusión explosiva de muchas y tantas recetas…

De cualquier modo, aspiraba a degustar algún dulce bocado al cabo de los minutos y, producto de la ansiedad, se había traído unos alfajorcitos de maicena rellenos con dulce de leche y coco.

– ¿Vas a responder? –

Insistía Zoe, súbitamente. Y el muchacho se vio encimado a ella. Sus pequeños iris miel le observaban sin descanso alguno. Siquiera pestañeaba y aparentaba culparle de todo.

Él, no hizo más que gesticular en negativa. Desconocía el remitente de aquél curioso mensaje y, a poco, sospechaba que alguno de sus compañeros le gastaba una broma. No obstante, a ojos de una dama, se trataba de una novedosa aventura en su vida amorosa.

Lejos de toda claridad, la disque hermanita no biológica debía soportar un par de suplentes previas a sus intenciones. Como si el muchacho asemejase a una estrella de rock.

Sin embargo, la discordia no duró demasiado. Así Saúl confesara desconocer tal contacto, la joven siguió mascando cubos de queso, mientras contemplaba las cortinas que recubrían el ventanal hacia la calle. Él la miró sin respuesta alguna y, allí, advirtió su delicado maquillaje. Asimilaba a contar con unos pocos años más. Los bocados se sumergían entre sus labios, como un ancla arrasando las profundidades.

Claro estaba que, nuevamente, yacía somnoliento e imaginaba posibles eventos, distantes de la realidad. Por otra parte, su padre proseguía el diálogo sobre la variedad de lácteos y, a medida los nombraba, los iba devorando con plenitud. Las miradas de Zoe y Saúl sucumbían a esquinas opuestas.

Antes de conversar más al respecto, el muchacho se dirigió hacia las bolsas de nylon restantes, tomó un dulce, apuró un sorbo de agua natural y, luego de librarse del porte del vasillo, se retiró a sus aposentos.

– ¿Ya? –

Indagaba Zoe, perdiéndose en el bocadillo que él aproximaba a sus labios. Y su respuesta fue:

– Si. Buenas noches. Ahí les dejé más de estos –
– Gracias –

Exclamó la damisela, sorprendida, y el padre saludó con la típica seña del ejercicio militar.

Ya dispuesto sobre el lecho, Saúl, presenciaba los mensajes de texto en su celular. Sentado y desvestido aguardaba, mientras mascaba los últimos trocitos de maicena. Luego procedía a enjuagarse en el toilette y, antes de premeditarlo, se encontraba durmiendo.

La puerta, de camino a la habitación, se entornó de pronto y la tenue figura de Zoe se avecinaba. Con sus dedos apretujaba el teléfono y sus ojos parecían lagrimosos. Si acaso él pudiese verla, como ella le miraba, la felicidad se complementaria a un cuento de hadas.

Y en los sueños divagaba en soledad sobre diversos senderos. Lejanas fotografías lograba constatar en el paisaje de cada caminata. Uno llevaba hacia el mar, otro a un bosque, otro a las montañas y un último hacia la radiante estrella solar. Indeciso, Saúl, permanecía en el centro de cada opción y, detenidamente, observaba aquél mar. Cuya marea asemejaba a las sensuales caricias, dispuestas a ahogarle. En el bosque alertaba juguetonas risillas, que provenían de un misterioso cuerpo. En la montaña un fornido y majestuoso cuerpo femenino, dispuesto a montarle como a un corcel. Finalmente, el penitente sol le recordaba al resplandor de unos ojos conocidos. En cuanto creía tomar una decisión la alarma sonó y, rápidamente, saltó del lecho para enmudecerla.

Sin saberse a ciencia cierta, si los saltos eran rutinas del servicio militar o pretendía no despertar al resto.

Como diariamente, aplicó cada paso. La ducha, el ligero desayuno, el uniforme, el abrigo y se marchó hacia el trabajo. Tal fue el vaticinio que el frío le pelaba la piel y asemejaba al inicio de la noche. En numerosas ocasiones revisaba la hora, para asegurarse que era el tiempo acertado. Las calles yacían desiertas en su totalidad, como en los sueños.

De cualquier manera había tenido que abrigar sus manos con guantes de lana y se replanteaba, asiduamente, quién habría tomado la fotografía que recibió previo a la cena.

Ante el frío invernal, su paso asimilaba a un robot con los pasos automatizados. Salvo por el desnivel de algunas veredas.

 Así, aprovechó el viaje para rever aquella imagen de remitente anónimo. Por la perspectiva daba cuenta de una toma distante al cuartel, puesto que las diversas plantas obstaculizaban la visión. Asimismo, el césped del área de entrenamiento era relativamente escaso.

Claro era que la susodicha remitente no pertenecía a su ejercicio laboral. Sin embargo, no disponíamos de tantas maneras de descubrirla. ¿Verdad?

Tales ideas le llevaron a sospechar que le seguían. E inconscientemente se volteaba durante las 4 de la madrugada. Siquiera los perros andaban por las calles en Invierno, y se constataba los charcos escarchados junto a los cordones. Además de la enjuta lámina helada que se formaba en los parabrisas frontales de los vehículos.

El entrenamiento reiterativo de la profesión le ofrecía una predisposición ante los cambios climáticos y ostentaba una formidable fortaleza con respecto a su salud. En cuestión de minutos, llegaba al puesto y debía presentarse con el fusil en mano, mientras el otro soldado conversaba, junto al Mayor, y compartían unos mates.

Apenas oía el diálogo aquél y los suspiros de la álgida brisa. Solía ver, con detalle, algún punto estratégico en las callejuelas que cruzaban delante de la cabina. En tantas ocasiones había visto esas posibilidades, que la idea de gastar un objeto con la mirada se la hacía incluso probable.

Más bien, todo objeto envejece con el tiempo.

El amanecer seguía helado, como si el propio asfalto no fuese de cemento sino una carretera sobre un iceberg.
El frío lapidaba su aliento, ante la disminución de la temperatura, y la perspectiva horizontal de los árboles, dispuestos junto a la vereda, le recordaban a aquél misterioso bosque que perpetuara en sus sueños.

Por si fuese poco, los presentes conversaban sobre la atlética figura de una mujer. Aunque debiese mantener los ojos al frente se separó de la cabina, tan sólo para concebir parte de la información de referencia.
Sobre los labios presionaba el guante de lana y, apoco simulaba una tos. Toda excusa, para aproximar la oreja junto a la barandilla que desplegaba la ventana de la cabina.
Un delgado surco permitía recibir aquella comunicación compartida. Suficiente fue, para adquirir una buena noticia.

Quizás la coincidencia formara parte del asunto, o Saúl tuviese algún truco mágico para oír lo que, justamente, deseaba saber. Pero, ciertamente, poseía un buen oído y notable intuición.
Asimismo, parecían dispuestos a pasar desapercibidos y las palabras, difíciles de descifrar, asemejaban a un conventillo.

Saúl parecía tener una atracción considerable hacia las jovencitas. Aunque negásemos su íntima relación con Zoe, su compañero ya conocía la existencia de una novia y, diariamente, advertía la atención de Karina González sobre él.

Procuraban así, hablar de una misteriosa mujer y, aunque no lograra comprender la descripción, acogió con atención una de las tantas frases. Puesto que el Mayor, ante el desconocimiento sobre la forma de vida de Saúl, dialogaba con más altitud que el otro soldado.

– ¡Sí! claro que la he visto. Pasa todas las mañanas, vistiendo esa indumentaria deportiva. Apuesto que debe tener numerosos conjuntos del mismo color. –

Y aunque no detectara los susurros del compañero, el superior habituaba a conversar con su imponente vozarrón. Tal gallo, atento horas previas al amanecer.

– Imagino que espía a su hermano o a algún novio y sigue con su marcha. Y eso es todo lo que sé de ella –

Oía a continuación y, dada la llegada del amanecer, Saúl deseaba alertar su llegada antes del descanso. No obstante, llegando la supuesta hora a la que el Mayor comentaba, el compañero accedió a la cabina para reemplazarle en las tareas. E igualmente el muchacho deseaba mantenerse erguido para contemplar su llegada.

Tenía por seguro que los mensajes anónimos pertenecían a aquella acosadora que trotaba por las mañanas. Y que de todo el bastión de militares tenía predilección por él.

Al tratar de Saúl, el restante soldado hizo lo imposible por relevarlo a la hora convenida. Pero, milagrosamente, no deseaba descansar y, en presencia del superior, el muchacho se salió con la suya.

Probablemente un esmero tal, era admirable en las labores cotidianas.

El compañero tuvo que retomar el mate y despotricaba por todo. A su lado, el Mayor, le contenía y, con la llegada del canto de las aves, Saúl advirtió el sol naciente irguiéndose encima del horizonte.

Luego de voltear la mirada sobre incontables veredas, alertó la remota llegada de una figura femenina. En movimiento ligero se avecinaba, portando una morena trenza detrás de los hombros.

¿Sería ella, acaso, la susodicha acosadora?