La lubricación era abundante. Se trataba de un movimiento natural entre las prensas físicas de los seres.
Incesante, el lecho tambaleaba mientras los pies de cama parecían arrastrarse de un lado a otro y se oían los rasguños sobre la rústica superficie.
Llevaban indeterminadas horas, cientos de minutos y millares de segundos. Desde la posición fetal más sutil a la exuberante y más antojadísima pose del kamasutra. Capaces de inhibir a cualquier osado espectador.
El miembro parecía no liberar el anclaje entre pasaje y pasaje. Era como si los órganos permaneciesen tan plegados como sus propios besos.
El sudor manaba por las colinas enteras de piel, e inevitablemente las sábanas no hacían más que caldear los cuerpos.
La sed golpeaba en sus afónicas gargantas, luego de pasar la noche entre diversos gemidos. El roce insistente generaba una combustión, capaz de retar a un duelo candente a cualquier tipo de calefacción.
Sául podía describir ilusoriamente como invadía una delgada y húmeda cremallera que revestía las paredes más ocultas de su compañera. Mientras ella notaba una robusta pulpa incorporarse, en repetidas ocasiones, y empapar el deleite de una avellana.
Como una paleta girando en torno a la espumante crema y la fricción del cuerpo descubierto en la exótica cavidad de Venus…

Parecía, a poco, contagiarnos el exceso de los impulsos del coito. Perdíamos acaso el tiempo, acaso el lugar, o incluso la orientación…

Y sin aparente determinación la cabecera del lecho tronaba contra el muro del ordinario dormitorio.

No había palabras para expresar que los ancianos, en la sala de espera,  sudaban ante el intenso espectáculo.
La mujer, decidida, arrojó un monedero cargado de billetes y monedas al conserje y luego atrapó a su pareja entre caricias. Buscaba arrastrarlo a una noche de placer. El hombre, por su parte, había perdido un trozo de papel en el recorrido hacia el ascensor y la mujer, agitando la llave del dormitorio, le abrazaba como una anaconda a su presa.

El bedel tuvo que alejarse de su labor para la delgada lámina sobre el suelo. Al alzarlo el sudor incrementaba en su rostro ante un implacable galope que resonaba en las alturas.

– ¿De veras? –

Exclamó con suma molestia.

Se trataba de una receta médica para el viagra.

Y si bien la ventaja sexual proliferaba en cuanto al negocio, los ruidos no cesaban. Por tanto, el hombre optó por realzar la ganancia de la radio.
La noche no hacía más que comenzar y la floreciente éxtasis no era un diagrama conservador de ruidos y suspiros estimulantes. En cuanto Angélica comenzó a gritar ciertos comentarios, la imagen gráfica se reconstruía en el portero. A tal punto, que conectó unos auriculares para rechazar la percepción natural y el sentido de las palabras.
Tardíamente recordó que el respeto auditivo lo añoraba para atraer nueva clientela y el Glam Rock parecía perforar sus tímpanos, ante la llamada de nuevos individuos.
Las singulares canas en su calvicie revoloteaban ante el enérgico movimiento de su cabeza. Y al advertir ciertos gestos de sorpresa entre las personas que se avecinaban, se quitó los casquetes que recubrían sus orejas y oyó el intimidante diálogo que provenía del piso superior.

– ¡Con fuerza buey! ¡Con fuerza! ¡Azótame! ¡Duro, duro! –

Y el viejo frunció el ceño, hasta que el gesto parecía conformar su entero rostro facial.

– Ay Angie –

Replicaba el compañero, con sumo placer. Al tiempo que ella sucumbía los codos a lo largo del colchón y sentía una carga impudente empujar tras su espalda.
Encorvada aguardaba, en cuclillas, y el frío se había desvanecido por completo.
La fundición de sus cuerpos parecía propiciar un exasperante calor, que por momentos les recordaba al verano.

Una y otra vez, cargaba encima su cuerpo desnudo y que, casi mágico, reflejaba la luz en el sudor sobre la dermis.  Y el movimiento del lecho prosiguió sin descanso, así llegasen más individuos a interrumpir el desapego del ujier.
Era como si la secreción comenzara a contagiarse en su piel. Como si los murales del hotel describiesen con temblores el rebosante goce de los jóvenes.

Tan pronto se retiraron todos los clientes y planeara oír canciones de Poison, creyó el conserje sentir un ameno silencio y postergó la música al comprender que la tormenta ya había cesado. Para él se trataba de una fatídica experiencia, mientras que para ellos no existían palabras posibles para describirlo.
Saúl la abrazaba, mientras la cubría con las mantas y su tórax replicaba con el insaciable aliento. Era como si algo del interior buscase salir de la cavidad interna y no era nada más y nada menos que el bombeo punzante de su corazón.

Pudieron liberar todo agotamiento y fundirse entre sueños. Mientras en ellos cabalgaban una y otra vez. Eran uno presa sexual del otro y las caricias proseguían, así yacieran en la dimensión onírica.

Con el pase de las horas sonó el teléfono.
Acostumbrado a despertarse 3 horas antes, Saúl manoteó el tubo y, sin abrir los ojos, respondió:

– ¿Si? –
– Buenos días. El desayuno está servido –
– Gracias –

Y en cuanto se frotaba los ojos y se desperezaba, Saúl comentó:

– Hubiese preferido un buenos días tuyo al amanecer que la voz del viejo agrio ese –

Las pestañas que se encontraban adosadas se abrieron como compuertas, al tiempo que palmeaba a su lado. Angélica no estaba presente.

– ¿An…? –

Siquiera logró finalizar la pregunta que oyó la conversación de su compañera en el interior del Toilette.

– Claro. Claro que voy a ir. Sisis –

El muchacho alzó el ceño intentando comprender y, al instante, se percató que su celular no se encontraba sobre el suelo.
Arduamente lo buscó, bajo el lecho, entre las prendas, debajo de la mesita de luz que asimilaba un columpio sobre una cobija y en el interior del armario. Pero nunca lo halló. Evidentemente ella lo tendría.

– Para el día del amigo. Si, no rompas más –

Y en cuanto sintió el picaporte girarse, se soltó sobre el lecho y se hizo el dormido.
Innecesario, puesto que él había atendido al conserje.

Sintió los pasos descalzos y Angie se subió a sus muslos. Las pieles frotaron con suavidad y él abrió los ojos. Sin verla, notó su celular en donde debía encontrarse.

– Buenos días, dormilón –
– Hola mi amor –
– ¿Atendiste y volviste a dormir? Perezoso… –
– Me preparaba para el siguiente round –
– ¿Seguro? Nos perderemos el desayuno… –
– ¿Existe hora para eso? –

Y en cuanto le acarició el cabello suelto, ella rió y lo acorraló sobre la cama.

– Ahora es mi turno de dominarte –
– ¿Sí? –

Y a medida ella asentía, le besó pesando el busto cubierto por una camisola. Aplastando su tórax, estiró la mano y tomó el celular de él.
En cuanto despegó los labios y Saúl lo preveía, le susurró:

– ¿Quién es Zoe? –
– ¿Con quién hablabas en el Toilette? –

Contestó el con una pregunta.

Y ambos se miraron extrañados.

– ¿Qué no dormías? –
– ¿Me espiaste el celular? –

Ambos casos de desconfianza generaban discordias. Y aunque analizáramos de quién fuese la culpa, el teléfono volvió a sonar.
Saúl alejó el tubo y oyó de fondo la voz chistosa del anciano.

– Buenos días Señor. Le recuerdo que el desayuno está disponible hasta las 10 de la mañana –

Siquiera le respondió, que Angie interrogó nuevamente.

– ¿Viniste antes? ¿Acaso con Zoe? –
– ¿Te irás para el día del amigo? –

Ninguno respondía. Las preguntas parecían generar una próxima discordia. La desconfianza se realzaba y mayormente en ausencia de respuestas.

Irónico era que la apasionada pareja de la noche anterior, discutiese en la mañana siguiente por ciertas dudas. Y si bien la confianza lo es todo, parecía que cada interrogante incendiara el clandestino rencor.

– ¿Cuándo planeabas contármelo? –
– ¿Viniste por tres días? –
– Seguro trabajas –
– ¿Me extrañaste? –
– Si. ¿y vos? –

Saúl suspiró y luego lo hizo ella. Así comenzaron a vestirse, silenciaron los reproches y dejaron de acariciarse. Parecían totales desconocidos.
Como si no conocieran con quién pasaron la velada.

Él se puso un gorro y Angie unas gafas negras que sombreaban su mirada. Se vistieron para resistir el frío y bajaron a desayunar ante la atención de todo ser madrugador.

A poco imaginaban una bellísima pareja fundida en amor y prosperidad, pero siquiera se encontraban de la mano. A pesar de los formalismos cotidianos de Saúl, de la atención al público por parte de Angélica, del servicio del muchacho y de la simpatía de la dama, no parecían ser el uno para el otro.

Siquiera existía un reflejo de la noche movida o del transparente deseo de sus cuerpos. Enfrentados se sentaron, bebieron café con leche, dividieron el azúcar en onzas y los manjares de medialunas dulces. Era como si, de pronto, todo fuese comercio o saldar una cuenta pendiente.
Los celulares también se hallaban junto a sus manos.
Saúl palpó que los mensajes aún estaban disponibles y Angie no los había leído. Por otra parte, ella se excusó diciendo que hablaba con su madre.

– Tengo una cita con el ginecólogo la semana que viene y me lo recordó mamá –
– Zoe es como una hermana para mí. No es mi ex –

Y tan pronto llegaron a cierto acuerdo, ambos sonrieron y todos observaban con sorpresa.
Dejaron los aparatos de lado, se tomaron de la mano, una sobre la otra y acariciaron la piel en sus palmas. Él en sumisión y ella en dominio.

Quizá se tratase de un mísero símbolo de reflejo sobre la relación, o quizá solo fuera coincidencia…