Proseguía un día maravilloso. La hora del almuerzo se avecinaba y, caminando sobre la vereda, sus brazos se sostenían con intenso afecto.
El mate se encontraba frío ya. Buscaban alguna casa de comidas, era como en vacaciones en que planeaban alimentarse sin sudar o movilizar ningún músculo.

Tras superar numerosas cuadras hallaron un sitio dedicado a las pastas. Entre el mate de la mañana, el sol que presenciaba las 13 hs y las fragancias que invitaban al ingreso a través de un rústico pasadizo, sus barrigas rugieron en consonancia y las risas de ambos galoparon desde el interior del pasillo.
Las paredes se encontraban cubiertas de cuadros y representaciones de platos elaborados. En el fondo se podía divisar una galería y un mini restaurante con asientos varios, mesas revestidas por un albo mantel, copas que portaban finas servilletas, y cubiertos resplandecientes ante la mezcla entre luces blancas y el sol que avecinaba el atardecer.
Hacia el fondo era posible advertir numerosas y glamorosas tiendas.

Se sentaron junto a la fuente de agua, que presentaba pulidos adornos. Las música apoyaba calmando el ambiente y en la distancia se oía el fluido diálogo de incalculables multitudes al son del agua burbujeante.
Angie aún reía con inocencia, ante los rugidos de barriga que en aquel sitio parecían pasar desapercibidos.
En el bolsillo de su pantalón vaquero se hallaba el celular, que vibraba constantemente. Pero ella solo disfrutaba del momento frente a su pareja. Y montones de expectantes compartían el cálido ambiente de la galería.
Desmesurados aromas de los platos se mezclaban con el delicado perfume a jazmín que se abría paso desde una tienda de jabones artesanales.

En cuestión de minutos un caballero con un sutil bigote se presentó para entregar las cartas. Siquiera las ofertas del menú del día atrajeron tanta atención como el resplandor de la gomina en su cabello negro, o el inmaculado saco y el paño sobre uno de sus brazos.

– Que sitio tan fino –

Exclamó ella, sonrojada.

– El sitio se ha vuelto más bello con tu presencia –
– Parece que andas poético –
– Solo me bastó con verles a ellos –

Y en cuanto ella se volteó con curiosidad, contempló a tres niños, de no más que diez años, observando a la pareja con suma admiración.

– Eres el sueño viviente de esos pequeñajos –
– ¿Yo? Seguramente observen a alguna niña entre las mesas familiares –

Respondió, desdeñando un presumido rostro y orillando un dedo sobre la comisura de los labios.

– Conozco sus miradas, porque de niño yo igual solía hacerlo –
– ¿Si? ¿Y qué hacías? Eso suena tierno –

Por poco, Saúl concibió una piel rosada de vergüenza al recordar tal nostalgia. Asimismo, Angélica le observaba con ternura. Con la llegada de las bebidas y el servicio del mozo, el muchacho se armó de valor para contar la anécdota.

– Se trataba de mis diez años. En verano, mi familia solía reunirse con otra. Hacíamos picnic en un balneario y nos reuníamos con ciertos amigos. Luego de los juegos de baloncesto, contemplábamos a muchachas mayores que nosotros. Ellas solían jugar al vóley sobre arena. En esos años usaban shorts de jean desmenuzados y las copas superiores del bikini. Daban saltos, e hipnotizados observábamos el paisaje… –

– Loquillos… –

– En algún momento un muchacho se abrió paso entre las presentes y, luego de unirse en un abrazo con una de ellas, la besó. Así interrumpió la partida y todas festejaban. Para nosotros él era como un héroe, como en los cómics donde el muchacho salva a su amiga y la besa –
– ¿Amiga eh? –
– Bueno… Me entiendes… –

Respondió avergonzado, y ella capturó su mano sobre el blanco mantel. El tacto de sus pieles les despertó, recordando en donde se encontraban.

– Tontito. Me encanta cuando te pones así –
– ¿Así cómo? –
– No sé. Como un niño tímido –

Saúl palideció un breve momento y ella soltó una risilla que captó la atención de los infantes en el espacio.

Y así, despertando del sueño del amor, él reflexionaba. La entrada al almuerzo llegaba desde una bandeja que el mozo transportaba. Se trataba de un caldo denso con fideos y zapallo, servido en dos platos hondos.

– ¿Únicamente tuviste amigos de niño? –

Preguntó ella, de pronto, y tras desearles un buen provecho el señor se retiró para no interrumpir la velada.

En cuanto los cucharones se sumergían en la sopa, cuyo aroma levitaba hacia las fosas nasales y les regocijaba ante el latente frío, conciliaban un momento de candor y de diálogo fluido. Sin embargo, Saúl negó movilizando su rostro y la compañera no perdió oportunidad de preguntar.

– ¿Una novia? –

El cucharón se detuvo, de pronto, de camino a los labios de Saúl y la interrogante le tomó por sorpresa.

Más luego contestó y, con calma, bebió el caldo.

– Una amiga –

Angélica frunció el ceño, como si buscara conocer toda la historia sobre ella.

No se justificaba la idea de advertirla como una impostora. Pero, sin lugar a dudas, la amiga familiar solo podía tratarse de una que tuviese la confianza actual del padre de Saúl para convivir con ellos…

– ¿Cómo se llamaba? –

Preguntó Angélica. Y aún conservaba el deseo de probar un sorbo de la entrada.
Parecía como si requiriera concretar el antojado interrogatorio, previo a disfrutar del almuerzo.
Y, así, Saúl tosió tras atragantarse. Luego bebió de la gaseosa que yacía en su copa.

Se notaba más nervioso que comúnmente. Asimilaba a yacer reflexionando sobre algún misterioso acontecer del pasado.

– Z… Zoe –

Replicó, y la observó fijamente. Era como si indagara sobre el apetito de Angie.

Por su parte, la pareja mencionó con consideración el bonito nombre y luego inició el almuerzo.

– El tuyo es más bonito, Angie… –
– ¿Seguro? –

Añadió, apresurando el sorbo y, tras soltar el cucharón, no le quitó los ojos de encima.

– ¡Claro! ¿Qué sucede? –
– Nada… –

Y el silencio de la plática, irremediablemente, resurgió. Apenas si se miraban, como si buscasen descifrar los pensamientos mas ocultos del prójimo.
En cuestión de minutos, y de forma mecánica, habían bebido toda la sopa saciando la sed al inclinar las copas sobre sus labios.

En tal oportuno momento, la mayoría de los clientes se retiraban de sus butacas y volvieron a conformar la atención principal del público. Asimilaba a lo sucedido en el parque en horas atrás.

– Estaba muy rico –
– S… Si. Era ideal para el frío –
– Tendremos suficientes energías para… –

Replicó ella con una mirada pícara y él parecía, aún, más distraído.
Al parecer aquel recuerdo del pasado traía mas incógnitas de las que hubiese confesado.
Sin embargo, Angie, curiosamente, se mostraba indiferente. Mientras lejos de descubrirlo, la colina sobre el bolsillo del pantalón permanecía vibrando con insistencia.

Quizá solo buscara una excusa para pasar desapercibido, quizá solo deseara que el tiempo avanzara conforme para no sentir el repulso del aparato en su pierna. Quizá, mas bien, añorara no haber traído el celular para disfrutar la cita con mejoría.

Y aunque denotara indiferencia, él parecía recibir incontables reflexiones respecto a Zoe.
Recordaba los momentos vividos, recordaba su constante fidelidad, sin necesidad de anunciarla. Recordaba sus alegrías y sus pocas ocasiones de lágrimas.
Tras rememorar la carpeta oculta en su celular, aquella que titulaba El y Yo, estuvo a punto de retirarse del almuerzo.
Angélica se quedó perpleja ante su acción, ante el regreso del mozo. Quién le ayudó a reconsiderar sus opciones.

-¿A dónde vas? –
– Y… Yo… –
– ¿Listos para el lunch? –

Saúl palideció nuevamente y asintiendo se excusó para marcharse hacia el toilette. El señor se encargó de retirar los platillos y, a medida la pareja de ella se alejaba de su alcance, Angélica se sobó el sudor que resplandecía en su frente. Después retiró el celular del bolsillo e investigó.

Entre abriendo los labios, dedicó el tiempo a responder. Por mientras observaba a ambos lados, como si fuera víctima de la paranoia y se sintiese acechada por hacer algo indebido.

Por otra parte, Saúl enjuagó su rostro con la fría agua del lavamanos e, viéndose al espejo, intentaba liberarse de los pensamientos que replicaban en su consciencia.

-¿Qué me sucede? –

Se preguntaba solitariamente. Y en el recuerdo logró clarificar, como en la infancia, las familias le trataban junto a Zoe como a Romeo y Julieta.
Cuando el razonamiento solo les permitía verse como amigos. Acaso, incluso, como hermanos.

Los platos del menú se hallaban servidos y, aunque el aroma despertase el deseo de cualquiera, Angélica prestaba absoluta atención al aparato electrónico.
Cientos de mensajes digitales provenían del mismo remitente. Parecían buscar aterrorizar la gala romántica.
Saúl regresaba, finalmente, del excusado, cuando contempló a su compañera que, no solo ignoraba la espectacular presentación de la lasaña sino que además permanecía con la vista ocupada en el tedioso celular. El enemigo que, en diferentes ocasiones, había arruinado su estadía juntos.

Haciendo un espacio a la reflexión, Saúl llegó soltando unas míseras gotas de agua desde su barbilla y, en el devenir, Angélica volvió a esconder el teléfono.

Retomando una sonrisa, para no perder la emotividad de la cita, iniciaron el almuerzo con sumo apetito.

– ¿Estás bien? –

Exclamó ella. A lo que él respondió:

– S… Si… Contigo, siempre.

Y la irónica alegría se dibujó en sus rostros. En una difícil conexión de pareja imposible de comprender.