Días exasperantes han pasado,
tardes completas, fortuitos silencios.
En el más allá de los recuerdos,
en palabras que enmudecieron.
 
Un desesperado cobijo,
ante el sellado interno.
Las yagas ahondaban,
en el sentimiento mustio.
 
Y la brisa refrescante,
soplaba en el lejano torreón.
En los trozos rasgados,
de su estatura imponente.
 
El frío y la nieve le teñían,
en un resplandor pálido.
Al interior él se hallaba,
Sobre el helado venero.
 
Bajo escombros vacilantes,
ante el declive del haz de luz.
Reposado sobre maleza,
Y la mirada de ausentes.
 
Contenido por hojas de trébol,
pulso inerte y sándalo perfume.
Sobre una funda de tierra,
quebrada con el pasar del tiempo.
 
Oculto entre praderas inciertas,
en la comunión natural.
Y el frenesí decadente,
en el solitario martirio.
 
Heme aquí, en lago austero,
de inconscientes plañidos.
Y latidos somnolientos,
el corazón taciturno.