¿Cielo bandera o desdén lujurioso?

por | Mar 21, 2019 | Del rebelde Fuego al latente Aire. De Pasión y de Cenizas.

Las noticias sobre el inicio de semana apremiaban días congestionados y de forzada labor.
Saúl despertaba a las 4 de la madrugada ante la ineludible alarma de su celular.
Y aunque yaciera completamente dormido, desactivó el sonoro intruso para no popularizar su retiro durante la silente noche.
Había descansado en diversas ocasiones pero en materia de dormir, por la noche, adeudaba cuantísimas horas.
Sin mediar contadas razones, se retiró al toilette y, por fortuna, tenía preparado el uniforme de trabajo para vestirse.

Notó los numerosos mensajes llegados al buzón electrónico por parte de Angélica. La recepción se completaba de empedernidas excusas y desvaríos. No obstante, Saúl ya no podía estar pendiente de aquellos sentimientos, debía cumplir con su trabajo. Previo al adelantado cantar del gallo, se encaminó hacia su entrenamiento.

Eran prácticamente las horas del alba y liberaba bocanadas de vapor en la glacial noche de invierno. A duras penas se venteaba el aliento al café con leche del desayuno. Siquiera pensó, el muchacho,  en despedirse de Zoe y su padre puesto que les imaginaba durmiendo en plenitud.

Comenzaba a llegar la avalancha humana al área bancaria y se conformaban multitudinarias filas de demora.
En otra ocasión habría llevado consigo el celular, pero hoy encontraba una necesidad imperante de liberarse ante cualquier tipo de estrés emocional.
Como si las decisiones de otros cargasen la mente de uno y le distrajeran de sus deberes…

Avanzaba a trote leve, inspirando el aire junto a un colorido lienzo de lana, cuyas puntas recaían sobre su cuello y constituían una chalina.
Al llegar, se quitó todo lo matizado para mantener una figura similar al resto de los oficiales.
Desde el pasillo llegaba Karina Giménez y diversas compañeras, también familiares directas de altos mandos,  y modelaban el pasaje ante la mirada ajena de tanto recluta novedoso en el servicio. Eran más populares que los gritos del General.
Como un sueño lejano, Saúl la contemplaba. Parecía verano, puesto que merodeaban con el busto descubierto ante la abertura de los primeros botones del chaleco militar.
Fantaseaba despierto como la intrépida mujer avanzaba delante de sus ojos y, delicadamente, ofrecía besuqueos al aire.

-¡Cabo! –

Se oyó desde el fondo. La mayor parte de los novatos se recluía de pie, frente unos a otros. Mientras las damas les superaban por el centro de la pasarela y el muchacho aguardó sumido en la indecisión.
Sabía perfectamente que se referían a él y se encontraba en un área errónea a la que habitualmente se dirigía.
Probablemente buscase espiar la llegada diaria de Karina Giménez, entre las jóvenes miradas de la tropilla…

Faltando más, frente al vacilar de las señoritas y la incertidumbre emocional del muchacho, el griterío de la mañana acontecida le invitaba al despacho del General Giménez.
Apresuró el paso para internarse en la oficina y, tras superar a un par de mujeres, las dulzonas fragancias se impregnaron en sus fosas nasales.
Karina, la hija del General, procedía a enviarle un mensaje de texto ante la presencia de otras dos compañeras. Tal detenimiento era advertido por los reclutas contiguos. El paisaje central parecía de ensueño.

– ¡Señor! Sí, Señor –

Saúl presentaba, humildemente, sus respetos frente a su superior. Y una sonrisa entornaba las fauces del hombre de sesenta años. Mientras acariciaba el puntiagudo bigote que se les escapaba por los lados, junto a las comisuras de los labios, el muchacho aguardaba de pie con los dedos apuntando a su frente.

– ¡Su descanso ha finalizado! Y, por la Nación, por nuestra Argentina, usted debe retomar sus labores. Así tenga que romperse ese lomo de musaraña que porta. ¿Va a retomar con esmero, Cabo? –

– ¡Señor! Sí, Señor –

– Lárguese entonces y deje de perder el tiempo, ¡bueno para nada! –

– ¡Señor! Sí, Señor –

Y, al término del saludo cordial, el muchacho procuraba retirarse pero alertó como Karina Giménez posaba para una selfie ante las miradas recíprocas de los nuevos reclutas. El busto yacía contenido por un delicado sostén negruzco de encaje.
Él se encontraba ya partiendo y procuraba escapar al espectáculo, pero tras su espalda asomó la cabeza el General. Sorpresivamente un llamado se sintió más áspero.

– ¡Cabo! –

El General se erguía en su sitio y un sudor frío se mecía en la espalda de Saúl. Lentamente reclinó los pasos hacia la retaguardia.

– ¿Señor? –
– ¡La mirada al cielo de la bandera! –
– ¡Señor! Sí, Señor –

Y aunque fuese doloroso a la vista, partió a su división observando hacia el tejado. El deleite de los reclutas se vio ofuscado, puesto que Karina derivaba a abrocharse el cuello y las horas laborales prosiguieron con normalidad.

Lejos de la atención de las autoridades, las risas y chismes se oían a mansalva. La división yacía al aire libre, conformada por compañeros. Hermanos, como suelen llamarse entre ellos… Familiares sin importar los rasgos físicos o culturales.
Por los imprevistos del General, el muchacho demoraba en llegar y la atención era dirigida a él.

– ¡Llegas tarde, Saúl! –

Clamó uno, de figura desprolija.

– Como nunca –

Respondió otro.

Y, por si fuese poco, entre hermanos también tenían un código que cumplir para mantenerse motivados en el trabajo.
No había excusa que valga, así el General Giménez le hubiera retrasado. Debía hacer 250 lagartijas sobre el césped.

Allí estaba, recostándose para cumplir y mientras iniciaban un fluido diálogo de roñas para desconcentrarle. Como conocía el sentido de la jugarreta, Saúl guardaba silencio y falsamente sonreía.

– El pitufo acaba de cacarear esa zona –

A saber si harían mención a un perro pequeño o a un recluta determinado. Quizá, incluso, a un duende de los cuentos de hada…

Debió reírse e ignorar tal comentario. Sin embargo, no fue suficiente humor, puesto que olfateaba el área para reconocer si era cierto.

– En la noche estuve con tu hermana –
– ¿Estaba en celo? –

Respondió otro. Y aunque Saúl supiese que Zoe y él no habían tenido el mejor de los días, estaba seguro que dormía en su hogar y que solo buscaban escandalizarlo de nervios.

¿Habría dormido realmente? Él Tenía la costumbre de verle descansar, antes de partir al trabajo…

En las últimas flexiones se desplomaba sobre la verdosa sábana de pasto, sin importar el figurado estiércol ni otros tapujos. Y la comodidad fue relativamente breve.

– Giménez viene –
– ¡Saúl! –

Murmuraban entre todos. Y sabía él que si le hallaban en tal posición toda la división cargaría con culpas.

– ¡Soldados! –

Los alaridos derivaban desde el horizonte y, paulatinamente, las diferentes divisiones se formaban. Como si todos temiesen al General Giménez y sus órdenes.
El muchacho procedía a ponerse de pie, cuando el hombre consiguió advertirle.

– ¿Descansando a esta hora? ¡Cabo bueno para nada! –

Y cada joven alzaba la vista ante la euforia de aquél señor. Era imposible desconocer su presencia en el área.

– ¡¡Formación!! –
– ¡Señor! –

Incluido Saúl, se encontraban todos erguidos, con el mentón en alto, mientras el militar caminaba alrededor del conjunto de soldados.

– Voy a requerir tres voluntarios para trabajos laborales fuera del establecimiento –

Y todos alertaban de reojo a Karina Giménez fuera del pabellón. Se avecinaba a paso seductor, a costa de reconocer a su padre como el General presente.
El silencio se tornaba contagioso en la multitud.

– Cabo usted está obligado. Y necesito dos postulantes más –

Aunque el muchacho quisiera quejarse de tal ocasión, no tuvo más opción que conservar el aliento. Con la llegada de la coqueta doncella, todos alzaban la mano con entera disposición. Así fuese, con tal de quedar galantes frente a la hija del General…

– Padre –

Clamó la jovencita y el General regresó la vista detrás. Asemejaba estar presto a sermonearla, y, por mientras, los soldados le observaban sin rodeos. Asimismo, Saúl sabía que debía ver al cielo, el color de la bandera y dos muchachos adyacentes imitaron su postura.
A regañadientes soportaban el sacrificio de no ver a Karina, con tal de mejorar su salario.
Es común entre chimentos varoniles el acceso a labores extra bien abonados.

En ocasiones, tales prácticas ameritaban descansar en hogar ajeno con amistosos servicios hacia el General.
Además la disposición de un limitado número de individuos en las labores les concebía mayor honor y un aumento en los beneficios de su currículo. Era evidente mencionar que asistir al hombre podía, incluso, implicar atenciones a su hija…

Karina Giménez se retiraba tras el regaño de su padre y gran parte de la división debió realizar 500 lagartijas, mientras Saúl y los dos compañeros contiguos fueron seleccionados por guardar respeto.

– Disfruten de los servicios del pitufo –

Exclamaba el desarreglado. Y juntos, los tres, marchaban al paseo junto al General para conocer sus futuros deberes.