Hace mucho tiempo que intento escribirte. Quiero que entiendas cuanto has provocado en mí. Cuantos sueños sumergiste en los espacios abisales de mi corazón, y cuantos deseos han ascendido a lo más alto. Sacrificaría años de vida con tal de tenerte.

Lejos está el día en que te conocí bajo esa gigantesca luna resplandeciente, que nos secó las lágrimas internas… La noche en que tu perfume me hizo sentirme digno de adoración hacia ti… En que la brisa de verano nos encendía la piel y nuestros labios rozaban la frescura de nuestro desconocido placer. En que el tiempo no era más que una palabra en los umbrales del ensueño.

Quisiera que nuestro tiempo hubiera sido infinito. Regalarte una sonrisa cada día. Hacerte saber que mi alma se posa en tus hombros y te cuida por siempre. Ver tu rostro bajo el amanecer naciente, como una pintura desde mi consciencia a la realidad. Envolver tu perfume en mi lecho de romance para acostumbrarme a respirar el aire con tu piel. Impregnar una melodía en nuestras madrugadas de desvelo. Abrir las puertas a la naturaleza para despertar bajo el calor del sol.

Pero no es así.

En las noches solitarias los recuerdos golpean en mi interior. Aunque reconstruya el pasado de alguna forma mejor, la tristeza me marchita como una flor condenada a sobrevivir sin aliento. Cuando creo verte llegar desde lejos, eres una luz en el horizonte. Pero solo encuentro un viejo espejo delante de mí que refleja el tiempo vivido y las heridas que aún perduran en mi cuerpo.

Y sonrío a pesar de todo para seguir aceptando que estoy vivo.

Pero ¿qué sentido tiene una vida así? Solo contigo había encontrado la alegría. Me sentía flechado por el lanzamiento de Cupido.

¿Esto es lo que me toca después de tantos años sin poder respirarte? Ver tus fotos escondidas en el armario, entre cartas con tus viejas palabras de ánimo y sueños escritos en cada línea. ¿Podríamos volver a encender esa llama que se extinguió, en un abrazo tierno? Ahuyentar ese sentimiento exasperante de no poder alcanzarte con el tacto. Así enderezar mi espalda encorvada por el peso de mis pensamientos. Y germinar un impulso de esperanza… Despertar el aliento, ahora hundido en el silencio universal.

¿Quien calmaría tal frio? el que hoy se mece en el hogar de mis latidos. Ni sentido encuentro en mantenerme de pie… y mi dulzura antojadiza se marchita ante el recuerdo de tu imagen. Una foto que perdura tan bella como antes, mientras el marco que la encuadra pierde la fuerza con que la ha sostenido.

A poco siento los pálpitos de mi corazón destruyéndome por dentro. Que tristeza tan imprudente que poco a poco me quita el aire que respiro. Si pudiera el viento clamar mis palabras para decirte todos mis sentimientos. Si pudiera la tierra conectarnos a la distancia y retirarnos a un mundo alterno donde solo existiésemos tú y yo. Si pudiese una tormenta iluminar con un rayo el lugar donde te encuentras. Si pudiese encontrarte en tal enorme planeta.
Cuantas cosas reservaría de decir y te haría sentir. Cuantas se originarían por nuestro reencuentro. Cuantas quedarán ahogadas en el vacío de mi pecho. Y los astros cruzarían el viaje infinito a la otra cara de su reflejo.

Incluso la gravedad se desvanece en mis sueños. Suelo verte volar sobre mí, tan inalcanzable, tan destellante como un ángel rebozando de alegría. Tan perpetua y luminosa que tus blancas alas hasta me encandilan. Y el escalofrío de verte carcome mi cuerpo. Casi presiento que esa cita en las noches de soledad es real. Casi creo que nos conecta desde el mas allá.

Pero siempre tan lejana, tan difícil de alcanzarte. Cuantas ganas de rodearte con mis brazos. De apoyar mi mentón en tu nariz, de besar tu frente y respirar tú limpio cabello. De perderme en el tiempo con un beso. De admirarte sobre las nubes de un mundo emplumado. De, simplemente, susurrarte cuanto te amo y verte sonreír como siempre lo haz hecho. Y morir de ser necesario junto a ti. Inmortalizar nuestro amor en un abrazo, nuestra unión candente e ideal.

Ojalá encontraras las palabras exactas para detener mi despedida. Y me marcaras el camino incierto a tu presencia. Y de no haber recibido mis últimas palabras, me enseñaras como vivir sin ti. Que mi amor se ha transformado en la única razón por la que vivir. Que mi cuerpo a poco se recuesta en el ocaso de las estrellas. Y en la distancia te añoro… Desde el infinito clamo por tu felicidad latente. Si al menos te viera sonreír, podría seguir viviendo feliz.

Nunca te olvidaré y aún sigo esperando por ti en el altar de la soledad, como un marino espera encontrar a una sirena en altamar. Cuando es lo único que queda por encontrar, antes que su alma ascienda al mas allá.