Capítulo 9 – La Liberación del Demonio de Yahandá

por | Mar 12, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…Una feroz batalla repercutía, mientras una impresionante guerra se desarrollaba fuera…”

La Liberación del Demonio de Yahandá

Las discordias ante la presencia de Lena en el Gran Torreón producía una amenaza de parte de los Nobles hacia la Guardia Imperial. Pero, repentinamente, se constataba que no se encontraban solos en dónde yacía el prisionero. También dos misteriosos hombres encadenados en una celda y el mismísimo Mariscal, cuya voz replicaba por doquier, estaban presentes.
Ante la llegada de los verdugos y la resolución del guerrero de placas con la mascarilla de porcelana, por la aprobación del General del consejo el encapuchado debía ser degollado. Sin embargo, Lena temía que fuese una decisión precipitada y, ante el silencio de su excelencia, la ejecución procedía a aplicarse.
En ese mismo momento Fab y sus compañeros llegaban junto a Erion para advertir los dramáticos sucesos. Momento clave en que los espadachines dorados incursionaban, buscando descubrir si existía algún insurgente en el área.

Romir y su mayordomo ingresaban al Torreón. Puesto que creían que una rebelión se erigía en el interior. Lo que todos desconocían era que, efectivamente, una batalla había iniciado en el muro del Norte, hacia los peligrosos Pantanos de Suglia.

Fab y los rebeldes estaban al tanto de la amenaza y la diferencia numérica, pero ya no existía paso atrás. Cuando procuraban guardar silencio, el viriathro soltó los labios de Erion mientras éste negaba de manera insistente.

– Amigos… La rebelión comenzó por una razón y ahora se encuentra delante de nuestros ojos –
– Son demasiados guardias –
– Y hay un guerrero de placas –

La concubina, que yacía en guardia, alertó los murmullos a pocas distancia. Se disponía a averiguar de dónde provenían, pero lamentablemente no había mucho que pudiera hacer.
Si bien la penumbra en aquellas columnas les ocultaba de los soldados, se encontraban en una comprometida situación.

En rechazo a la atención hacia Lena, los espadachines se abrían paso y los verdugos procedían a actuar. La noble notaba el movimiento repentino de su guardaespaldas y temía lo peor.

– Es imposible –

Intentaba decir, a regañadientes.

– No lo hagan. Será un suicidio –

Clamaba Erion, al borde de la desesperación.

Y, a punto de comenzar una represalia, el Mariscal reía desde la distancia. Entre los ecos del área su hilaridad replicaba.
Alertados por el evento, los espadachines que se movilizaban por los alrededores, se arrodillaron en sus sitios. Los verdugos asimilaban haber quedado paralizados y el guerrero de placas negaba con insistencia.

– Su excelencia –

Exclamaban todos, incluidos los ejecutores.

El prisionero no quitaba sus ojos de la katana envainada. Mientras Fab intentaba descubrir de dónde provenía la maliciosa algazara.

– Eminencia –

Murmuró, por lo bajo, Lena.

– Deténganse todos. Debo pensar lo que la noble considera –

– Gracias –

Contestaba, entre lágrimas, la doncella al Mariscal hacia las lejanas alturas.
El campeón crepuscular erguía el ceño, confundido. Sin embargo, el guerrero no parecía acatar órdenes.

– ¡No! La decisión fue tomada –

Impulsivamente desenvainó su asta dorada y, quitando del medio a los verdugos, se abalanzó al frente para cumplir la ejecución.

– No es posible –

Gritó, entre lamentos, Erión. Al instante, los espadachines dorados alzaron el rostro. Y cuando planeaban ir a por él, Lena se puso de pie. Con su rostro lloroso, murmuró:

– ¿U… Un niño? –

– Ya no queda alternativa amigos –

Refutó Fab, a viva voz, y alertó a toda la guardia imperial presente.

Antes de que iniciase una feroz batalla, Erion señaló al prisionero y anunció:

– Él está viendo hacia esa espada –
– Vayan por la espada amigos. Yo detendré a los soldados –

Gritó el Viriathro, y lejos de aguardar en la oscuridad, los cuatro avanzaron al unísono. Blandían las resplandecientes espadas doradas, al tiempo que la fatídica risa del Mariscal proseguía.

Fab marchaba contra el asta dorada y el resto se dirigía a tomar la katana. Así tuvieran que enfrentar a tantos soldados cuántos habían, su resolución no veía fronteras.
Los verdugos comenzaban a girarse e interponerse en el camino del viriathro, cuando la dulce y severa voz de Lena les tomó por sorpresa.

– ¿Acaso no han oído la orden de su eminencia? –

Y aunque fuese parte de Lena, tal comentario mantuvo a los espadachines en su sitio. Los rebeldes se acercaban a la katana, y el furioso guerrero del asta dorada se giró para hacer frente a la amenaza. El amplio y delgado filo apuntaba a la doncella del chungnyun.

– Te eliminaré en este preciso momento –
– ¡Tu eres mi rival! –

Respondió Fab, el viriathro, y la concubina suspiró. Ya no podía esconderse por más tiempo, así la noble se lo pidiera. Debía actuar.

No muy lejos de allí se aproximaba Romir, mientras su mayordomo le seguía pasos detrás.

– Magistrado, ciertamente usted no debería estar aquí. Tampoco he de saber cómo se moviliza con tanta certeza en la oscuridad –
– No hay sitio que Lena y yo no investigáramos de niños. Después de salvarnos tras la muerte del General Rob, fue menester conocer todos los sitios posibles –

– A pesar del dolor, notó que aún forma parte de su pasado –
– Nadie puede negar el pasado. Los hechos quedaron escritos para la eternidad –

No quedaba demasiado para que ambos llegasen al sitio y tuvieran que tomar una decisión. Hasta tanto, respiraban profundo como si no hubiera un mañana.

Los compañeros de Fab intentaban alcanzar la katana, pero no lo lograban. Y, de pronto, Erión, quién yacía a la expectativa, notó que el campeón crepuscular le observaba. Tan pronto señaló hacia sí mismo, el prisionero asintió. Tras tragarse la porción de fruta que el viriathro le entregara, marchó hacia los rebeldes.

– ¡Ni… Niño, no! –

Rechistaba la concubina. Pero, demasiado tarde, el pequeño Erión trepó sobre uno de los rebeldes y alcanzó la vaina con sus manos.

– ¡Insensatos! –

Gritó el guerrero de placas y, ante el giro de su lanza, Fab apenas consiguió bloquear el ataque que resbaló de espaldas hacia el suelo.

Erión corría con la katana envainada entre sus manos, para entregarla al prisionero. Pero los verdugos no planeaban ignorar tal acción. Así fue que acometieron contra el pequeño.
En ese preciso instante Lena, que ocultaba su rostro, temía que asesinaran al chiquillo.

A punto de lograrlo, la concubina entró en batalla y con el uso de sus afilados y veloces abanicos logró contrarrestar las prominentes hachas de dos verdugos.
Un tercero aún aguardaba delante de los ojos de Erion, quién seguía la mirada del campeón crepuscular. El hombre de la enorme guadaña procedía a atacar al pequeño, y éste corría hacia el prisionero.

La concubina rechinaba los dientes, a medida intentaba no acabar abatida por los terribles ataques de los verdugos.

Erion se acercó a la pared de roca y, a la altura de las cadenas, se arrodilló evitando el corte de la guadaña.
La cadena se hacía trizas y, antes que lo anticipara, Erion alzó la vaina. El campeón crepuscular desenvainó su espada y se proponía rasgar los eslabones que aprisionaban su restante brazo.
Asimismo, el verdugo se proponía matar al niño antes que lograra liberarlo.

En aquél instante, un puñal alcanzó al hombre por la espalda.

– ¡Espabilen Guardia Imperial! –

Gritó el guerrero del asta dorada y, por fin, los espadachines dorados se irguieron.

El mayordomo llegaba a tiempo, se unía para asistir a la concubina.
Lena sollozaba sin descanso. Cuando de pronto, Romir, posando las manos en sus hombros, le susurró:

– Tomaste una sabia decisión –
– Ro… Romir –
– Sabía que, tarde o temprano, lo comprenderías –
– L… Lo siento –

Los compañeros del Viriathro empuñaban las espadas doradas para enfrentar a los espadachines. Erion aguardaba de rodillas, temeroso, mientras el verdugo buscaba arrancarse el puñal que asestara en su espalda desnuda.
De ser cuatro, dos más se habían unido a la batalla y, finalmente, el campeón crepuscular se estaba liberando de las cadenas.

Pero el poder imperial aún era mayor, por la cantidad de soldados armados que ostentaba.
El prisionero de la katana no perdía de vista a los esclavos que yacían al fondo de la sala.
De forma encarecida uno intentaba atrapar al mensajero, la victima del violento impacto que recibiera por parte del guerrero de placas, mientras el otro parecía intentar detener a su compañero. Se podía oír como ambos hablaban en un idioma incomprensible.

Tan pronto el campeón de los rebeldes logró liberarse, advirtió como la oscura mano del prisionero rozó el cuello del mensajero. Como si le hubiese inyectado alguna misteriosa dosis por medio del tacto, el hombre despertó de repente y sus iris se tornaron amarillentos.
A duras penas, lograba oír sus rugidos entre el sonido dispar de la batalla. Los brazos de los prisioneros, finalmente volvían a encadenarse en el interior de la celda y, lejos del tacto del sonriente esclavo, el espadachín se irguió en su sitio. Sus amarillentos ojos no cedían ante alguna clase de tentación que el encapuchado no lograba descifrar.

Y faltando numerosos pasos, para que le alcance, el campeón crepuscular desvió la mirada hacia el niño que le salvara y notó como la guadaña del verdugo descendía desde las alturas sobre su esbelto cuerpo..
Con suma precisión, y una velocidad irreconocible, su katana le procuró un eficiente corte que acabó con el enemigo. La sangre derrochaba por doquier, a medida sucumbía de rodillas. Antes que el filo de la guadaña se ensartara en el rostro de Erion, el encapuchado le ofreció tal patada que el arma atravesó a dos espadachines por la espalda.

– ¡Se ha liberado! –

Gritó el guerrero de placas, al tiempo que Fab se levantaba como para contra atacar.
Los espadachines dorados ignoraban el levantamiento de los invasores. De pronto, en su gran mayoría, se replegaban buscando retener la amenaza del despiadado ninja que amenazaba el orden del Imperio.
Las siniestras risas aún se concebían desde las profundidades del Gran Torreón, y el lúgubre ambiente no hacía más que desfavorecer la seguridad de Romir y Lena, quiénes, como en la niñez, sorpresivamente yacían abrazados.
Gritos de dolor sucumbían en el interior del salón, por parte del agonizante verdugo que era atrapado por el mensajero. Casi insospechados, pues la batalla replicaba ante los incesantes gritos de discordia, el choque de los filos, la profunda risilla y la furia del guerrero del rostro triste de porcelana.

Espadachines eran alcanzados por los feroces cortes del campeón crepuscular, también Fab había sido alcanzado por el asta dorada y dos de los rebeldes habían perdido la vida en batalla.
El mayordomo y la concubina movilizaban sus cuerpos con plena soltura y los verdugos, con sus gigantescas hachas, no eran oponentes ante sus ágiles y letales ataques.

Sin embargo, el asta dorada atravesaba el cuerpo de tercer rebelde que buscaba proteger al malherido Viriathro.

– ¡Huye Erión! –

Gritaba Fab, entre gemidos, mientras contemplaba como los propios charcos de sangre se fundían sobre la superficie. Conformaban un pegajoso barrial, del que guardianes del Imperio acababan sucumbiendo por el resbaladizo pasaje. Con suma firmeza, el campeón crepuscular apenas posaba los pies para avanzar por encima de los oscuros y sangrientos mares.

Romir alertaba los terribles sucesos, mientras ocultaba la visual de Lena. Ella solo lograba divisar la oscuridad latente y un incomprensible resplandor que desdeñaba de un camisón de seda que se avecinaba desde la distancia. Con su llegada, creía oír la macabra risilla más presente.

A punto de ser alcanzados por los sables dorados de la Guardia Imperial, el campeón crepuscular les protegió en un audaz movimiento corporal.
Tras replicar el choque de los filos, embistió a un segundo con una feroz patada y el suspiro de Romir parecía ser una señal de agradecimiento.

El Demonio de Yahandá, al igual  que Lena, advertían el advenimiento del destellante Ser que se aproximaba desde la penumbra. Mientras, a sus espaldas, y en atención de Erión y Romir, el mensajero se alimentaba de un nuevo cadáver. Detrás de él, se aproximaban moribundos cuerpos de ojos amarillentos.