“…Cuando la amenaza no abandona, nuevas se vaticinan…”

La Confesión de Valros.

 

El agua se oía cerca y numerosos animales emitían sus voces propias. Los habitantes construían hogares a partir de la madera y el cuero. Todos se ayudaban formando una enorme civilización. Una larga tabla, tallada, que se sostenía entre dos murales de ingreso describía el el siguiente título.

“El reino de Azgal”

El general saboreaba unos frutos rojos y a su lado Nube, ahora mas adulta, tejía la lana de un animal con unas finas astillas de hierro.

Fuera del pueblo habían construido una torre a partir de la madera, donde Ed aguardaba y vigilaba.
La tienda se utilizaba como parlamento.
Entre los guardias se hallaba Valros, con el mismo tipo de armadura ligera que utilizaban los otros.

En honor al muchacho habían logrado evolucionar, puesto que al seguir su camino y en medio de la desolación, el agua les era suficiente para todos. Cuando la esperanza comenzaba a diluirse, hallaron la vaina de una espada. La misma les guiaría hacia el valle donde hoy convivían.

Durante mucho tiempo indagaron sobre que habría en el otro camino, y donde se encontraría su héroe. El que posteriormente pasaría a ser una leyenda para los reclutas.

Desde aquella tormenta, la lluvia se había vuelto mas común en las áreas. Las estepas ardientes eran nombradas ahora como Estepas Fértiles.

Careciendo de razones para regresar los habitantes formaron una civilización en aquél sitio, que les proveía agua suficiente. El general cedió dicho cargo a Ed y se auto proclamo Rey. Además los guerreros sobrevivientes pasaron a poseer mayores títulos y se encargaron de educar al nuevo ejército. Numerosos adolescentes se unían a la labor de los guardianes, puesto que honraban la leyenda de Azgal el Conquistador y también aquél conocido como…

El Cazador de las Bestias.

Cada dos días Valros marchaba hacia el ingreso de las estepas, donde los murales finalizaban y el extenso desierto se abría paso ante sus ojos. Las largas caminatas servían para unir a nuevos viajantes. Además de asistir en el proyecto del mapa sobre el laberinto. Planeaban en última opción explorar el sendero, que probablemente habría seguido el joven héroe.

Solían contarse rumores sobre una criatura que rugía durante las noches. Solo Ed y Valros eran testigo del destino de aquél enorme felino que luchó contra Azgal. Pero por honor a Tobías habían silenciado su paradero.
Cada anochecer se juntaban en el puesto de control y observaban al horizonte.

Para advertir con antelación posibles ataques, incineraban fogatas alrededor del valle, a varios metros delante de los hogares y contemplaban con cautela la aparición de alguna criatura.

Una noche, Valros, que creía haber visto algo sombrío entre el cruce de los caminos marchó solo hacia tal sitio. Sabía que podía perder la vida por su coraje. Pero el hecho que el místico le protegiera, en la pasada ocasión. le generaba confianza. Aún así avanzó armado, para no inspirar ánimo a los súbditos.

Durante años se cuestionó como Azgal le vería, de haberse enterado de ello.

La brisa resoplaba y las llamas se cernían en dos, al tiempo que se reavivaban.

– Se que estas ahí… –

Valros oyó la capucha alzarse ante el viento. La figura del místico se transparentaba a través del fuego.

– ¿Dónde se encuentra el muchacho? –

– ¿Q… Qué muchacho? –

De pronto el hombre manoteo su espada envainada y notó como aquél siniestro ser traspasaba a través de las llamas sin siquiera incinerarse.

– ¿No creeras que el fuego fuera a detenerme verdad? –

– Solo están para asustar a las criaturas –

El encapuchado tomó a Valros por la barbilla y a simple vista éste veía una enorme sonrisa en su sombrío rostro.

– ¿Dónde se encuentra el muchacho de las pulseras? –
– A.. Aquí no hay ningún muchacho con pulseras –
– ¿Te burlas de mi insecto? –
– N… No grites. Alertaras a los guardias –
– ¿Temes por mi? ¿O por ellos? –
– Se lo… Se lo suplico –

Fríamente el místico soltó al hombre, quien cayó recostado en la arena. Su espada curva giró en torno a sí.

– ¿Quién anda ahí? –

Exclamaron desde el puesto de control.

– S.. Soy yo.. Me he caído… Je je –

Respondió al instante Valros tras un suspiro.

– Si no sabes donde se encuentra Azgal, recen que él se presente. Mañana ni tu mismo hallaras salvación alguna –
– ¿De.. De que hablas? –
– Mañana veré estos fuegos –

El ser palmaba las llamas al tiempo que avanzaba.

– En aquél lugar –

De pronto señaló hacia el valle donde Valros convivía y observó estupefacto mientras el individuo se tornaba en cenizas y se desvanecía.

El desesperanzado hombre regresó al puesto de mando murmurando.

– Regresa Azgal.. Donde sea que estés. Por favor oye mi oración –

– ¿Se encuentra bien señor Valros? –
– Llama a Eddy con urgencia –
– Si, señor –

El guardia se marchó mientras Valros se detenía a ver los destellos en las fogatas y el tiempo pasó, sin cesar, como cualquiera otra noche.

De pronto Ed subía por las escaleras, portando una ligera coraza de hierro y dos sables envainados. No logró siquiera atender la mirada perdida de su camarada que suponía malas noticias.

– ¿Me has mandado a llamar? ¿Qué ha sucedido? –

Los ojos del hombre se perdían hacia el suelo. De pronto pesó las murallas de la torre con un golpe seco y suspiró.

Los guardias alzaron el ceño, pero Ed les envió a patrullar.

– ¿Qué tienes? –
– Debemos hallar a Azgal –
– ¿Qué has visto? ¿La criatura? –

De pronto Valros bajó la mirada.

– Hay algo que no he confesado –

Desde las lejanías y sobre los murales el místico aguardaba sonriente, al tiempo que su capucha sobre volaba.

– Lo sabía… –
– Grrr –
– No te preocupes. Atacaremos antes de lo que esperan –

Un rugido resonó con furia y unas cobijas de cuero se desmantelaron de repente. El espacio enseñaba ruinas y murallas de rocas.
Sobresaltado un adulto muchacho despertó y tomó rápidamente su sable. Mientras se incorporaba nervioso, volteó la mirada de un lado a otro.
Su larga melena se posaba sobre su espalda. Llevaba un chaleco de piel, ocultando su tórax, una delgada cicatriz en un pómulo y una labrada barba de unos meses.

Sus brazaletes tintinearon al unísono y antes de ser captado por algún animal, empujó las brasas de una fogata con una rama hasta apaga el fuego.
Bebió un sorbo de agua, que transportaba en un quebradizo pocillo. El mismo que Tobías usara años atrás para despertarlo. Y agitando la manta artesanal que le cubría la calzó en su espalda.
Además portaba unos pantalones de cuero, fabricados por él mismo. Tomó una jabalina que talló para la caza. La misma poseía un filo oseo de costilla en la extremidad, perfectamente ajustada sobre una rama recia de pino por un lazo de cuerina.

Tras levantar campamento retomó su marcha hacia la división de caminos, hacia el Este.
Con desdén observaba la luna menguante en el espacioso cielo.
Un nuevo rugido atentó su tranquilidad y sin dudarlo más apresuró la marcha, mientras su lanza giraba en torno a sus dedos.

– Resistan – 

Murmuró por lo bajo.

¿Llegará Azgal a tiempo para salvar a la civilización?