Capítulo 9 – Fab el Viritahro, la última Esperanza

por | Nov 11, 2019 | Las Reliquias de Daghol, Quinta Crónica: El Mercenario de las Tierras Perdidas de Runfenir (After)

“…Revitalización de un héroe de antaño…”

Fab el Viriathro, la última Esperanza

 

L

Hace años, la batalla entre el Rigor Lejano y Colmena de Drill había culminado con la desaparición de Jor’Mont y Erabo, el Fantasma de Runfenir. La llegada de un navío, desde el mar este, produjo tal conmoción que los Demonios de Drill, liderados por el joven y herido Wes’Har, debieron abandonar la invasión para otro momento.

A costa de la inminente derrota, Jarriet había salvado a Don Canet, el caudillo del Rigor Lejano. Y, por ello, se le alababa como a un héroe.

La llegada del buque ofrecía una esperanza para los alguaciles y también una oportunidad para los bandidos.

Por lo tanto, ante la retirada, Wes’Har solicitó a Naher y un extenso número de renegados que capturaran a los navegantes del galeón. Asimismo, Don Canet instaba a los suyos a proteger a quiénes, de algún modo, les habían salvado.

El buque finalizaba el austero recorrido hacia un abandonado pueblo. Aquél conocido como Pasaje Silencioso. Los destrozos en la popa de la embarcación daban abertura a un hueco en el plano terrestre. Sus huéspedes, los Viriathros, planeaban ocultarse en la fosa para aguardar a los primeros que intentasen cazarles. Solo contaban con la fuerza de dos hombres que ostentaban capas de cuero y dos reliquias, el Amuleto de Serendibita del Conocimiento y las Botas resplandecientes de Obsidiana.

Luego de recostar el cuerpo sin vida de Fab, el padre enloqueció.

– No, No, No. Aún no he finalizado –
– Debemos olvidar esta barbarie Rav’Thos –
– No, Eghos. Tú no lo comprendes. He visto señales desde…-
– Desde que esa extraña roca te ha enloquecido –
– No… No… ¡No! –
– Déjale ir, Eghos –

Exclamó un hombre que portaba un sable de oro que, a diferencia del resto se veía como un humano.

– Sigo sin comprender porque te fías de ellos, Rav’Thos. Ellos son inmundicia, como los que nos esclavizaron –
– Todos éramos esclavos, Kaonte –
– En el fondo… Estamos perdidos… Rav’Thos… Nuestra vida pende de un hilo… de esas reliquias… del cadáver de su hijo… de un hombre… de otro…. en tierra desconocida… con una roca brillante y unas botas… –

– ¿Qué botas? –

Consultó Eghos, sorprendido. Y tan pronto se oían relinchos en la lejanía, la mayoría de los seres que provenían del navío se alarmaron.

– Calmados todos. Las señales me prepararon para esto. Y no hemos llegado a Daghol para convertirnos en otros esclavos. No, no, no –
– Que supones hacer con eso… Rav’Thos… Ilumíname –
– Ya lo verás, a su debido tiempo, Meros –

Disparos y gritos resonaban, por parte de los bandidos. Los viriathros se hallaban aterrorizados.

– ¿Y ahora? ¿Qué serán esos zumbidos? –
– Nosotros nos encargaremos. Keonte, Eghos y Meros protejan a Rav’Thos a como dé lugar –
– ¿Pretendes detenerles a palabras? ¡Tú vas a traicionarnos! –
– Shh… Has silencio Eghos. Ya no queda nada más… Solo esperar… –

El sonido mezclaba entre el revoloteo de las velas, el resquebrajar de maderas, el relincho de corceles y un distante diálogo de vaqueros.

– Ayúdame con esto –

Los hombres procedían a ocultar la fosa con una manta de seda y se distanciaron del ambiente, aguardando a los desconocidos.

Los postes se hendían. Pasos se oían sobre la superficie y, lentamente, Rultz blandía el sable de oro. Su compañero manipulaba puñales y una garra con cuchillas.

– ¿No planeas dialogar siquiera ahora? –

De piel morena, a diferencia de Rultz, avanzaba cuidadosamente para tener visión del punto de acceso por dónde los extraños descenderían.

Una melodía resonaba a través del silbido de un muchacho.

– Mira que elegir a este bastardo para que nos guíe –
– ¡Silencio! Yo tampoco estoy de acuerdo, pero nadie ha visto a Jor’Mont luego de la batalla –
– Sus silbidos me dan mal genio –
– ¿Solo eso? Peor es el sitio donde nos encontramos –
– ¡Bah! Ahora me dirás que crees en fantasmas… –

La conversación proseguía y los pasos andaban por los alrededores, pero ninguno había advertido el acceso al interior del galeón. Quizás si lo hubiera hecho el bandido silbador, puesto que aguardaba en su sitio y contemplaba meticulosamente los alrededores.

Tan pronto los forajidos planeaban internarse en el buque,  Naher volteó la vista al Este. Poco a poco sus silbidos perdían ganancia, al tiempo que contemplaba los profundos rastros de tierra provocados por la popa. Allí, en la distancia, la muralla del Rigor Lejano liberaba un contingente de oficiales.

– El interés no será solo nuestro… –

Murmuró, tras pausar su pitido.

– ¿De qué habla, muchacho? –

Interrogó uno de los hombres, más añejos de la caravana.

Otro bandido, anticipando todo pronóstico, observó los alrededores e informaba en voz alta.

– ¡Sabandijas se avecinan! –

A medida un muchacho planeaba internarse en el hueco del navío, otro más decidido, le tomó del hombro.

– Mueve el culo, muchacho –

Alertados por los ruidos y el diálogo, el compañero de Rultz, un comadrón, cruzó la abertura y se ocultó entre escombros. Al tiempo que, con una seña, invitaba al otro a aguardar cómodamente.

– Creo haber notado movimiento allí dentro –
– Aléjate muchacho, tengo plomo de sobra –
– Pero… –
– ¡No avances! Estorbas –

Y un par de hombres aprovecharon la oportunidad. En cuanto el muchacho retrocedía, planeaban seguir al valiente.

Naher observaba y pisoteaba una plataforma endeble. Debajo de sus pies, los Viriathros alertaban la caída del polvillo.

El nativo, a duras penas, se advertía como una silueta entre montañas de escombros. Un hombre descendía con su sombrero y, curioso, olfateaba.

– No hay nadie por aquí. El muchacho solo está asustado –

Gritó de pronto y, entre risas, descendían uno a otro, a medida que el joven retrocedía.

En el interior de la fosa, los Viriathros aguardaban en silencio y Rav’Thos acariciaba la misteriosa esfera a medida que el sudor chorreaba desde su semblante.

– No creo… que sea… un buen momento… –
– No lo es, Meros. Pero quizá mi hijo pueda salvarnos –

El resto se observaban sin comprensión y el Viriathro masajeaba la herida vieja y putrefacta del cadáver –

– ¡Por qué! ¿Por qué no le has soltado al mar? –

Clamó Eghos y, en cuanto Keonte proponía silencio, se soltó un leve derrumbe y tres bandidos alertaron el ruido.

– M… maldita sea –

Murmuraba el hombre que sostenía la espada de oro y, aunque no lograse discernir al comadrón imaginaba como alzaba el dedo índice solicitando silencio.

– ¿Has oído eso? –
– Proviene del fondo –

Dialogaban los bandidos, quiénes recargaban sus colts, a medida caminaban hacia la oscuridad.

A punto de ser descubierto, Rultz alertó el movimiento del comadrón. En el avance de los intrusos, degolló a los dos últimos y se fundió en las tiniblas.

– ¡GAAH! –

Los bandidos se recostaban desangrados y el primero en descender apuntaba su arma de fuego a todas partes.

– ¡Pringaos! –

Los demonios de Drill, fuera, empuñaban las armas y se apresuraban a descender.

Naher, por su parte, mantenía el canto y el muchacho se hallaba a su lado.

– Oiga.. Creo que hay un… –

Y sin terminar el diálogo, alertó la llegada desde el horizonte de una cuadrilla de oficiales.

– Co… ma… drón –

Tartamudeaba. Y, sin más, Naher tomó su winchester y avanzó hacia la abertura.

Rav’Thos enchastraba sus manos con la herida sin pausas. La reliquia giraba en torno a sus pies y el resto de los Viriathros la advertía con anhelo.

– No me hagas esto hijo. ¡Debes regresar! –

– Rav… Rav… El ruido… –

Clamaba Meros. Y al ver el hombre que todos, estaban atraídos por la esfera que vislumbraba, la alzó y la enterró en el tajo podrido del cuerpo.

El resto alzaba la manos siguiendo la reliquia y respondían sumidos en el asco.

– ¡Sal de allí, rata inmunda! –

Gritó el forajido y disparó una descarga por doquier. Las municiones de plomo se agotaban en cuestión de segundos. Rultz se protegía los oídos ante el atroz resonar de los estallidos.

En cuanto el nativo se proponía degollar al hombre, ante el azar, el oponente logró encontrarle.

– ¡Comadrón! –

Gritó al tiempo que recargaba y apoyaba la espalda contra la abertura.

– ¡Bajen maldita sea! –

El olor nauseabundo se reafirmaba en la fosa. Los Viriathros estaban dispuestos a arrojarse al frente y morir ante los extraños. Rav’Thos apenas podía lamentarse por el curso erróneo de su experimento.

De repente, haciendo uso de su fuerza, el bandido logró bloquear el puñal a costa de su brazo.

– ¡Lo tengo! ¡Lo tengo! –

Y, entretanto, Rultz arrojó su sable de oro.

– ¡Oro!!! –

Gritó el bandido y la cuchilla se ensartó en su cráneo.

– ORO, ORO, ORO –

Musitaban los Demonios de Drill y, ya sin miedo a nada, bajaban con mayor resolución.

El nativo se proponía ocultarse y los pasos en la plataforma superior provocaron el descenso del polvillo.

– Aguarden –

Exclamó Naher, silbando, y los hombres se abrieron paso.

Al aproximarse a la abertura, el muchacho apuntó a ciegas y, ante el mustio panorama de los presentes gatilló.

El estallido fue tal que el nativo no tuvo oportunidad de cubrirse y, malherido, sucumbió delante de los ojos de Rultz.

El silbido retomó la melodía y los hombres comenzaban a avanzar.

– Se vienen los alguaciles!

Gritaban en retaguardia y, sin siquiera menguar con el pitido, Naher hizo señas para aguardar el asalto.

Hombres se dirigían a la fosa y otros esperaban la llegada del enemigo.

Rav’Thos pedía disculpas, la llegada de los bandidos era inminente.

Mágicamente, el cadáver abrió los ojos y su cuerpo se revitalizaba, hasta ocultar la presencia de la reliquia. Los viriathros se encontraban boquiabiertos ante la escena.

Fab se erguía y la piel calcinada y desgarrada, por heridas antiguas, se recuperaba por sí sola.

– Hijo… Hijo mío… –

Clamó el padre y, no obstante, el viriathro reencarnado no emitió respuesta alguna.

Como si supiese todos los sucesos, a los que debía enfrentar, caminó desnudo hacia donde, perplejo, Rultz aguardaba.

– F… Fab –

Tartamudeó y le rodeó con su capa de cuero. Buscaba, incluso, detener su osadía pero no hubo modo.

El viriathro renovado avanzaba recuperando, segundo a segundo, la fortaleza de sus músculos. Y cuando estaba por presenciar la muerte del nativo por una colt que iba a descargar tras su nuca, le empujó, de tal manera, que su cuerpo se estrelló contra los escombros.

– ¡Hay alguien más! –

Gritó uno de los Demonios de Drill.

Fab se detenía para proteger al nativo y, a prisa, Rultz se encargó de asistirle.

Naher dejó de silbar ante el escándalo.

– ¡Dónde está?! –

Gritaba uno de los hombres.

– ¡No le veo! –

Tras el descenso, los malhechores planeaban acribillar a todo ser con vida, olvidando el objetivo previo del asalto.

Y el viriatrho, portando la capa, sobresalió de pronto sin darles tiempo a apuntar las armas de fuego.

Gritos ahondaban debajo y Naher ya lograba divisar a los alguaciles del Rigor Lejano a distancia suficiente de disparo. Aún quedaban unos cuantos hombres provenientes de Colmena de Drill, pero la misión se veía truncada.

Temía que la batalla acabara en una emboscada y el muchacho ofreció la retirada. No obstante, algunos seguían deseosos de llevarse el oro del galeón.

Naher volvió a silbar, como de costumbre, montó su corcel y pocos optaron por seguirle. Más tanto, el otro muchacho le siguió sin cuestionarle.
Los bandidos reunidos no imaginaban como enfrentar a lo que fuera que custodiara el oro. Y, finalmente, el más anciano y, probablemente sabio de ellos, encendió la mecha de una dinamita al provocar la chispa con unas rocas.

– Si hay comadrones, esto simplificará el asunto –

Los viriathros atendían al malherido, al tiempo que Rav’Thos observaba las colts con munición de plomo. Asimismo, Rultz ofrecía el sable de oro al Fab reencarnado. Y éste, con una seña, solicitó que se alejara.

La dinamita llegó desde las alturas y todos se escondieron en la fosa. El padre, Rav’Thos, temía volver a perder a su hijo. Puesto que, en un intento de sofocar la llama, el reencarnado cerró los dedos en torno a la mecha.

– ¡Aléjense todos! –

Gritó el bandido anciano.

La explosión permitió una abertura mayor al navío.

– ¡Don Canet viene con la escuadrilla desde el Este! –

Exclamó uno de los hombres.

– ¡A prisa! Tomemos el oro y retirada –

Antes de poder comenzar el descenso ante la humareda, el viriathro Fab apareció portando el sable de oro. Uno de sus brazos había desaparecido tras el estallido de la pólvora. Y, misteriosamente, se recomponía segundo tras segundo. Luego de un amplio combate de disparos, Don Canet consiguió llegar con la caballería y los Demonios de Drill yacían seccionados por doquier.

Un misterioso espadachín bañado en sangre aguardaba de pie junto a la fosa, con un sable de oro y una capa de cuero