“…Las dudas se iluminaban ante los sucesos y de las diferencias se forjaba un impulso esencial…”

El Consejo de los Místicos.

Los pacíficos propósitos, por los que el Gran Sabio había guiado a sus súbditos, se hundían con la traición de uno de los adeptos en los que más solía confiar.
En un intento de detener su macabra campaña, Nozepul intentó paralizarlo mediante un conjuro de murallas heladas. Pero el oponente le poseyó por medio del control mental, derrotando así al último bastión defensivo hasta la Aldea de Triviltor.

Cuando el mago quedó bajo el poder psíquico del precursor del caos, se descubrió que era el mismísimo Velnor.

En un intento por recatar a los restantes niños que se interiorizaban en el misticismo, guardias y cazadores regresaron a la aldea para planear un contra ataque y alertar al consejo. Pero desconocían que el propio Nozepul se avecinaba, y que ahora sería más temerario que nunca.

Separados, en torno a una rústica mesada de roble, cada poderoso anfitrión debatía la recepción del mando.
Los discípulos de Nozepul eran muchachos mayores que Geón, y habían sido concebidos tras el ritual de iniciación como Dante el Ilusionista y Hore el Alquimista. El primero vestía una larga túnica y una máscara de cerámica con un rostro grabado de mesura. Apenas en ella se podía contemplar su cabello negruzco hasta sus hombros y, por otra parte, el alquimista se presentaba con un rostro irreflexivo, de mirada fija que extrañamente pestañeaba y llevaba una liviana túnica con dos cinturones que sostenían bolsas de cuero. Las mismas rebalsaban de hojas, plantas, hongos y arena.
Entre los ancianos se encontraban Sálex, el Encantador; Melissaeh, la Bruja de imponente belleza y rizos rojizos, cuyo cuerpo rebosaba de juventud por sobre su edad real. Asimismo se trataba de la única mujer que hospedaba en Triviltor y que abusaba de sus hechizos para mantenerse majestuosa.
Y al centro de ambos se hallaba el sabio más viejo de todos, que solía viajar a menudo. Provenía de las Sierras de Feror y poseía rasgos faciales divinos, como si se tratase de una deidad, orejas puntiagudas y melena rubia. Se le conocía como Reorich, el Clérigo y Mariscal de los Elfos.

– Las decisiones del Vidente, Cron, estiman un devenir caótico –

Inició la conversación Sálex, quién pesaba el mentón sobre la palma de su mano, al tiempo que su codo presionaba la mesada de roble y su túnica grisácea se arrugaba.

– Se ha ido, demasiado pronto –
Respondió Reorich, con la mirada perdida. Sus celestiales iris se cernían en el cazador, quién de rodillas aguardaba, tras informar los terribles sucesos de los días pasados.

-Imagino que su muerte… Habrá sido sabrosa –

Replicó el alquimista, cuya mirada pasmaba al mensajero al punto de querer retirarse cuanto antes.
La ajustada túnica de Melissaeh, que remarcaba su importante busto, se erguía desde su asiento. Al tiempo que su delgados dedos se arrastraban sobre la madera de la mesada.
El cazador, a poco, caía tentado sobre la hierba ante su delicada figura.

– Estos asientos son demasiado incómodos, siempre lo diré –
– ¿Qué tiene que ver ello, con la cuestión? –

Refutó al instante Sálex, luego de suspirar con suplicio.

Dante, el Ilusionista, pretendía comentar algo pero prefirió guardar silencio. Tan pronto observó hacia el ingreso, su rostro de cerámica parecía observar al cazador. Éste, nuevamente, se sentía aterrado.

– Es vital mantener el orden, y si algún adepto ha perdido los estribos deberemos iluminar su desdicha –

Anunciaba el Clérigo, Reorich, buscando que todos ofrecieran su responsabilidad.

– El problema es que, si el daño se originó en Cron, el desgaste será colateral entre sus adeptos –

Replicó el encantador, que unía ambas manos bajo su mentón.

– Velnor ha desaparecido y Nozepul ha sido derrotado –

Tal comentario dejó sin aliento a los ancianos, mientras el vocero, al ingreso del consejo se tapaba los labios. Dante se sobaba el cabello, mientras que Hore, sin perder siquiera la cordura, le observaba fijamente, como normalmente solía hacerlo.

– ¡Patrañas!. Nozepul posee los conjuros más destructivos, que jamás hayas soñado –

– Su… Su contrincante era un místico también –

Replicó el muchacho, mientras descendía la mirada. Y, de pronto, la bruja le posó las uñas bajo el puntiagudo mentón, instándole a alzar el rostro, mientras su lengua se deslizaba sobre los labios bermellones que ostentaba.

– Un guerrero indomable no debe perder el honor nunca –
– ¿Tú siempre insinúas? ¡Esto es serio, Melissaeh! –

Contestó con soberbia Sálex. Y la doncella se volteó con la sutileza de una serpiente murmurando:

– ¿A caso siento envidia en la sala? –

El hombre, con arrogancia, pretendía ponerse de pie, amenazante, pero Reorich calmó su ira al posar su mano sobre la de él.
La dama les observaba sorprendida, asimilando sus labios a un profundo túnel de paredones rojizos.

Hore, por su parte, no perdía de vista al cazador, quién más tarde interrumpió con tristeza y alegaba que el mayor cazador de la historia de Triviltor también habría fallecido en un incendio provocado por Nozepul.

– Propio del Maestro –

Replicó el Alquimista.

La paz del Mariscal Reorich no bastó para cautivar al furioso encantador. Sálex, se puso de pie y señalando al muchacho, que tenía mirada de pez, sostuvo:

– No hablamos de enemigos en común. Siquiera de los Demonios de Yahandá. Tu maestro ha destruido Triviltor, ha asesinado guardianes y cazadores. Su orgullo es tan miserable como el propio Cron que le instruyo –

Hore, en ningún momento regresó la mirada al anciano, quién por poco se soltaba sobre su asiento, ante la agonía de su edad.

– Si se me permite acotar algo –

Replicó el más silencioso miembro del consejo. Dante, el Ilusionista. Reorich asintió ante la moción y el místico, que portaba la máscara de cerámica, procedió a ponerse de pie.

– Hore y yo somos discípulos directos de Nozepul y podríamos despertar recelo en más de uno por nuestra relación tan comprometida. Sin embargo, tras el ritual de iniciación formamos parte de algo mayor que ello. La protección del mundo humano y élfico es menester y, sin lugar a dudas, las videncias de Cron se han confirmado. La futura inmigración atraerá ojos a una orden del más allá, de donde provienen los hombres del Ingub. La prioridad es prepararnos para lo peor. –

– No son más que… ¡Fábulas…! Si Cron era Vidente, ¿Cómo es que no anticipó su muerte? –

Melissaeh no pudo disimular la carcajada ante tal comentario, mientras Reorich se sorprendía por lo que oía. Hore procedía a virar su rostro hacia el Encantador para observarle de manera intimidante.

– Quizás él ya anticipó la muerte en numerosas ocasiones y no podía esquivar tal destino –

– ¡Con más razón! ¿Por qué silenció el porvenir? –

Respondió Sálex, sumido por el estrés mental.

– Por el último de sus discípulos… El que no aparecía en sus visiones –

Las palabras de Dante solo confundían con mayor magnitud la situación y el Mariscal Reorich se sentía, casi hipnotizado por los acontecimientos derivados. La pregunta sobre: ¿Quién era Geón? Retumbaba en el interior de su cabeza. ¿De dónde provenía él? Y ¿Por qué, incluso, era el más digno de portar el Yelmo de Diamante?

– Tú, solo deseas saber cómo Nozepul osó incinerar la preciada selva de Triviltor. Y yo te responderé –

Anunció el Alquimista y, aunque Dante detuviese su insistencia, éste se puso de pie y arremangaba su túnica.

Todos quedaron sorprendidos ante la representación, incluso el cazador que había quedado estupefacto por el sensual cuerpo de la bruja.

Uno de los brazos del Alquimista se hallaba tan oscuro como el carbón. Parecía, además como un extenso manchón en su pálida piel.

– ¿Qué es eso? –

Preguntó el cazador, sin aliento.

– Esto es, el trofeo por sobrevivir a la instrucción de Nozepul –
– Por los Dioses… ¿Lo ves Reorich? El misticismo decadente de Cron ha llevado a sus súbditos por los senderos caóticos –

Replicó Sálex. Pero antes de oír respuesta alguna, Dante añadió.

– Nozepul estaba al tanto sobre las visiones de Cron, desde su juventud. Nos entrenó para ser los artífices de su propia derrota –

Reorich suspiraba e inclinando su cuerpo se levantó, se giró y observando la naturaleza, daba la espalda al consejo presente.
– Es decir que todo esto se veía venir. Esa fue la táctica que Cron legó entre sus adeptos –

– Así es, pero existe un grave problema en el porvenir –

Respondió, de repente, el místico de la máscara de cerámica.

Para sorpresa del cazador, Hore había cerrado sus ojos.

– ¿Cuál es? –

Preguntaron, al unísono, Melissaeh y Sálex.

Dante se derrumbó en su asiento. El mensajero balbuceó confundido. El Alquimista, abrió sus ojos y observaba la mesada de roble.

Fue tal el silencio, que el Clérigo se giró e insistió.

– ¿Cuál es? –

El místico de la máscara parecía suspirar, por el sonido de la brisa encerrada, y murmuró:

– Velnor ha desaparecido, con la muerte de Cron –

– Pero… ¿Quién es el culpable? ¡Cron debió haberlo visto! –

-No lo sabemos –

Todos quedaron en un ciclo de incertidumbre impropia para los sabios y, mientras tanto, en el ingreso a la Aldea de Triviltor llegaban el encapuchado de ojos resplandecientes y el propio Velnor a su lado.

¿Quién será el culpable de la muerte de Cron? ¿Podrán Dante y Hore detener al radiante Nozepul?