“…Nadie puede osar huir de la naturaleza del tiempo, siquiera de su propio futuro…”

El Camino Incierto en manos del Héroe

 

El destino de los sobrevivientes de las Penurias Sangrientas se encontraba en manos de dos deidades. Aquellas que se observaban con el suficiente resentimiento, a pesar de que, indirectamente una contribuyeran con la otra.

La llegada del Rey de Brind, Romir, en el buque perteneciente a Lind había atisbado cierta esperanza en Shal’Kas, Erión y los jóvenes. Pero en el momento más crucial éste alertó la presencia del Guardián de la Torre y de las aguas cristalinas. Momento justo en que una novedosa intervención se producía…
Jasnoth había llegado, mientras sus esbirros descargaban cadáveres hacia las profundidades del mar fantasmal.

Desde las mazmorras de la embarcación la princesa, Azul, contemplaba el enorme sacrificio del muchacho que portaba el cinto de diborrenio.

El galeón a poco se retiraba ante el desplazamiento de la marea y, desde los mástiles, los jóvenes alertaban a su capitán entre nervios. Puesto que se encontraba en una difícil situación.

– ¡Espere! Nos estamos alejando demasiado pronto –

Exclamó Erión a Romir, quién se encontraba al mando del timón después de detener el sistema mecánico de izamiento del ancla.

– Nada puedo hacer. Es la marea la que nos lleva por sí sola –

– Pero… –

Sin modo de explicar el anciano divisó al muchacho, quién se estaba sacrificando por todos.

– ¡Hijo de Cent’Kas! –

En la lejanía, el joven no hacía más que sonreír. A pesar de saber que no podría alcanzarles a nado mientras los muertos y el guardián estuviesen junto a él.

– Retira la peste del archipiélago –

Gimió con soltura el caballero de melena rubia. Mientras el príncipe de los espectros se abalanzaba hacia el frente. Sus ojos, hundidos, se cernían frente a Shal’Kas, incluso ignorando al castigador presente.

Ante una leve señal de su demacrado brazo, los muertos se desplegaron a los lados buscando atrapar a ambos seres vivos.

– Careces de fuerza suficiente para enfrentar a una legión como esta –
– Jasnoth… –

Murmuró el Guardián por lo bajo, y Shal’Kas retrocedió. Sin más buscaba la forma para alcanzar aquél buque… Su buque… Para sorpresa de éste, los muertos vivientes ya no se dirigían en su búsqueda, y en cambio se aproximaban hacia el espadachín.

– Sucumbirás ante mí y las Penurias Sangrientas no serán más… ¡Que el principio del fin! –

El muchacho no comprendía porque la muerte no le perseguía, pero aprovechando tal oportunidad se lanzó hacia el mar y comenzó a nadar hacia su esperanza.
Los jóvenes gritaban con gloria y el espadachín dorado, quién de pronto se veía alcanzado por las hordas espectrales gritó:

– ¡Tú eres un Kas! Siempre debe haber un Kas en las Penurias Sangrientas! –
– Ese Kas será mío… –

Respondió Jasnoth y, tras girarse el Guardián hacia el mismo, Shal’kas supo finalmente que era libre.

Incluso Azul sonreía ante los gritos de victoria de los tripulantes.

– ¡Ayudadle muchachos! –

Gritó Erión y los jóvenes se acercaron a cubierta, mientras Romir viraba el timón hacia el Oeste.

– KASSSS!!!! –

Se oyó desde el archipiélago por última vez y de pronto el cielo se oscurecía, mientras comenzaba un feroz diluvio.
Ante el agitado aliento, Shal’Kas llegó a asomarse a la escotilla y Erión por poco se arrojó sobre él para que la marea no lo tragase de regreso.
Romir advertía el cambio climático y notaba a los jóvenes abrazando los mástiles del barco. La oscuridad era latente y la lluvia incesante. La marea comenzaba a retomar su ritmo habitual.

– No sé cómo, pero lo has logrado hijo de Cent’Kas –
– Se lo dije abuelo… Solo debía confiar en mi –

Los pequeños se soltaron de los mástiles y abrazaban al Capitán como si fuese un héroe. No solo les había salvado del martirio y el fin de los cautivos, sino que había llegado ileso ante la disputa de lo divino.

La grandeza del muchacho y la alegría concurrida se vieron interrumpidas de pronto por un gran estallido hacia el horizonte. En dirección a las Penurias Sangrientas.

La sonrisa de todos se convertía en asombro y Shal’Kas avizoró con respeto el acontecer.

– Probablemente ellos se enfrenten en una dura batalla, y nosotros no encontramos ante una –

Todos se voltearon y observaron a Romir mientras el agua comenzaba a salpicar sobre la cubierta,  tras la formación de peligrosas corrientes marítimas.

– El mar… El mar no nos librará tan fácilmente –

Murmuró Erión.

– La tormenta de Feror regresa. Pero hoy somos más. Hoy venceremos. –

Replicó Romir ante los victoriosos alardes de los reclutas.

– Este navío es nuestro hogar y debemos responsabilizarnos de su seguridad –

Gritó Romir, como si buscara desafiar a la propia naturaleza del clima en un duelo irreversible.

Recuperando el aliento, el Capitán desplegó sus brazos hacia el cielo. E ignorando el caos a su espalda replicó:

– ¡Muchachos! Hoy nos hallamos libres y aunque la naturaleza rivalice contra nuestros sueños, lucharemos. ¡Como nunca lo hemos hecho antes! No nos rendiremos, ni sucumbiremos al destino. Seguiremos fuertes y dispuestos a vivir. –

Azul, en las mazmorras, sintió aquellas profundas palabras tan cautivantes, en el peor momento de la partida. Fue en aquél momento que tras una colisión profunda del mar a un lado del galeón, la puerta que se dirigía a las mazmorras se cerró con fuerza tras un fulminante estruendo.

– Te estaremos eternamente agradecidos Shal’Kas. Pero nosotros… –

Replicó uno de los jóvenes, de piel oscura, a medida que todos se arrimaban. Unos con otros alertaban cada golpe de la marea en la proa y sucumbían ante el miedo. Mientras que el Capitán parecía no temer a nadie, y aceptaba la mismísimo vigor de la existencia.

Ya había visto suficiente, pero estaba preparado para explorar y descubrir más en el extenso territorio de Daghol.

– Vean quienes somos hoy y recuerden que tanto en este día como el de mañana enfrentaremos males peores. Pero jamás cederemos, nunca abandonaremos –

Persistía Shal’Kas con su optimismo.

– Pero nosotros nunca hemos controlado un barco –

Gritó uno de los niños y Romir temió lo peor.

La tormenta parecía haber aceptado el duelo por obra mágica, y él sabía que esta vez no la superaría. Así lo hiciese, desconocía donde acabarían en el extraordinario trayecto.

Erión intentó calmar al público, cuando Shal perdía la esperanza ante la gran verdad. Siquiera él sabía cómo controlar semejante barco.

Jamás habían estado sobre un buque antes. Mucho menos en esas condiciones.

– Este buen hombre nos llevará a puerto seguro. No se rindan muchachos –

Exclamó Erión tras señalar a Romir. Pero las agitadas aguas no tardaban en inclinar la cubierta de un lado hacia otro.

– No hay manera… De que sobrevivamos a esto, salvo que fuésemos hacia…  –

Sin poder concretar la frase, el hombre soltó el timón y se dirigió hacia los aposentos. Ante el giro devastador de aquella rueda, Shal’Kas corrió a tomar el mando y los gritos atemorizados de los jóvenes comenzaron a perpetuarse.

El viejo consejero del Cráneo Negro divisó el horizonte y comprendió que la marea y el destino les guiaba aunque no lo quisiesen.

Sobre el lecho, Romir desplegó el endeble mapa y sus ojos se alarmaron. Él no se equivocaba, y su dedo por sí solo señaló las inmensas tachaduras remarcadas en el Mar Fantasmal.

– Lo siento… Hija mía –

Murmuró por lo bajo. Y ante el viento y el ruido invariable de la naturaleza, Erión irrumpió su leve descanso.

– No hay modo de… –

Romir negó suspirando.

– ¡Hay niños en este buque! Debe haber algo que podamos hacer –

– Desde que he llegado a aquí, el destino me ha llevado por el mal camino. Es como si algo, o alguien, le señalasen un trayecto sin rodeos –

– ¿A quién? –

– Al muchacho, por supuesto –

– ¿Shal’Kas? –

– ¿Qué explicación le hallas, de no ser esta? Incluso todos, hemos sido reunidos por él. Tú dímelo… ¿Quién es él? –

Ambos ancianos se miraron sin una respuesta probable.

Y de pronto ante la mirada del muchacho, dispuesta a abrirse paso entre el mar picado, dispuesta a hallar una salida, ante el terror aparente y el asombro de los tripulantes, y ante el cinto resplandeciente de diborrenio… Sus manos…
Dejaron de presionar el timón y el barco hallo la calma…
La tormenta quedó a su espalda y, delante, las olas se tornaron buenas…

Los seguidores gritaban con alma y vida.

– ¡Viva el Capitán! –

Ante tanta alegría, los ojos de Shal’Kas no se adaptaban a tal sentimiento. Bajo la llegada de la noche el buque de guerra hallaba puerto en una misteriosa paz.

No había nada de qué preocuparse, salvo que en sus alrededores se desplazaba un extenso banco de neblina. Los siniestros murmullos, de alguna clase de espíritu, comenzaban a merodear en las cercanías.

Desde las mazmorras, Azul forcejeaba contra la puerta que parecía haberse sellado tras el impacto de la marea y cuando optó por detenerse para recuperar el aliento sintió un misterioso silencio que le anunciaba un mal presagio. Ante la incertidumbre unos raspones en las paredes le despertaron de aquél mudo ambiente.

– ¿Padre? –

¿Cuál será el destino próximo de la tripulación?
¿Sería realmente un camino previsto para Shal’Kas?