“…El honor es más importante que sus vidas, así el juicio final no sea más que una travesía…”

Desafío ante el Rigor Lejano

El Rigor Lejano era la Aldea más estoica de Runfenir. Sus gentes, laboriosas, paseaban por las callejuelas de la ciudadela. Bien vestidos y peinados, sus finas prendas de seda embellecían sus cuerpos ofreciendo un deleite majestuoso al poblado.
Al fondo, de las edificaciones, se contemplaba el Este y el azul horizonte que formaba parte del extenso mundo visible.
Tabernas, salones y bares, murallas y granjas, establos y cuarteles; todo mantenía un cierto sentido y su tosca pero endeble arquitectura iluminaba el rostro de cualquier nuevo llegado.

No todos poseían el nombre para disfrutar de tales beneficios. Además las leyes eran el himno de las multitudes y ningún bandido, forajido, u oportunista de mala fe era bievenido a las instalaciones.
Asimismo las murallas, al ingreso de la aldea, se hallaban fuertemente resguardadas y cualquier ser de mala cuna que osara acercarse probablemente se llevaría el sello de algún sheriff.

En el área de fundición, los proyectiles portaban el sello del Rigor Lejano grabado en forma de estrella.

Distante al pueblo, y no tan lejos de éste, se encontraba un diminuto puerto a la vista. Se decía que la civilización de Rigor Lejano provenía del mar y el más allá.

Ningún barco parecía alertarse desde distancias desmesuradas, pero un anciano pescador se proponía capturar su cena, mientras silbaba con suavidad. Más luego murmuraba al aire:

– Sé que mi ronca voz espantaría a los peces, como así también… –

Y aunque sintiera el repiqueteo en las orillas, aunque su tanza se tensara de forma incesante, su arrugado rostro se paralizó de pronto. Ante los oleajes lejanos logró percibir algo fuera de lugar.

Un enorme iris parecía contemplarle desde la distancia. Por poco se levantó de su banqueta, como si con ello mejorase la visión y, tan pronto, notó que la artesanal caña, a poco, escapaba de sus manos, se soltó sobre el asiento y arremetió con fuerza.
Más tarde, pateó la botella de hidromel que yacía junto a su pie, y aunque la misma tambaleara solo se perdieron unas míseras gotas.

– El destino de estos pocos se verá aturdido con la llegada de los otros –

Murmuró, sin siquiera hallar comprensión en dichas palabras.
Y tras salir victorioso en la dura batalla contra el pez, le sacó del mar mientras un rugido resonaba desde su abdomen, y repentinamente volteó la mirada hacia el Este. El siniestro ojo que creyó haber imaginado, por arte de magia se había esfumado.

En la distancia, donde sus ojos solo alertaban el lienzo azulado recostado sobre otro más pálido notó una diminuta silueta situarse en el centro.
Y aunque el pez retomara la lucha por la supervivencia, el hombre permanecía con la vista ocupada. Sus rasgos se arrugaban, e intentaba captar con mayor precisión. Hasta que pasados los minutos alertó que aquella misteriosa sombra obtenía mayor volumen con el paso de los minutos.

Se giró, sin más, soltó la caña de pescar y la misma se reclinaba de un lado a otro mientras la tanza tironeaba hacia el mar.

– Los otros… Los otros… –

Gritaba y, de fondo, el pez chapuceaba buscando con ello liberarse del anzuelo. La caña se había trabado con unas rocas en la costa, mientras las olas intentaban devorarla.

Un sheriff alertó al pescador, que sin siquiera recuperar el aliento gritaba, incesante, aquella frase. Sin mediar conversación alguna con el anciano, acomodó su sombrero y se encamino hacia el centro del Pueblo. Allí, dónde un mísero movimiento en falso, una provocación, o los simples nervios del hombre serían alertados como un próximo disturbio. Sin embargo el vaquero se veía sereno y con el apresurado paso recorría los senderos cubiertos de nobles gentes. Siquiera había visto lo que el anciano contempló, pero encontraba oportunidad justa para divulgarlo.

Los rumores eran la nueva invasión sin apropiada ley en Rigor Lejano. Las doncellas parloteaban, curiosas, a la vista del árido paisaje. Difícilmente se notaran ofensas, puesto que algunos comentarios eran oídos de todos.
Los hombres eran más serios y aplicados a sus labores y el orden, mientras que las damas parecían vivenciar todo con humor negro.
Fuera de sospecha, se sabía que las casas y tiendas eran trabajadas por siervos que pertenecían al resto de las aldeas. Esclavos, alentados por el pan de cada día, y la mayoría provenientes de Alfarón.

– ¿Se han enterado?  Una niña ha llegado desde el desierto –
– ¿De veras?  ¿Habrá sido captiva de algún despreciable holgazán? –
– Se comenta que es más bella que el rocío de las flores en los Jardines de Izfarat –
– ¿A caso conoces ese lugar? –
– ¿Cómo no? ¿Y perderme aquella odisea de hombres? Caballeros robustos, recios y de objetivos claros –
– Apuesto que solo aparentan, Aiev –
– No dudo de ello, pero el paisaje era el paraíso –
– ¿Y qué te ha traído por aquí? Te hubieras quedado ¿no? –
– Los hombres más serios y misteriosos conviven en estas praderas sedientas –
– Así es, Mabel. El pesar es prácticamente un consuelo a los dulces ojos –

Y las conversaciones diurnas proseguían, ante el pasaje del vaquero. Quién, a paso ágil, atraía miradas de pobladores, hasta que su marcha provocó una colisión de hombros y la víctima no demoró en voltearse y gritar:

– ¡Oye! ¿Qué tanta prisa traes? –

Y los ojos de todos se cernían sobre él. Sin pausas, sus botas replicaban sobre la acera de los senderos.

Superados los metros, no hubo desafío alguno y el malentendido quedó como un hecho olvidado. Era más temible la Ley del Orden que una disputa por encontronazo.

Don Canet

Exclamó el vaquero, finalmente, ante la atención pública.

Audaz se adentraba en un espacio concurrido ante la noticia del día, la llegada de Helen DeathTrick.
Siquiera se dieron por aludidos, millares de ojos se regocijaban ante la esbelta joven de vestido polvoriento y rizos negruzcos.

– Serían un manjar en el Salón –

Exclamó uno, entre los presentes y el resto gritaban con alegría. La sugerencia no le pesaba a ninguno de ellos.

Arrugando sus bigotes con los dedos, Don Canet, hacia caso omiso a los comentarios, hasta que anticipó la llegada del vaquero.

– Don Canet… El pescador… –
– ¿Qué cuentos se trae el anciano ahora? –
– Fábulas para niños, probablemente –

Gritó, entre risas, otro vaquero. Pero el Gobernante de la Aldea siquiera simpatizó.

– Ha mencionado a los otros, Señor –
– ¿Los otros? ¿Estás seguro muchacho? –

Y el vaquero asentía, asombrado por los años que le quitaba. Serían quizás una forma de recordar quién mandaba allí.

La noticia era más estremecedora, que cualquier otra, y por tanto Don Canet recorrió la Aldea hacia el Este. El vaquero le seguía por detrás y DeathTrick pasó a ser atención de las damiselas.

Y aunque el espectáculo apuntaba a ella, la joven sonreía expectante puesto que había que había conocido, cara a cara, al Líder del Rigor Lejano.

A medida Don Canet se marchaba, se oían reverberantes disparos desde el Oeste. Las mujeres se atormentaban viendo hacia el muro, y rápidamente una de ellas abrazó a la niña. Parecía sobarle las orejas para que no oyese el disturbio.
Siquiera esperaban órdenes, que los Sheriff presentes marcharon hacia el ingreso, mientras sus manos empuñaban las armas de fuego.

Y el tiroteo, finalmente, había iniciado.
En campo abierto, los disparos replicaban en consonancia.

Ante el silbido de Naher, los jinetes apuntaban sus armas de fuego al frente y, las mismas, estallaban tras jalar sus gatillos.
Llegando al encuentro, el corcel negro relinchó con fiereza y el Fantasma de Runfenir desmontaba.
En la distancia, Andy temía lo peor. Se trataba de la mayor cantidad de enemigos que Erabo pudiese enfrentar y soberbio les aguardaba de pie.
Temía que su salvador, y mentor, quisiera terminar en ese instante con su vida. Sabía que era su culpa, al tragar el anzuelo con DeathTrick en el paso por Colmena de Drill.

Sin embargo, Erabo, desenfundó su colt y estaba dispuesto a aceptar el desafío.

Aunque Wes’Har no anunciara el ataque, la lluvia de proyectiles viajaba horizontalmente. Parecía como si la simple presencia del siniestro forajido, les aterrorizara. Detrás de las balas proseguía, al galope, el caballo sin montura controlado por la mano derecha de Jor’Mont.

– ¡Cabrones! La distancia es fundamental para asegurar el objetivo –

Consecuente, la ráfaga de plomo alcanzó al forajido, quién realizaba ciertas piruetas para esquivar los ataques perforantes.
Alertando lo imposible, Andy notó que la capa del hombre resplandecía con notoriedad.

Y aunque lograra algo inadmisible a la vista, Wes obligó a su corcel a saltar sobre Erabo. Éste no halló mejor opción que arrojarse sobre el árido terreno y, más tarde, con la descarga de una de las colt del rival el corcel negro fue alcanzado.

Tras relinchar, el animal se desplomó ante los impactos. Andy no lamentó la muerte de su familia en el atraco, pero ahora no lograba contener las lágrimas ante aquel agotado animal que en viaje de ida y regreso le había salvado. Gracias a aquellas travesuras eternas, había conocido Runfenir lo suficiente como para volver a explorarla solitariamente.

Sin más, cayó de rodillas, temía que su mentor estuviera en peligro. Mucho menos portaba un arma para enfrentar a los maleantes, pero eso no quitó su deseo de participar con el cuchillo que resplandeciente colgaba de su cinturón.

Erabo contempló, en la distancia, el último aliento de su compañero. Aunque su máscara no permitiera constatar sus sentimientos, el hombre rechinaba los dientes.
Wes sopló su revólver y sonrió.

– ¿Hasta los espectros pueden llorar? –

Los bandidos se avecinaban ante el galope constante y el hombre estaba rodeado. Sus macabras figuras se detenían delante del pistolero más peligroso de toda Runfenir. Portaban pañuelos y sombreros que les hacían imposibles de identificar, mientras que el rostro del malvado Wes’Har se hallaba desnudo y totalmente limpio.

Con soltura, el muchacho desmontó y notando que Erabo buscaba ponerse del pie, le pisoteó la capa obligándole a permanecer recostado.

– ¿Sabes que no entiendo pendejo? –

Disminuyendo su estatura, el vaquero encogió su cuerpo y dobló las rodillas. Más luego peinó la escasa hierba en la superficie buscando una espiga, al tiempo que su revólver era empuñado por su extremidad restante.

– ¿Cómo es que el Fantasma de Runfenir, ahora se arrastra lamentando por su vida? –

Exclamó el rebelde muchacho, y las risas se hicieron oír. Entre lágrimas, Andy BlackHawk, rechinaba los dientes. Antes de concebir la posible muerte de su salvador, optó por utilizar su último cuchillo contra el joven asesino.

Planeaba emprender la carrera como los peligrosos y ágiles asesinos del Comadrón, pero una mano palmó su hombro.

Al voltearse, alertó una docena de Sheriff abriéndose paso ante el crepúsculo.
Desde la colina avanzaban, dispuestos a cazar a los bandidos. Como si así pudiesen limpiar la maldad que abundaba en las tierras perdidas de Runfenir.

Wes’Har no demoró en oír el galope constante que producía una vibración permanente sobre el suelo. Su caballo parecía nervioso, como si lograse prever el posible futuro.
Y aunque el vaquero se dispusiera a enfrentar todo peligro, al alzar la vista, alertó a sus hombres retirarse despavoridos.
Solo Naher aguardaba allí, siquiera silbaba pero su mirada denotaba una gradual incertidumbre respecto a quedarse o marcharse con la llegada de la noche.

Imprevisto, la guardia del Rigor Lejano salvaguardaba el duelo de los Demonios de Drill contra el temible Fantasma de Runfenir.

¿Qué sucederá ahora que han llegado al característico poblado del orden? ¿Será bienvenido el Fantasma de Runfenir? ¿Qué decisión tomará el rebelde Wes’Har?