“…Y el mago despertaba, a cada segundo que pasaba, en el terror mas imponente conocido…”

La Disputa entre el Cazador, el Druida y el Ninja.

Triviltor cae ante el poderoso encapuchado. Los sueños del Gran Sabio se fundían con las llamas que ahora se propagaban sobre la vasta naturaleza.
El último guardián capaz de enfrentar la amenaza se ha convertido en el terror, culpable de la destrucción del propio territorio.
Los últimos sobrevivientes escapan hacia la Aldea de Triviltor. Aunque la salvación se pueda hallar en un trayecto opuesto, planean rescatar a los últimos descendientes místicos y reunir al consejo para tomar medidas ante la drástica situación.

Ante el desconocimiento de las verdaderas intenciones de Velnor, en algún sitio, en el interior de la selva, donde el agua de la cascada se abre paso y atrae la atención de numerosos animales, descansa Geón.

Durmiendo de lado, yace bajo la sombra de un gran arbusto. Sus manos sostienen y protegen el yelmo de diamante como si se tratase de su propio corazón, cubierto por los tejidos de su cuerpo. La fogata se ha consumido ya y el sombra había vuelto en sí.

– Despierta –

El druida abrió sus ojos repentinamente. Contemplaba el colorido paisaje de la hierba y al azulada marea golpeando entre las grisáceas rocas. Desconfiado, comenzaba a alzarse cuando una figura empezó a tatuarse en su frente. Deteniendo su osadía, el ninja posó su mano enguantada en el hombro del muchacho.

– ¿Aún desconfías? –

El joven suspiró y deshizo su conjuro. Tras utilizarlo en enumeradas ocasiones, había conseguido abolirlos, casi, de manera instantánea.

– M… Me cuesta confiar en alguien que siempre está disfrazado –
– No se trata de eso –
– ¿A caso nunca te lo quitas? –

El sombra permanecía junto a la orilla, de rodillas. Su sable envainado pasos delante de él, y sus manos se unían, una sobre la otra, formalizando alguna clase de símbolo con sus dedos.

– Es un uniforme –

Murmuró el siniestro espadachín. Quién, incluso, bajo el fulminante amanecer se notaba aterrador.

– ¿Tú, nunca respondes a mis preguntas? –

Refutó el muchacho, empuñando sus manos con ira.

– Silencio –

Geón permaneció atónito unos instantes. Para su sorpresa, el ninja se volteaba de espaldas tomando algo detrás de su cinturón. En lo que dura un pestañeo lo arrojó hacia los arbustos, frente al caudaloso rio. Así permaneció segundos venideros, ante la mirada desconcertante del druida.

La flora se movilizaba de forma incesante, marcando un curso vertical a la perspectiva del espadachín.

– ¿Y qué tal si es uno de los tuyos? –

El ninja negaba con su cabeza, hasta que de pronto se irguió y recorrió tan ágil la orilla que el druida demoró en convencerse sobre lo que contemplaba. El hombre no sólo corría por el agua, sino que saltaba y arrojaba algo indescriptible en numerosas ocasiones.

– Se ve veloz como tú, por el movimiento de la naturaleza –

Murmuró Geón, observando de reojo la espada a pocos metros de él.

De forma sorprendente el sombra había fallado sus lanzamientos. Tan pronto como cruzó el rio arrojó una esfera misteriosa hacia los arbustos y, con el siguiente estallido de una bomba de gas, acabó por desvanecer su cuerpo entre la naturaleza.

– ¡Demonio de Yahandá! –

Gritó una voz joven, entre la nubosidad latente que se esparcía frente a los ojos del druida.
Ignorando el acontecer, Geón, avanzó hacia la espada a gachas. Cuando repentinamente un zumbido atrajo su atención desde el frente. Al alzar la vista, el muchacho advirtió al ninja de negruzcos ropajes avecinarse con un joven sostenido del cuello.

– ¿Paún? –

Exclamó sorprendido Geón, y al descender la mirada hacia el sable se aterrorizó al notar un delgado espacio entre ella y su mano cubierta por tres shakken. Se trataban de cuchillas arrojadizas con forma de estrella de metal, cuyas cuatro puntas estaban bien afiladas.

– ¿Q… Qué? –

Tan pronto como el sombra llegó, arrojó a Paún junto a Geón, tomó su vaina del suelo y desenfundó, para más tarde apuntar la punta del sable hacia el rostro del nuevo transeúnte.

– Es… Espera –

Exclamó el druida, sorprendido. Por su parte, Paún, se frotaba los labios con su brazo desnudo y se levantaba de entre las hierbas, observando con recelo a su adversario.

– ¿Te ha secuestrado este demonio? –
– No Paún. Él me ha salvado –
– Imposible. Estos demonios asesinaron al Gran Sabio –
– ¿Que has dicho? –
– He visto a uno de ellos enfrentando a Nozepul –

Con todas sus fuerzas, el muchacho se proponía arrojar un puñetazo contra el espadachín, pero el sable yacía delante de él. Un leve corte obligó al muchacho a retroceder y el sombra se abalanzó ágil sobre él.

– ¡Espera! –

Gritó Geón, y ante la mirada del ninja la frente del druida comenzaba a tatuarse con diversas figuras.

Un rugido resonó antes que el ninja se diese por aludido y un oso le tomó por sorpresa. El mismo, le despidió contra el rio.

– G… Geón… Me has salvado –

Replicó Paún, sorprendido.

Al regresar la mirada hacia el agua, Geón desvanecía el conjuro de invocación y, de repente, avizoró algo que le dejó sin palabras.

El sable del ninja yacía junto al yelmo de diamante. Ambos resplandecían notoriamente.

– E… Eso es –
– No hay tiempo que perder –

Respondió Paún, quién empuñó un hacha de mano detrás de su cinturón.

Ante la mirada frontal de ambos, un torrente de agua se eleva y el sombra reaparece con sus prendas totalmente húmedas.

– ¡Cuidado druida! –

Gritó Paún, quién buscaba enfrentar cara a cara al enemigo con su hacha.

Diversas shakken se soltaron de las manos del espadachín y el cazador tuvo que revolcarse sobre la hierba para esquivarlas. Pero cuando se erguía para contra atacar, el veloz ninja apareció junto a él. Con un preciso golpe le envió lejos de su alcance. Tan solo con el uso de su palma le había lanzado hacia los arbustos, perdiendo incluso el control de su hacha.

Tras ladear su rostro, el trayecto superado se humedecía con el goteo constante.

Ante sus sombríos ojos, el druida recogía su yelmo de diamante, al tiempo que con su mano restante buscaba tomar el resplandeciente sable.

El leve suspirar de la brisa soplaba en la nuca de Geón, y al alzar la vista recibió un feroz rodillazo en su abdomen. Cuya fuerza le sacudió hacia los arbustos, al igual que a su compañero. En el trayecto, un cuervo descendió de forma rapaz y mágicamente logró detener su caída.

Tras suspirar, y abrir los ojos, el muchacho contempló como el ninja tomaba su sable y envainaba. Más tarde se hallaba en guardia, observando hacia la abundante flora, mientras que la marea circundaba detrás de él. A poco retomaba la paz, y aunque el yelmo de diamante se hallara a pasos de él, siquiera procuraba tocarlo.
Geón recuperaba el aliento, y su frente se completaba de símbolos. El espadachín alertando movimiento silvestre por doquier y, antes que el druida comprendiera lo que su instinto propio le dictaba, alertó la llegada de numerosos animales a su lados. Algunas bestias temidas por cualquier hombre, que se hallaban bastante lejos de su hogar natural, mientras otras solían avecinarse entre la selva.

El espadachín quedó sin aliento. Sin siquiera poseer la reliquia, el muchacho invocaba un mayor número de criaturas. Entre ellas, Paún saltó desde los arbustos y en su carrera recuperó su hacha de entre la hierba.

– ¡DEMONIO DE YAHANDÁ! –

Geón, asimilaba a estar poseído. Puesto que su reliquia estaba más cerca del sombra que de él. Pero su mentalidad ganaba preponderancia, y sabía que ese ninja le había salvado con antelación.

Sin embargo, el otro muchacho desconocía tales sucesos y tras recuperar su hacha se abalanzó contra el oponente. Éste con suma destreza evita el ataque cortante y con una patada arroja al cazador hacia el agua. Enfurecido sobresalía de entre la marea gritando.

Y tan pronto como ambos se preparaban para una nueva contienda, un sonido resonó desde los arbustos alcanzando más de 15 kilómetros a la redonda. Lo que logró atraer también, la atención de la pantera que protegía a Velnor.

Se trataba del barrito de un elefante, en el que Geón se había convertido para detener al sombra y Paún de un combate innecesario.
Si bien el acto había escandalizado a ambos, el resonar de un rugido lejano promovía el inminente peligro.
El conjuro de transformación en el druida se desvanecía, y de rodillas, cercanos a las orillas del rio, se encontraban aturdidos el cazador y el ninja. Uno junto al otro con sensaciones incomprensibles.

Cercanos a la Aldea de Triviltor, Velnor y el poderoso liberado Nozepul contemplaban los gruñidos del enorme felino. Estos, atribuidos al rencor que poseía el animal por parte del ninja.

– Cálmale –

Exclamó Velnor a su compañero, quien asintió condescendiente.

Quién poseía los conjuros más destructivos, con solo tocar al animal consiguió que éste se agachara ante él y se desvaneciera. Como si se tratase de una absorción temporal de su esencia.

– ¡Perfecto! Por ello también me serás útil contra el druida –

Nozepul asintió con sus ojos resplandecientes, tales como estrellas fugaces. Y ante el soplar de la brisa, y el movimiento de los arbustos, prosiguieron su marcha.

Por su parte, Velnor se quitaba la capucha y la utilizaba para ocultar las heridas de Nozepul.
Ambos adeptos estaban por llegar a la Aldea de Triviltor, dónde conmocionarían a los sobrevivientes. La búsqueda de Velnor había concluido y ahora un nuevo objetivo cavilaba en la poderosa mente del psíquico.

La posible visión del Gran Sabio se cumplía a rajatablas. Quizás el trozo de conversación que Geón había perdido en su conversación íntima estaba dando frutos.

¿Logrará Velnor adueñarse del espíritu pacífico de Triviltor, con la presencia de Nozepul? ¿Serán Geón y Paún los únicos testigos capaces de erradicar la maldad que asola en sus preciadas tierras?