“…Cuando el destino confiere el objetivo ante los ojos, ningún temor se abalanzará ante la suerte…”

La Devoción contra la Venganza. ¡Relthas aparece!

 

 

La perspectiva desalentaría a cualquiera, una caravana escapaba hacia rumbo incierto, mientras los rezagados eran devorados por una figura abominable. En endebles tiendas de lona se escondían otros, al tiempo que otros huían del cruel destino que les perseguía.

Zarek advirtió a cientos de personas correr hacia el Oeste, al horizonte. A su paso, perdían objetos y utensilios. Incluso despojaban sus armas para ganar mayor velocidad. La temible amenaza se hallaba masacrando a los que intentaban esconderse entre los escombros.

Tras una gélida brisa, el Nórdico notó una transparente figura que se confundía con el paisaje. Se trataba de alguna clase de espíritu que se dirigía hacia él.

– Aún no es tu oportunidad –

Oyó un murmullo que se confundía con el viento.

– ¿Rofindir? –

– Has perdido la reliquia que te protege, hijo mío –

– ¿Reliquia? –
– La Sagrada reliquia de Daghol. Las hombreras de Adamantio

Tras aquellas palabras, Zarek reflexionó y comprendió que al haber intentado ser sanado por Bera, debieron quitarlas.
Repentinamente se volteó hacia el camino atravesado, y en los bosques divisó a Semnurd cargando su arco.

– Mis hombreras… Es decir que Bera… –

– Un nuevo mundo se forja hijo mío. Ahora las civilizaciones se hunden ante la oscuridad. Solo las reliquias de Daghol podrán alentar o destruir lo venidero –

– Rofindir… Mi pueblo.. –

El espíritu asintió, antes que pudiera concretar tal incógnita. Y detrás de él, Zarek, notó numerosos espíritus nórdicos que se arrodillaban. Niños, mujeres y hombres, incluido el Líder y antiguo portador de las hachas.

El hombre de rojizo vello y melena resolvía arrodillarse como los suyos, ante Rofindir, el Dios del Descanso. Pero para su sorpresa, también aquella divinidad, descendía delante de sus ojos.

– Todos aguardamos Zarek. Y ellos han muerto ante Relthas. Pero tu eres el último de nuestra estirpe y debes ver mas allá de las costumbres nórdicas –

– R.. Relthas… –

– Debes recuperar tus hombreras y luego elegir el camino –

Una tormenta de nieve arrasó de repente con la presencia de toda la tribu espiritual y, detrás de la abominación, el Nórdico separó sus manos para lanzar un alarido de ira.

– ¡GROAGHHH!! –

La figura terrorífica encorvó su estatura y ladeando lo que parecía asimilar a su rostro, le vio por encima de la colina.

– ¡R… Relthas..! ¡Mi pueblo! –

La propia furia llevó al guerrero a desenfundar ambas hachas, haciendo un sutil crujido.

– Aún no es tu turno Zarek, hijo mío –

Se sintió ante la brisa.

Numerosos sobrevivientes lograban escapar del acontecer y la sombría abominación se giraba hacia la colina.

– ¡Ven! ¡Ven a mi Relthas! –

Entre gritos de desolación se oyó a un anciano anunciar:

– ¡Corre niño, corre Azgal! Como tus padres solían decir… ¡Nunca voltees la mirada atrás! –

Ante el soplido de la ventisca, y la caída sin fin de la nieve, desde el cielo Zarek alzaba ambas hachas. Decidido, a cumplir con su propósito. El asesino de las leyendas, el que había diezmado a su civilización, se hallaba frente a sus ojos y parecía avecinarse. Y cuando se aproximaba, ignoraba incontable número de almas a su alrededor.

– ¡Maldito Nórdico! –

Zarek sintió como una flecha raspaba contra la cuerda de un arco.

– ¡Por Othar! ¡Tu debes morir aquí! –

El Nórdico aguardaba de espaldas al muchacho, quién se inclinaba de rodillas preparando su feroz lanzamiento.
La sombría abominación escalaba la colina nevada, en busca de Zarek. Y aprovechando tal suceso, las personas, ocultas, optaron por escapar. Exceptuando a una joven que temerosa proclamaba:

– ¡Ayuda por favor! –
– Vamos jovencita, sal de allí –
– Estoy inmóvil. ¡Ayuda! –
– Déjala allí. Esta oportunidad es de oro –
– ¡Por favor, no me abandonen! –

El muchacho estaba por soltar el proyectil cuando, en la distancia, los gemidos atormentados de aquella joven le inferían incertidumbre.

– Estúpido –

Murmuró Zarek y el centinela recuperó la osadía ante aquella distracción.

– ¿Qué haz dicho, asesino? –

– Has abandonado a Bera a su suerte, cuando el culpable aún mora en el bosque –

Sem rechinaba los dientes, aunque aquellas palabras eran fehacientes.

– No solo la has abandonado, has elegido un camino equivocado –

– ¿Qué insinúas? –

– Lo veras en instantes, siquiera llegaras a comprender –

El muchacho advirtió como el filo de la sombra se abría paso a los lados y la pálida piel del Nórdico se oscurecía.

– Relthas esta aquí… –

– ¿Relthas? –

Se oían leves pasos en la nieve y al avanzar la temible estatura de aquél inexplicable ser se aproximaba delante de Zarek.
Sem tenía al Nórdico a punto certero, sin embargo la presencia desconocida era tal, tan siniestra que no solo bajó el arco sino que además resolvió girarse y huir despavorido.

– ¡POR LOS DIOSES! –

Alcanzó a gritar y tras largarse a hurtadillas, agilizó los pasos enloquecido, como si el apocalipsis se avecinara a su espalda.

Zarek no aceptaba el escape como una opción, pero al ver su herida casi sana, no pudo evitar recordar a Bera.

“…Huye, hijo mío
se oyó ante la brisa.
Quizás la reluciente presencia de Rofindir,
le habría curado completamente.

Aunque el guerrero entendía,
que el forajido amenazaría la vida de Bera.
Que así, conseguiría la reliquia,
y se saldría con la suya una vez más.

Le era imposible negar,
por sus costumbres. 

Que un rival digno,
se encontraba delante de sus ojos…”

Semnurd estaba a punto de ingresar al bosque, pero los gritos temerosos de aquella joven no le permitieron proseguir la marcha. Ante la compasión, decidió desviar el camino hacia el Nórdico, pero buscaba de alguna manera descender el pico nevado. Dirigirse hacia el sitio de donde provenían los insistentes llamados de salvación.

La abominación se hallaba a pocos pasos del Nórdico. Y éste ya estaba decidido a combatir.
Presentía que, aunque optara por irse jamás lo conseguiría.

– ¡Prueba estos filos Relthas! –

Un rugido resonó soplando, incluso, su vello facial. El guerrero enfrentaba el destino, incluso, cuando su propio Dios le había implorado que se salvase…