Capítulo 8 – En presencia de su Excelencia

por | Feb 28, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…Cuando el destino dispone de la oportunidad y las almas se afligen, la hora ha llegado…”

En presencia de su Excelencia

La reunión en el Consejo había finalizado con una decisión que atormentaba toda esperanza aglomerada en Romir.
El costo de las palabras de Lena aún no finalizaban, y a medida la ira se apoderaba del magistrado su sirviente guardaba silencio. Más leña se acumulaba provocando un incendio emocional.
Ambos yacían viendo la noche despejada, hacia el muro del Este. Aún el reverberante recuerdo de la niña, la que salvara en su infancia, replicaba en su inconsciente.

– ¿¡Por qué, Lena?! –

Y aunque el mayordomo no diese respuesta alguna al asunto, suspendiendo su voz, observaba detenidamente los alrededores. La mayoría de los guardias se habían retirado. Solo uno observaba fijamente al Norte.
Apenas podía constatar que respirase, y se asemejaba a una estatua de oro.
Desde luego, Romir, no concebía razón alguna tras sus constantes incógnitas, que luego de suspirar dejó de mirar al cielo estrellado. El mayordomo se alarmó de repente, creía haber oído un grito distante.

– ¿Ha oído eso magistrado? –

El muchacho negaba, al tiempo que intentaba comprender que pudo haber perdido de vista. Los caminos yacían vacíos, lonas se esparcían con la brisa, tiendas de madera abandonadas y las antorchas en las paredes destellaban luz en las desérticas callejuelas. Aunque notase tranquilidad, algo le incomodaba.

– Cuanta ausencia de oro esta noche. ¿Verdad? –

El mayordomo asentía y, al voltearse, el silencio en las calles le dejaba sin aliento. Finalmente, desconfiado, manoteó el mango de su puñal y, lentamente, se irguió sobre su sitio.

– Aguarda. Observa a ese soldado… –
– Allí yace de pie. Desde que me he puesto a investigar, siquiera ha osado modificar su postura. No lo sé, Magistrado. Pero algo anda mal –
– Hay algo más. Presta atención a su rostro –

Confundido, el mayordomo le observaba con recelo. Sin embargo, no lograba captar nada de importancia. Y, entre el silencio, creyó nuevamente oír gritos lejanos.
Desconocía la realidad que le hostigaba y, al percatarse que el sudor descendía sobre su pómulo, observó la piel brillante de aquél hombre.
A duras penas una fogata le iluminaba su cuerpo y, en ese momento, el mayordomo perdió la cordura.

– ¡Es… Está sudando!! –
– Correcto –
– Magistrado… ¿A caso se produce una nueva rebelión? –
– No lo sé, pero debemos averiguarlo –
– ¿A estas horas de la noche? Será mejor que aguarden en su hogar y yo le informaré –
– ¡Olvídalo! Tienes suerte que no te he pedido que liberes al prisionero –
– ¿Sería mala idea? –
– Ciertamente no –

Y fuera de consultar su paradero, ambos se miraron frenéticamente. El magistrado sabía dónde se hallaba y temía que los prisioneros se levantaran para salvarle. En cuyo caso, habría un espía en el Consejo o, aún peor, les inculparían el origen del levantamiento.
Era menester descubrir lo que acontecía, antes que se levantase otra reunión de Consejo.
Sin más rodeos, ambos marcharon hacia el gran torreón, desconociendo los sucesos que acontecían al Norte del Imperio.

Apenas el trasluz de las llamas reflejaba entre las prisiones y replicaban en las armaduras de los espadachines dorados. De no ser por su respiración, en la oscuridad latente, sería improbable descubrir la presencia del encapuchado con sus brazos encadenados a la pared.

Creía, el campeón crepuscular, haber divisado su katana envainada colgando de uno de los cuadros y, en cuyo caso estaba claro que con o sin rebelión él acabaría en ese sitio. Quizás una voluntad mayor habría planeado su destino. Al alzar la vista, sentía que no solo ellos se encontraban en la aparente penumbra. Siquiera lograba percibir la altura del gigantesco torreón, que el paisaje central del tejado se le hacía infinitamente profundo. Se veía una especie de aura boreal conformada por espejos. Incluso la luz, entre la densa oscuridad, se tornaba incomprensible. No asimilaba al candor de las fogatas, ni al reflejo en los gorjales de oro. Se trataba de algo más. Algo que no conseguía comprender y le tenía abatido en una inmensa admiración.

– ¿Ya vuelves a observar lo que no te corresponde, lacayo?  ¿Ni, incluso, ante la presión de esas cadenas obedeces? ¡Qué mires al suelo, bastardo! –

Gritó con determinación el caballero de rostro triste de porcelana y, mientras empuñaba su asta dorada, le abofeteó con su puño libre.
El hombre volvió la mirada hacia las botas de los espadachines, producto del puñetazo, y los presentes rieron de tal manera que sus alegrías hacían eco en el ambiente.

Erion estaba impaciente y, repentinamente, Lena surgió desde el nocturno fondo. Los espadachines se sobresaltaron. No solo debido a su fulminante belleza, la reconocía como una de las nobles mas allegadas a las decisiones de los Generales.
Para aplicar calma en su decisión, hondeaba el abanico delante de su pálido rostro.

– ¿Qué hace ella aquí? –

Preguntó, de pronto, el caballero y despertó de la ilusión a las tropas doradas.

El mensajero dio un paso al frente y la aceptó con amabilidad. A medida se inclinaba en bienvenida, como si fuese una Reina, proclamó:

– La señorita Lena fue una de las presentes del Consejo que optó por condenar a este hombre –

El campeón crepuscular no pudo ensordecer ante tal comentario y, alzando el rostro, contempló a quién le enviase los verdugos.

– No importa quién sea. Una mujer no debería estar presente aquí –
– Quizá desea cerciorarse de que su resolución se aplicará –

Respondió el mensajero, al paranoico caballero y la damisela asintió, deteniéndose en el centro de la sala.

Los espadachines quedaron perplejos ante su determinación y coraje. Y el campeón crepuscular no hizo más que sonreír al advertir sus pacíficos rasgos faciales. Si bien los labios del prisionero no se notaban por el pañuelo bajo su nariz, la simpatía se lograba denotar en sus arrugados ojos.

La concubina yacía nerviosa pero, aún así, aguardaba oculta manipulando el mango de su afilado abanico.

– ¡Insisto! Los nobles no tienen nada que hacer aquí –

Contestó el caballero, sin quitar los ojos encima de la doncella presente.

– ¿De qué hay que preocuparse? Si él no está conforme, lo dejará en claro –

-Respondió un espadachín entre los presentes. Y automáticamente el mensajero retrocedió. La dama le observó con desconfianza y el caballero persistía con suma bravura.

– ¿Él? ¡¿Él?! ¿Quién? –

Y al instante, la doncella se inclinó cuanto podía y posó el abanico sobre sus labios. Los espadachines siguieron su postura e hincaron la rodilla. Si bien el prisionero no lograba divisar a nadie más, un denso presentimiento le pesaba desde las alturas. Aprovechando que todos se rendía sobre la superficie, alzó la vista nuevamente para contemplar aquella misteriosa aura boreal.

– ¡Que creen que hacen, insensatos! –

Gritaba, el caballero y aún no lograba comprender la situación.

Bastarían las palabras de Lena para que lo comprendiese. Y desde la penumbra, tanto Erion como la concubina, fueron atraídos por las intrigantes miradas del campeón crepuscular.

– Lo siento su Eminencia. He faltado a mi suprema responsabilidad y me he presentado en este lugar, al que no pertenezco. Con su debido respeto necesitaba anunciar mi tristeza respecto a la decisión tomada por el General. Referido al castigo de este hombre, sopesando mi poco cautelosa resolución, sospecho que este guerrero posee la fuerza para protegernos –

El mensajero y los espadachines irguieron el ceño al notar cómo se arrepentía de su decisión. El prisionero dejó de contemplar las alturas, al oír tales comentarios, y observó fijamente a la dama a sus ojos.

– Debí pensar, antes de hablar. Me apresuré en tomar mi voto por tener diferencias frente a un compañero del Consejo –

– El Buen Romir… –

Se oyó un denso murmullo desde las alturas, y el eco de una carcajada dejó a todos paralizados. Sin más, los espadachines, Lena, e incluso el caballero recostaban sus rostros sobre el suelo y susurraban:

– Su Excelencia –

También la concubina yacía de rodillas, de pronto y su soltura había sido advertida por Erión a pocos pasos de ella. Debido a eso, sentía un inexplicable peso en los hombros que le invitaba a repetir tales acciones.

El campeón crepuscular observó de lado, de repente. Al arrodillarse la Guardia Imperial logró divisar las barras de hierro de una celda, al fondo del ambiente. Allí, espalda contra espalda, yacían prisioneros dos hombres.

– Lo lamento mi Señor –
– Prosigue, Lena la bella… –

Y el murmullo se oía tan claro y profundo que asemejaba formar parte del torreón, como si fuesen la garganta y sus paredes las cuerdas vocales.

– Un hombre capaz de vencer a nuestros honorables soldados, podría ser la solución contra las invasiones –

– No sería muy diferente a lo que planteaba su confidente… –

Se escuchó nuevamente aquellos profundos versos desde el más allá y Lena se ruborizó ante el comentario, respondiendo por lo bajo.

– ¿Con… Confidente? –

– ¿Por qué razón ahora apoyas su moción? En su, debiese decir… ¿Ausencia?. ¡Oh! por lo visto él se aproxima –

Todos se miraban confusos y atónitos, mientras el prisionero retornaba la mirada hacia el aura boreal.

– ¿Cómo es que usted supo del Consejo si… –
– Yo lo sé todo, querida Lena. Como así se quiénes se encuentran a tu espalda. Y los que pronto se aproximaran –

De pronto los espadachines alzaron la vista, perplejos y Lena se quedó paralizada. Erion y la concubina tragaron saliva y el frío sudor les humedecía sus frentes.

Al instante, el mensajero se puso de pie. Antes que pudiese emitir una orden, el paranoico caballero del rostro triste de porcelana gritó:

– Exploren los alrededores, ¡y detecten quién más está aquí! –

Los hombres se erguían para iniciar la búsqueda y, al borde del terror por parte de Lena, el mensajero murmuró:

– Quizás se trate de los Verdugos –

Los espadachines asentían, ante el descontento del caballero. Pero antes de aclamar la victoria, la densa voz retomó la comunicación:

– Efectivamente los verdugos y… –

– ¡Su excelencia! –

Interrumpió, de forma repentina Lena, con un grito y puso de pie. Siquiera sabía con qué palabras proseguir.

– Cómo osas… –

Murmuraba el caballero, al tiempo blandía el asta dorada envainada tras su espalda.

Lena no tenía palabras expiar su cometido. Y en el afán de calmar el panorama, el mensajero dio un paso al frente y posó su mano en el gorjal del caballero. Apenas éste ladeó su rostro de porcelana y, acto seguido, desenfundó su asta y le aplicó un azote tal que el hombre fue despedido contra las barras de hierro de la prisión.

– Te advertí que no me tocaras –

Lena se quedó sin aliento, y el rostro de porcelana regresó hacia ella. La concubina procedía a empuñar sus abanicos para entrar en batalla con el guerrero.

– Ugh… –

Uno de los hombres, del interior de la celda, se proponía estirar sus encadenados brazos para atrapar al mensajero por la espalda. Mientras el otro intentaba detenerle.

– S… Si… –

Clamaba uno, y el otro respondía:

– N… No… –

Antes que todo se convirtiese en tragedia, hicieron su entrada los verdugos. Tres hombres de fornido y desnudo tórax, con unas capas naranjas y guantes, cinturones, rodilleras y botas de oro. Portaban enormes hachas y guadañas que apenas eran visibles en la oscuridad, por el reflejo de las llamas.
Ellos solo tenían ojos para el prisionero y, siquiera, meditaban palabra alguna.
A paso pesado y lento avanzaban, obligando a los espadachines a dispersarse. Antes que el campeón crepuscular lo meditara, los tres filos yacían de forma horizontal a los tres lados posibles de visual que ostentaba.

– L… Lo siento –

Clamaba Lena, entre lágrimas.

Y aunque el prisionero desviara la mirada hacia su katana envainada, como porte de museo, ya estaba perdido.

– Por orden del General y en presencia del Mariscal, la Guardia Imperial y los Verdugos, se procederá a degollarle –

Gritó con, oculta, alegría el guerrero de placas. Los verdugos asintieron y el acto empezaba a surtir efecto.

Fab llegaba detrás de Erión y procedía a taparle los labios con sus dedos, antes que rechistase. Luego le enseñó un bocado del fruto, y detrás llegaron los otros tres compañeros. Pero habían llegado demasiado tarde y, desde la penumbra, observaban el cruento acontecer que se avecinaba…