Capítulo 8 – El Mercenario de las Tierras Perdidas de Runfenir

por | Sep 21, 2019 | Quinta Crónica: El Mercenario de las Tierras Perdidas de Runfenir (After)

“…Su imagen era más peligrosa que el propio Érabo…”

El Mercenario de las Tierras Perdidas de Runfenir

La victoria de Jarriet Dean en Cruce Austero recuperaba las agitadas esperanzas que, durante 30 años, estuvieran  sosegadas. Incluso atrapar a un prisionero, Kirk el joven, anunciaba el inicio de una réplica a las hostilidades frente al viejo enemigo.

Así, los aldeanos del Rigor Lejano, estaban al tanto de todo. Don Canet había comenzado la represalia tras años de reconstrucción. Esta vez, el plan de conclusión devendría en la extensa Runfenir.

Un nuevo día ofrecía un concilio. Nuevas tomas de decisiones y una victoria por parte del héroe. Sin embargo, la presencia de Andy BlackHawk no era bienvenida.

La mayoría le confundían con el renombrado Fantasma de Runfenir. Y esto acarreaba, desde lejos, un insulto hacia el orden. No obstante, se desconocía que Andy era un mercenario contratado por Rav’Thos, el líder de los Viriathros. Por ende, las labores del mercenario implicaban la protección del ferrocarril y el trabajo de los cyb-obreros.

– Pasen, pasen, caballeros –

Exclamaba Don Canet, en las afueras de su hogar, a medida que fumaba un puro. Asimismo, contemplaba como los jinetes ataban los corceles en torno a un árbol y a la tranquera.

El recinto solía estar bien resguardado. Pero Mare, el mayordomo, en esta ocasión, había solicitado que los alguaciles pasaran desapercibidos. Puesto que se esperaba a los viriathros con una bienvenida amistosa.

Tras abrazar con apego a Jarriet, asimilando a ser como un padre, Don Canet observaba al rejunte de hombres.

El héroe ya no se trataba de aquél inseguro muchacho que planificaba frente al plano ilustrado de Runfenir. Ahora había conseguido un nuevo y todos le alababan.

Los once hombres ingresaban victoriosos, así solo hubieran acompañado al líder de campaña y el gordinflón logró advertir a Andy junto a los caballos y, sobre la montura de uno de ellos, a Kirk encadenado.

– ¿Bandidos? –

Gritó, tan pronto, que los alguaciles se alarmaron. Planeaban regresar, pero Jarriet interrumpió el malentendido.

Desde el sendero opuesto se aproximaba Rav’Thos y los suyos. El primero había alcanzado a presenciar la situación y al vaquero del emblema dorado.

– He traído un prisionero con vida, de nombre Kirk. Y él es… –

Andy notaba como los hombres se congregaban y le miraban fijamente. Murmurando por lo bajo, él acariciaba su barba.

– Lo sé… Lo sé… Para ellos podría ser mi mentor –

Retomando el habla Dean proclamó:

– Él es Andy BlackHawk, mi amigo –

Canet se sobresaltó de pronto y, por poco, se ahoga con una bocanada de humo. Estaba decidido a exclamar algo a medida se soltaba de los brazos del héroe, pero el moreno sirviente le alcanzó.

– Sea compasivo… Rav’Thos está aquí –

Más tanto el gordinflón soltó el cigarro, lo aplastó con su bota, ante la perspectiva de Andy. Y, luego de frotarse con delicadeza el bigote, ofreció una sonrisa a los llegados.

El mayordomo se ocupaba de apresurar el paso de los once vaqueros al interior del hogar y les suministraba una bandeja profunda para que se desarmaran.

Los viriathros ingresaban por el mural y, entre ellos se hallaba un espadachín con un sable de oro, conocido como Rultz. El gordinflón de bigotes accedió a que todos avanzaran y Jarriet murmuró:

– ¿Qué hay de… —
– El se quedará, fuera, controlando al prisionero –

Replicó Don Canet, sin siquiera voltearse.

Antes de que todos se integraran en la oscuridad del salón, Rav’Thos se detuvo y contestó:

– Rultz se encargará de ello. Permita ingresar a BlackHawk –

Y, sin más rodeos, las palabras de aquél individuo de piel rosada tenían mayor influencia que las del propietario de la morada.

Antes de emitir algún juicio de valor, los hombres incursionaban el área y el líder de los sheriff permaneció contemplando a Rultz junto al bandido capturado.

Mientras avanzaban, Andy BlackHawk se detuvo a observar el papiro que colgaba junto a la puerta, sobre el Fantasma de Runfenir buscado.

– Me temo que este hombre no tiene nada que hacer en nuestro concilio –

Exclamó, de repente, Don Canet a medida que se frotaba los bigotes.

Mare llegaba desde el fondo, portando ahora una bandeja de bronce con jarrones de hierro y se dirigía al bufete. Separados se hallaban, los once vaqueros y Jarriet por un lado y los Viriathros del otro lado de la mesa.

– El trabaja para mí –

Respondió Rav’Thos, con soltura.

– Pero… ¿Cómo se le ocurre? –
– Él comprende de Runfenir mejor que el resto –
– ¡Pudiendo llevarse a nuestro prestigioso Jarriet Dean y sus once jinetes del Rigor Lejano! –

El individuo de piel rosada, procedía a quitarse la capucha y sentarse frente a la mesada. El resto de viriathros repetían su acción.

– No dudo de las fortalezas del General, pero ninguno de ustedes lograría mediar conversaciones con otras aldeas. Sus intereses les han convertido en una amenaza para Runfenir –

– Pues yo no confío en ese hombre. ¡Él no pertenece a aquí! –

En cuanto el diálogo fluía, Andy BlackHawk se proponía retirarse del ambiente. Pero Rav’Thos elevó la voz.

– Aguarda, BlackHawk –

Y el forajido se detuvo, luego suspiró con desencanto.

– Necesitaré, nuevamente, de sus servicios –

Jarriet, con los brazos cruzados, contemplaba los sucesos y, poco a poco, todos los presentes tomaban sus sitios, exceptuando a Andy y el mayordomo. Este último suministraba los jarrones cubiertos de hidromiel. Un único asiento, en la esquina del bufete, ofrecía sitio al inédito Fantasma de Runfenir.

Por su parte, Don Canet, bebía de su jarrón sin descanso, logrando asimilar los ruidos a un corcel sediento. Mare y algunos viriatrhos observaban con sorpresa al propietario del hogar.

– Vamos Andy. Todos estamos juntos en esto, lo sabes –

Respondió el héroe del Rigor Lejano, intentando mediar la situación.

Y, tras reflexionar unos momentos, el vaquero regresó los pasos, provocando singulares crujidos con sus botas sobre la superficie de madera.

En cuanto llegaba a su sitio, se tomó del sombrero y murmuró:

– Le oigo, Jefe –

Alertados se encontraban todos por su voz, puesto que apenas conocían el timbre de la misma.

Rav’Thos, luego de carraspear, retomó el diálogo:

– El ferrocarril viajará en esta noche hacia Alfarón. Una vez recuperado el Cruce Austero, es menester suministrar mayores cantidades de agua al resto del territorio –

Don Canet liberó el vacío jarrón de sus regordetes dedos y observaba fijamente a Andy. Más tanto el mayordomo tuvo que regresar para volver a suministrarle bebida.

– Por lo tanto, necesitaremos que tú y Jarriet protejan el ferrocarril –

Los once, al ser adheridos al plan, chocaban sus jarrones de hierro. Mientras que el gordinflón, con la espuma aún sobre sus bigotes, miraba como la jarra que sostenía el moreno vertía las cantidades de hidromiel.

– Además, necesitaré que halles a mi hijo y le pidas que regrese. Me temo que la guerra iniciará pronto –

– ¡Y mejor que así sea! Así limpiaremos a Runfenir de maleantes…  ¡De una vez por todas! –

Interrumpió el propietario del Rigor Lejano y, con solo ver la mirada perdida de Andy BlackHawk, golpeó el jarrón contra la mesada provocando un estruendo.

Y aunque se notara su molestia, el comentario le ayudó a pasar desapercibido.

Mare se empeñaba en servir el jarrón restante, delante del forajido, y sus ojos permanecían dirigidos en aquél semblante de escaso vello facial.

– Lo sé… Lo sé… –

Clamó por lo bajo, apenas audible, y el mayordomo no le quitaba los ojos de encima.

– Como me siga mirando lo volcará –

Prosiguió Andy, luego. Y el mayordomo advirtió su jarra nervioso. La espuma de la hidromiel comenzaba a esparcirse por fuera del corte de hierro y el vaquero posó los dedos deteniendo el avance del borboteo constante.

Mare se hallaba perplejo y, también, los once que se encontraban a punto de beber un sorbo.

Repentinamente, el forajido lanzó un escupitajo en el interior del jarrón. Antes que la espuma rebalsara, bebió con libertad sin dejar de observar al nervioso mayordomo.

Luego liberó el envase sobre la mesada y murmuró:

– ¿Cómo se llama él, Jefe? –

Con la mirada cristalizada, el viriathro contestó:

– Fab. Mi hijo se llama Fab… Y es un… –
– De acuerdo. Me adelantaré, por si acaso –

Tras colocar el sombrero, se retiró hacia fuera y, antes de retirarse, agradeció por la bebida.

Rav’Thos y el resto permanecían en silencio. Jarriet sonreía y comentó:

– Y ese es mi amigo, caballeros… –

Don Canet permanecía viendo su jarrón cubierto de hidromiel. Los once y el héroe del Rigor Lejano se retiraban. Exceptuando al último, todos revisaban el jarrón de Andy BlackHawk y se aseguraban que lo hubiera bebido completamente.

– Ese es… El Mercenario de las tierras perdidas de Runfenir

Clamó Jarriet, con ironía, y acabó por marcharse.

Pocos minutos más tarde, los doce Jinetes del Rigor Lejano se preparaban, mientras los reunidos en el bufete intercambiaban unas palabras. Aunque, generalmente, Rav’Thos representara a los viriathros al hablar, uno de severa mirada decidió involucrarse.

– ¿Cuál es la necesidad de transportar el agua en estas horas de la noche… No cree… Usted… que ofrecemos nuestro mejor armamento al postor de esos seres? –

El líder de los individuos reflexionaba y Don Canet erguía el ceño, puesto que no sabía a qué seres se refería y, probablemente, desconociera también el armamento.  Aún así, optó por dar una respuesta fehaciente.

– Me temo que Jarriet no abandonará el ferrocarril a su suerte ¿Verdad muchachos? –

– ¡Por supuesto que no! –

Respondió el General, seguido de alaridos valientes de los once jinetes. A medida acomodaban sus cinturones y recuperaban las armas de fuego, se iban retirando en busca de sus corceles. Mare, que pasaba por el sitio, murmuró:

– Ten cuidado con ese forajido, me da mala espina –
– No se preocupe mentor, el es mi… –

Y el moreno le observó fijamente al sonriente general. Los suficiente como para que su alegría se desvaneciera poco a poco.

– De acuerdo –

Respondió luego, acomodó su sombrero, saludó a los presentes y, antes de irse, exclamó:

– Dejaré al prisionero atado al árbol –

Don Canet reía, inspirando una sádica resolución respecto al capturado. Pero, de pronto, Rav’Thos comenzó a hablar. Al principio, refiriéndose al Viriathro que le acompañaba y luego al gordinflón.

– Meros. Por tal razón he enviado a BlackHawk. La noche no será un problema para él, puesto que la mayoría de los bandidos temen a la figura del Fantasma de Runfenir. Y, por cierto, Canet… Solicitó que me permita llevarme al prisionero a mi base de operaciones –

Más tanto el hombre bebió la hidromiel, en el interior de su jarrón, y su mirada se cernía con odio hacia todo. Luego, suspiró, frotó la manga de su abrigo sobre sus mugrientos bigotes y clamó:

– ¡Es todo suyo! –

Rav’Thos agradeció la buena voluntad y la reunión se levantó. Los viriathros se marchaban, Mare aguardaba junto al winchester que colgaba de la pared y Don Canet se sobaba las manos buscando liberarse del estrés.

– Agradecemos su… hospitalidad… –

Respondió Meros. Y en cuanto salían del hogar, encontraron a Rultz atado al árbol y el sable de oro a metros de su alcance. Los jinetes galopaban a prisa por doquier.

– ¡¿Qué ha sucedido Rultz?! –

Gritó Eghos, uno de los viriathros, a medida que detrás se aproximaban Meros y Rav’Thos. También se avecinaba Don Canet, enseñando un semblante de pésimo humor.

– El mercenario se lo ha llevado. Me apuntó con una colt anticuada. Jamás vi algo así, ostentaba una cuchilla en el puente –
– Un gunblade del viejo Fantasma de Runfenir –

Murmuró Mare, desde la puerta de ingreso, con la mirada tan frenética que la palidez en los ojos denotaba su presencia en la nocturnidad.

– Les dije que no era confiable. ¡Maldición! –

– Calma Canet. De seguro tendrá sus razones para hacerlo –

Respondió Rav’Thos.

– ¿Cómo crees? Si tiene el gunblade de Érabo, ¡los propósitos son claros! –

Ante las miradas de desconcierto la noche iniciaba y Andy BlackHawk se camuflaba en algún sitio desconocido, de retiro hacia el lejano oeste…