“… La vida reboza de luz y esperanza, mientras la muerte se rodea de oscuridad y misterio …”

El Encuentro de las Deidades

 

Su imagen era desconocida, al igual que su propio nombre.
Algunos le llamaban Salvador, otros Juzgador y otros, en cambio, le decían Castigador. Pero nadie, que le hubiese visto, quedó vivo para poder describirle. Solo niños… Los niños que lo vaticinaban desde el fondo de sus fantasías.

La guerra había cesado con su llegada y, más tarde, cualquier sobreviviente que perteneciese a la facción de los Villanos Deshonestos, en la Colina del Dolor, había fallecido tras un segundo impacto.

Todos preguntaban por qué… Pero Erión sabía lo suficiente, como para no esquivar el poco tiempo que les quedaba. Debían marcharse al Este, hacia las costas bañadas por el Mar Fantasmal, dónde el navío perteneciente a Lind aguardaba por un nuevo capitán.
Y, a falta de Cazadores Furtivos, Shal’Kas ofreció la libertad a quiénes mas la añoraban, los jóvenes. Se trataría de una travesía sin precedentes, cuyo deber solo significaba lealtad.

Él pretendía conocer los extensos territorios de Daghol.

Sin más, marcharon ignorando lo que sucedía en las playas. Un siniestro Ser sobresalía de entre las mareas, desplegando una horda de muertos vivientes. De larga y negruzca melena, la que flotaba sobre las aguas, y piel demacrada con tatuajes rosados, el tórax descubierto y la falda de malla metálica que lo caracterizara como antiguo guerrero, el señor de los espectros se presentaba ante la sorpresa del muchacho y el guardián del archipiélago.

– R… Reunid a todos los Vástagos

Murmuraba, mientras una maliciosa sonrisa se grababa en su rostro grisáceo.

– Emerjan, ayuden, colaboren, antes que sea demasiado tarde –

– Si, Lord Jasnoth

Replicó uno de los cadáveres vivientes con voz ronca, que sobresalía de entre los burbujeantes mares.

Los unos a otros, se alzaban sobre las costas y empujaban las montañas de fallecidos hacia el agua. Mientras, Jasnoth, aguardaba sin perder de vista al muchacho, quién planeaba marcharse hacia el Este.

– ¿Lo han visto? ¿Lo han oído siquiera? –

Exclamó asustado un niño, entre los seguidores de Shal’Kas y Erión.

– ¿Qué ha sucedido joven? –

Consultó el último, sin perder de vista la trayectoria del lejano buque.

– En el cementerio los cadáveres, caminaban –
– ¿Cómo? –
Espectros –

replicó Shal’Kas, sin preocupación alguna.

– ¿Qué has dicho? –

Se volvió hacia el líder, estupefacto.

– Cálmate anciano –
– ¡El Mar Fantasmal se ha extendido! ¿Cómo pretendes que me calme? –

y añadió, intentando tranquilizar al niño, cuando perdía sus propios estribos:

– ¿Es la primera vez que les has visto, pequeño? –

El niño de tez negra negó instintivamente.

– Es la primera vez que veo a tantos

– ¡Es inaudito! Si los espectros han podido avanzar hacia las costas, no faltara mucho hasta que… –

– No se preocupe por sandeces Erión. En pocos segundos nos marcharemos –

– ¡Esos malnacidos acabarán invadiendo todo territorio! –

– ¡En marcha! –

Gritó uno de los jóvenes y, todos apresuraron su avance hacia las playas.

Junto al barco aún aguardaban Azul y Romir.

– Debemos hacer algo contigo –

Murmuró el Rey de Brind consternado, quién observaba, muy de vez en cuando, el largo trecho por el que se avecinaría el muchacho.

– ¿Conmigo? ¿Por qué? –

– Debo esconderte hija mía y, para eso, debemos hallar un modo de que ingreses al galeón –

– ¿Y dónde me escondería? –

– En las mazmorras. Ninguno descendería hasta allí, así durmieras.

La sola idea de ver esas extremidades sobresaliendo del mar, intentando alcanzar la proa y la popa, no entusiasmaban demasiado a la doncella.

– ¿Y cuándo me responderás Padre? –
– ¿Responder qué? –
– ¿Por qué has venido aquí antes? –

El anciano bajó el rostro de forma compulsiva, y no emitió respuesta alguna.

– ¡Responde Padre! –
– No hay tiempo para esto. Ven –

La hija le siguió por más que no quisiera. El Rey posó el arpón entre las orillas y la escotilla del barco.

– Intenta caminar sobre él y no oses caerte o te seguiré –
– Has perdido la cordura, Padre –
– ¡Vamos, vamos! Y no mires hacia el agua –

De repente el navío cesó sus movimientos y las manos de los cadáveres, sobre el mar burbujeante comenzaban a reunirse. Azul posó los pies en el soporte del arpón con poca confianza, mientras el anciano divisaba el terror a los lados de la costa.

– ¡A prisa hija! Debes llegar antes que ellos –

La princesa avanzó sin más y, cuando lograba ingresar, la jabalina cedió ante su peso. A tiempo, estaba incorporando una pierna a cubierta, cuando las terribles manos sobresalieron del mar y arrancaron el arma de su porte.

El anciano sudaba tembloroso y algunos muertos vivientes comenzaron a arrastrarse sobre las arenas. Su hija estaba a salvo, pero la acción les había inspirado a avanzar sobre el terreno. Los murmullos eran incesantes.

– ¡Hija! En cuanto les veas venir, entra a las mazmorras –

– ¡Pero, tú! –

– Si esto empeora deberás izar el ancla y marcharte –

Azul se quedó perpleja ante dichas palabras. Y a sus ojos, los cadáveres se arrastraban sobre la marea.

– ¡Señor! –

Romir se volteó de repente y alertó a Shal’Kas con más de quince jóvenes y pequeños, además del consejero Erión. Quién se había quedado estupefacto ante el inmenso buque de guerra.

– Muchacho –

Exclamó el Rey, con cierta alegría.

– Debió ingresar al barco. No tenemos mucho tiempo –

Una nueva explosión lejana arrasaba con una densa humareda.

– ¿Q… Qué ha sido eso? –

– La Bahía de los Gitanos Desalmados –

Replicó un joven.

– Somos los siguientes. ¡Debemos irnos! –

Gritó Erión enloquecido, quién avizoraba a los muertos avanzando hacia la arena y, sin más, tomaba su cabeza sumido en el terror.

– ¿Siguientes de qué? –

Preguntó el buen hombre.

– No hay tiempo Shal’Kas –

– Pues mira que por aquí, tampoco podremos pasar –

Gritó Romir de repente, al ver que nadie transparentaba sus dudas.

– Yo los desviaré. Marchen hacia el buque –

– Pero Shal’Kas, ¿tú? –

– Yo soy el Capitán, y seguirán mis órdenes –

Sonrió el muchacho y, sin mediar consecuencias, arrojó un puñal a uno de los cadáveres. De esta manera les atrajo la atención.

Y el plan fue efectivo, los muertos vivientes seguían el rastro del muchacho que portaba el cinto resplandeciente, mientras que el resto ingresaba a las mareas buscando incorporarse en el buque.

El Rey Romir se preparaba para alzar el ancla, mas tarde, y alertó a todos viendo al capitán en las arenas.
De repente, sus miradas se tornaron de asombro, y desde la mazmorra, Azul, divisó el suceso.

Detrás del muchacho, aterrizaba un Ser desde el cielo.

– Estamos perdidos –

Gimió Erión, cayendo de rodillas.

– ¿Q… Qué es eso? –

Exclamó el Rey Romir, perdiendo el aliento.

El muchacho sonreía con suma confianza, ante los muertos vivientes, mientras una leve brisa resoplaba tras su espalda. Fue tal el frío que asemejaba a un suspiro de alguna clase de criatura.
Sin más, el capitán se giró y advirtió la figura, al tiempo que los jóvenes del navío exclamaban llenos de sorpresa.

– ¡Es él! –
– Finalmente ha aparecido –

Romir observaba sin comprender nada, pero no perdía de vista el pánico que caracterizaba a Erión.

Se trataba de un caballero, algo mayor que Shal’Kas, quién portaba un peto y hombreras doradas con una túnica de quitón de lino blanca que ornamentaba su cuerpo, de melena rubia, ojos azules y un brazo cubierto por alguna clase de guante de seda, más grande incluso que su propia cabeza. Portaba una espada de oro que resplandecía ante la radiación solar. Era hermoso, y de rostro calmado. A su espalda se cerraban las alas, haciéndolas invisibles al frente, cuya piel se asemejaba a la de un reptil.

– ¿A dónde te diriges Kas? –
– ¿Cómo sabes mi nombre? –
– Soy el regente de las Penurias Sangrientas, debo saber lo suficiente –

El aroma nauseabundo comenzaba a esparcirse cerca de Shal’Kas ,y aquél desconocido nos e enseñaba muy complaciente debido a ello.

– Putrefacción humana –
– ¿Qué has dicho? –

El Guardián le escudriño con sus ojos, enfurecido.

– ¿Desde cuándo los esbirros de Jasnoth avanzan sobre las arenas? –

– Desde que tú nos provees sus cuerpos –

Replicó, de pronto, una siniestra figura detrás del protector de las Penurias Sangrientas.

Al desviar la mirada, tanto Shal’Kas como el otro, divisaron múltiples hordas de muertos vivientes sobre las playas que sumergían cuerpos en el mar burbujeante. Mientras que el hablante aguardaba al centro, con la mirada perdida y la larga melena sobrevolando. Una sonrisa plasmaba su rostro, cuya dentadura era tan blanca como un fósil…