“…¿Y quién osaría secuestrar a la niña del delincuente más peligroso de Runfenir?…”

Noticias alarmantes en Colmena de Drill

Una reunión se concretaba en la Colmena de Drill.
Allí, numerosos rebeldes se preparaban para el mafioso plan para apropiarse de toda el agua disponible en Runfenir. Asimismo se hallaban en una crucial incertidumbre respecto del control del pozo de agua entre Comadrón y Alfarón.

Uno de los hombres, desertor y proveniente del Rigor Lejano, instaba a dinamitar la frontera a modo de advertencia contra los peligrosos cuchilleros de ojos negros, originarios de Comadrón.
En medio de los planes Wes’Har, quién estaba cumpliendo el deber de proteger a la hija del Líder, alerta a tres hombres que intimidan a la pequeña de cabellos negros y les acribilla en cuestión de segundos.

La reunión se suspende ante los disparos, y justo en aquél momento Helen DeathTrick se retira de la Aldea. Más tarde es avizorada por el Fantasma de Runfenir en el cruce de caminos.
El corcel negro relinchaba amenazante, Erabo debió agitar las riendas detrás puesto que Helen se interponía en su paso.
Apenas sobrevolaba su vestido blanco de seda y su lacio cabello se dispersaba ante la brisa. Andy no pudo ignorar aquél angelical y pálido rostro.
Tras la espalda del forajido oscuro se asomaba el muchacho, sus ojos yacían perplejos ante aquella niña que tranquilizaba el fúnebre ambiente. El cráneo de carnero sobre el moribundo árbol, a su lado, ofrecía un paisaje espeluznante.

– ¿A dónde te diriges viajero? –

Exclamó la joven de ojos verdes y, aun así, el Fantasma de Runfenir no cedió ante su respetuoso diálogo. Su sombrero permanecía ocultando toda mirada posible y, aunque se encontraran en plena tarde, el otro muchacho que había conocido, Jarriet, desconfiaba.

Un jinete tan negro como su silencioso corcel.
apenas acompañado por la sutil brisa del Este.
En un sendero de muerte y desesperación,
con la misteriosa máscara que esconde su perfil.

El vaquero joven no podría reconocerlo como el Fantasma de Runfenir, pero su presencia tampoco le tranquilizaba demasiado.
Y así fue, que el pistolero simplemente tomó una rienda y con desagrado señaló a un lado. La niña permaneció quieta en su lugar y, valiente, gritó:

– ¡Contesta maleducado! –

Erabo manoteó del hombro a Andy, obligándole a aguardar tras su espalda, y tras azotar las riendas a un lado del potro, el mismo relinchó con fiereza.
Tras ello avanzó a toda velocidad y la niña tuvo que arrojarse hacia el suelo, para esquivarlo.

– ¡Espera! –

Exclamó, a viva voz, Andy ante el fortuito avance. Helen observaba desde la hierba, su vestido yacía polvoriento.

Erabo siquiera respondió, que el joven se volteó de espaldas y sonriente contestó:

– Acércate –

Helen DeathTrick procedía a erguirse y, al ver de reojo a Jarriet contempló como negaba continuamente. Ella sonrió pícara y corrió hacia los desconocidos, al tiempo que el muchacho soltaba las piedrecillas y regresaba, apresurado, hacia la Aldea.

– ¿Necesitas ayuda? –

Proseguía Andy, y la niña de inocente rostro asentía con pena.

– Sube, te haré lugar –

Helen notó un diminuto espacio entre Andy y Erabo. El niño estaba a punto de desmontar para ayudarle, pero advirtió como ella trepaba el corcel, por sí sola.
Luego de asentarse, delante de sus ojos, se acomodó de lado y le miró alegremente.

– Sigue, Erabo –

Exclamó con seriedad y la dulce, pero decidida, niña besó su mejilla y le susurró:

– Gracias –

El Fantasma de Runfenir a poco asimilaba eso y, de algún modo, la confianza del niño y su victoria frente al borrego le habrían subido los humos a la cabeza.

El jinete prosiguió la marcha y, aunque su sombrero ocultara su frente, desde su misteriosa máscara, sus ojos concibieron a Jarriet correr en dirección a la Colmena de Drill, y esto le suponía un mal presentimiento.
Mientras el corcel galopaba con mayor ímpetu, Andy, avergonzado, contemplaba de reojo como el borrego se alzaba y chocaba contra el sendero con continuidad.

– Erabo… La presa –

La doncella no perdió oportunidad para seguir conversando. Quizás tal acción le influyera mayor confianza, ante la locura que acababa de cometer.

– ¿Lo has cazado tú? –

Andy inclinó su rostro hacia el suelo, que a gran velocidad se convertía en una especie de borroneada pintura. Luego asintió, y sabía que sus bellos iris le miraban fijamente. Aun así alzó la vista y ambos se vieron cara a cara, ella sonrió y él le correspondió.

– ¿Quién eres? –

Murmuró el jinete con la voz ronca.

DeathTrick

Respondió ella, ante el sorpresivo diálogo del encapuchado.

– ¿Truco de… Muerte? –

Deletreaba Andy confundido y ella, con una amplia sonrisa, asintió.

– ¿Quién, en realidad? –

Insistió el jinete de la penumbra y la damisela, orgullosa, contestó:

– Soy la hija de Jor’Mont, Líder de los Demonios de Drill –
– ¿D… Demonios de Drill? –
– ¡Perfecto! Chico… Suelta el borrego –
– Pero… –
– Necesitaremos menor peso para ganar distancia, antes que su familia nos alcance –
– ¿Su familia? –

La niña solo sonreía, y como si fuese una novela, contemplaba a los vaqueros conversar. Hasta que las palabras de Erabo ocasionaron un vacío entre las miradas de los jóvenes y el ambiente se tornó inconcebible.

– Su familia, asesinó a la tuya Andy BlackHawk –

Faltaba más, tras aquél comentario, el niño desenvainó su último puñal, que aún contenía rastros de sangre de la presa. Helen se quedó sin palabras, pero él serruchó la soga y liberando al borrego contempló como se desvanecía de su mirada hacia el horizonte.

– L… Lo siento –

Clamó ella, y él envainó su puñal para mantener la mirada hacia el más allá.

El muchacho que arrojaba rocas contra el balde, Jarriet, corría sin descanso. Y cuando finalmente llegó a la Aldea, los bandidos reían ante aquél granuja, puesto que apenas lograba contener el aliento.

Wes’Har relamía una nueva espiga y procedía a incorporarla entre sus labios, cuando la voz del joven le tomó por sorpresa.

– O… O… O… –

Balbuceaba el muchacho, algo más joven que el pistolero. Y éste, antes de morder la panoja, arrogante, le gritó:

– ¡Respira, y luego hablas cabrón! –

Los bandidos, que planeaban seguir la reunión eran interrumpidos nuevamente. Y el hombre que proponía dinamitar el paso Oeste al Comadrón, notó al agotado muchacho y se dirigió hacia él.

– ¡Jarriet! Hijo… ¿Qué ha sucedido? –
– O… Oigan… Pa… Pa… Padre –

Wes, no lo dudó más, y tras el pasaje del hombre que vestía prendas de Sheriff, desenfundó su colt y la apuntó a su sien.

– KKK… –
– ¿Pero qué diablos haces ahora, Wes? –

Exclamó Jor’Mont, desde el fondo.

– Olviden su cariño paternal pendejos. ¡Deja que el wey diga lo que ha venido a decir! –

– Pa… Padre… –
– ¿Q… Quién te has creído? –

Y tras jalar el martillo, Wes se preparaba a gatillar.

– ¡Ándale wey, oblígame! –
– ¡Habla muchacho, de una vez! –

Gritó Jor, ante la sorpresa de todos. Incluso el anciano que trasportaba las municiones se detenía a contemplar el acontecimiento y, exasperado, el muchacho suspiró tras cerrar sus ojos. Luego, anunció:

– ¡La niña ha sido secuestrada por un jinete oscuro! –

Todos palidecieron ante la ira del Líder. Mientras que Wes, el encargado de protegerla, rechinó con tanta fuerza sus dientes que acabó por desmembrar la espiga. Siquiera volteó la mirada hacia el padre de la víctima, que le oyó murmurar con furia.

– ¿Mi hija? ¿¡Mi Helen!? ¿Quién ha sido el maldito cobarde? –

Rápidamente enfundó su colt y, Wes’Har, corrió hacia los establos ante la mirada desconcertada del resto. Tras saltar una tranquera trepó a un corcel sin montura, y luego de que relinchara con soltura le obligó a apresurar la marcha, a medida que sus dedos abrazaban el pelaje.

A tiempo, el buen anciano dejaba caer las municiones y lleno de energía abría la tranquera que yacía cerrando el paso a los establos.

– ¡Arre Arre! –

Se oía decir a Wes’Har quien palmeaba el muslo prominente del animal.

– ¿Y ustedes, a qué esperan? –

Gritó, de repente, Jor’Mont y, tan pronto como el anciano procedía a alzar la bolsa de balas, los bandidos corrían a por un caballo. Algunos calzaban la montura con paciencia, otros se resbalaban ante el cuero propio del animal, y otros, más acostumbrados, ya montaban para seguir el rastro de Wes. Entre ellos se hallaba Naher, quién se retiraba a galope constante y silbaba de fondo, ante los rezagados.

– Iré también –

Refutó el padre de Jarriet, que había advertido a los Demonios de Drill abandonar la colmena.
Pero Jor’Mont negó, al instante. Confiaba lo suficiente en Wes, como para dejar el entero trabajo en sus manos.

– Seguiremos con el plan del pozo de agua. Preparen la dinamita y, solo quizás, recibamos las buenas sobre Helen antes de marcharnos –

Los bandidos comenzaron a hacer los preparativos, mientras el Líder se sobaba la frente, luego de quitarse el sombrero.

– ¿Iremos a Comadrón por nuestra cuenta? –

Exclamó el padre, que preocupado abrazaba a su hijo.

Jor’Mont asintió y un nuevo forajido se presentaba en la campaña. Sus botas portaban espuelas, que producían un sonido muy particular a medida caminaba.

– Con él, será suficiente –

¿Qué sucederá ahora que el viaje de Andy y Erabo atrae miradas a los Demonios de Drill? ¿Conseguirán alejarse lo suficiente del maniático vaquero, Wes’Har?